sábado, 31 de enero de 2026

DEL MUELLE CARIBE AL ALTIPLANO BOGOTANO EN EL SIGLO XIX. O DE CÓMO LA MASONERÍA SE VOLVIÓ POLÍTICA EN COLOMBIA

 Por Iván Herrera Michel
                        
Panorámica de Bogotá
Debajo de la Bogotá que hoy se presenta como una capital moderna, administrativa y universitaria, late otra ciudad, menos visible y más exigente, que en el siglo XIX intentó pensarse como república en imprentas, tertulias y Logias Masónicas. Esa ciudad no nació aislada ni fue ajena a su tiempo. Y se formó en diálogo, y muchas veces en tensión, durante la segunda mitad de la centuria con una Masonería que no nació en el altiplano, sino en los puertos marítimos del Caribe, que avanzó río arriba por el Magdalena y que, al llegar a Bogotá, adoptó una manera propia, distinta, más política que mercantil y más letrada que portuaria, que fue su esencia y su impronta histórica durante los únicos 38 años en que hubo Masonería en Bogotá en el siglo XIX, según muestran las evidencias.
                           
Entre la Independencia y la Regeneración conservadora, es decir, entre las décadas de 1820 y 1880, se jugó en Colombia una disputa silenciosa pero decisiva por la forma de la república, por el lugar de la razón en la vida pública y por los límites de la autoridad religiosa, militar y política. Fue en ese marco temporal, marcado por constituciones fugaces, guerras civiles recurrentes y ensayos de modernización incompletos, en donde la Masonería encontró un espacio para actuar como una sociabilidad organizada que buscó dotar de sentido liberal a un país que todavía no terminaba de abandonar sus reflejos coloniales.
           
La Masonería colombiana no nació en Bogotá mirando el Colegio Mayor de San Bartolomé, ni el Palacio de San Carlos ni edificando el Capitolio Nacional. Nació mirando al mar. Nació en ciudades abiertas al comercio, a la inmigración y a la circulación de ideas. Y solo después, con retraso histórico y transformaciones profundas, llegó a la capital andina.
                     
Me explico.
                      
En el siglo XIX, Colombia se entendía mejor desde sus aguas que desde sus montañas. El Caribe y el río Magdalena fueron los verdaderos ejes de la vida económica, social y política del país. Por ellos entraban y circulaban mercancías, libros, periódicos, técnicas, modas y conflictos. Por ellos se conectaba el país por dentro y con el mundo. Y fue por esos mismos corredores por donde se introdujo y se expandió la Masonería, como una forma organizada de sociabilidad moderna, asociada al comercio, a la prensa, al consulado y a la vida urbana.
                     
Las primeras Logias surgieron a orillas del Mar Caribe, en Cartagena, Santa Marta y Riohacha, y más tarde se trasladaron al río y aparecieron en Barranquilla, Mompox, Honda y Ambalema. No fue una casualidad ni una suma de iniciativas aisladas. Allí había puertos, aduanas, consulados, imprentas, casas comerciales y tránsito constante de personas y de intereses. Allí se negociaba, se discutía y se convivía con la diferencia. La Masonería se injertó en ese tejido portuario y ribereño como un dispositivo de confianza, como un espacio en donde comerciantes, abogados, militares, médicos, periodistas e inmigrantes podían reconocerse como iguales bajo ciertas reglas compartidas.
                            
Desde esos puertos marítimos, la Orden avanzó siguiendo el curso del Río Magdalena, que fue la auténtica columna vertebral del siglo XIX colombiano. El río no solo transportaba tabaco, ganado y café. Transportaba también ideas políticas, noticias, panfletos, rumores, rebeliones y proyectos de nación y de guerras internas. Cada puerto fluvial fue un nudo de sociabilidad, y en muchos de ellos apareció una Logia como prolongación natural de la vida pública. La Masonería fue, en ese sentido, marítima antes que andina, y fluvial antes que capitalina.
             
Escena urbana de Bogotá a finales deel S. XIX
Ese patrón se repite si se observa el resto del país. En la costa Caribe, las Logias convivieron con economías ganaderas, con redes mercantiles transatlánticas y con una inmigración diversa que aportó capital, acentos y saberes técnicos. En los Santanderes, en ciudades como Cúcuta y El Socorro, la Masonería se articuló con una cultura política liberal, fronteriza y rebelde, heredera del espíritu comunero y del comercio con Venezuela. Allí, la Logia fue un laboratorio cívico en donde el comerciante, el artesano ilustrado y el profesional podían encontrarse como iguales bajo un método simbólico que dialogaba con su propia tradición política.
                    
En contraste, en regiones como Antioquia o el Valle del Cauca, la Masonería tuvo una presencia mucho más débil y discontinua, por la existencia de otras formas de sociabilidad y de confianza, más cerradas, más familiares y ancladas en estructuras religiosas propias. Allí en donde el comercio miraba hacia adentro y las jerarquías locales eran más rígidas, la Logia no logró consolidarse como espacio central de la vida pública.
                
Este mapa nacional permite entender mejor lo que ocurrió en Bogotá.
                   
Cuando la Masonería llegó a la capital, llegó desde la periferia hacia el centro, y no al revés. Llegó con patentes expedidas desde la costa y con hombres formados en una sociabilidad Masónica que había nacido en contacto con el comercio, el pluralismo y la movilidad social. Pero Bogotá no era un puerto ni era una aduana. Era sede de ministerios, tribunales, universidades y periódicos. Era una ciudad clerical, administrativa y profundamente política.
                
Por eso, en Bogotá, la Masonería cambió de función. Y allí fue, ante todo, un espacio de articulación política. Un lugar de formación ideológica. Y una escuela informal de republicanismo.
                  
Hasta donde permiten inferir las fuentes actualmente disponibles, la primera Logia bogotana, con evidencia sólida de su existencia, aparece en 1849 con la Logia Estrella del Tequendama (que no hay que confundir con la actual Logia Estrella del Tequendama de la Gran Logia de Colombia), y las últimas son de principios de la década de los 80s. En esos 38 años, las Logias bogotanas se convirtieron en espacios de sociabilidad de notables liberales, políticos, militares e intelectuales que compartían la convicción fundamental de que la república no debía construirse desde el púlpito, sino desde la ley, la educación y la deliberación pública.
                    
En alguna imprenta del centro de Bogotá, mientras el ruido de los fusiles competía con el repique de las campanas, un tipógrafo liberal sabía que un artículo podía costarle el trabajo o algo peor. Y no era extraño que, tras una Tenida discreta, encontrara respaldo, recomendación o protección en una Logia. Ese tipo de gestos, pequeños y concretos, permiten entender que la Masonería bogotana no fue solo un espacio de ideas, sino también una práctica real de solidaridad en una ciudad en donde el libre pensamiento tenía consecuencias reales.
                       
En sus Tenidas no reinaban ritualismos místicos, ni seudociencias, ni se adivinaba la suerte con las cartas del Tarot, el Kybalión todavía no lo habían escrito, ni leían los astros, ni hacían invocaciones, ni adoctrinaban a sus nuevos miembros en creencias “esotéricas”. Predominaba una ética cívica. Cada Tenida, de acuerdo con sus actas, era un ejercicio político en el sentido más profundo del término. Se aprendía a escuchar, a debatir, a votar, a redactar actas, a organizar comisiones y a administrar desacuerdos sin destruir la comunidad. Ese aprendizaje se trasladaba luego al Congreso, al gabinete, a la prensa y a la universidad. La Masonería bogotana estuvo, por ello, íntimamente vinculada a la política, aunque no siempre de manera homogénea ni pacífica.
                     
En Bogotá, la Masonería no se limitó a acompañar al liberalismo ni a reflejarlo culturalmente. Durante casi cuatro décadas fue una de sus formas concretas de organización, un espacio en donde se entrenaron lenguajes liberales, se ensayaron consensos y se tejieron lealtades que luego circularon sin dificultad entre el Templo, las tertulias, el Congreso, el gabinete y la prensa. En una capital en donde el poder se ejercía tanto con la ley como con la palabra escrita, la Logia funcionó como un laboratorio de gobierno, discreto pero eficaz.
                       
Esa vinculación con la política fue profunda y estructural. Las Logias bogotanas no fueron simples clubes de sociabilidad ilustrada, sino espacios en donde sus miembros aprendían a deliberar, a administrar mayorías y minorías, a redactar acuerdos y a convivir con el disenso. La rotación de cargos, el voto secreto, la discusión reglada y la escritura de actas enseñaron prácticas que luego se trasladaron al exterior y al Estado. En ese sentido, la Masonería operó como capital social político, no solo como red de afinidades, sino como una escuela de ejercicio del poder.
                    
Pero esa cercanía con el poder tuvo un costo. A diferencia de las Logias de la costa Caribe y del corredor del Magdalena, cuya existencia se apoyaba en una sociabilidad más amplia y cotidiana, las Logias bogotanas quedaron atadas al destino del liberalismo y a la tolerancia del Estado. Su visibilidad creció, pero su margen de maniobra se redujo. En una ciudad en donde la política lo impregnaba todo, la Masonería dejó de ser un espacio transversal para convertirse en un actor identificable, y por lo tanto vulnerable.
                     
Las divisiones internas del liberalismo se reprodujeron inevitablemente en los Templos. Algunas Logias se inclinaron por un liberalismo moderado, institucional y conciliador. Otras asumieron posiciones más radicales, anticlericales y combativas. En no pocas ocasiones, las Tenidas se convirtieron en prolongaciones de debates parlamentarios, y la fraternidad quedó sometida a tensiones. Allí en donde la Masonería del litoral podía replegarse y sobrevivir al abrigo de la vida social, la bogotana quedó expuesta al choque directo con el poder político y religioso. Por eso desapareció totalmente con la Regeneración de Rafael Núñez.
                      
Ese contraste regional resulta clave para entender su destino. En los puertos del Caribe y a lo largo del río Magdalena, la Masonería se sostuvo en la mezcla cotidiana de gentes, en el comercio, en la inmigración y en la vida urbana. Allí, el Templo convivía con el muelle, la imprenta, la bodega y la plaza. La fraternidad no dependía exclusivamente del triunfo de un partido, sino de redes sociales más densas que amortiguaban los golpes políticos. Por eso, incluso en contextos de persecución y de cierre institucional en los 80s, el Supremo Consejo y las Logias de la costa Caribe lograron sobrevivir en Barranquilla, Ciénaga, Santa Marta y Cartagena, y desaparecieron para siempre el Supremo Consejo y todas las Logias de Bogotá.
                  
Esa diferencia estructural explica por qué la Masonería bogotana fue influyente, visible y decisiva durante 38 años, pero también por qué fue incapaz de resistir un cambio de régimen profundo.
                    
La Regeneración conservadora de 1886 marcó el punto de quiebre definitivo. No se trató solo de una alternancia política, sino de una reconfiguración del Estado y del orden simbólico. El catolicismo volvió a ocupar un lugar central, la educación regresó al control eclesiástico y los espacios de sociabilidad laica fueron progresivamente clausurados. En ese nuevo marco, la Masonería bogotana no tuvo refugio posible. Todas las Logias del siglo XIX se apagaron sin excepción. No hubo continuidad orgánica, solo la memoria y, más tarde, el homenaje nominal que le hicieron tres nuevas Logias bogotanas nacidas en la segunda década del Siglo XX, con los nombres de “Estrella del Tequendama”, “Propagadores de la Luz” y “Filantropía Bogotana”, que aparte del nombre y solo tres Hermanos sobrevivientes de las extintas no tienen nada más en común con las homónimas del siglo XIX.
                  
Esa desaparición abrupta revela una enseñanza incómoda. La Masonería bogotana había apostado por transformar la república desde arriba, confiando en que la razón ilustrada y la legislación liberal serían suficientes para sostener el cambio. Pero, subestimó la fuerza de las estructuras sociales, de la herencia colonial, de la religión y de la cultura política tradicional. Su proyecto fue moderno en sus ideas, pero limitado en su base social.
                   
El resto del país ofrece, en este punto, una clave interpretativa decisiva. Allí en donde la Masonería se integró a la vida cotidiana, al comercio, a la beneficencia, a la educación y a la sociabilidad urbana, logró mayor resiliencia. Allí en donde se identificó de manera exclusiva con un poder político, quedó expuesta. No es una lección moral, sino histórica. Las fraternidades especulativas no sobreviven solo por la solidez de sus ideas, sino por la densidad de los vínculos que logran tejer en la sociedad real.
                  
La historia de la Masonería bogotana del siglo XIX deja así una advertencia que conviene no suavizar. Toda sociabilidad iniciática que se aproxima demasiado al poder sin construir una base social amplia termina pagando el precio de esa cercanía. Sin tejido ciudadano, sin anclaje en la vida cotidiana y sin capacidad de atravesar derrotas políticas, ninguna institución sobrevive al cambio de régimen. La lección no es nostálgica ni moralizante. Es histórica. Y sigue interpelándonos, hoy, cuando la tentación de confundir influencia con permanencia vuelve a aparecer bajo nuevas formas. Aún hoy la Masonería bogotana no tiene base social. La prueba es que, en las 6 localidades y 750 barrios del sur, no existe una sola Logia para sus 4 millones de habitantes. Y a pocos kilómetros, el municipio de Soacha, con cerca de 850.000 habitantes (más población que 27 de las 32 capitales de Departamento del país) tampoco cuenta con una Logia. Esa ausencia no es un dato anecdótico. Es un síntoma.
                         
Mirar la Masonería del siglo XIX solo como un episodio del pasado sería una forma cómoda de archivarla. Más útil es entenderla como una tecnología social, un método histórico para producir confianza, deliberación y ciudadanía en contextos frágiles. No fue un fin en sí misma, sino un instrumento que respondió a necesidades concretas de su tiempo. Allí en donde el Estado era inestable, la educación escasa y la violencia recurrente, la sociabilidad Masónica ofreció reglas, rituales y prácticas que permitieron convivir, discutir y construir acuerdos mínimos.
                      
Esa función explica su expansión por los puertos, su fortaleza a lo largo del río y su transformación política en Bogotá. También explica su declive cuando esas condiciones cambiaron. La historia muestra con claridad que la Masonería fue relevante cuando hizo falta, no cuando se proclamó indispensable.
                       
Desde esa perspectiva surge inevitablemente una interrogación incómoda, pero necesaria
¿es posible que la Masonería retorne hoy al rol que desempeñó en el siglo XIX, como un espacio privilegiado de formación cívica, articulación política y producción de capital social?
                      
La Respuesta no es evidente ni tranquilizadora. Porque el mundo que hizo necesaria a aquella Masonería ya no existe. El Estado ya no es embrionario, la circulación de ideas no depende de imprentas ni de tertulias cerradas, y la ciudadanía no se forma en espacios discretos, sino en escenarios abiertos, digitales y fragmentados. Pretender repetir el siglo XIX sería desconocer el siglo XXI.
                     
Lo que sí permanece vigente es la función. La historia enseña que la Masonería pierde sentido cuando se limita a administrar símbolos heredados o cuando confunde cercanía al poder con incidencia real. También enseña que se vacía cuando se encierra en sí misma, cuando sustituye la obra cívica por los rituales o cuando reduce la fraternidad a una identidad defensiva.
                          
El caso bogotano del siglo XIX es, en ese sentido, una advertencia estructural. Allí en donde la Masonería se identificó demasiado con un proyecto político específico, ganó influencia a corto plazo, pero perdió resiliencia histórica. Sin base social amplia, sin anclaje en la vida cotidiana y sin capacidad de atravesar derrotas, ninguna sociabilidad sobrevive al cambio de régimen. No es una condena moral. Es una regularidad histórica. Si la Masonería actual no profundiza su presencia y entramado social seguirá descendiendo el número de sus miembros, su densidad demográfica y su participación comunitaria.
                         
El resto del país confirma la misma lógica desde otro ángulo. Allí en donde la Masonería se integró a la educación, a la beneficencia, al comercio, a la conversación pública y a la mezcla social, logró continuidad incluso en contextos adversos. Allí en donde se volvió exclusiva, doctrinaria o excesivamente dependiente del poder central, se debilitó. La fraternidad fue fuerte cuando fue permeable, no cuando fue autosuficiente.
                       
Hoy, los puertos ya no son marítimos, sino digitales. El río ya no es el Magdalena, sino un ecosistema digital de circulación acelerada de información, opiniones y conflictos. Y Bogotá ya no es el centro exclusivo de la deliberación nacional. La lección del siglo XIX no invita a regresar, sino a reaprender a leer el territorio y el tiempo. A entender en dónde se produce hoy la sociabilidad, en dónde se construye confianza y en dónde tiene sentido intervenir.
                      
La Masonería no está llamada a recuperar un lugar perdido, sino a preguntarse, con honestidad histórica, qué puede ofrecer que no esté ya disponible en otros espacios. Las instituciones no mueren cuando son perseguidas, sino cuando dejan de ser necesarias.
                   
La historia no garantiza segundas oportunidades, pero sí ofrece criterios. Y uno de ellos es que las instituciones no sobreviven por su antigüedad, sino por su capacidad de autocrítica y de adaptarse sin traicionarse.
             
Esa fue la clave de su fuerza en el siglo XIX. Y sigue siendo, todavía hoy, su desafío más exigente.
                
Muchas gracias a todos y todas.