Por
Iván Herrera Michel
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| Stationers´Hall de Londres |
Lo
primero que conviene recordar es que la creación de una Gran Logia londinense en
1717 descansa en un relato incorporado por James Anderson a la edición de 1738
de sus Constituciones, que no ha sido posible sustentarlo con otras fuentes historiográficas,
ni se ha podido demostrar una sola de sus reuniones de 1717 a 1721. Y para
mayores males del relato, tampoco se podido confirmar la existencia de una
taberna denominada “La Oca y la Parrilla” en 1717 en esa ciudad.
El
panorama cambia radicalmente cuando llegamos al sábado 24 de junio de 1721,
porque a partir de esa fecha confluyen diversas fuentes independientes que
permiten reconstruir la jornada con un elevado grado de certeza. En contraste, esta
otra reunión si encuentra respaldo en el Book E de la Lodge of Antiquity, en la
referencia dejada por William Stukeley, en la prensa contemporánea, en la
documentación de John Theophilus Desaguliers y en el contexto institucional
perfectamente conocido de los primeros años de la Gran Logia. Además, las
investigaciones desarrolladas por Andrew Prescott, Susan Sommers, Ric Berman,
David Stevenson y otros historiadores vinculados a la Logia de Investigación
Quatuor Coronati No. 2076 han permitido valorar críticamente ese conjunto
documental y distinguir con mucha mayor precisión entre la tradición y la evidencia
histórica.
No
obstante que ninguna fuente contemporánea registra la agenda de los
acontecimientos de aquel día, a partir de los testimonios de Anderson y Desaguliers,
de las costumbres ceremoniales inglesas de comienzos del siglo XVIII y del
tiempo razonablemente necesario para cada actividad, es posible proponer una
reconstrucción de su desarrollo.
Todo indica
que debieron comenzar entre las ocho y media y las nueve de la mañana, cuando
George Payne, los Grandes Oficiales y los Maestros y Vigilantes de doce Logias
se reunieron en la “King's Arms Tavern”, muy cerca de la catedral de San
Pablo. Entre las nueve y las diez y cuarto debieron tener lugar los trabajos
preliminares, durante los cuales se reconoció oficialmente al Duque de Montagu
como Gran Maestro y se atendieron diversos asuntos administrativos, incluida la
recepción de nuevos Hermanos.
Hacia
las diez y media pasadas la comitiva debió emprender la procesión hacia el
“Stationers’ Hall”, adonde debió llegar poco antes de las once. Durante los cuarenta y cinco minutos siguientes habrían ido incorporándose los demás asistentes hasta completar unos trescientos Masones, una concurrencia verdaderamente excepcional para la Inglaterra de comienzos del siglo XVIII. Como el recorrido apenas superaba los trescientos metros, bien pudo realizarse con calma en unos quince minutos, tiempo suficiente para conferir solemnidad al traslado sin alterar el desarrollo del programa previsto.
“Stationers’ Hall”, adonde debió llegar poco antes de las once. Durante los cuarenta y cinco minutos siguientes habrían ido incorporándose los demás asistentes hasta completar unos trescientos Masones, una concurrencia verdaderamente excepcional para la Inglaterra de comienzos del siglo XVIII. Como el recorrido apenas superaba los trescientos metros, bien pudo realizarse con calma en unos quince minutos, tiempo suficiente para conferir solemnidad al traslado sin alterar el desarrollo del programa previsto.
La
elección de la “King's Arms Tavern” y del posterior traslado al “Stationers’
Hall” difícilmente puede ser tomado a la ligera. La “King's Arms”
era una de las tabernas más prestigiosas de las inmediaciones de la catedral de
San Pablo, estaba situada en el corazón político y comercial de la City de
Londres y funcionaba como sede habitual de banquetes, reuniones corporativas,
sociedades científicas y asociaciones que carecían de edificio propio. Allí
pudieron desarrollarse discretamente los trabajos preliminares de la Gran Logia.
Cuando llegó el momento de conferir solemnidad pública a la investidura del
Duque de Montagu, la pequeña procesión se dirigió al cercano “Stationers’
Hall”, uno de los edificios corporativos más prestigiosos de la ciudad.
Aquel breve recorrido representó el tránsito desde una esparcida sociabilidad de
taberna hacia una corporación unificada y reconocida públicamente en Londres.
La
historiografía crítica de las últimas décadas ha contribuido a precisar todavía
más el significado de aquella fecha. Investigadores como Andrew Prescott y
Susan Sommers, siguiendo la línea de investigación impulsada por la Logia de
Investigación Quatuor Coronati No. 2076, sostienen que el verdadero alcance del
24 de junio de 1721 reside en haber representado la transferencia efectiva de
autoridad desde las antiguas Logias autónomas hacia una nueva Gran Logia que
comenzó a ejercer oficialmente una autoridad reconocida por las Logias que
habían decidido federarse. Esa nueva institucionalidad también estuvo reflejada
en la composición social de quienes participaron en la jornada.
Si la
reunión que Anderson situó en la taberna de “La Oca y la Parrilla” el 24
de junio de 1717 congregaría únicamente a los Maestros y Vigilantes de cuatro Logias,
probablemente poco más de una veintena de hombres pertenecientes sobre todo al
mundo de los artesanos cualificados, pequeños comerciantes y algunos
caballeros, la del “Stationers’ Hall” reunió alrededor de trescientos Masones
procedentes de un espectro social mucho más amplio. Entre ellos figuraban
comerciantes, profesionales liberales, científicos, clérigos, funcionarios,
miembros de compañías gremiales e incluso algunos de los más grandes
aristócratas del reino, como el Segundo Duque de Montagu, que fue instalado ese
día como Gran Maestro, y el Primer Duque de Wharton, que sería elegido Gran
Maestro el año siguiente. De tal manera que tanto el número de asistentes como
su diversidad social y económica muestran una organización capaz de atraer a amplios
sectores de las élites ilustradas de Inglaterra.
Ese matiz
social ayuda también a comprender por qué un aristócrata de la talla de John
Montagu aceptó ponerse al frente de la organización. La Gran Logia de 1721 era
muy distinta de la pequeña agrupación de Logias que Anderson ubicó en la
taberna de “La Oca y la Parrilla”. Comprender esto resulta indispensable
para interpretar el significado político y simbólico de la aceptación de la
Gran Maestría por parte del segundo Duque de Montagu.
Ninguna
fuente contemporánea explica expresamente las razones de su decisión. Sin
embargo, el contexto político y social de la Inglaterra del Rey Jorge I permite
formular una interpretación plausible. La Masonería londinense estaba dejando
de ser una modesta pluralidad de Logias para convertirse en un espacio unificado
de sociabilidad frecuentado por nobles, parlamentarios, científicos, clérigos,
comerciantes y profesionales. Para un aristócrata whig estrechamente vinculado
a la Corte y a los círculos ilustrados, aceptar ser su director podía
significar respaldar una organización que promovía la concordia civil, la
lealtad al nuevo orden hanoveriano y una forma de sociabilidad plenamente
compatible con los ideales de la Ilustración británica. Desde esa perspectiva,
la presencia de Montagu aportó a la Gran Logia la validación pública que
necesitaba para consolidarse como una institución reconocida dentro de la
sociedad londinense.
Anderson
relata que los Grandes Vigilantes habían recibido inicialmente el encargo de
preparar el banquete en la “Stationers’ Hall” y de conseguir un número
suficiente de Stewards, es decir, de oficiales responsables de la organización
material y del servicio. Como no lograron reunir todos los necesarios, Josiah
Villeneau, comerciante establecido en Southwark, asumió la organización de toda
la celebración, con la colaboración de Thomas Morrice y Francis Bailey. Es muy
probable que aquel día naciera también la infaltable tradición Masónica del
Hermano que jamás organiza nada, pero que, una vez terminado el banquete, sabe
con absoluta certeza cómo debió hacerse.
Conviene
hacer aquí una precisión, porque la iconografía Masónica contemporánea suele
inducir a error. Cuando Anderson afirma que los Hermanos marcharon en su
recorrido “revestidos con sus insignias”, no debemos imaginar un desfile
semejante a los públicos que hoy vemos en algunos países. Una reconstrucción
históricamente rigurosa exige desprenderse de buena parte de la estética que la
Masonería incorporó durante los siglos XIX y XX. Aquellos trescientos Hermanos
no vestían elaborados mandiles bordados ni lucían lujosos collares, bandas
cruzadas sobre el pecho, joyas exuberantes, sombreros o feces Masónicos o las
vistosas espadas que hoy forman parte del ceremonial de numerosas Obediencias.
Tampoco existe evidencia de que llevaran guantes blancos. Todo esto pertenece a
una evolución posterior de la indumentaria Masónica.
La
imagen que debió ofrecer el “Stationers’ Hall” era de sobriedad y elegancia.
Los asistentes vestían conforme a la moda londinense casacas oscuras, chalecos
bordados, camisas de lino blanco, pelucas empolvadas, medias y zapatos con
hebillas. Sobre esa indumentaria llevaban un sencillo mandil blanco de cuero o
lino, sin adornos ni bordados. Las diferencias jerárquicas eran discretas y
recaían principalmente en los Grandes Oficiales, identificados mediante
pequeñas joyas o insignias propias de sus cargos y, en algunos casos, por
bastones ceremoniales utilizados durante la procesión. John Montagu, como Gran
Maestro electo y luego investido, debió distinguirse únicamente por una
insignia algo más destacada, acorde con la dignidad del cargo y muy alejada del
aparato ornamental que caracterizaría a la Masonería de épocas posteriores.
Poco
antes del mediodía, el gran salón del “Stationers’ Hall” debió lucir un
aspecto verdaderamente impresionante. Largas mesas cubiertas con manteles
blancos ocupaban toda la nave principal, mientras centenares de velas
iluminaban los paneles de madera, los vitrales y los pendones heráldicos, a la
espera del comienzo del banquete. Es muy probable que hacia las doce del día se
pronunciara la tradicional bendición cristiana de acción de gracias, conforme
al uso habitual en los grandes banquetes públicos de la Inglaterra de la época.
Aunque
no se conserva el menú del día, las comidas por aquellos años en el “Stationers’
Hall” permiten reconstruir razonablemente que debieron figurar en él grandes
piezas de roast beef, carnero y jamón, capones, pollos, pasteles de carne,
pescados, abundante pan de trigo, mantequilla, quesos y verduras de estación. Como
postre, tartas de frutas y pudines ingleses elaborados con frutas secas,
especias y sebo, muy apreciados en los grandes banquetes de la época. Y de
bebida, cerveza ale y porter, vinos de Madeira, claretes franceses y quizá
algún jerez español, muy apreciado entre las clases acomodadas londinenses.
Después llegarían los brindis tradicionales acompañados de ponche preparado con
ron o brandy, azúcar y limón. Anderson señala expresamente que toda la parte
ceremonial comenzó únicamente después del banquete, lo que permite reconstruir
con bastante probabilidad el resto de la jornada.
El
almuerzo debió concluir entre las dos y las dos y media de la tarde. Poco
después, George Payne presentó oficialmente a John Montagu, quien fue
proclamado e investido como Gran Maestro y designó a sus Grandes Oficiales y,
entre las tres y cuarto y las tres y cuarenta y cinco, John Theophilus
Desaguliers pronunció un discurso en el que expuso los principios, la
naturaleza y las aspiraciones de la nueva forma de Masonería unificada que
después pasaría a la historia con el apelativo de “Moderna”. Todo indica que la
reunión concluyó entre las cuatro y las cuatro y media de la tarde, todavía
bajo la abundante luz del verano londinense. Y seguramente entre
los trescientos Masones se quedaron algunos compartiendo y especulando quien
sería el próximo Gran Maestro.


