viernes, 24 de abril de 2026

DESPLAZAMIENTOS DE SENTIDO DEL LENGUAJE MASÓNICO

Por Iván Herrera Michel
               
Recientemente me resultó del mayor interés un intercambio de impresiones con un Venerable Maestro de una Logia Medellín, Filólogo Hispanista y Docente de la Universidad de Antioquia, sobre la idea de aproximarnos al conocimiento de la Masonería a través de la variación del significado de su vocabulario en función del tiempo, los contextos y los usos.
                  
La realidad histórica muestra que, desde su primera Gran Logia en Londres, a comienzos del siglo XVIII, la Masonería quedó atravesada por un problema de lenguaje que se profundizó a su llegada a otras tierras y a otros siglos. De hecho, la redacción de las Constituciones de Anderson de 1723 implicó también una operación de selección de vocabulario tendiente a que las viejas fórmulas de los “Old Charges” ingleses adquirieran una dimensión ilustrada. Desde entonces, la Masonería ha ido heredando y desplazando significados en un trasegar en el que distintas lecturas terminan compitiendo por imponerse como versiones legítimas.
                  
De tal manera, que en la práctica para un Aprendiz el lenguaje ritual aparezce como un territorio extraño y llamativo, en donde algunas palabras comunes adquieren un matiz inesperado y términos desconocidos se pronuncian con naturalidad. Esa primera impresión es el primer contacto de un Masón con un sistema de significados que en principio no se explica por sí mismo y que lo obliga a intuir que detrás de cada palabra hay una historia que no conoce o un significado que no logra comprender, porque, de hecho, está frente a palabras que han sobrevivido más tiempo que su significado original.
                     
Este tipo de derivas puede leerse, en términos filológicos, como una variación semántica en la que el uso de las palabras se transforma por la forma en que circulan entre espacios, instituciones y generaciones que no comparten exactamente las mismas condiciones de producción de sentido. Se trata de verdaderos cambios en el significado de los términos y reajustes continuos entre lo que las palabras dicen y lo que efectivamente logran significar en cada lugar, o en cada lengua en la que intentan encontrar un equivalente que difícilmente es exacto.
                       
En el campo de la investigación Masónica sobre el lenguaje, en el mundo inglés la Logia de investigación “Quatuor Coronati” No. 2076 abrió una línea de trabajo que convirtió textos y vocabularios en objeto de examen riguroso. Ahí están, por ejemplo, Douglas Knoop, G. P. Jones y Douglas Hamer con “Catecismos Masónicos Tempranos” (1943), y Harry Carr con “Seiscientos Años de Ritual del Oficio” (1976), que obligan a mirar la evolución del lenguaje ritual como una historia concreta. Por su lado, en el ámbito francés, Roger Dachez aportó una reflexión de gran utilidad con “La Invención de la Francmasonería” (2008), y en español José Antonio Ferrer Benimeli ha insistido desde una perspectiva histórico-crítica en desmontar inercias y leyendas, como puede verse en “Francmasonería, Invención y Tradición” (2014).
                   
Al respecto, John Hamill, en su artículo “El Lenguaje del Misterio” (Freemasonry Today, UGLE, verano de 2013), al que ya me referí en mi blog (febrero de 2020), advirtió que en inglés la palabra “mystery” pasó con el tiempo de nombrar un oficio a sugerir un secreto, cambiando no solo el lenguaje, sino además la forma de legitimarse. La diferencia se incrementó cuando “mystery” se tradujo al español como “misterio”, con una densidad mítica y religiosa que no estaba presente en su uso original. Algo similar ocurrió con “capítulo”, que en su origen designaba simplemente la reunión de los miembros de una Logia y terminó institucionalizándose como la de un Alto Grado, y con el vocablo “regularidad”, que en el siglo XVIII remitía a criterios operativos de organización y hoy suele funcionar como un marcador identitario cargado de exclusiones.
                      
Y es ahí en donde el análisis y el recorrido de las palabras obligan a reconocer que muchas de ellas no significaban lo mismo en los siglos XVIII, XIX, XX y XXI, ni hoy en Bogotá, Montreal o Tokio, o cuando se leen traducidas en Logias en las que la aparente equivalencia oculta desplazamientos que han ido tomando significados que originalmente no existían. De tal manera, que en ciertos contextos contemporáneos su repetición termina produciendo una ilusión de continuidad que no existe.
                    
En la actualidad debemos reconocer que los nuevos Masones poseen estándares académicos más altos que los anteriores, tienen hábitos de lectura más exigentes y cuentan con acceso inmediato a las fuentes. Ellos están empezando a agradecer, incluso a exigir, miradas más rigurosas sobre la práctica y la conceptualización de lo Masónico. Y esa exigencia lejos de ser homogénea, se expresa de maneras distintas según los contextos y converge en una misma dificultad frente al lenguaje heredado cuando este ya no alcanza a explicar la experiencia o ha cambiado de función dentro de las estructuras de poder
                     
Una Masonería que no interroga su lenguaje en clave contemporánea, termina repitiendo categorías que pueden haber perdido contacto con la realidad humana y social que dice querer ayudar a construir con su método de símbolos y alegorías. Y en ese punto el problema deja de ser semántico y pasa a ser institucional, porque cuando las palabras se vacían, las prácticas tienden a simular lo que ya no sostienen, y lo que se presenta como tradición puede terminar siendo apenas una repetición sin memoria, o una traducción heredada que no trasmite el mismo sentido. 
                
En ese aspecto, el lenguaje Masónico es un objeto histórico en sí mismo, susceptible de ser analizado, comparado y reinterpretado. Pero también es un campo de responsabilidad, porque si las palabras que hoy pronunciamos ya no dicen lo mismo en todas partes, y si su significado depende cada vez más del contexto en que circulan, entonces la tarea no es defenderlas por inercia, sino someterlas a prueba, incluyendo la prueba de la traducción, que muchas veces revela más de lo que aparenta conservar.

Porque lo que está en juego es su propia relación con la realidad.