Por
Iván Herrera Michel
Recientemente
me resultó del mayor interés un intercambio de impresiones con un Venerable
Maestro de una Logia Medellín, Filólogo Hispanista y Docente de la Universidad de Antioquia, sobre la idea
de aproximarnos al conocimiento de la Masonería a través de la variación del
significado de su vocabulario en función del tiempo, los contextos y los usos.
La
realidad histórica muestra que, desde su primera Gran Logia en Londres, a
comienzos del siglo XVIII, la Masonería quedó atravesada por un problema de
lenguaje que se profundizó a su llegada a otras tierras y a otros siglos. De hecho, la redacción
de las Constituciones de Anderson de 1723 implicó también una operación de
selección de vocabulario tendiente a que las viejas fórmulas de los “Old
Charges” ingleses adquirieran una dimensión ilustrada. Desde entonces, la
Masonería ha ido heredando y desplazando significados en un trasegar en el que distintas lecturas terminan compitiendo por
imponerse como versiones legítimas.
De tal manera, que en la práctica para un Aprendiz el lenguaje ritual aparezce como
un territorio extraño y llamativo, en donde algunas palabras comunes adquieren
un matiz inesperado y términos desconocidos se pronuncian con naturalidad. Esa
primera impresión es el primer contacto de un Masón con un sistema de
significados que en principio no se explica por sí mismo y que lo obliga a
intuir que detrás de cada palabra hay una historia que no conoce o un significado
que no logra comprender, porque, de hecho, está frente a palabras que han sobrevivido
más tiempo que su significado original.
Este
tipo de derivas puede leerse, en términos filológicos, como una variación
semántica en la que el uso de las palabras se transforma por la forma en que
circulan entre espacios, instituciones y generaciones que no comparten
exactamente las mismas condiciones de producción de sentido. Se trata de verdaderos
cambios en el significado de los términos y reajustes continuos entre lo que
las palabras dicen y lo que efectivamente logran significar en cada lugar, o en
cada lengua en la que intentan encontrar un equivalente que difícilmente es
exacto.
En el
campo de la investigación Masónica sobre el lenguaje, en el mundo inglés la
Logia de investigación “Quatuor Coronati” No. 2076 abrió una línea de trabajo
que convirtió textos y vocabularios en objeto de examen riguroso. Ahí están,
por ejemplo, Douglas Knoop, G. P. Jones y Douglas Hamer con “Catecismos Masónicos
Tempranos” (1943), y Harry Carr con “Seiscientos Años de Ritual del Oficio”
(1976), que obligan a mirar la evolución del lenguaje ritual como una historia
concreta. Por su lado, en el ámbito francés, Roger Dachez aportó una reflexión
de gran utilidad con “La Invención de la Francmasonería” (2008), y en español
José Antonio Ferrer Benimeli ha insistido desde una perspectiva
histórico-crítica en desmontar inercias y leyendas, como puede verse en
“Francmasonería, Invención y Tradición” (2014).
Al
respecto, John Hamill, en su artículo “El Lenguaje del Misterio” (Freemasonry Today, UGLE, verano
de 2013), al que ya me referí en mi blog (febrero de 2020), advirtió que en
inglés la palabra “mystery” pasó con el tiempo de nombrar un oficio a sugerir
un secreto, cambiando no solo el lenguaje, sino además la forma de legitimarse.
La diferencia se incrementó cuando “mystery” se tradujo al español como “misterio”,
con una densidad mítica y religiosa que no estaba presente en su uso original.
Algo similar ocurrió con “capítulo”, que en su origen designaba simplemente la
reunión de los miembros de una Logia y terminó institucionalizándose como la de
un Alto Grado, y con el vocablo “regularidad”, que en el siglo XVIII remitía a
criterios operativos de organización y hoy suele funcionar como un marcador
identitario cargado de exclusiones.
Y es
ahí en donde el análisis y el recorrido de las palabras obligan a reconocer que
muchas de ellas no significaban lo mismo en los siglos XVIII, XIX, XX y XXI, ni
hoy en Bogotá, Montreal o Tokio, o cuando se leen traducidas en Logias en las
que la aparente equivalencia oculta desplazamientos que han ido tomando significados
que originalmente no existían. De tal manera, que en ciertos contextos
contemporáneos su repetición termina produciendo una ilusión de continuidad que
no existe.
En la
actualidad debemos reconocer que los nuevos Masones poseen estándares académicos
más altos que los anteriores, tienen hábitos de lectura más exigentes y cuentan
con acceso inmediato a las fuentes. Ellos están empezando a agradecer, incluso
a exigir, miradas más rigurosas sobre la práctica y la conceptualización de lo
Masónico. Y esa exigencia lejos de ser homogénea, se expresa de maneras
distintas según los contextos y converge en una misma dificultad frente al
lenguaje heredado cuando este ya no alcanza a explicar la experiencia o ha cambiado de función dentro de las estructuras de poder
Una
Masonería que no interroga su lenguaje en clave contemporánea, termina
repitiendo categorías que pueden haber perdido contacto con la realidad humana y social
que dice querer ayudar a construir con su método de símbolos y alegorías. Y en ese punto el problema deja de ser semántico y
pasa a ser institucional, porque cuando las palabras se vacían, las prácticas
tienden a simular lo que ya no sostienen, y lo que se presenta como tradición
puede terminar siendo apenas una repetición sin memoria, o una traducción
heredada que no trasmite el mismo sentido.
En ese
aspecto, el lenguaje Masónico es un objeto histórico en sí mismo, susceptible
de ser analizado, comparado y reinterpretado. Pero también es un campo de
responsabilidad, porque si las palabras que hoy pronunciamos ya no dicen lo
mismo en todas partes, y si su significado depende cada vez más del contexto en
que circulan, entonces la tarea no es defenderlas por inercia, sino someterlas
a prueba, incluyendo la prueba de la traducción, que muchas veces revela más de
lo que aparenta conservar.
Porque lo que está en juego es su propia relación
con la realidad.
