viernes, 17 de diciembre de 2021

¿PORQUÉ SOY MASÓN?

 Por Iván Herrera Michel
           
              
Me preguntan con frecuencia por qué soy Masón.
                      
Menuda pregunta, pero la contesto sin medias tintas ni verdades veladas, aclarando, primero que todo, que no lo soy de cualquiera manera, pero si a pesar de todo.

            
Para mí, ser Masón conlleva un modo de concebir y funcionar en sociedad y en la relación con nuestra propia conciencia moral. Un humanismo que emana y fluye espontáneamente y sin esfuerzos, como por propensión, y del cual se deriva una cosmovisión y unas acciones conscientes. Implica hablarle constructivamente al mundo a sabiendas que ese mundo es mayor de edad.
                     
Se puede ser Masón de muy variadas formas, pero a mí me gusta la versión que no es excluyente, ni prejuiciosa ni tiene problemas para gestionar la libertad de conciencia entre sus miembros.  
                    
No me siento a gusto con las que se embelesan con teorías conspirativas, exóticas o sobrenaturales. Ni con las que tienden a ser faroleras, suplantar religiones, implantar creencias, promover lobbies o aconsejar negocios. Mucho menos comulgo con las que parecen una secta. Ni con las que son kitsch. Ni con las que se plantean los mismos objetivos que los clubes de servicio, por muy nobles que estos sean. Ni con las que confunden el método Masónico con los predicamentos de superación personal.
              
La Masonería a la que me gusta pertenecer es esencialmente constructiva. Imagina edificar un mundo en el que quepamos todos. No gusta de dogmatismos, servilismos, caudillismos ni pensamientos únicos. Se estima universal. Se expresa en democracia. Busca unir lo que está disperso, y la empatía es un componente básico de su método de construcción.
                     
Prefiero el ecosistema Masónico que se sustenta y se apasiona por sus anhelos, por sus sueños, por sus utopías, por sus convicciones... que usa sus herramientas simbólicas y se inspira en su historia y en sus debates. Que tiene confianza en la utilidad de la Orden.
                       
Pero no concibo esta manera de ser Masón como “la única forma correcta" de serlo. Sería presuntuoso. Solo es la que he elegido para mí entre otras que he conocido. Por la que he optado. Y me gusta porque ofrece la oportunidad de regalarse a sí mismo, de manera reflexiva, con libertad de conciencia, un proyecto, una visión, una misión y un sentido para la propia vida y la sociedad.
      
En realidad, solo me he adherido a la tradición de un "sistema peculiar de moralidad"  que ha probado ser válido, sin ningún inconveniente, tanto para los Masones Modernos del siglo XVIII como para los Masones y Masonas del XXI. 

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¿POURQUOI SUIS-JE MAÇON ?

Par Iván Herrera Michel

On me demande souvent pourquoi je suis maçon.

Quelle question, mais j'y réponds sans demi-mesures ni vérités voilées, précisant d'abord que je ne le suis en aucune façon, mais malgré tout.

Pour moi, être maçon implique une manière de concevoir et de fonctionner en société et en relation avec notre propre conscience morale. Un humanisme qui émane et coule spontanément et sans effort, comme par propension, et dont découlent une vision du monde et des actions conscientes. Cela implique de parler de manière constructive au monde en sachant que ce monde a l'âge légal.

On peut être maçon de bien des manières, mais j'aime la version qui n'est pas exclusive, préjudiciable, ou qui a des problèmes à gérer la liberté de conscience entre ses membres.

Je ne suis pas à l'aise avec ceux qui sont fascinés par les théories du complot, exotiques ou surnaturelles. Ni avec ceux qui ont tendance à bluffer, supplanter les religions, implanter des croyances, promouvoir des lobbies ou conseiller des entreprises. Je communie beaucoup moins avec ceux qui ressemblent à une secte. Ni avec ceux qui sont kitsch. Ni avec ceux qui ont les mêmes objectifs que les clubs philanthropiques, aussi nobles soient-ils. Ni avec ceux qui confondent la méthode maçonnique avec les difficultés de l'amélioration de soi.

La Maçonnerie à laquelle j'aime appartenir est essentiellement constructive. Imaginez construire un monde dans lequel nous nous adaptons tous. N'aime pas le dogmatisme, la servilité, le caudillisme ou les pensées uniques. Il est considéré comme universel. Elle s'exprime dans la démocratie. Elle cherche à unir ce qui est dispersé, et l'empathie est une composante fondamentale de sa méthode de construction.

Je préfère l'écosystème maçonnique soutenu et passionné par ses aspirations, ses rêves, ses utopies, ses convictions... qui utilise ses outils symboliques et s'inspire de son histoire et de ses débats. Qu'il a confiance en l'utilité de l'Ordre.

Mais je ne conçois pas cette manière d'être maçon comme "la seule manière correcte" de l'être. Ce serait présomptueux. C'est seulement celle que j'ai choisie pour moi parmi d'autres que j'ai connue. Pour laquelle j'ai choisi et je l'aime parce qu'elle offre l'opportunité de me donner, de manière réflexive, avec liberté de conscience, un projet, une vision, une mission et un sens pour sa propre vie et société.

En fait, je n'ai adhéré qu'à la tradition d'un "système particulier de moralité" qui s'est avéré valable, sans aucun inconvénient, à la fois pour les Maçons Modernes du 18ème siècle et pour les Maçons et les Maçons du 21ème.

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martes, 16 de noviembre de 2021

Test Masónico

Comparto un Test diseñado para ubicarnos dentro del espectro ideológico que ofrece la Masonería, publicado por la Revista Masónica “Cadena Fraternal" en su edición No. 14 correspondiente al mes de noviembre de 2021, editada por la R:. L:. S:. Mariscal Andrés Avelino Cáceres N°18 del Or:. de Trujillo, jurisdiccionada a la M:. R:. Gran Logia del Norte del Perú.

 
                                                             TEST MASÓNICO

Por Iván Herrera Michel.
                    
El siguiente Test ha sido diseñado para que un Masón (a) al responderlo mida su propio posicionamiento dentro de la diversidad Masónica existente, al igual que su conocimiento de la Orden. En las respuestas ofrecidas se han incluido afirmaciones escuchadas dentro y fuera de los talleres, de tal forma que retraten nuestra dialéctica y contradicciones.

                
El resultado es su propia forma de percibir la Masonería.
             
1. ¿Considera Ud. que un "ateo estúpido" puede ser iniciado en la Orden?
a. No. Porque los ateos no poseen buenas costumbres.
b. No. Por estúpido. Al igual que tampoco un creyente estúpido.
c. Si. Existen grandes ateos que son orgullo de la Masonería. Por ejemplo: Moliere, Rousseau, Helvetius, Goethe, etc.
d. No. Porque lo prohíben los Landmarks.
e. Sí. Porque generalmente al ateísmo se llega por el camino del libre pensamiento, y el Masón debe ser un libre pensador.
f. Sí. Las creencias o no creencias son un asunto personal.
g. No. Porque el ateo no tiene moral.
              
2. ¿Considera usted que un "creyente estúpido" puede ser iniciado en la Orden?
a. No. Porque un creyente es un dogmático y un dogmático no es un libre prensador.
b. No. Pero no por creyente, sino por estúpido.
c. Sí. Si tiene buenas costumbres.
d. Sí. Un Masón debe creer en un principio creador.
e. Sí. Las creencias o no creencias son un asunto personal.
f. No. Porque un creyente posee una mentalidad infantil.
                         
3. La expresión "Un Masón es un hombre de pensamiento liberal" significa que el Masón:
a. Es un libre pensador
b. Es un hombre libre y de buenas costumbres
c. Debe votar siempre y en toda circunstancia por el candidato oficial del Partido Liberal.
d. Ninguna de las anteriores.
e. Todas las anteriores.
 
4. La Tolerancia Masónica significa:
a. Que cada quien haga lo que le dé la gana.
b. Respetar todas las formas de pensamiento sin distingo de ninguna clase, desde el más ingenuo idealismo hasta el racismo más aguerrido.
c. Aplicar la política de "dejar hacer, dejar pasar".
d. Ninguna de las anteriores.
e. Todas las anteriores.
                  
5. La Fraternidad Masónica implica:
a. Amar al Hermano Masón por sobre todas las cosas.
b. Socorrer al Hermano necesitado.
c. Encubrir delitos cometidos por otro Masón.
d. Prevaricar si es necesario para favorecer a otro Masón.
e. Ninguna de las anteriores.
f. Todas las anteriores.
                      
6. El concepto de Igualdad Masónica lleva implícito:
a. Que todos los seres humanos son iguales, sin distingo de sexo, raza, religión, posición social, orientación sexual o patrimonio económico.
b. Que todos los seres humanos son iguales en el mundo profano, pero no dentro de la Orden.
c. Que todos los seres humanos son iguales dentro de la Orden, pero no en el mundo profano.
d. Ninguno de los anteriores.
e. Todas las anteriores.
              
7. El Juramento Masónico debe ser prestado:
a. Sobre una Biblia.
b. Sobre un libro sagrado.
c. Sobre un libro no religioso de contenido moral.
d. Sobre el propio honor del Masón.
e. Sobre la Constitución Nacional del país.
f. Cualquiera de los anteriores.
g. Ninguna de las anteriores.
                  
8. La presencia de un volumen de la Biblia es:
 a. Obligatoria en las Tenidas.
 b. Opcional en las Tenidas.
 c. La impone el Rito Escocés Antiguo y Aceptado.
 d. La imponen los Landmarks.
e. Ninguna de las anteriores.
 
9. Los libros "List of Lodge" y “Year Book” de las Grandes Logias de blancos de Estados Unidos y la Gran Logia Unida de Inglaterra:
a. Reúne a toda la Masonería Mundial.
 b. Es divisionista.
c. Nombra sólo al 15% de la Masonería Mundial.
d. En USA excluye a las Grandes Logias de negros entre otras 500 más.
e. Determina la Regularidad Masónica.
f. Contiene un discurso colonialista
g. Ninguna de las anteriores.
h. Todas las anteriores.
         
10. Frente a la afirmación "Sólo puede existir una Gran Logia en un mismo territorio", usted:
a. Sostiene que es una verdad incontrovertible.
b. Sostiene que es una falsedad histórica.
c. Es capaz de nombrar ciudades de América, Europa y Asia que cuentan con varias Grandes Logias.
d. Sostiene que se está manipulando la información.
e. Cree que es un tema irrelevante.
f. Ninguna de las anteriores.
         
11. La Masonería tal como se practica a través de la Internet:
a. Es una amenaza para la Orden.
b. Es una oportunidad para la Orden.
c. Es una amenaza para la Regularidad Masónica.
d. Esta oxigenando la Orden.
e. Debe ser proscrita y no reconocida.
f. Ninguna de las anteriores.
g. Todas las anteriores.
                  
12. Frente a la afirmación "las mujeres pueden ser Masonas", Ud.:
a. Afirma que es lo peor que le puede pasar a la Orden.
b. Sostiene que lo prohíben los Landmarks.
c. Pregunta que tiene de malo.
d. Explica porque las mujeres no están preparadas para ser Masonas.
e. Informa que ya han sido iniciadas en más de 100 país y desde hace varios siglos.
f. Jura que no entrarán mujeres en su Logia mientras viva.
g. Opina que son inventos del mundo moderno.
h. Aclara que no se dice Masona, sino una Masón.
1. Sostiene que cada quien tiene derecho a hacer de su capa un sayo.
                   
13. La autonomía de una Logia significa que el Taller:
a. Puede tomar cualquier decisión soberanamente, cualquiera que sea su naturaleza.
b. Sólo puede adoptar decisiones en materia de presupuesto y reglamento interno.
c. Tiene la autonomía limitada por la Constitución de la Gran Logia.
d. Ninguna de las anteriores.
e. Todas las anteriores.
                
14. La iniciación de un nuevo Masón es:
a. Un asunto interno del Taller.
b. Un asunto que afecta a toda la Gran Logia.
c. Un asunto que afecta a toda la Orden.
d. Ninguna de las anteriores.
e. Todas las anteriores.
           
15. La "Regularidad" sirve hoy:
a. Para nada.
b. Para probar que se está frente a un Masón "de verdad".
c. Para que lo acepten en "cualquier Gran Logia del Mundo".
d. Para que se peleen los Masones.
e. Para lo mismo que sirve un peine a un calvo.
f. Para hacer el ridículo.
g. Ninguna de las anteriores.
h. Todas las anteriores.
       
16. Los 25 Landmarks de McKey de 1864, son:
a. De una antigüedad y una obligatoriedad incontestable.
b. Una expresión de la clase de Masonería Anglosajona y deísta que practicaba Albert G. McKey en USA.
c. Un intento más de reescribir los límites de la Orden.
d. Un listado más de Landmarks, entre muchos otros.
e. Ninguna de las anteriores.
f. Todos los anteriores.
 
17. Considera Ud. que los Masones nunca han hablado en sus Tenidas de:
a. Política.
b. Religión.
c. Sexo
d. Economía
e. Artes adivinatorias.
e. Ninguna de las anteriores.
f. Todas las anteriores.
                
18. La afirmación: "Un cojo no puede ser iniciado en la Masonería", le parece:
a. Apenas lógica.
b. Cruel e inhumana.
c. Derivada de la actividad Masónica operativa.
d. Inconstitucional.
e. Ninguna de las anteriores.
f. Todas las anteriores.
             
19. El Rito Escocés Antiguo y Aceptado:
a. Va del 4º grado al 33.
b. Va del 1º al 33º grado.
c. Impone que el Soberano Gran Comendador es el superior jerárquico del Gran maestro.
d. Impone que el Gran Maestro es el superior jerárquico del Soberano Gran Comendador.
e. Impone trato de iguales entre el Gran Maestro y el Soberano Gran Comendador.
f. Ni es Escocés, ni es Antiguo, ni es Aceptado.
g. Si es Escocés, Antiguo y Aceptado.
h. Ninguna de las anteriores.
i. Todas las anteriores.
         
20. En la Masonería nunca se han iniciado:
a. Cojos.
b. Ateos.
c. Mujeres.
d. Ambiciosos.
e. Buscadores de empleo.
f. Arribistas.
g. Personas con antecedentes y/o investigaciones penales en curso.
h. Hombres libres y de buenas costumbres.
i. Intelectuales.
j. Homosexuales.
k. heterosexuales.
k. Todas las anteriores.
l. Ninguno de las anteriores.
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Pregunta post escritum:
 
Después de leer el cuestionario Ud.:
a. Considera que se trata de confundir a los Masones.
b. Piensa que es una broma.
c. Opina que es un mal chiste.
d. Sostiene que Ud. si es un libre pensador químicamente puro.
e. Siente latir un Talibán por dentro.
f. Siente latir un jacobino por dentro.
g. Se enoja y despotrica de él.
h. Afirma que el autor debe tocar estos temas con más responsabilidad.
i. Recomienda el cuestionario.
j. No sabe qué pensar.
k. Siente deseos de cambiar de Logia.
l. Ninguna de las anteriores.
ll.. Todas las anteriores.
                      
                   
                      
                 

 


martes, 12 de octubre de 2021

LA JUSTICIA EN UN TRIBUNAL MASÓNICO

Por Iván Herrera Michel 

Como en toda institución, los conflictos no dejan de presentarse periódicamente y se hace necesario, una vez superados los canales fraternales, acudir a las reglamentaciones. Ya me he referido a estas cuestiones en publicaciones pasadas, pero las tensiones actuales en una Gran Logia centroamericana ha motivado que me hagan llegar preguntas sobre mi opinión al respecto. 
           
Lo primero que hay que aclarar es que los Masones nos encontramos irremediablemente inmersos en sociedades civiles dotadas de normas, criterios de interpretación y principios rectores que hemos ayudado a construir y a cuyo estado de derecho nos debemos. De tal manera, que nuestras tradiciones y normas internas en ningún momento pueden disponer, obligarnos o exonerarnos de hacer algo en contra de las leyes. Por no hablar de nuestra conciencia, creencias o convicciones. 
                                     
 Algunas veces podemos encontrarnos frente a un Masón que pretende hacer un uso abusivo de sus derechos para provecho propio, perjuicio de la Gran Logia o hacer daño a otro Masón. En otras ocasiones, una presumida omnipotencia estructural, o el ego inflado de un dignatario de la Orden, convierte a algunas instituciones Masónicas en autoritarias y absolutistas, sin separación ni independencia de poderes, o proponen en sus reglamentos una especie de manual de convivencia más propio de un colegio religioso que de una Logia. 
             
Es algo particularmente sensible en un tribunal Masónico, caracterizado por carecer de contenido iniciático, ya que quienes lo integran juzgan conductas, tienen como eje central la justicia y la equidad, y deben velar porque no se contravengan las leyes Masónicas y civiles. 
                    
La normativa que le corresponde aplicar a un Tribunal Masónico es una amalgama sui generis de la filosofía de los Principios Fundamentales ingleses, que son consuetudinarios (Landmarks, antiguos usos, etc.), y del derecho positivo latino, (Constituciones, Reglamentos y Estatutos), en una mixtura que se fue consolidando a lo largo de tres siglos de existencia simultanea de la Orden en países de tradición anglosajona y naciones de estirpe jurídica romana. 
                             
De hecho, este coctel referencial se evidencia en la reglamentación más antigua de la Masonería moderna sobre el tópico, que es la que trae el acápite “VI - DE LA CONDUCTA -”, de las Constituciones de Anderson de 1723, que al respecto establece: 

 “Si se presenta una queja contra un hermano, el culpable debe someterse al juicio y a la decisión de la Logia, que es el tribunal real, a menos que corresponda su conocimiento a la Gran Logia. En tales casos debe cuidarse de que no interrumpan por estas causas los trabajos del procesado, y si llegase a ocurrir una suspensión forzosa, debe tomarse una decisión con arreglo a las circunstancias. Tampoco debe recurrirse a los tribunales de justicia para ventilar asuntos de la Masonería, a no ser que la Gran Logia reconozca y declare ser de indispensable necesidad.” 
                        
En el marco de este deber ser moral y jurídico, al aparato interno de justicia le corresponde la titularidad de la acción disciplinaria, y en desarrollo de sus funciones debe ser cuidadoso con el respeto a las leyes internas y nacionales, y en especial con las garantías del procesado. 
                         
Lejos de mi ánimo está el comparar un Tribunal Masónico con uno civil. Pero no puedo tampoco perder de vista que todo lo que se haga y decida en desarrollo de un juicio Masónico, puede potencialmente ser revisado por un juez civil. 
                        
Podríamos extendernos en una interminable discusión acerca de la pertinencia de un Masón recurriendo a una acción judicial contra una institución Masónica o contra sus dignidades. Pero siempre será lamentable, por ser el peor escenario posible, que a ese Masón un juez ordinario le encuentre que la Orden le atropelló sus derechos. 
                             
Hay gestiones en la dirección Masónica que recomiendan una especial experticia. La del juez es una de ellas, porque una justicia mal administrada expone a la Masonería, a sus instituciones y a sus dirigentes a un gran perjuicio en su buen nombre y patrimonio. 
                            
Naturalmente, que mis mayores deseos están dirigidos a que nunca tengamos la necesidad de juzgar a otro Masón, y a que, si se presenta la ocasión, jamás desconozcamos sus garantías ni sus derechos a la presunción de inocencia, a un debido proceso, a su defensa, a presentar, controvertir y solicitar pruebas, y a un juicio justo, imparcial y equitativo, en donde los titulares de la acción disciplinaria no estén motivados por sentimientos de antipatía o afecto hacia el quejoso o el investigado. 
                     
Pero, sobre todo, a que, si el Masón juzgado, encontrado culpable y sancionado recurre a los tribunales civiles, estos encuentren que en la Masonería se administra justicia debidamente. 
                         
Ya que, parafraseando a De Gaulle, podemos afirmar sin peligro de equivocarnos que la “Masonería no puede ser Masonería sin su grandeza”. 
                    
 Y eso envuelve a su administración de justicia.
                
                   
                     
                       

viernes, 16 de julio de 2021

LA NECESARIA CADENA DE UNIÓN


Por Iván Herrera Michel
           
Me admira la insistencia de los Masones en formar la Cadena de Unión en las reuniones telemáticas. Parece que existiera la necesidad de rubricar la fraternidad entre Hermanos y Hermanas con una expresión corporal. Una maravillosa costumbre que ni los confinamientos, ni los toques de queda, ni las medidas sanitarias ni los cierres de Templos han perturbado, a pesar de la imposibilidad de las reuniones a puerta cerrada que son esenciales en la Orden. 

                     

La verdad es que las Tenidas Masónicas conllevan una interacción personal que las convierte en particularmente propicias para la transmisión del COVID – 19, y la Cadena de Unión la posibilita más que otras experiencias rituales, al poner en contacto directo las manos sin guantes.  
                
En la Masonería los símbolos tienen un gran peso. La Cadena de Unión simboliza la fraternidad Masónica decidida y voluntaria. Por eso se terminan los trabajos formando una, se reciben en su seno a los nuevos Masones el día de su Iniciación, antes del Ágape de la Tenida, y se hacen con ocasión del paso al Oriente Eterno de un Hermano. 
                                 
Existen antecedentes que remontan su existencia al año 1777 en Francia para circular la Palabra Semestral, necesaria para ingresar a los trabajos de otras Logias de la misma Obediencia, y que, desde alrededor de 1760, se “realizaba cantando a la vez que se juntaban las manos cruzadas, de tal modo que formaba una cadena. Una vez concluida la ceremonia de la Cadena de Unión se sacudían de arriba abajo los brazos, a modo de cierre, volviendo todos los miembros a sus respectivos asientos en Logia… (Guerra, Víctor. La Masonería de los Modernos. Historia y Ritualidad. Editorial Entreacacias. 2020).
            
Para evitar el riesgo de contagio he visto que se han intentado creativas fórmulas para formar la Cadena de Unión presencial. Por ejemplo, usando guantes dobles, o untándose las manos con gel hidroalcohólico, antes y después, o parados a un metro de distancia sujetando una cuerda, o abriendo los brazos y acercando las palmas de las manos a pocos centímetros de las del vecino sin tocarse, Etc. Alternativas que me parecen validas en la medida en que expresan la intención real de los Masones de sentirse unidos, fraternales y solidarios.
                
La Cadena de Unión siempre ha ido acompañada de un hermoso y antiguo texto que se recita todavía en todas partes, con unas pocas variaciones, que, más o menos, es del siguiente tenor:
                    
Que nuestro corazones se unan al mismo tiempo que nuestras manos. 
Que el amor fraternal una todos los eslabones de esta cadena; 
formada libremente por todos nosotros.

 Comprendamos la grandeza y la belleza de este símbolo.
 Inspirémonos en su sentido profundo.

Esta cadena nos enlaza en el tiempo y en el espacio. 
Ella nos viene del pasado y tiende hacia el futuro. 
Por ella estamos unidos a nuestros predecesores, 
Maestros venerados que la formaron en el pasado.

Por ella, deben unirse los masones de todos los ritos y de todos los países.
Enriquezcámosla con numerosos y sólidos eslabones de puro metal 
y elevando nuestro espíritu hacia el ideal de nuestra orden, 
esforzándonos en acercar a todos los hombre a la fraternidad.

Mantengamos los unos hacia los otros el más fraternal afecto, 
trabajemos sin descanso el amor fraternal, 
realicemos la gran obra de la fraternidad universal*.”
           
              
¡Que así sea!
              
               
                  
                    
                   
       

sábado, 1 de mayo de 2021

DE ÁGAPES, MASTICACIONES, FIESTAS Y CENAS MASÓNICAS

Por Iván Herrera Michel
      
He asistido a toda clase de reuniones Masónicas telemáticas durante el confinamiento por el coronavirus, y algunas han terminado en brindis y charlas libres a la manera de agradables adaptaciones de las masticaciones tradicionales. Y es que en la Masonería desde hace 300 años compartir manteles es una saludable costumbre reglamentada para cultivar la fraternidad y preservar la armonía en el disenso.
              
Ya desde los Reglamentos Generales de Payne de 1720/21 se dispuso la celebración de una “Gran Fiesta” el día de San Juán Bautista o de San Juán Evangelista “según la antigua y loable costumbre de los Masones”, encargando a los Grandes Vigilantes “preparar las invitaciones, con el sello del Gran Maestro, repartirlas, recaudar el dinero correspondiente, comprar lo necesario para la fiesta, encontrar un apropiado y conveniente lugar y cualquier otra cosa que concierna a la celebración”. Y concediendo una gran importancia a las “cenas”, para que los Hermanos se “consulten amigablemente” sobre diversos tópicos antes de ser sometidos a la aprobación general.
                   
Dos años después, las Constitución de Anderson de 1723, refiriéndose a la conducta de los
Masones, permitió que "cuando cerrados los trabajos permanecen los hermanos en la Logiase permiten inocentes jovialidades según el ingenio de cada cual, pero evitando todo exceso en la comida o bebida ni obligando a nadie a que coma o beba más allá de su inclinación, ni estorbando que se marche cuando le convenga. Tampoco se ha de decir ni hacer nada ofensivo ni que arriesgue impedir la libre conversación, porque estropearía nuestra armonía y desbarataría nuestros laudables propósitos"
                     
Es admirable lo poco que han cambiado en tres siglos estas reuniones a manteles. Poseen una funcionalidad primordial para compartir vivencias, interpretaciones, lecturas, reflexiones, valores y anécdotas relacionadas con los trabajos rituales y el imaginario de la Orden, acompañadas de alegría, bromas, cortesías y hasta apuntes banales sobre cualquiera cosa. De hecho, el humor nunca falta.
              
Naturalmente, que la sensatez y la cordura imponen una clara y discreta diferencia cuando solo participan Masones o se está en presencia de personas que no son miembros de la Orden. Como en cualquier otra asociación, lo amable es no tocar temas internos en presencia de extraños.
             
Los brindis, las disertaciones, y cierta etiqueta y protocolo son de rigor en todos los casos. Igualmente, lo son las buenas costumbres como guardar silencio cuando alguien habla, ser respetuosos, mostrar un lenguaje de buen recibo, Etc. Las mesas compartidas ofrecen a los Masones conversar sobre asuntos lúdicos o profesionales, así como confrontar argumentos en un ambiente relajado y cordial
             
Si se piensa en los mejores momentos de la vida Masónica (Iniciación, Tenida…) todos tienen en común una mesa compartida. Las masticaciones son mucho más que comer y beber juntos. Las ritualidades gastronómicas ofrecen una reactualización identitaria. Están cargadas de significados en torno a uno de los más universales placeres de la humanidad.

La Masonería no es la excepción.
                      
                        
                    
                        
                       
       

domingo, 4 de abril de 2021

LOS TRES TEMPLOS MASÓNICOS MAS ANTIGUOS DE COLOMBIA

Por Iván Herrera Michel
                         
Tres magníficos Templos Masónicos han sobrevivido en buen estado y en uso continuo desde la Colombia de fines del siglo XIX y comienzos del XX, otro más se recupera y uno más fue destruido para dar paso a oficinas y locales comerciales. Igualmente, existen edificaciones en varias poblaciones del país en donde funcionaron Logias en el Siglo XIX. Algunas están en buenas condiciones y otras no tanto pero aún muestran en su fachada y estructuras símbolos Masónicos. 
             
Forman magnificas edificaciones en las que aún trabajan Logias centenarias que podrían ofrecerse al turismo cultural. Ellos están situados en:

                 
SANTA MARTA
                     
Templo Masónico de Santa Marta
La urbe cuenta con el Templo Masónico en uso, edificado especialmente para tal fin, más antiguo de Colombia.
                  
Fue construido en 1888, en las afueras de la ciudad para evitar la curiosidad de los extraños, con particularidades republicanas, por la Logia “Luz de la Verdad No. 46 (Hoy 46 – 1 – 1)”, al año de haber sido fundada con Carta Patente del Supremo Consejo Neogranadino, hoy Supremo Consejo del Grado 33° para Colombia, fundado en 1833 y actualmente con sede en Bogotá.
                  
El edificio sigue siendo sede, junto con varias otras Logias, de las Tenidas semanales de la constructora, y en la parte que hoy se destina a sala de conferencias y banquetes en una época funcionó un colegio regentado por el Taller. También encontramos un sugestivo Cuarto de Reflexiones subterráneo, una espaciosa Logia para trabajos simbólicos y un Templo escocista.
                
Está ubicado en la Avenida del Libertador No 11 - 43, por donde pasó el General Simón Bolívar el 6 de diciembre de 1830 rumbo a la Quinta de San Pedro Alejandrino, en la que moriría once días después. Para entonces, la calzada se conocía como el “Camino de Mamatoco”, porque conducía al antiguo poblado indígena de ese nombre que hoy es un barrio más de Santa Marta.
                     
En la segunda y tercera década del siglo XX, se construyó frente a la Logia el “Liceo Celedón”, también con estilo republicano, que fue declarado Monumento Nacional el 17 de diciembre de 1993. Posteriormente, también frente a ellos, en 1935, se edificó la hermosa sede de la “Normal de Señoritas María Auxiliadora”, que actualmente ocupa el plantel oficial del “Instituto Técnico Industrial”, que en 1995 fue declarado patrimonio arquitectónico del país.
            
El conjunto de los tres edificios neoclásicos ofrece un admirable paisaje urbano y crean un lugar único de la ciudad.

                  
CIENAGA
                   
La "Casa de la Logia" de Ciénaga
Por la carretera que de Santa Marta conduce a Cartagena, a escasos 35 kilómetros, nos topamos con el municipio de Ciénaga, “la capital del Realismo Mágico”, que forma parte de la Red Turística de Pueblos Patrimonio de Colombia, entre el Mar Caribe y el santuario de flora y fauna de la Ciénaga Grande de Santa Marta, a un costado de la montaña costera más alta del mundo.
                  
La población cuenta con el segundo más antiguo Templo Masónico colombiano en uso, edificado especialmente para tal fin.
                     
Sobre su histórica “Casa de la Logia” de dos plantas, localizada en la Carrera 11 No. 11 – 30 (antes, carrera Popayán, entre calles Tolima y Padilla), cuenta una leyenda urbana que el símbolo del ojo que hay al norte, en la parte superior de la fachada, se mueve vigilando la ciudad. Fue construida por la Logia “Unión Fraternal No. 45 (Hoy 45 – 1)”, instalada el 27 de agosto de 1887, con Carta Patente del Supremo Consejo Neogranadino, hoy Supremo Consejo del Grado 33° para Colombia, con sede en Bogotá.
                    
Al igual que el de Santa Marta, el edificio fue concebido y construido desde un principio exclusivamente para ser una sede Masónica, a partir de la Primera Piedra colocada en 1912 por el Masón y General Ramón Demetrio Morán Henríquez, en un lote de 782 Mts. cuadrados, donado por Ramón Bolaño Pacheco, y se terminó en 1927. Su imponente diseño y construcción estuvo a cargo del arquitecto francés de Marsella, Francia, George Julián Carpentier, a quien también se debe el “Templete”, que es un monumento icónico de la población elevado en la vecina Plaza del Centenario.
                     
Actualmente, en el primer piso sigue funcionando su Logia constructora, en el segundo, desde 1987, el “Museo Armando L. Fuentes”, y la edificación forma parte integral de la arquitectura republicana que caracteriza el centro histórico de Ciénaga, declarado Monumento Nacional en 1994 por sus 19 Bienes de Interés Cultural Nacional.
                     
También funcionaron allí los desaparecidos “Soberano Capítulo Rosa Cruz Razón y Ciencia” No. 14 y “Consejo Kadosh Equidad y Justicia” No. 6, constituidos en 1913 y 1914, respectivamente, por el mismo Supremo Consejo Neogranadino, hoy Supremo Consejo del Grado 33° para Colombia, con sede en Bogotá.
           

CARTAGENA DE INDIAS
                    
La "Casa Grande" de Cartagena
A unos 200 kilómetros de Ciénaga, llegamos a Cartagena de Indias, uno de los más importantes destinos turísticos de Colombia por su historia, playas, recursos naturales, arquitectura virreinal y monumentos coloniales españoles. Su nombre evoca a las antiguas ciudades de Qart Hadasht en los actuales Líbano, Túnez y España.
                  
Actualmente, la urbe posee el inmueble en uso Masónico más antiguo del país. Allí han tenido asiento Logias Simbólicas, una Gran Logia, Logias de Perfección (Inefables), Capítulos, Consejos Kadosh, Consistorios y el primer y más antiguo Supremo Consejo del país, aún en existencia.
                       
Pero a diferencia de las de Santa Marta y Ciénaga, la sede de la Masonería cartagenera no fue construida para fines Logiales, sino residenciales. Originalmente, eran dos casas de habitación familiar colindantes compradas por las Logias “Hospitalidad Granadina N. 1” y “Unión No. 9”, en 1865 y 1868, respectivamente, en el Callejón San Juán de Dios (Calle 31) Nos. 3 – 39 y 3 - 25. Hoy, una de ellas está adecuada y destinada a actividades Masónicas, y la otra alquilada a un restaurante desde 1996.
                      
Las dos Logias adquirentes fueron fundadas con Cartas Patentes del Supremo Consejo Neogranadino, hoy Supremo Consejo del Grado 33° para Colombia, con sede en Bogotá, y en contraste con los Templos de Santa Marta y Ciénaga, que tienen un diseño republicano, la arquitectura de las casas de Cartagena de Indias es colonial española.
                      
Se encuentran ubicados dentro del perímetro amurallado de la ciudad, que fue declarado Patrimonio Histórico de la Humanidad por la UNESCO en noviembre de 1984, en calidad de “Puerto, Fortaleza y Conjunto Monumental de Cartagena de Indias”.
                           
A raíz del descubrimiento de un óleo del General Juan José Nieto Gil (único presidente afrocolombiano de Colombia y dos veces ex Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo Neogranadino, hoy Supremo Consejo del Grado 33° para Colombia), en la galería de expresidentes de la Casa de Nariño, en agosto de 2018, la Gran Logia cartagenera nombró en su honor el Templo Mayor. Lo que de paso homenajea el aporte de la diáspora africana a la construcción política, cultural y material de una ciudad en la que los negros, los mulatos y los afrodescendiente han sido siempre su mayor componente etnográfico.
                     
Recorrer las instalaciones y alrededores de “La Casa Grande”, es hacer un viaje al pasado a unos siglos de grandes batallas, colonialismo hispánico, infamia esclavista y buena parte de las gestas independentistas colombianas. No en balde, la ciudad ostenta la calidad de Distrito Turístico y Cultural y es sede alterna de la Presidencia de la República para efectos protocolarios en virtud de su patrimonio histórico, arquitectónico y cultural.
                        

ARACATACA
                    
La “Logia Masónica” de Aracataca, a 60 kilómetros de Ciénaga, fue construida de 1911 a
"Logia Masónica" de Aracataca antes de ser destruido

1913 especialmente para ser sede de la “Logia Fuerza y Materia 60 (Hoy 60-11-3)”, instituida el 27 de junio de 1914, con Carta Patente del Supremo Consejo Neogranadino, fundado en 1833 y hoy Supremo Consejo del Grado 33° para Colombia, actualmente con sede en Bogotá. El lote inicial fue donado por los inmigrantes marroquíes Isaac y Jacobo Beracasa, siendo Isaac el primer Venerable Maestro de la Logia y quien estuvo a cargo del discurso inaugural en 1915.
                      
Aracataca es un pueblo macondiano de unos 40.000 habitantes en el que suceden cosas inusuales (macondianas les llaman) como ser cuna del único Premio Nobel de Literatura colombiano, tener una estación de tren declarada Patrimonio Histórico de la Nación que solo funcionó un día y haber celebrado la primera versión del Festival de la Leyenda Vallenata de Valledupar.
                         
"Logia Masónica" de Aracataca destruida 
A finales del siglo XX un señor de escasos recursos al que la Logia le había permitido dormir en el inmueble, para que no lo hiciera a la intemperie, apoyado por una sobrina pretendió apoderarse del inmueble denunciando de paso penalmente a los propietarios para reforzar su pretensión. La justicia falló a favor de la Logia y fue desalojado el ocupante, no sin antes haber destruido completamente sus centenarias instalaciones, símbolos y decoraciones en una mezcla de venganza personal y fanatismo cristiano.
                          
Hoy, en pleno proceso de reconstrucción, la estirpe Masónica cataqueña sueña con la oportunidad de brindarle a su “Logia Masónica”, “una segunda oportunidad sobre la tierra”, como diría Gabriel García Márquez, el hijo más ilustre del pueblo.


                  
BARRANQUILLA
                          
De no haber sido demolida para construir oficinas y locales comerciales en los años 70s del Siglo XX, hoy Barranquilla tendría una sede centenaria y la segunda más antigua del país, después de la de Santa Marta.
                     
                    
Al Masón Federico Falqués le correspondió presidir la Junta Recaudadora de fondos y dirigir los trabajos de construcción por delegación de la Logia “El Siglo XIX No. 24 (Hoy 24 – 1), instituida en 1864 con Carta Patente del Supremo Consejo Neogranadino, fundado en 1833 y hoy Supremo Consejo del Grado 33° para Colombia, actualmente con sede en Bogotá, siendo Soberano Gran Comendador el General Juan José Nieto Gil.
                       
El amplio y hermoso edificio de estilo republicano, edificado especialmente para ser asiento de la Logia constructora, fue facilitado fraternalmente por sus propietarios para que trabajaran las que fueron Levantando Columnas en Barranquilla durante las siguientes siete décadas, hasta cuando la Gran Logia construyó y se mudó a una sede una calle más arriba. Para evitar la expropiación durante la dictadura del General Rojas Pinilla, la Logia El Siglo XIX No. 24 – 1 colocó la propiedad a nombre de Masones de su confianza, quienes conjurado el peligro a su vez la traspasaron a nombre de la Gran Logia y no del Taller inicial.  
              
Con su desaparición, en aras de lo moderno, la ciudad y la Masonería, perdieron lo que seguramente hubiera sido declarado un bien de interés cultural, en la categoría de Patrimonio Arquitectónico.
                      
                       
                             
                
 
 
 
 
 
 

domingo, 28 de febrero de 2021

LA MASONERÍA DE BARRANQUILLA EN EL SIGLO XIX



Por Iván Herrera Michel
Para efectos de este escrito podemos considerar que el Siglo XIX Masónico barranquillero se inicia en 1813 con el primer contacto registrado de la población con un Masón, y termina con la inauguración del “Templo de la Calle Caldas” en 1907, en la actual Calle 38 No. 41 – 45.
 
Comencemos por recordar el contexto general del siglo XIX. Este periodo estuvo marcado por profundos cambios sociales, económicos y políticos a nivel mundial. La Revolución Industrial aceleró el desarrollo tecnológico (ferrocarriles, telégrafo, barcos de vapor) e integró regiones lejanas en el comercio global. En paralelo, las ideas liberales y republicanas, heredadas de la Ilustración y las revoluciones atlánticas de fines del siglo XVIII, se difundieron ampliamente. La Masonería, como institución hija de la Ilustración, jugó un papel importante en este proceso porque sirvió de red internacional para la circulación de ideales de libertad, igualdad y fraternidad. En América Latina particularmente, muchas Logias Masónicas estuvieron involucradas en los movimientos reformistas del siglo XIX. En distintas partes del mundo, desde Estados Unidos hasta Europa, los Masones participaron activamente en la construcción de los nuevos estados liberales decimonónicos, impulsando reformas políticas. En este contexto global, la ciudad de Barranquilla, aunque entonces un modesto poblado caribeño, paulatinamente se sumó a las corrientes de cambio en el transcurso del siglo XIX.
 
Barranquilla inicia el siglo XIX siendo un pequeño corregimiento y fondeadero sin mayor jerarquía sobre el río Magdalena, poblado por unos 3.000 habitantes mestizos y mulatos, asentados sin el diseño de cuadrícula española, y lo culmina como el principal puerto marítimo y fluvial de Colombia con 40.000 almas, una significativa población extranjera, y representaciones consulares de 16 naciones distintas, repartidas en 30 calles y 24 callejones. Este crecimiento acelerado se enmarcó en la era de las grandes innovaciones del siglo XIX. La apertura del cercano puerto de Sabanilla al comercio internacional (decretada en 1842 por el presidente Pedro Alcántara Herrán) y el inicio de la navegación a vapor por el río Magdalena (impulsado desde 1849 por el gobierno de Tomás Cipriano de Mosquera) dinamizaron el intercambio comercial de Barranquilla. La llegada de barcos de vapor redujo drásticamente los tiempos de viaje entre el interior del país y la costa, facilitando que mercancías y pasajeros arribaran con mayor rapidez al Atlántico. Gracias a ello, a partir de la segunda mitad del siglo XIX la ciudad atrajo a numerosos comerciantes y empresarios nacionales y extranjeros, que se establecieron en ella, crearon riqueza, enriquecieron la gastronomía local y dejaron descendencia. Ingleses, alemanes, franceses, italianos, palestinos, libaneses, sirios, estadounidenses y caribeños, entre otros, formaron colonias en Barranquilla, dotando a la ciudad de un carácter cosmopolita poco común en Colombia para la época. La existencia de consulados de tantos países refleja esta internacionalización. Barranquilla, con su ubicación estratégica en la desembocadura del Magdalena, se convirtió en una puerta de entrada del comercio mundial al país, recibiendo los vientos de la modernidad decimonónica.
  
EL PRIMER CONTACTO CON UN MASÓN

Durante el siglo XIX, la arquitectura de Barranquilla evolucionó desde las viviendas de bahareque y palma propias de un fondeadero marginal hacia construcciones más sólidas en ladrillo y teja que reflejaban el crecimiento comercial de la ciudad. La llegada de comerciantes extranjeros y la apertura del puerto de Sabanilla introdujeron influencias caribeñas y europeas visibles en bodegas, casas comerciales y residencias de notables. Asimismo, la necesidad de equipamientos sanitarios y civiles amplió el perímetro urbano y dio forma a una Barranquilla que comenzaba a pensarse como ciudad moderna y puerto estratégico. En ese proceso, también la Msasonería levantó el templo que se inauguraría a comienzos del siglo XX, como expresión natural de la maduración arquitectónica y social de una Barranquilla que empezaba a pensarse como ciudad moderna.

La primera relación constatada de Barranquilla con los Masones fue en 1813, a través de un joven Masón cartagenero de 24 años de edad que llegó reclutando soldados para su campaña contra la ciudad de Santa Marta. Bajo su mando mueren alrededor de 100 barranquilleros en una batalla cerca de la población de Ciénaga. Eran tiempos de guerra entre la independentista Cartagena de Indias y la realista Santa Marta. Ese mismo año, otros 500 hombres naturales de la región se tomaron Santa Marta durante dos meses bajo las órdenes del general y aventurero francés Pedro Labatut, entonces al servicio de la independencia absoluta de Cartagena de Indias proclamada dos años antes.
 
Se trataba del abogado Manuel Juan Robustiano de los Dolores Rodríguez Toríces, que por esos días oficiaba como “Presidente del Estado de Cartagena en calidad de Dictador”, nombrado por la Convención del Estado de Cartagena el 21 de enero de 1812, y figuraba en la membresía de la Logia “Las Tres Virtudes Teologales” de su ciudad natal. Tres años después, luego de haberse desempeñado en 1815 como presidente de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, Rodríguez Toríces sería fusilado el 5 de octubre de 1816 en Santafé de Bogotá por orden del general Pablo Morillo, su cabeza fue cortada, metida en una jaula y expuesta públicamente en la Pila de la hoy Plaza de San Victorino de esa ciudad.
 
Como agradecimiento por el apoyo recibido y el sacrificio de su población, Rodríguez Toríces otorgó a Barranquilla en abril de 1813 el título de Villa, gracias al cual el asentamiento pudo contar con un Corregidor Letrado, un Ayuntamiento, la condición de capital del Departamento de Barlovento o Tierradentro, y un escudo de armas, precisamente con el lema de “Premio al Patriotismo”. Cabe agregar que, en ese mismo decreto de 1813, Rodríguez Toríces propuso impulsar la inmigración creando una colonia de pobladores extranjeros en el cercano puerto de Sabanilla. Aunque la guerra impidió materializar tal iniciativa, aquella visión de apertura al exterior señaló un rumbo que Barranquilla seguiría décadas más tarde con la afluencia de comerciantes foráneos y la consolidación de su vocación portuaria.
  
CARACTERÍSTICAS DE LA MASONES BARRANQUILLEROS
 
En la Costa Atlántica colombiana, Barranquilla fue la cuarta ciudad en contar con una Logia Masónica, luego de Cartagena, Santa Marta y Riohacha. Con la peculiaridad de que sus cuatro primeras Logias no trabajaron simultáneamente, sino una después de la otra, cada una surgiendo a partir de la desaparición de la anterior. Una quinta Logia llegaría a trabajar en paralelo, a raíz del primer gran cisma que sufrió la Orden en Colombia de 1864 a 1888, con la creación del “Supremo Consejo de la Jurisdicción del Centro del Grado 33º” en Bogotá.
 
A diferencia de lo ocurrido en Cartagena y Santa Marta, las cinco Logias barranquilleras del siglo XIX no contaron con sacerdotes católicos entre sus miembros. Tampoco tuvieron muchos militares. Sus filas estuvieron integradas principalmente por comerciantes, profesionales de las llamadas “profesiones liberales” (abogados, médicos, etc.) y autoridades civiles locales, como correspondía a una población que crecía y prosperaba gracias a su posición geográfica privilegiada para el comercio exterior. Este perfil social difería del de las Logias de otros lugares, como, por ejemplo, en Bogotá en donde la Logia “Estrella del Tequendama” (1849–1887) congregó a buena parte de la clase política durante el Olimpo Radical (1863–1886) y llegó a tener a ocho presidentes de la República entre sus miembros, reflejando una intensa militancia política. En Barranquilla, por el contrario, los Masones no se distinguieron por una actividad política partidista tan marcada, ni por representar una sociabilidad intelectual promotora de la educación, las artes y la cultura (como sí ocurría en algunas Logias del interior del país). Mientras que en los Andes muchos Masones liberales eran abiertamente anticlericales, vinculados al Liberalismo Radical y enfrentados a la influencia de la Iglesia, los Masones de Barranquilla profesaban un liberalismo más conciliador, que les permitía concertar sin mayor dificultad su condición Masónica con el fervor católico. De hecho, era común que estos Masones costeños asistieran a misa y participaran en festividades religiosas, compaginando su fe con los ideales de la fraternidad Masónica.
 
La Masonería aterriza logialmente en Barranquilla en 1840, en pleno auge del despegue económico de la villa. Ello ocurrió dos años antes del decreto del 1° de julio de 1842 del general Pedro Alcántara Herrán, miembro de la Logia “Estrella del Tequendama” No. 11 de Bogotá y Presidente de la República de la Nueva Granada, que habilitó el cercano puerto de Sabanilla para la importación. Posteriormente, en 1849, siendo presidente de la nación el general Tomás Cipriano de Mosquera (suegro de Herrán, quien luego habría de iniciarse en la Masonería y pertenecer a las Logias “Fraternidad Bogotana No. 16”, en 1858, y “Propagadores de la Luz No. 1”, en 1864), se fomentó la navegación de barcos a vapor por el río Magdalena, se autorizó la exportación por el puerto de Sabanilla y se instaló una aduana allí mismo. Desde entonces, la ciudad dinamizó su comercio exterior y atrajo un buen número de comerciantes nacionales y extranjeros durante la segunda mitad del siglo XIX. Muchos de ellos se residenciaron en Barranquilla, crearon riquezas, enriquecieron su gastronomía con nuevas influencias y dejaron descendencia en la sociedad local.
 
De este sector mercantil y profesional de la sociedad surgieron mayoritariamente los Masones que colmaron las columnas de las Logias barranquilleras. Además, varios de estos Masones militaban en el Partido Conservador colombiano, lo que les permitió gestionar apoyos para que las Logias de Barranquilla sobrevivieran a los ataques que el presidente Rafael Núñez (un conservador aliado de sectores católicos) dirigió contra la Masonería en otras partes del país durante la Regeneración. Barranquilla fue así una de las cuatro ciudades colombianas (junto con Cartagena de Indias, Santa Marta y Ciénaga) en donde la actividad de las Logias logró mantenerse ininterrumpida desde el siglo XIX hasta el presente, pese a las vicisitudes políticas. De hecho, son las únicas ciudades que pueden mostrar un hilo histórico continuo de trabajo Masónico desde aquella centuria fundacional.
 
Cuando el 1º de enero de 1852 entró en vigor la abolición de la esclavitud en la República de la Nueva Granada, Barranquilla contaba con 71 esclavos a los que se les concedió carta de libertad. El presidente de la República que impulsó la prohibición nacional fue el Masón José Hilario López (iniciado en 1834 en Cartagena, en la Logia “Hospitalidad Granadina” No. 1 y para entonces miembro de la Logia “Estrella del Tequendama” No. 11 de Bogotá, a la cual asistía junto con gran parte de su gabinete ministerial). Y quien proclamó oficialmente la abolición ese mismo día para la Villa de Barranquilla fue el gobernador de la Provincia de Cartagena, general Juan José Nieto Gil. Sus palabras en la Plaza del Matadero de Cartagena fueron:
 
Mis Hermanos, desde hoy se acabaron los esclavos, y es por eso por lo que les saludo en este día, el más bello que ha traído la República… Es el día en que ha desaparecido de entre nosotros el odioso título de señor y esclavo, y en que ninguno de nuestros Hermanos llevará colgada en su cuello la poderosa, la negra, cadena de la servidumbre (...) Celebramos el triunfo de la humanidad sobre la violencia. Bien puede pesarle a los rancios privilegios, nada importa.”
 
El hecho de que Barranquilla tuviera un número reducido de esclavos liberados (solo 71) no sorprende, pues ya desde fines de la Colonia la población local era mayoritariamente libre y carecía de grandes plantaciones esclavistas. Un censo de 1777, por ejemplo, registraba unas 2.600 personas en Barranquilla, en su inmensa mayoría mestizos y blancos libres, con muy pocos esclavos presentes. La abolición de 1852, no obstante, tuvo una gran importancia simbólica. Colombia se unía así a la ola abolicionista del siglo XIX, que vio cómo el Imperio Británico prohibió la esclavitud en 1833, Francia en 1848, Estados Unidos en 1865 (tras su Guerra Civil) y Brasil en 1888, entre otros hitos. La participación de destacados Masones en este proceso (López desde la presidencia, Nieto Gil anunciándolo en la costa) refleja la afinidad de la Masonería con las causas libertarias y de progreso social de la época.
  
LAS PRIMERAS LOGIAS DE LA CIUDAD
 
Cuatro Logias existieron en la Barranquilla del siglo XIX bajo los auspicios del Gran Oriente y Supremo Consejo Neogranadino (fundado en 1833, con carta patente del Gran Oriente de Francia de 1851, que varió su nombre en 1939 al de Supremo Consejo del Grado 33° para Colombia, actualmente con sede en Bogotá). Estas Logias fueron “Caridad No. 5” (1840), “Unión Fraternal No. 12” (1850), “Fraternidad No. 22” (1862) y “El Siglo XIX No. 24” (1864). Cabe señalar que la primera (Caridad No. 5) se estableció cuando era Soberano Gran Comendador el notario barranquillero Dionisio Bautista, y las tres últimas durante el período en que el general Juan José Nieto Gil ocupaba ese cargo en la Masonería colombiana. Igualmente, en 1863 se creó en la ciudad el Capítulo de Grado 18° del Rito Escocés Antiguo y Aceptado (REAA) denominado “En el Delta No. 5” (nombrado así por el vecino delta que en esa época formaba el río Magdalena en su desembocadura en el mar Caribe), instalado también bajo los auspicios del Gran Oriente y Supremo Consejo Neogranadino, siendo Soberano Gran Comendador el general Nieto Gil.
 
La presencia de estas Logias en Barranquilla se inserta en la expansión de la Masonería a nivel continental. Tras las independencias hispanoamericanas, en la primera mitad del siglo XIX se fundaron numerosas Logias en América Latina con apoyo de grandes potencias Masónicas extranjeras. Era común que los cuerpos Masónicos locales buscasen legitimidad obteniendo cartas patentes de organismos europeos reconocidos, especialmente del Gran Oriente de Francia o de Supremos Consejos del REAA establecidos en París, Nueva York o Charleston. En el caso colombiano, el Gran Oriente y Supremo Consejo Neogranadino recibió una carta patente francesa en 1851, conectando a la Masonería nacional con la tradición Masónica gala. Esto demuestra cómo, incluso en ciudades apartadas como Barranquilla, las Logias formaban parte de una red internacional en la que los Masones estaban al tanto de los ritos y normas emanados desde Europa y Norteamérica, y mantenían correspondencia e intercambio con sus Hermanos de otras latitudes.
 
Eran días de grandes transformaciones nacionales. Colombia cambió de nombre el 8 de mayo de 1863, en Rionegro (Antioquia), pasando de llamarse Confederación Granadina a Estados Unidos de Colombia, gracias a una nueva constitución política de corte liberal y federalista. Esa Constitución de 1863, de espíritu radical, otorgó amplia autonomía a los Estados federados (cada uno con su propia legislación, ejército, poder judicial y hacienda), garantizó libertades individuales (de comercio, de opinión, de imprenta, de enseñanza, de asociación, e incluso permitió legalmente que los ciudadanos portaran armas y comercializaran con ellas), abolió la pena de muerte, impulsó la educación científica (dando prioridad a la física, química, biología y filosofía), decretó la separación entre la Iglesia y el Estado, redujo el período presidencial de 4 a 2 años limitando notablemente las facultades del Ejecutivo, y otorgó preponderancia al poder legislativo. En la nueva repartición administrativa y territorial, Barranquilla quedó como parte del Estado Soberano de Bolívar hasta que la Constitución centralista de 1886 suprimió el federalismo y transformó los Estados en departamentos (Barranquilla pasó a ser municipio del Departamento de Bolívar hasta la creación del Departamento del Atlántico en el siglo XX).
 
Sin embargo, conviene no idealizar en exceso la actuación de la Masonería colombiana decimonónica, porque, aunque muchos de sus miembros estuvieron vinculados a causas libertarias, reformas liberales y proyectos de modernización estatal, la Orden funcionó en la práctica como una sociabilidad predominantemente elitista, muy vinculada a los círculos de poder y poco abierta a las clases populares, a las mujeres y a los sectores rurales y subalternos que constituían la mayoría del país, de modo que buena parte de sus Logias reprodujeron las mismas jerarquías sociales, raciales y de género que decían querer superar, participando a veces más en las disputas entre caudillos, facciones liberales y conservadoras, y redes clientelistas, que en un esfuerzo sostenido por alfabetizar, organizar y empoderar al pueblo llano, por lo que su influencia en la cultura política nacional fue ambivalente y contribuyó a introducir ideas modernas y laicas, pero raramente logró transformar la estructura profunda de exclusiones sobre la que se levantaba la república.
 
Este giro liberal y federalista en Colombia ocurría en paralelo a tendencias similares en otros países. En Estados Unidos, tras su propia guerra civil (1861–1865), se reafirmó un sistema federal con amplias libertades civiles, en México, Benito Juárez restauró la República en 1867 y consolidó las Leyes de Reforma, estableciendo la separación Iglesia-Estado y la secularización de la sociedad, en Europa, Italia se unificó en 1861 bajo el liderazgo de liberales anticlericales y en Francia la Tercera República surgida en 1870 adoptó políticas laicas. Colombia, pues, no estaba aislada de la ola liberal global del siglo XIX que impulsaba estados modernos, constitucionales y secularizados. La Masonería, tanto en Colombia como en el mundo, fue partícipe de ese impulso reformista y muchos de los hombres que redactaron constituciones y leyes liberales eran Masones con los ideales progresistas de su tiempo.
 
Cuando la Masonería colombiana sufrió su primer cisma nacional el 3 de junio de 1864, como resultado de rivalidades políticas entre los presidentes y caudillos liberales Generales Juan José Nieto Gil y Tomás Cipriano de Mosquera, este último creó un cuerpo Masónico rival con el nombre de “Supremo Consejo de la Jurisdicción del Centro del Grado 33º”, también con carta patente del Gran Oriente de Francia. El enfrentamiento entre Mosquera y Nieto, que mezclaba ambiciones personales y diferencias de visión sobre la organización del país, se tradujo así en la existencia de dos Supremos Consejos rivales entre 1864 y 1888, cuando oficialmente el Supremo Consejo “Del Centro” se declaró “en sueños”, es decir, inactivo, el 2 de febrero de ese año, poniendo fin a la dualidad Masónica. En este marco político y Masónico dividido, los Masones barranquilleros también tomaron partido. Los partidarios de Nieto (los “nietistas”) fundaron el 21 de noviembre de 1864 la Logia “El Siglo XIX No. 24”, mientras que los adeptos de Mosquera (los “mosqueristas”) establecieron la Logia “Estrella de Colombia No. 6”. Ambas Logias reunieron a figuras destacadas de la ciudad, como, por ejemplo, en la “Estrella de Colombia” brilló el nombre de Santiago Duncan, veterano de la guerra de independencia que había sido secretario y amigo personal del Libertador Simón Bolívar.
 
Desde el ámbito estrictamente institucional, la Masonería barranquillera del siglo XIX enfrentó limitaciones propias de organizaciones que, pese a su retórica universalista y sus rituales ordenados, dependían de una estructura frágil, con poca continuidad documental, rotación irregular de oficiales y una formación simbólica que se transmitía más por imitación que por estudio sistemático, de modo que la calidad del trabajo Masónico oscilaba ampliamente según la preparación del Venerable Maestro de turno y las tensiones entre Logias. Esta fragilidad administrativa explica por qué los cuerpos filosóficos tuvieron dificultades para prosperar y por qué la memoria institucional quedó fragmentada, obligando a los historiadores a reconstruir buena parte del pasado a partir de actas incompletas, correspondencias dispersas y testimonios indirectos, lo que sugiere que la Masonería local, más que un organismo robusto y metódico, fue un espacio dinámico pero vulnerable, susceptible a divisiones, silencios y discontinuidades que limitaron su capacidad de consolidar una tradición ritual plenamente establecida.
 
Conviene mencionar que no era la primera vez en la historia latinoamericana que pugnas políticas se reflejaban en la Masonería. Décadas antes, en el México independiente, las Logias de rito escocés y de rito yorkino se alinearon con las facciones conservadora y liberal, respectivamente, llegando a conformar verdaderos ejes de partidos políticos. De hecho, hacia 1825 el embajador estadounidense Joel Poinsett apoyó la fundación de Logias yorkinas en México para fortalecer a los liberales federalistas, mientras diplomáticos británicos respaldaban a los escoceses conservadores. Aquella rivalidad Masónica tuvo un impacto directo en la política mexicana. De forma análoga, en Colombia el choque entre Nieto y Mosquera, ambos Masones de alto grado, pero enfrentados por el poder, provocó una división de las Logias a nivel nacional. Este episodio ilustra cómo la fraternidad Masónica, que idealmente trasciende bandos, no fue inmune a las pasiones y caudillismos del siglo XIX.
 
A partir de los nombres distintivos de las Logias barranquilleras de 1864, se pueden colegir los valores de los dos sectores en pugna. Un grupo adoptó el nombre “El Siglo XIX”, evocando quizás las ideas modernas y progresistas de la época, mientras que el otro eligió “Estrella de Colombia”, subrayando un fervor patriótico tradicional. En cualquier caso, ambas Logias se convirtieron en símbolo de estatus social en la ciudad y constituían espacios de sociabilidad con tintes políticos y filantrópicos, compuestos por prósperos comerciantes, médicos y abogados de familias principales, así como por ciudadanos emergentes en la escala social y económica local. Como dato curioso de su funcionamiento interno, encontramos en documentos y actas de la época que se penaba con una multa de un peso ($1.00 moneda legal) al Masón que no asistiera a las tenidas (reuniones) sin causa justificada, muestra de la disciplina y compromiso que exigía la Orden.
  
EL PRESIDENTE JUAN JOSÉ NIETO GIL Y LA MASONERÍA BARRANQUILLERA
 
Juan José Nieto Gil (1805–1866), general cartagenero y destacado líder liberal de la Costa, tiene una especial relación con Barranquilla y con la Masonería local. Nieto Gil, de orígenes pobres, es reconocido históricamente como el primer (y hasta ahora único) presidente colombiano de ascendencia africana. Su ascenso al poder nacional, aunque breve y en medio de la guerra civil, simbolizó el protagonismo que alcanzaron los liberales caribeños en la convulsa política decimonónica. Nieto fue también un Masón muy activo y de alto grado. Ejercía en 1861 como Soberano Gran Comendador del Gran Oriente y Supremo Consejo Neogranadino, y precisamente en ese carácter llegó a ocupar la jefatura del Estado. De hecho, estando en ejercicio como Soberano Gran Comendador, se posesionó en Barranquilla como Presidente de la República el 25 de enero de 1861, en plena guerra civil contra el gobierno centralista conservador, convirtiendo de facto a la ciudad en capital nacional hasta el 18 de julio de 1861. Durante esos meses, Barranquilla fue sede del gobierno de Nieto Gil, algo inédito en su historia.
 
A la par, durante sus dos períodos como Soberano Gran Comendador del Gran Oriente y Supremo Consejo Neogranadino (1849–1850 y 1860–1865), Nieto dispuso el Levantamiento de Columnas de tres de las cinco Logias Masónicas del siglo XIX en Barranquilla, así como del único cuerpo filosófico del REAA que existió entonces en la ciudad (el Capítulo “En el Delta No. 5” antes mencionado). Gracias a su impulso, vieron la luz la Logia “Unión Fraternal No. 12” (fundada en 1850 bajo su primera administración) y, más adelante, la Logia “Fraternidad No. 22” (instaurada en 1862) y la Logia “El Siglo XIX No. 24” (instaurada el 21 de noviembre de 1864), así como el Capítulo Rosacruz del Grado 18 “En el Delta No. 5” (fundado el 16 de septiembre de 1863). Fruto de la gestión de Nieto Gil en la Orden, aún funcionan en la ciudad, ya entrado el siglo XXI, tanto el Soberano Capítulo Rosacruz “En el Delta No. 5” como la Logia “El Siglo XIX No. 24”, aunque ya no en relaciones de mutuo reconocimiento debido al cisma Masónico ocurrido en Colombia en la década de 1980.
 
Durante la estadía de Nieto Gil en Barranquilla como presidente en 1861, solo trabajaba en la población la “Logia Unión Fraternal No. 12”, a la que él había otorgado carta patente once años antes, en 1850, cuando era Soberano Gran Comendador por primera vez. Es lógico pensar que el general Nieto asistió con frecuencia a sus tenidas mientras residió en Barranquilla, ya que siempre fue un Masón entusiasta y comprometido. A lo largo de su vida, su pertenencia a la Masonería fue activa tanto en Colombia como en el exilio. Prueba de ello es que en Cartagena Nieto presidió su Logia madre “Hospitalidad Granadina No. 1” durante tres períodos consecutivos (1856–1859). Asimismo, durante su destierro en Kingston (Jamaica) entre 1842 y 1847, lejos de alejarse de la fraternidad, frecuentó la Logia local “Sussex No. 691” (número luego cambiado a 354, bajo jurisdicción inglesa) y llegó a fundar una Logia nueva en tierra extranjera llamada “Concordia No. 8”, de la cual fue su primer Venerable Maestro.
  
LOS GRADOS 33º DEL SIGLO XIX EN BARRANQUILLA
 
Conviene señalar, ante todo, que el Supremo Consejo de la Jurisdicción del Centro del Grado 33º (el fundado por Mosquera en Bogotá durante el cisma del siglo XIX) nunca creó cuerpos escocistas en Barranquilla ni otorgó el Grado 33º del REAA a ningún Masón residente en la ciudad durante sus casi veinticuatro años de existencia. En contraste, el Gran Oriente y Supremo Consejo Neogranadino sí confirió en el siglo XIX el Grado 33º a varios Masones barranquilleros miembros de sus Logias. En total, seis Masones domiciliados en Barranquilla alcanzaron entonces la máxima investidura del Rito Escocés. Ellos fueron Manuel Joaquín Samper Anguiano, abogado (el primero en recibirla, en 1862); Manuel Gregorio López Zapata, médico; Jacobo Rois Méndez Jr., comerciante; José Salcedo Martínez, comerciante; Clemente Salazar Mesura, abogado; y Pedro Leyes Posse, veterinario.
 
En el caso particular de Barranquilla, la Masonería compartió la paradoja de que fue, al mismo tiempo, un factor de apertura cosmopolita, tolerancia religiosa y filantropía concreta y, a la vez, una sociabilidad reservada a comerciantes prósperos, profesionales respetables y notables locales que se movían cómodamente entre el templo, el cabildo, el consulado y el salón burgués, de manera que la ciudad Masónica del siglo XIX fue mucho más visible en las actas, en las Logias y en los directorios comerciales que en los barrios populares. Por ello, aunque dejó huellas institucionales duraderas, la Masonería barranquillera no consiguió convertirse en una escuela de ciudadanía ni en un espacio que cuestionara de raíz el patriarcado, el racismo cotidiano o la desigual distribución de la riqueza que marcaban la vida diaria de la mayoría de los habitantes de la villa convertida en puerto.
 
Obtener el Grado 33° significaba ingresar a la élite de la Masonería de la época. Que media docena de Masones barranquilleros lograran alcanzar el Grado 33° en los ochocientos indica que la ciudad contaba con Hermanos de notable influencia en la Masonería nacional. No era común en provincias obtener esta dignidad, generalmente reservada a grandes centros.
  
RELACIONES CON LA IGLESIA CATÓLICA
 
En términos generales, las relaciones de la Iglesia católica con los Masones de Barranquilla en el siglo XIX fueron de una sana convivencia, algo que contrasta con la abierta hostilidad que prevaleció en muchos otros lugares del país. En muchos países de arraigada tradición católica esto derivó en enfrentamientos, y era habitual que sacerdotes se negaran a dar los sacramentos o la extremaunción a conocidos Masones, considerándolos enemigos de la Iglesia. Sin embargo, en Barranquilla no arraigó esa confrontación abierta. Imperó, más bien, una coexistencia pragmática durante gran parte del siglo XIX, interrumpida solo por algunas polémicas puntuales.
 
Una de esas polémicas ocurrió en 1874, cuando el entonces obispo de la diócesis de Cartagena, Bernardino Medina, respaldó la acción del presbítero José María Pompeyo de negar en el lecho de muerte los auxilios espirituales a don Manuel Román y Picón (padre de doña Soledad Román, esposa del presidente de Colombia Rafael Núñez) por el hecho de ser Masón. Este incidente enfrentó públicamente al obispo con Domingo González Rubio, Masón barranquillero que era secretario de la Logia “El Siglo XIX No. 24” y director del periódico “El Promotor”, quien denunció la intolerancia del clero. A pesar de casos como este, derivados de rencillas políticas y tensiones del momento, la tónica general en Barranquilla fue de respeto mutuo y colaboración entre Masones y clérigos locales, especialmente en labores benéficas.
 
En 1849, una gravísima enfermedad infecciosa aguda afectó a gran parte de la población colombiana que fue la del cólera morbo asiático. Esta calamidad propició en Barranquilla una unión de acción Masónica y católica sin precedentes en el país, que se prolongó durante la segunda mitad del siglo XIX. Entre 1849 y 1851, la pandemia mundial de cólera (capaz de matar en cuestión de horas) golpeó con fuerza la región. En Barranquilla, que para entonces contaba con unos 6.100 habitantes según el censo oficial (entre ellos alrededor de 70 esclavos), falleció aproximadamente el 25% de la población. La mortalidad desbordó la cobertura médica disponible, rebasó los precarios servicios sanitarios urbanos, y agotó la capacidad del “Camposanto” municipal de 2.800 metros cuadrados, que era el único cementerio con que se contaba dentro del poblado. Por tal motivo, hubo que realizar inhumaciones improvisadas a la vera de los caminos y en los antepatios e interiores de las casas.
 
La epidemia de cólera de 1849 - 1850 fue parte de la segunda pandemia global de esta enfermedad, que afectó regiones desde Asia hasta América. Ciudades como Cartagena de Indias sufrieron estragos similares (se estima que en Cartagena pereció hasta un tercio de sus habitantes en pocas semanas), y en el istmo de Panamá el brote cobró numerosas vidas, incluso entre trabajadores del incipiente ferrocarril interoceánico. En Europa, por esos mismos años, urbes como Londres y París padecieron brotes mortíferos de cólera que impulsaron las primeras reformas sanitarias modernas y galvanizaron la creación de iniciativas humanitarias (recordemos que la Cruz Roja Internacional se fundó en 1863 tras el impacto de tragedias humanitarias en esa época, si bien enfocada inicialmente en la guerra). En Barranquilla, ante la catástrofe, la reacción colectiva fue clave, y la sociedad en su conjunto, Masones incluidos, se volcó a aliviar el sufrimiento. La emergencia sanitaria y la desazón provocadas por el cólera llevaron a los barranquilleros a buscar refugio espiritual en el catolicismo, pero también los obligaron a pensar en soluciones prácticas como la necesidad de un hospital más grande y de una nueva necrópolis alejada del casco urbano se hizo evidente para reemplazar al colmado Camposanto y al pequeño cementerio judío.
 
Por su parte, la comunidad judía de la ciudad reaccionó a la crisis inaugurando un cementerio propio en 1850, con un costo de ochocientos cincuenta pesos ($850 M/L) aportados por sus miembros, para su uso exclusivo. Este camposanto hebreo, ubicado en las afueras y utilizado hasta 1869, fue uno de los primeros cementerios judíos documentados en Colombia, reflejo de la presencia temprana de una pequeña pero importante comunidad sefardí en Barranquilla. Muchas de esas familias judías procedían de las Antillas (como Curazao o Jamaica) y se habían asentado en la ciudad atraídas por las oportunidades comerciales. Su aporte añadió diversidad cultural y religiosa al mosaico barranquillero. Desde un principio, Barranquilla mostró así una inusual tolerancia mostrando camposantos separados para católicos y judíos, y más adelante también albergó tumbas de protestantes y de otras confesiones, algo poco común en otras localidades del país por entonces.
 
Acabada la “luna de miel” con los Masones a inicios del siglo XX, la jerarquía católica decidió segregar nuevamente los espacios funerarios. En 1915 inauguró en Barranquilla el Cementerio Católico Calancala, en el cual estuvo prohibido enterrar a Masones, y destinó allí un sector especial para los judíos asquenazíes que comenzaban a llegar masivamente huyendo de la violencia de la Primera Guerra Mundial en Europa (aunque estos judíos fuesen Masones, eran admitidos solo en esa sección separada). Este hecho simboliza el paulatino fin de aquella era de colaboración estrecha, ya que a medida que avanzaba el siglo XX, las posiciones volvieron a tensarse entre una Iglesia fortalecida y una Masonería que pasó a la clandestinidad por algún tiempo en Colombia. Pero durante el siglo XIX, Barranquilla vivió mayormente en una coexistencia respetuosa entre altar y compás, lo que habla de la idiosincrasia tolerante de la ciudad en ese entonces.
 
A diferencia de corrientes Masónicas que incorporaron prácticas esotéricas, simbolismos exagerados o lecturas mágicas ajenas al racionalismo ilustrado, la Masonería barranquillera del siglo XIX se caracterizó por una estricta sobriedad doctrinal y por un trabajo ritual centrado en la ética laica, la convivencia republicana y la acción filantrópica, lo que explica que fuera precisamente durante ese periodo cuando más contribuyó de manera tangible al bienestar colectivo de la ciudad. Sus Logias funcionaron como espacios de sociabilidad cívica en donde predominaban el sentido práctico, la beneficencia organizada y la cooperación entre ciudadanos, sin desviarse hacia hermetismos, ocultismos o especulaciones místicas que jamás tuvieron arraigo en el puerto. En coherencia con ese espíritu moderno, la Masonería barranquillera respetaba escrupulosamente las creencias religiosas de cada uno de sus miembros y jamás pretendía sustituirlas o imponerles creencias nuevas, pues la esfera espiritual individual era considerada inviolable y no podía ser objeto de presión, reforma o adoctrinamiento alguno. De este modo, la Masonería de la ciudad, lejos de la magia y cercana al servicio público, encontró su fortaleza en la libertad interior de sus miembros y en su utilidad social.
  
 EL CASO DE LA SOCIEDAD HERMANOS DE LA CARIDAD (SHC)
 
Desde una perspectiva estrictamente historiográfica, debe señalarse que no existe hasta hoy ninguna fuente primaria verificable (ni Cuadros Lógicos, ni actas de Logia, ni correspondencia, ni Patentes de membresía, Etc.) que permita demostrar de manera documental la condición Masónica de Eusebio de la Hoz ni de los demás fundadores o primeros directivos de la Sociedad Hermanos de la Caridad. La reiterada afirmación de que la SHC fue “creada por Masones” procede de fuentes secundarias tardías, muchas de ellas dependientes entre sí, que repiten el dato sin aportar el archivo original y que, por tanto, forman parte más de una tradición interpretativa que de una prueba empírica. De hecho, existen también autores y líneas de investigación que sostienen que la SHC no nació como criatura Masónica, sino como una corporación cívica / religiosa de inspiración católica cuyo vínculo con las Logias fue, en el más cercano de los casos, circunstancial y jamás institucional. En ese sentido, y en ausencia de documentación primaria que confirme dichas adscripciones, la participación Masónica en su génesis debe considerarse, en términos rigurosos, una hipótesis plausible pero no demostrada, sometida a las limitaciones propias de una memoria local que aún no ha sido contrastada con el examen exhaustivo de archivos del siglo XIX.
 
No obstante, como quiera que no se puede hablar de la Masonería barranquillera en el siglo XIX sin mencionar la narrativa que la vincula fuertemente con la Sociedad Hermanos de la Caridad, para comprender mejor su filosofía cívica / religiosa, es necesario recordar fragmentos de su Acta Fundacional del 9 de mayo de 1867, y las palabras de su primer presidente, el Dr. Eusebio de la Hoz, en esa ocasión:
  
"ACTA FUNDACIONAL DEL 9 DE MAYO DE 1867": “En la ciudad de Barranquilla, en la Casa Habitación del Sr. Eufracio Sánchez, reunidos los infrascritos se acordó establecer una sociedad filantrópica con el objeto de ejercer la caridad como lo manda nuestra religión, practicando las obras de misericordia, hasta donde lo permitan los medios, los tiempos y las circunstancias, y reuniendo un fondo para atender los gastos necesarios; y conseguir los útiles indispensables para llegar al fin propuesto.”
                       
PALABRAS DEL PRIMER PRESIDENTE EUSEBIO DE LA HOZ: “La obra de que quiero ocuparme es la construcción de un cementerio amplio, suficiente, de exclusiva propiedad de esta corporación correctamente iniciada - y que para sus trabajos desde hoy nos preparemos para formar una institución de beneficencia y que nuestra corporación sea conocida con el nombre de Sociedad Hermanos de la Caridad - para que seamos definitivamente los que aquí nos hemos reunido promotores y fundadores de la más notable institución de Caridad y Beneficencia.
                                
Iniciada que haya sido la obra del cementerio y en ejecución sus trabajos, resolveremos la erección de un templo en el Barrio Abajo para que perpetúe por nuestra iniciativa y con el nombre de Iglesia del Rosario, y al mismo tiempo propender al establecimiento de un hospital de caridad, obras todas, que deben ser iniciadas por esta Corporación fundada en esta fecha.
                          
Si aceptáis mi propuesta nada más natural que nuestra institución se base en la fraternidad universal para afianzar el espíritu de nuestra idea. Así perpetuaremos la memoria de esta fecha y esta simiente que desde hoy fertilice, fortalecerá en el porvenir iluminada por el claro horizonte de la democracia.
                     
Si correspondéis a este loable fin, principiemos por traer a nuestro seno hombres de buena conducta de todas las religiones, sectas, nacionalidades y filiación política siguiendo el ejemplo de las doctrinas de Cristo como hombre filosófico y reformador.
                      
Todos los hombres somos Hermanos, pues la caridad no consiste en ser pródigo, más allá en ser útil.”
 
A su muerte, la ciudad de Barranquilla distinguió la memoria de Eusebio de la Hoz dando su nombre a la actual Carrera 42D (que antes había tenido pintorescos nombres como “Callejón de los Meaos” y luego “Callejón Policarpa Salavarrieta”), situada entre las calles 31 (antiguamente llamadas “De San Roque”, “Judas” y “Del Banco”) y 32 (antes “Del Comercio”, “La Escuela”, “La Cruz”, “La Soledad” y “Del Crimen”). En ese sector, precisamente, De la Hoz había tenido una botica (farmacia) a fines del siglo XIX. Sus restos mortales reposan hoy en un mausoleo familiar ubicado en el sector católico del Cementerio Universal de la ciudad.
 
En medio de una atmósfera de cooperación cívica / religiosa surgió, ya elevada la pujante villa de Barranquilla al estatus de ciudad el 7 de octubre de 1857, un joven médico barranquillero recién llegado de sus estudios en Francia, llamado Eusebio de la Hoz, que se reunió en 1867 con otros residentes de la población, por fuera del ámbito Logial, en la residencia de Eufracio Sánchez, para crear una sociedad civil “con el objeto de ejercer la caridad como lo manda nuestra religión, practicando las obras de misericordia”, la cual denominaron Sociedad Hermanos de la Caridad.
 
Esta nueva empresa se concibió más como una agrupación de fieles católicos comprometidos con el bien común que como una sociedad “paramasónica” cerrada. De hecho, el sacerdote Carlos Valiente (párroco de Barranquilla desde 1882 y reputado constructor y urbanista) llegó a desempeñarse como presidente de la SHC en 1890 sin ser Masón, lo que demuestra que la Sociedad fue pensada para integrar a la ciudadanía barranquillera en general, más allá de afiliaciones específicas, siempre que compartieran su fin altruista.
 
La fundación de la SHC en 1867 sintoniza con una tendencia más amplia del siglo XIX como fue la proliferación de asociaciones de ayuda mutua y beneficencia laica en las ciudades en crecimiento. Ante la debilidad o ausencia de instituciones estatales de bienestar social, fueron grupos de ciudadanos los que asumieron tareas caritativas, fundando en diversos países juntas de beneficencia, clubes cívicos y sociedades de socorro, que buscaban paliar las necesidades de la población. La SHC de Barranquilla se inscribe en ese espíritu, en virtud del cual sus fundadores adoptaron una misión profundamente cristiana (practicar la caridad y las obras de misericordia) desde una organización civil. Este carácter híbrido, religioso en valores y laico en estructura, permitió que la SHC actuara como puente entre la Iglesia y la sociedad civil.
 
A partir de la emergencia sanitaria y la angustia ocasionadas por el cólera, los barranquilleros buscaron consuelo en la religión y soluciones prácticas para evitar repetir semejante desastre. Y siguiendo políticas públicas, se vieron obligados a planear la construcción de un hospital más amplio y una nueva necrópolis alejada del casco urbano. La SHC vendría precisamente a ocuparse de esas tareas. Puestos manos a la obra, sus integrantes solicitaron y obtuvieron ayudas y donaciones para llevar a término los siguientes proyectos:
 
1) Una iglesia católica dedicada a Nuestra Señora del Rosario, al norte de la ciudad (en las cercanías del Barrio Abajo), la cual actualmente pertenece a la Diócesis de Barranquilla. El 9 de enero de 1882, la SHC, presidida entonces por José de la Rosa, nombró una junta de quince miembros con el fin de recolectar fondos para construir, en un lote donado por doña Hilaria Blanco, un templo dedicado a la Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario. Esta iniciativa estaba en armonía con una tradición piadosa que la SHC había fomentado por la que cada mes de octubre, los Hermanos de la Caridad organizaban una procesión hasta la casa de la donante, en donde se oficiaba misa y se veneraba la imagen de la Virgen del Rosario. La construcción de la iglesia comenzó en 1892 y años después se convirtió en la parroquia de ese sector de la ciudad.
 
2) Un “Cementerio Universal”, inaugurado en 1869 en un terreno adjudicado por la Asamblea del Estado Soberano de Bolívar en las afueras de la ciudad. El propósito de este nuevo cementerio era clausurar, reemplazar y unificar al antiguo Camposanto parroquial desbordado por la pandemia del colera (que fue fundado en un corral de cerdos en 1808 tras una epidemia de viruela que desbordó la capacidad de enterramiento junto a la iglesia de San Nicolás), con un pequeño cementerio para judíos inaugurado en 1850. De entrada, se dividió la nueva necrópolis en tres sectores religiosos: católico al centro, judío sefardita al sur, y protestante y otras religiones o “sectas” al norte. A su vez, dentro de cada sección se separaron los lotes según la clase socioeconómica del difunto, reflejando, incluso en la muerte, la estratificación social de la época.
 
En cuanto se refiere a la Masonería, el 7 de agosto de 1873 la Logia “El Siglo XIX” realizó en este nuevo cementerio la primera ceremonia pública de Honras Fúnebres Masónicas de la ciudad, con motivo del fallecimiento del Hermano José González Rubio, cuyo cortejo evidenció la integración de rituales Masónicos en la vida pública local. Durante algo más de dos décadas, el Cementerio Universal funcionó como lugar único de enterramiento compartido por católicos, judíos y protestantes, en una convivencia poco común en el siglo XIX colombiano. Sin embargo, después de 1886 la jerarquía católica cambió de postura y en 1915 inauguró el cementerio católico “Calancala”, y desde entonces los Masones, protestantes y judíos fueron excluidos de los cementerios católicos oficiales, marcando el fin de la tolerancia religiosa en materia funeraria.
 
Aunque la tradición local suele presentar al Cementerio Universal como una iniciativa de caridad ciudadana de la SHC, en realidad su fundación en 1869 respondió a una decisión oficial de la Asamblea del Estado Soberano de Bolívar, ejecutada operativamente por la Sociedad Hermanos de la Caridad. De tal manera, que esta no fue la impulsora originaria del proyecto, sino la entidad encargada de materializar una disposición estatal destinada a resolver la crisis sanitaria, urbanística y funeraria que había dejado al descubierto la epidemia de cólera y el agotamiento que le produjo al Camposanto de la urbe.
 
3) Un “Hospital de Caridad”, inaugurado en 1876 que es el antecedente del actual Hospital General de Barranquilla. La SHC gestionó la construcción de este hospital y luego lo donó a la Congregación de las Hermanas de la Caridad Dominicas de la Presentación de la Santísima Virgen (orden fundada en 1696 en Sainville, Francia). Para cuando se entregó la institución, dicha congregación estaba dirigida en Barranquilla por la madre francesa Marie Saint Victor, conocida cariñosamente por la ciudadanía como “Madre Víctor”, quien asumió la administración del hospital y salvaguardó sus valores de servicio cristiano. Hoy este centro médico es un establecimiento oficial, propiedad del Distrito Especial, Industrial y Portuario de Barranquilla, pero el recuerdo de sus orígenes filantrópicos perdura en su nombre y legado.
 
Paralelamente, la SHC ofreció a la ciudad una publicación quincenal de carácter religioso y moral, titulada “El Misionero”, que circuló entre octubre y diciembre de 1870. Era un boletín modesto de cuatro páginas y formato de cuartilla, que solo alcanzó cinco números, en los cuales se difundían enseñanzas de la doctrina cristiana y se promovía la caridad y las buenas costumbres. Aunque efímera, esta revista dejó entrever el espíritu devoto y a la vez cívico de los barranquilleros de finales del siglo XIX, quienes buscaban instruir moralmente a la población e inspirarla en el cumplimiento de deberes religiosos y ciudadanos.
 
Con todo y la importancia indiscutible de sus obras, la Sociedad Hermanos de la Caridad no dejó de estar atravesada por los límites propios de una beneficencia decimonónica profundamente paternalista, en la que la ayuda se concebía más como ejercicio moral de las élites piadosas que como reconocimiento de derechos sociales, y en donde la ciudadanía popular aparecía sobre todo como objeto de compasión. Desde sus primeros años, la dirigencia de la SHC organizó el Cementerio Universal de manera tal que las tumbas reflejaran explícitamente la estratificación social de la ciudad, reproduciendo en la muerte las diferencias económicas, sociales, religiosas y de estatus que separaban a las familias barranquilleras en la vida cotidiana. Aunque la memoria local insiste en asociar la SHC directamente con la Masonería, lo cierto es que no existen evidencias concluyentes de que sus fundadores, directivos y miembros durante el siglo XIX fueran Masones. Más bien, se trató de una agrupación cívica / religiosa de inspiración católica en la que habrían participado algunos Masones a título individual, pero que nunca funcionó como una extensión de las Logias. En este sentido, su legado, aun siendo valioso, debe leerse dentro de una cultura de beneficencia que mitigó el sufrimiento sin buscar transformar las estructuras sociales que lo generaban.


EPÍLOGO
 
La Masonería de Barranquilla en el siglo XIX, como hemos visto, no fue un fenómeno aislado ni meramente ceremonial. Se desarrolló en íntima interacción con el entorno social, político, cultural y económico de la época, tanto a nivel local como en conexión con corrientes más amplias. A través de sus Logias los Masones barranquilleros contribuyeron a la transformación de su ciudad, fundaron instituciones educativas, sanitarias y filantrópicas, apoyaron la modernización comercial y practicaron la tolerancia religiosa en una sociedad tradicional. Al mismo tiempo, encarnaron los ideales universales de la Orden Masónica, adaptándolos a la realidad caribeña colombiana.
 
La historia de la Masonería barranquillera en el siglo XIX es, pues, un capítulo singular dentro del mosaico Masónico latinoamericano. Uno en donde las Logias fueron a la vez talleres de virtudes cívicas, cenáculos de fraternidad sin fanatismos y motores del progreso comunitario. En la síntesis de fervor católico y liberalismo moderado que caracterizó a estos Masones, encontramos una clave para entender el talante de Barranquilla en aquella centuria como una ciudad abierta al mundo, amante de la libertad, pero amiga de la concordia, en donde el compás y la escuadra dejaron huellas imborrables en sus instituciones y en su memoria colectiva.
 
Al mirar el camino que va desde el 1813 en que Barranquilla tuvo su primer contacto con un Masón hasta el final del siglo XIX, se hace claro que la Masonería local acompañó la transformación de un fondeadero modesto en un puerto decisivo. Y así, del mismo modo en que un día la ciudad recibió a un joven Masón en tiempos inciertos, las Logias barranquilleras brindaron a la comunidad herramientas reales para su crecimiento. Demostrando a las futuras generaciones que la Masonería sirve mejor cuando se integra al progreso de la sociedad que la rodea.