Por Iván Herrera Michel
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| Panorámica de Bogotá |
Hablar de la Masonería bogotana del
siglo XIX es intentar comprender cómo un grupo reducido de hombres, reunidos en
Logias, buscó dotar de razón liberal a una república que aún avanzaba de la
mano de la cruz y la espada. En una ciudad que olía a incienso y pólvora, los Masones
se propusieron formar ciudadanía, aunque no siempre fueran conscientes de los
límites sociales de ese propósito.
A comienzos del siglo XIX, la capital de
Colombia era un enclave andino recogido entre cerros, con los ríos San
Francisco y San Agustín marcando sus bordes, calles empedradas y faroles de
aceite que movían el viento frío del altiplano. Esa vida urbana, aparentemente
local y cerrada, estaba sin embargo atravesada por flujos globales de ideas,
libros, mercancías y noticias que llegaban fragmentadas y tardías, pero que
eran reinterpretadas desde abajo por artesanos, impresores, aprendices y
lectores anónimos, dando a la modernidad bogotana un carácter propio,
simultáneamente periférico y conectado. Tenía poco más de treinta mil
habitantes, según el censo de 1801, y su ritmo cotidiano era el de una villa
clerical que aspiraba a convertirse en república. En los portales del Rosario y
en las plazas de mercado se mezclaban pregones con rumores políticos, y en los salones
privados, atrios, pulperías y fondas se comentaban las ideas liberales llegadas
de París, Londres o Cádiz. La élite bogotana, formada en los claustros de San
Bartolomé, vivía dividida entre la nostalgia virreinal y el impulso
republicano, mientras el comercio de mulas, textiles, chicha y tabaco marcaba
la economía y la moral urbana. Detrás de cada prócer había muchos artesanos,
criados, jornaleros y mujeres casi siempre invisibles que sostenían la vida
cotidiana de una ciudad en donde la razón comenzaba a abrirse paso con
dificultad entre rosarios y decretos.
A partir del 19 de junio de 1833, cuando
cuatro Logias de Santa Marta, Cartagena
y Riohacha fundaron en Cartagena el Gran Oriente y Supremo Consejo Neogranadino bajo la dirección del coronel José María Vesga, desde la costa se extendieron patentes hacia distintas ciudades, incluida Bogotá. Américo Carnicelli, en su Historia de la Masonería Colombiana (1833–1940), menciona talleres bogotanos ya en 1834 y 1835 como parte de una tradición temprana que, sin embargo, no cuenta con actas ni cuadros de columnas que prueben su existencia real. Es posible que algunas de esas experiencias hayan existido de forma efímera, pero su rastro documental resulta hoy insuficiente para afirmarlo con certeza.
y Riohacha fundaron en Cartagena el Gran Oriente y Supremo Consejo Neogranadino bajo la dirección del coronel José María Vesga, desde la costa se extendieron patentes hacia distintas ciudades, incluida Bogotá. Américo Carnicelli, en su Historia de la Masonería Colombiana (1833–1940), menciona talleres bogotanos ya en 1834 y 1835 como parte de una tradición temprana que, sin embargo, no cuenta con actas ni cuadros de columnas que prueben su existencia real. Es posible que algunas de esas experiencias hayan existido de forma efímera, pero su rastro documental resulta hoy insuficiente para afirmarlo con certeza.
La primera evidencia sólida aparece en
1849 con la Logia Estrella del Tequendama Nº 11. A partir de allí, la historia
se sostiene con archivos, actas, correspondencias y discursos. En sus Tenidas,
convertidas en espacios de sociabilidad de notables liberales, participaron
Murillo Toro, Mosquera, Camacho Roldán, Uricoechea y José Hilario López, entre
otras figuras centrales del liberalismo nacional. Políticos, militares y
hombres de Estado que compartían la convicción de que el país no debía
construirse desde el púlpito, y es probable que en aquellas reuniones se
debatieran asuntos como la abolición de la esclavitud, la libertad de prensa,
el matrimonio civil o la escuela pública, aunque no siempre sea posible
reconstruir con precisión el contenido de cada discusión. Lo cierto es que allí
no predominaban invocaciones mágicas, “esoterismos”, seudociencias ni
ritualismos místicos, sino una ética cívica y una pedagogía política que
buscaba formar republicanos.
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| Escena urbana de Bogotá a finales deel S. XIX |
El país, entretanto, se vio atravesado
por las guerras civiles de 1840, 1851, 1860 y 1876, que enfrentaron al
liberalismo federal y anticlerical con el conservadurismo centralista y
católico. En 1851 se abolió la esclavitud, en 1853 se promulgó una Constitución
liberal y en 1863 la de Rionegro llevó la libertad hasta límites difíciles de
sostener. Las Logias acompañaron esas luchas de manera desigual, y algunas dejaron
de reunirse por temor mientras otras ofrecieron refugio a perseguidos. En las
actas de la Logia Estrella del Tequendama aparece el caso de un tipógrafo de
apellido Peñalosa, expulsado de su oficio por publicar panfletos anticlericales,
que fue acogido por sus hermanos. Ese episodio, aunque aislado, permite intuir
una práctica concreta de solidaridad en un contexto en donde pensar podía tener
costos reales.
En 1864, con la creación del Supremo
Consejo del Grado 33 de la Jurisdicción del Centro de Colombia, Bogotá se
consolidó como un segundo nodo Masónico en el país. El general Tomás Cipriano
de Mosquera fue su principal artífice y Soberano Gran Comendador. Surgieron
entonces Logias como Libertad y Concordia, Paz y Trabajo, Luz de Cundinamarca y
Fraternidad, en las que el Rito Escocés Antiguo y Aceptado funcionó como una
pedagogía cívica, en donde cada grado proponía una lección moral y cada Tenida
se entendía como un ejercicio republicano.
Con el paso de los años, las Logias
bogotanas reflejaron las fisuras internas del propio Partido Liberal. Algunas,
cercanas al liberalismo moderado de José Hilario López y Florentino González,
se inclinaron por la conciliación institucional, mientras otras, más próximas
al radicalismo de Murillo Toro, Manuel Ancízar o Santiago Pérez, defendieron un
anticlericalismo militante y la educación laica. Esa tensión se manifestó en
los Templos y las Tenidas se convirtieron a menudo en prolongaciones de
controversias parlamentarias, sin que siempre fuera claro en dónde terminaba la
fraternidad y en donde comenzaba la disputa política.
En contraste, la relación con el Partido
Conservador fue limitada y ambigua. Algunos conservadores ilustrados asistieron
a Logias en momentos de tolerancia relativa, pero sin continuidad ni proyecto
compartido. Para el conservadurismo dominante, la Masonería representaba el
rostro moderno de la razón emancipada y, por ello, una amenaza moral. De hecho,
no hubo Logias conservadoras propiamente dichas, ni una convergencia
doctrinaria estable entre ambos mundos.
Al mismo tiempo, y más allá de los
partidos, las Logias bogotanas dialogaron de manera desigual con otros
movimientos sociales y culturales interesados en la modernización del país.
Desde una perspectiva de historia social, es importante observar no solo a los
dirigentes visibles, sino también a los actores subalternos que orbitaban estos
espacios (artesanos, tipógrafos, empleados de base, estudiantes, Etc.) que
encontraron en la sociabilidad Masónica y para-Masónica lenguajes de dignidad,
mérito y ciudadanía que excedían los muros del Templo. Los Talleres mantuvieron
vínculos con sociedades democráticas de artesanos, con la prensa liberal y con
el pensamiento científico que se difundió tras la fundación de la Universidad
Nacional en 1867. Desde esos espacios, la Masonería actuó como puente entre la
élite ilustrada y sectores urbanos que aspiraban a educación y ciudadanía,
aunque ese puente no siempre fuera transitable en ambos sentidos.
Julio Hoenigsberg las definió como una
“escuela política”, y décadas después Gilberto Loaiza Cano mostró la conexión
entre Logias, prensa liberal y sociabilidad artesana. Ambas lecturas resultan
complementarias si se acepta que la Masonería bogotana fue motor de modernidad
y, al mismo tiempo, reflejo de sus propias limitaciones. Su proyecto ilustrado,
aunque reformista, no logró romper del todo las estructuras sociales heredadas
de la colonia, ni pretendió siempre hacerlo.
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| Escudo de Bogotá |
Sin embargo, la Masonería bogotana, aun
siendo un espacio de pensamiento libre, se movió dentro de los límites de su
tiempo. Predicó la igualdad, pero excluyó a las mujeres, y defendió la fraternidad
desde estructuras jerárquicas. Fue moderna en sus ideas y conservadora en su
organización. Ese desequilibrio ayuda a explicar por qué su impulso no
sobrevivió intacto a la tormenta política posterior.
En 1886, la Regeneración conservadora
reinstaló el catolicismo como religión oficial y devolvió a la Iglesia el
control de la enseñanza. En este contexto, todas las Logias bogotanas, sin
ninguna excepción, se apagaron progresivamente. Cabe resaltar, en honor a la
verdad histórica, que las Logias creadas en Bogotá en la segunda década del siglo XX que tomaron
nombres de las desaparecidas en el siglo anterior, como, por ejemplo, de las extintas “Estrella
del Tequendama”, “Propagadores de la Luz” y “Filantropía Bogotana”, lo hicieron como homenajes a ellas, en el mejor de los casos, más que como continuidades orgánicas de las
anteriores, ya que aparte del nombre que copiaron no tienen nada más en común con aquellas.
Lo que queda de la experiencia del Siglo
XIX no es solo un inventario de Logias, sino una pregunta abierta sobre los
límites de la modernización ilustrada. Vista desde abajo, la Masonería bogotana
aparece como un nodo dentro de una constelación más amplia de prácticas
sociales, lecturas compartidas y aspiraciones de movilidad simbólica, en las
que lo global se filtró por lo local y fue reelaborado por individuos concretos
en condiciones históricas específicas.
La Masonería bogotana del siglo XIX fue
un intento de transformar la república desde arriba, y aunque su alcance social
fue restringido, su eco intelectual resultó duradero. Tal vez su mayor
enseñanza sea que la libertad y la educación no se decretan, sino que se
construyen lentamente en el conflicto entre ideas, intereses y realidades
sociales.



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