De
hecho, las IAs para estos nuevos Maestros no representan una ruptura con una
tradición, sino un ambiente sociológico normal en el que pueden someter a
examen las instrucciones que reciben y ser menos dependientes del prestigio de
los nombres y más respetuosos de la solidez de los argumentos. Una contingencia
que resulta especialmente trascendental en la Masonería, que es un fenómeno con
una mezcla muy rica de alegoría, simbolismo, tradición y especulación.
Por
ejemplo, durante los tres siglos de existencia de la Masonería han circulado
falsos históricos que pretenden vincular a la Masonería con los constructores
de las pirámides, los templarios, los misterios de Egipto, las escuelas
pitagóricas o innumerables personajes célebres de la Biblia y fuera de ella.
Ahora el nuevo Masón con una IA a la mano puede preguntar por la validez de
esas narraciones, comparar versiones, averiguar qué evidencias existen al
respecto y descubrir quién ofrece pruebas, quién propone una interpretación y
quién repite algo que no corresponde a la realidad histórica.
En
honor a la verdad, hay que aceptar que la IA los ha ayudado a expresar mejor lo
que piensan, e incluso les ha mostrado que todavía no habían pensado
suficientemente un asunto, señalado contradicciones, recomendado precisiones y
sugerido matices. Una de las contribuciones más interesantes de esta tecnología
es que los obligó a formular mejores preguntas, porque no es lo mismo preguntar
cuál es el significado de un símbolo que preguntar cuándo apareció, en qué Rito
se utiliza, qué dicen los documentos más antiguos o cómo fue interpretado por
determinado autor o corriente Masónica. Tampoco es lo mismo preguntar si un
personaje fue Masón que solicitar las pruebas de su Iniciación, la Logia a la
que perteneció o la fuente contemporánea que lo confirma.
Así
las cosas, en sana critica podemos preguntarnos qué significa ahora trabajar
Masónicamente. Porque si una inteligencia artificial puede redactar una
Plancha, explicar un símbolo, resumir un libro, comparar Rituales y localizar
en segundos una referencia histórica que antes exigía horas o días de búsqueda,
ninguna de esas actividades, tomadas aislada o conjuntamente, puede seguir
definiendo lo que entendemos por trabajo Masónico.
Tal
vez la IA nos esté obligando a reconocer que el trabajo Masónico comienza
realmente después de recibir la información. Comienza cuando el Masón la
contrasta con su propia conciencia, la somete a juicio, la confronta
fraternalmente con otros y permite que aquello que ha comprendido modifique en algo
su manera de pensar, de convivir o de actuar. Una máquina puede ayudarnos a
escribir una magnífica Plancha sobre la tolerancia, pero no puede practicar la
tolerancia por nosotros. Puede explicarnos durante horas el simbolismo de la
Piedra Bruta, pero no puede desbastar nuestras aristas. Puede describir
perfectamente qué significa la fraternidad, pero no puede reconciliarnos con un
Hermano con quien estamos distanciados. Y puede producir un texto impecable para
una Tenida, pero no puede vivirla.
Esto
introduce además un cambio en algo muy humano dentro de la propia Masonería
como es el prestigio del conocimiento. Durante mucho tiempo, quien poseía una buena
biblioteca, recordaba muchos autores, conocía mejor los Rituales o llevaba
décadas en la Orden disponía de un capital intelectual difícil de alcanzar para
un recién iniciado. Hoy buena parte de esa información está disponible en
segundos, y eso desplaza el valor desde la posesión del conocimiento hacia la
capacidad de comprenderlo, cuestionarlo, relacionarlo y convertirlo en criterio
propio.
Quizá
por eso el Masón que viene no será necesariamente más valioso porque sepa más
cosas, sino porque sepa discernir mejor. El prestigio podría pasar del que
acumula respuestas al que formula mejores preguntas, del que cita más autores
al que sabe distinguir una fuente sólida, y del que presenta la Plancha más
erudita al que logra convertir el conocimiento en reflexión compartida y, sobre
todo, en conducta.
Pero
quizá el cambio más profundo consista en la aparición de un nuevo tipo de actor
Masónico que está acostumbrado a no recibir una respuesta sin volver a
preguntar. Y eso no tiene por qué empobrecer a la Masonería, porque un mito o
una alegoría puede contener una enseñanza profunda sin que tengamos que
presentarlo como un acontecimiento real, y una tradición puede ser muy hermosa
y significativa sin que debamos convertirla artificialmente en historia.
Y
posiblemente allí esté el verdadero desafío que nos plantea la inteligencia
artificial. No preguntarnos si una máquina puede hacer una Plancha Masónica,
porque evidentemente puede hacerla, sino preguntarnos qué hacemos nosotros con
esa Plancha después de leerla. Porque si trabajar Masónicamente consiste
únicamente en reunir información, redactarla y exponerla en Logia, la
inteligencia artificial puede hacer una muy buena parte de ese trabajo, y
muchas veces mejor que nosotros. Pero si consiste en convertir conocimiento en
conciencia, conciencia en diálogo y diálogo en una manera distinta de
relacionarnos con nosotros mismos, con nuestros Hermanos y con la sociedad,
entonces la herramienta habrá cambiado, pero el trabajo seguirá siendo
profundamente humano.
Y aquí aparece la extraordinaria paradoja de que mientras más tecnológica se vuelve la sociedad, más valor puede adquirir aquello que la Masonería conserva de profundamente humano.
