sábado, 28 de febrero de 2026

EL LADO PROBLEMÁTICO DE LO INICIÁTICO

Por Iván Herrera Michel
                
Digámoslo sin rodeos: no todo el mundo está emocionalmente preparado para someterse a procesos iniciáticos.
         
Hay personas que llegan con heridas invisibles, con una necesidad de reconocimiento o con fisuras psicológicas, y cuando encuentran una estructura que les ofrece peldaños, títulos, grados y validaciones sucesivas, algo se dispara en su salud mental. No todas las personalidades reaccionan del mismo modo, pero en temperamentos más dependientes, más necesitados de aprobación o con inseguridades no resueltas, los ritos de paso pueden convertirse en algo más delicado de lo que parece.
                    
A medida que el progreso se organiza en peldaños visibles, casi sin darnos cuenta la identidad comienza a girar alrededor de ellos y la persona aprende a mirarse según el lugar que ocupa. En individuos con autoestima estable esto no pasa de ser un estímulo circunstancial. Sin embargo, en quienes ya traen una autoestima frágil, lo que en principio debería ser un indicador administrativo o de avance termina convirtiéndose en un dato emocional determinante. Si el avance llega, hay entusiasmo. Si se retrasa o simplemente se le niega, si se le posterga sin explicación clara o se le deja flotando en promesas vagas, se instala una inquietud que en ciertas personalidades puede volverse insistente y una frustración sostenida que puede erosionar aún más, lentamente, la autoestima en quienes son más vulnerables a la aprobación externa.
                
En situaciones en donde adentro se recibe algo que la vida cotidiana no ofrece, el fenómeno se vuelve todavía más complejo, porque hay personas que afuera han vivido indiferencia, fracaso o simplemente una vida sin aplausos, y de pronto encuentran un espacio en donde se les escucha y se les respeta. Para alguien emocionalmente equilibrado eso es un estímulo sano. Pero para quien necesita desesperadamente pertenecer, puede convertirse en ancla afectiva. El rango simbólico empieza a compensar carencias profundas. La pertenencia deja de ser complemento y se convierte en refugio. Y cuando eso ocurre, cualquier crítica interna se vive como amenaza personal porque se defiende la única fuente estable de autoestima.
                    
Con el paso del tiempo, y casi sin que se advierta, el valor personal empieza a medirse según el lugar alcanzado dentro de la arquitectura institucional, pero este fenómeno no afecta a todos por igual. Quienes conservan autonomía interior suelen mantener distancia crítica. En cambio, en personas más dependientes del reconocimiento externo, la autoestima puede quedar atada a jerarquías y silencios. La ansiedad entonces no siempre se ve. Se acumula. Se disimula. Se normaliza.
                 
En la medida en que la reserva y el secreto se sostienen durante años, la persona aprende a dividir conversaciones y a vigilar palabras. Para perfiles seguros eso es simple prudencia. Para quienes ya viven en tensión constante, puede convertirse en carga emocional y generar sensación de doble vida. Mantener esa dualidad durante mucho tiempo puede desgastar sobre todo a quienes tienen menor integración interna entre su vida pública y su vida privada.
                 
Cuando alguien empieza a ser afectado para mal, aunque la institución prefiera pensar que todo construye, las señales aparecen sobre todo en personas con mayor vulnerabilidad emocional. La irritabilidad después de reuniones, la ansiedad excesiva por nombramientos, la necesidad permanente de aprobación o el distanciamiento de amistades externas, no son síntomas universales, pero sí frecuentes en quienes han depositado demasiado de su identidad en el proceso.
               
En estados de fragilidad en donde la autoestima está amarrada a la estructura, cualquier cambio interno puede vivirse como amenaza personal. Esa reacción no nace del rito en sí mismo, sino de la dependencia afectiva que algunos desarrollan frente a él.
                
Quien ha permanecido suficiente tiempo dentro de una estructura simbólica sabe que estas dinámicas no son construcciones teóricas ni exageraciones críticas. Se comentan en voz baja en los pasillos, se intuyen en ciertas miradas, se sienten en los silencios cuando un ascenso no llega o cuando un reconocimiento se administra con cálculo. A veces lo que se llama formación es simplemente gestión del ego, y mientras nadie lo nombre con claridad, el problema sigue respirando bajo la apariencia de disciplina.
                
En algunos casos la dependencia no se ve como una seguridad exagerada que necesita aplauso constante. He visto cómo el rango termina funcionando como un espejo en donde algunos se miran para confirmar que valen, e incluso aparece la necesidad casi obsesiva de que se les trate por el título, de que el tratamiento verbal confirme públicamente el lugar formal alcanzado institucionalmente como sostén de una autoestima frágil. No porque haya conspiraciones reales, sino porque cuando la identidad se apoya demasiado en el rango, la mente empieza a defender el lugar antes que la verdad. Y ahí la institución deja de ser espacio de crecimiento y se convierte en un territorio de susceptibilidades.
                 
Es allí cuando surge un activismo que desde afuera parece celo, pero por dentro es miedo. Y en esos contextos aparecen líderes que saben detectar esas inseguridades y utilizarlas para conservar influencia. No todos los liderazgos operan así, pero cuando alguien administra expectativas, promete avances o insinúa apoyos selectivos frente a personas emocionalmente vulnerables, el riesgo de manipulación aumenta porque la necesidad de pertenecer nubla el juicio.
              
Cuando además ocurre que una persona con desequilibrios emocionales no resueltos, con necesidad patológica de reconocimiento o con rasgos de inseguridad profunda alcanza posiciones de liderazgo dentro de una estructura simbólica exigente, el daño ya no se limita a su propia inestabilidad sino que se proyecta sobre toda la institución, porque desde el poder esas fragilidades tienden a traducirse en decisiones defensivas, en persecuciones a enemigos imaginarios, en favoritismos interesados y en manipulación de expectativas. Lo que en un miembro era vulnerabilidad privada, en un dirigente puede convertirse en clima de desconfianza, polarización y desgaste colectivo.
               
Dentro de estructuras en donde se aprende a esperar turnos y a respetar tiempos y autoridades, la obediencia puede construir carácter en personalidades firmes. Sin embargo, en individuos con tendencia a la sumisión o con miedo al rechazo, el pensamiento propio puede empezar a aplazarse más de la cuenta. La prudencia se transforma en autocensura. Y con el tiempo la dependencia del permiso ajeno sustituye la autonomía.
                 
Y es justamente en ese punto, cuando el criterio personal se ha debilitado en quienes ya tenían inseguridades previas, y en donde el riesgo puede volverse mayor, porque la introducción de creencias nuevas, supersticiones o seudociencias encuentra menos resistencia crítica. No todos aceptan esas ideas sin examen, pero quien necesita pertenecer puede asumirlas por miedo a quedar fuera. Y cuando la pertenencia exige creer sin cuestionar, el daño es tanto psicológico como intelectual.
                  
Aunque el discurso oficial sea fraterno, la competencia silenciosa afecta sobre todo a quienes miden su valor en función del reconocimiento externo. Las comparaciones no hieren por igual a todos, pero en personas más sensibles pueden convertirse en fuente constante de desvalorización.
         
Cuando la vida empieza a girar de manera excesiva alrededor de ese itinerario escalonado, el impacto tampoco es uniforme. Hay quienes logran integrar sin conflicto esa dimensión a su vida. Otros, especialmente quienes ya tenían carencias afectivas o necesidad intensa de aprobación, pueden experimentar desgaste, frustración y agotamiento más severo.
                  
En contextos en donde quienes atravesaron pruebas exigentes tienden a repetirlas con los que vienen detrás, la severidad se vuelve más dañina cuando se aplica sin discernimiento a personas emocionalmente frágiles. Lo que para unos es reto constructivo, para otros puede ser sobrecarga.
                   
Cuando finalmente la vida interior queda organizada casi por completo por la lógica de los Grados, la dependencia simbólica no es automática ni universal. Pero en ciertas psicologías puede volverse casi estructural. Y entonces cualquier crisis institucional impacta directamente en la estabilidad personal.
            
En instituciones que trabajan con símbolos potentes, el moldeado que ejercen sobre quienes las integran puede fortalecer a muchos y tensionar a otros. El problema no es el símbolo en sí, sino la combinación entre estructura y vulnerabilidad psicológica. Ignorar esa diferencia es confundir riesgo con fatalidad.
          
Si algo debiera ser prioridad constante en estos procesos es el discernimiento humano. Porque cuando la identidad se apoya demasiado en la estructura, lo que se tambalea no es el grado. Es la persona.
                
Y con eso nadie debe jugar.
                      

sábado, 31 de enero de 2026

DEL MUELLE CARIBE AL ALTIPLANO BOGOTANO EN EL SIGLO XIX. O DE CÓMO LA MASONERÍA SE VOLVIÓ POLÍTICA EN COLOMBIA

 Por Iván Herrera Michel
                        
Panorámica de Bogotá
Debajo de la Bogotá que hoy se presenta como una capital moderna, administrativa y universitaria, late otra ciudad, menos visible y más exigente, que en el siglo XIX intentó pensarse como república en imprentas, tertulias y Logias Masónicas. Esa ciudad no nació aislada ni fue ajena a su tiempo. Y se formó en diálogo, y muchas veces en tensión, durante la segunda mitad de la centuria con una Masonería que no nació en el altiplano, sino en los puertos marítimos del Caribe, que avanzó río arriba por el Magdalena y que, al llegar a Bogotá, adoptó una manera propia, distinta, más política que mercantil y más letrada que portuaria, que fue su esencia y su impronta histórica durante los únicos 38 años en que hubo Masonería en Bogotá en el siglo XIX, según muestran las evidencias.
                           
Entre la Independencia y la Regeneración conservadora, es decir, entre las décadas de 1820 y 1880, se jugó en Colombia una disputa silenciosa pero decisiva por la forma de la república, por el lugar de la razón en la vida pública y por los límites de la autoridad religiosa, militar y política. Fue en ese marco temporal, marcado por constituciones fugaces, guerras civiles recurrentes y ensayos de modernización incompletos, en donde la Masonería encontró un espacio para actuar como una sociabilidad organizada que buscó dotar de sentido liberal a un país que todavía no terminaba de abandonar sus reflejos coloniales.
           
La Masonería colombiana no nació en Bogotá mirando el Colegio Mayor de San Bartolomé, ni el Palacio de San Carlos ni edificando el Capitolio Nacional. Nació mirando al mar. Nació en ciudades abiertas al comercio, a la inmigración y a la circulación de ideas. Y solo después, con retraso histórico y transformaciones profundas, llegó a la capital andina.
                     
Me explico.
                      
En el siglo XIX, Colombia se entendía mejor desde sus aguas que desde sus montañas. El Caribe y el río Magdalena fueron los verdaderos ejes de la vida económica, social y política del país. Por ellos entraban y circulaban mercancías, libros, periódicos, técnicas, modas y conflictos. Por ellos se conectaba el país por dentro y con el mundo. Y fue por esos mismos corredores por donde se introdujo y se expandió la Masonería, como una forma organizada de sociabilidad moderna, asociada al comercio, a la prensa, al consulado y a la vida urbana.
                     
Las primeras Logias surgieron a orillas del Mar Caribe, en Cartagena, Santa Marta y Riohacha, y más tarde se trasladaron al río y aparecieron en Barranquilla, Mompox, Honda y Ambalema. No fue una casualidad ni una suma de iniciativas aisladas. Allí había puertos, aduanas, consulados, imprentas, casas comerciales y tránsito constante de personas y de intereses. Allí se negociaba, se discutía y se convivía con la diferencia. La Masonería se injertó en ese tejido portuario y ribereño como un dispositivo de confianza, como un espacio en donde comerciantes, abogados, militares, médicos, periodistas e inmigrantes podían reconocerse como iguales bajo ciertas reglas compartidas.
                            
Desde esos puertos marítimos, la Orden avanzó siguiendo el curso del Río Magdalena, que fue la auténtica columna vertebral del siglo XIX colombiano. El río no solo transportaba tabaco, ganado y café. Transportaba también ideas políticas, noticias, panfletos, rumores, rebeliones y proyectos de nación y de guerras internas. Cada puerto fluvial fue un nudo de sociabilidad, y en muchos de ellos apareció una Logia como prolongación natural de la vida pública. La Masonería fue, en ese sentido, marítima antes que andina, y fluvial antes que capitalina.
             
Escena urbana de Bogotá a finales deel S. XIX
Ese patrón se repite si se observa el resto del país. En la costa Caribe, las Logias convivieron con economías ganaderas, con redes mercantiles transatlánticas y con una inmigración diversa que aportó capital, acentos y saberes técnicos. En los Santanderes, en ciudades como Cúcuta y El Socorro, la Masonería se articuló con una cultura política liberal, fronteriza y rebelde, heredera del espíritu comunero y del comercio con Venezuela. Allí, la Logia fue un laboratorio cívico en donde el comerciante, el artesano ilustrado y el profesional podían encontrarse como iguales bajo un método simbólico que dialogaba con su propia tradición política.
                    
En contraste, en regiones como Antioquia o el Valle del Cauca, la Masonería tuvo una presencia mucho más débil y discontinua, por la existencia de otras formas de sociabilidad y de confianza, más cerradas, más familiares y ancladas en estructuras religiosas propias. Allí en donde el comercio miraba hacia adentro y las jerarquías locales eran más rígidas, la Logia no logró consolidarse como espacio central de la vida pública.
                
Este mapa nacional permite entender mejor lo que ocurrió en Bogotá.
                   
Cuando la Masonería llegó a la capital, llegó desde la periferia hacia el centro, y no al revés. Llegó con patentes expedidas desde la costa y con hombres formados en una sociabilidad Masónica que había nacido en contacto con el comercio, el pluralismo y la movilidad social. Pero Bogotá no era un puerto ni era una aduana. Era sede de ministerios, tribunales, universidades y periódicos. Era una ciudad clerical, administrativa y profundamente política.
                
Por eso, en Bogotá, la Masonería cambió de función. Y allí fue, ante todo, un espacio de articulación política. Un lugar de formación ideológica. Y una escuela informal de republicanismo.
                  
Hasta donde permiten inferir las fuentes actualmente disponibles, la primera Logia bogotana, con evidencia sólida de su existencia, aparece en 1849 con la Logia Estrella del Tequendama (que no hay que confundir con la actual Logia Estrella del Tequendama de la Gran Logia de Colombia), y las últimas son de principios de la década de los 80s. En esos 38 años, las Logias bogotanas se convirtieron en espacios de sociabilidad de notables liberales, políticos, militares e intelectuales que compartían la convicción fundamental de que la república no debía construirse desde el púlpito, sino desde la ley, la educación y la deliberación pública.
                    
En alguna imprenta del centro de Bogotá, mientras el ruido de los fusiles competía con el repique de las campanas, un tipógrafo liberal sabía que un artículo podía costarle el trabajo o algo peor. Y no era extraño que, tras una Tenida discreta, encontrara respaldo, recomendación o protección en una Logia. Ese tipo de gestos, pequeños y concretos, permiten entender que la Masonería bogotana no fue solo un espacio de ideas, sino también una práctica real de solidaridad en una ciudad en donde el libre pensamiento tenía consecuencias reales.
                       
En sus Tenidas no reinaban ritualismos místicos, ni seudociencias, ni se adivinaba la suerte con las cartas del Tarot, el Kybalión todavía no lo habían escrito, ni leían los astros, ni hacían invocaciones, ni adoctrinaban a sus nuevos miembros en creencias “esotéricas”. Predominaba una ética cívica. Cada Tenida, de acuerdo con sus actas, era un ejercicio político en el sentido más profundo del término. Se aprendía a escuchar, a debatir, a votar, a redactar actas, a organizar comisiones y a administrar desacuerdos sin destruir la comunidad. Ese aprendizaje se trasladaba luego al Congreso, al gabinete, a la prensa y a la universidad. La Masonería bogotana estuvo, por ello, íntimamente vinculada a la política, aunque no siempre de manera homogénea ni pacífica.
                     
En Bogotá, la Masonería no se limitó a acompañar al liberalismo ni a reflejarlo culturalmente. Durante casi cuatro décadas fue una de sus formas concretas de organización, un espacio en donde se entrenaron lenguajes liberales, se ensayaron consensos y se tejieron lealtades que luego circularon sin dificultad entre el Templo, las tertulias, el Congreso, el gabinete y la prensa. En una capital en donde el poder se ejercía tanto con la ley como con la palabra escrita, la Logia funcionó como un laboratorio de gobierno, discreto pero eficaz.
                       
Esa vinculación con la política fue profunda y estructural. Las Logias bogotanas no fueron simples clubes de sociabilidad ilustrada, sino espacios en donde sus miembros aprendían a deliberar, a administrar mayorías y minorías, a redactar acuerdos y a convivir con el disenso. La rotación de cargos, el voto secreto, la discusión reglada y la escritura de actas enseñaron prácticas que luego se trasladaron al exterior y al Estado. En ese sentido, la Masonería operó como capital social político, no solo como red de afinidades, sino como una escuela de ejercicio del poder.
                    
Pero esa cercanía con el poder tuvo un costo. A diferencia de las Logias de la costa Caribe y del corredor del Magdalena, cuya existencia se apoyaba en una sociabilidad más amplia y cotidiana, las Logias bogotanas quedaron atadas al destino del liberalismo y a la tolerancia del Estado. Su visibilidad creció, pero su margen de maniobra se redujo. En una ciudad en donde la política lo impregnaba todo, la Masonería dejó de ser un espacio transversal para convertirse en un actor identificable, y por lo tanto vulnerable.
                     
Las divisiones internas del liberalismo se reprodujeron inevitablemente en los Templos. Algunas Logias se inclinaron por un liberalismo moderado, institucional y conciliador. Otras asumieron posiciones más radicales, anticlericales y combativas. En no pocas ocasiones, las Tenidas se convirtieron en prolongaciones de debates parlamentarios, y la fraternidad quedó sometida a tensiones. Allí en donde la Masonería del litoral podía replegarse y sobrevivir al abrigo de la vida social, la bogotana quedó expuesta al choque directo con el poder político y religioso. Por eso desapareció totalmente con la Regeneración de Rafael Núñez.
                      
Ese contraste regional resulta clave para entender su destino. En los puertos del Caribe y a lo largo del río Magdalena, la Masonería se sostuvo en la mezcla cotidiana de gentes, en el comercio, en la inmigración y en la vida urbana. Allí, el Templo convivía con el muelle, la imprenta, la bodega y la plaza. La fraternidad no dependía exclusivamente del triunfo de un partido, sino de redes sociales más densas que amortiguaban los golpes políticos. Por eso, incluso en contextos de persecución y de cierre institucional en los 80s, el Supremo Consejo y las Logias de la costa Caribe lograron sobrevivir en Barranquilla, Ciénaga, Santa Marta y Cartagena, y desaparecieron para siempre el Supremo Consejo y todas las Logias de Bogotá.
                  
Esa diferencia estructural explica por qué la Masonería bogotana fue influyente, visible y decisiva durante 38 años, pero también por qué fue incapaz de resistir un cambio de régimen profundo.
                    
La Regeneración conservadora de 1886 marcó el punto de quiebre definitivo. No se trató solo de una alternancia política, sino de una reconfiguración del Estado y del orden simbólico. El catolicismo volvió a ocupar un lugar central, la educación regresó al control eclesiástico y los espacios de sociabilidad laica fueron progresivamente clausurados. En ese nuevo marco, la Masonería bogotana no tuvo refugio posible. Todas las Logias del siglo XIX se apagaron sin excepción. No hubo continuidad orgánica, solo la memoria y, más tarde, el homenaje nominal que le hicieron tres nuevas Logias bogotanas nacidas en la segunda década del Siglo XX, con los nombres de “Estrella del Tequendama”, “Propagadores de la Luz” y “Filantropía Bogotana”, que aparte del nombre y solo tres Hermanos sobrevivientes de las extintas no tienen nada más en común con las homónimas del siglo XIX.
                  
Esa desaparición abrupta revela una enseñanza incómoda. La Masonería bogotana había apostado por transformar la república desde arriba, confiando en que la razón ilustrada y la legislación liberal serían suficientes para sostener el cambio. Pero, subestimó la fuerza de las estructuras sociales, de la herencia colonial, de la religión y de la cultura política tradicional. Su proyecto fue moderno en sus ideas, pero limitado en su base social.
                   
El resto del país ofrece, en este punto, una clave interpretativa decisiva. Allí en donde la Masonería se integró a la vida cotidiana, al comercio, a la beneficencia, a la educación y a la sociabilidad urbana, logró mayor resiliencia. Allí en donde se identificó de manera exclusiva con un poder político, quedó expuesta. No es una lección moral, sino histórica. Las fraternidades especulativas no sobreviven solo por la solidez de sus ideas, sino por la densidad de los vínculos que logran tejer en la sociedad real.
                  
La historia de la Masonería bogotana del siglo XIX deja así una advertencia que conviene no suavizar. Toda sociabilidad iniciática que se aproxima demasiado al poder sin construir una base social amplia termina pagando el precio de esa cercanía. Sin tejido ciudadano, sin anclaje en la vida cotidiana y sin capacidad de atravesar derrotas políticas, ninguna institución sobrevive al cambio de régimen. La lección no es nostálgica ni moralizante. Es histórica. Y sigue interpelándonos, hoy, cuando la tentación de confundir influencia con permanencia vuelve a aparecer bajo nuevas formas. Aún hoy la Masonería bogotana no tiene base social. La prueba es que, en las 6 localidades y 750 barrios del sur, no existe una sola Logia para sus 4 millones de habitantes. Y a pocos kilómetros, el municipio de Soacha, con cerca de 850.000 habitantes (más población que 27 de las 32 capitales de Departamento del país) tampoco cuenta con una Logia. Esa ausencia no es un dato anecdótico. Es un síntoma.
                         
Mirar la Masonería del siglo XIX solo como un episodio del pasado sería una forma cómoda de archivarla. Más útil es entenderla como una tecnología social, un método histórico para producir confianza, deliberación y ciudadanía en contextos frágiles. No fue un fin en sí misma, sino un instrumento que respondió a necesidades concretas de su tiempo. Allí en donde el Estado era inestable, la educación escasa y la violencia recurrente, la sociabilidad Masónica ofreció reglas, rituales y prácticas que permitieron convivir, discutir y construir acuerdos mínimos.
                      
Esa función explica su expansión por los puertos, su fortaleza a lo largo del río y su transformación política en Bogotá. También explica su declive cuando esas condiciones cambiaron. La historia muestra con claridad que la Masonería fue relevante cuando hizo falta, no cuando se proclamó indispensable.
                       
Desde esa perspectiva surge inevitablemente una interrogación incómoda, pero necesaria
¿es posible que la Masonería retorne hoy al rol que desempeñó en el siglo XIX, como un espacio privilegiado de formación cívica, articulación política y producción de capital social?
                      
La Respuesta no es evidente ni tranquilizadora. Porque el mundo que hizo necesaria a aquella Masonería ya no existe. El Estado ya no es embrionario, la circulación de ideas no depende de imprentas ni de tertulias cerradas, y la ciudadanía no se forma en espacios discretos, sino en escenarios abiertos, digitales y fragmentados. Pretender repetir el siglo XIX sería desconocer el siglo XXI.
                     
Lo que sí permanece vigente es la función. La historia enseña que la Masonería pierde sentido cuando se limita a administrar símbolos heredados o cuando confunde cercanía al poder con incidencia real. También enseña que se vacía cuando se encierra en sí misma, cuando sustituye la obra cívica por los rituales o cuando reduce la fraternidad a una identidad defensiva.
                          
El caso bogotano del siglo XIX es, en ese sentido, una advertencia estructural. Allí en donde la Masonería se identificó demasiado con un proyecto político específico, ganó influencia a corto plazo, pero perdió resiliencia histórica. Sin base social amplia, sin anclaje en la vida cotidiana y sin capacidad de atravesar derrotas, ninguna sociabilidad sobrevive al cambio de régimen. No es una condena moral. Es una regularidad histórica. Si la Masonería actual no profundiza su presencia y entramado social seguirá descendiendo el número de sus miembros, su densidad demográfica y su participación comunitaria.
                         
El resto del país confirma la misma lógica desde otro ángulo. Allí en donde la Masonería se integró a la educación, a la beneficencia, al comercio, a la conversación pública y a la mezcla social, logró continuidad incluso en contextos adversos. Allí en donde se volvió exclusiva, doctrinaria o excesivamente dependiente del poder central, se debilitó. La fraternidad fue fuerte cuando fue permeable, no cuando fue autosuficiente.
                       
Hoy, los puertos ya no son marítimos, sino digitales. El río ya no es el Magdalena, sino un ecosistema digital de circulación acelerada de información, opiniones y conflictos. Y Bogotá ya no es el centro exclusivo de la deliberación nacional. La lección del siglo XIX no invita a regresar, sino a reaprender a leer el territorio y el tiempo. A entender en dónde se produce hoy la sociabilidad, en dónde se construye confianza y en dónde tiene sentido intervenir.
                      
La Masonería no está llamada a recuperar un lugar perdido, sino a preguntarse, con honestidad histórica, qué puede ofrecer que no esté ya disponible en otros espacios. Las instituciones no mueren cuando son perseguidas, sino cuando dejan de ser necesarias.
                   
La historia no garantiza segundas oportunidades, pero sí ofrece criterios. Y uno de ellos es que las instituciones no sobreviven por su antigüedad, sino por su capacidad de autocrítica y de adaptarse sin traicionarse.
             
Esa fue la clave de su fuerza en el siglo XIX. Y sigue siendo, todavía hoy, su desafío más exigente.
                
Muchas gracias a todos y todas.
                
                      
                         
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

viernes, 2 de enero de 2026

SOBRE LAS OBEDIENCIAS QUE FALSEAN SU HISTORIA Y SU DIMENSIÓN REAL.

Por Iván Herrera Michel
             
La diplomacia Masónica en ocasiones se enfrenta al fraude de Obediencias que se presentan con credenciales falsas que encubren deliberadamente mediante artimañas de pretendidas refundación, restablecimiento, reactivación, reconstrucción, reinstalación, reconstitución, continuidad, Etc., cuya validez histórica no resiste el examen más elemental.
                
De hecho, no es extraño encontrarse, tanto en la Masonería masculina, como en la mixta y la femenina, con quienes adoptan el nombre de una Obediencia simbólica o una Jurisdicción escocista extinta para reclamar una antigüedad y unos méritos que no les pertenecen. El tema es más serio de lo que parece, porque el nombre en la Masonería es un depósito de memoria, de legitimidades construidas y, sobre todo, de responsabilidades doctrinales. Por eso, la preocupación diplomática por la trazabilidad es una tarea que nace de la experiencia de haber visto cómo los atajos erosionan la confianza y debilitan los vínculos, sobre todo, cuando se miente con genealogías ficticias o cifras infladas.
                 
Lo Masónicamente correcto es que las Obediencias y Supremos Consejos que han tomado para si mismas nombres históricos aclaren, sin rodeos ni ambigüedades, que no son la misma organización, que no reclaman continuidad, y que lo utilizan como referencia, homenaje o inspiración. Esa práctica, cuando se presenta, merece ser reconocida porque honra a la Masonería.
                  
El fraude adquiere mayor gravedad cuando la referencia se transforma en afirmación de continuidad, el matiz se borra deliberadamente y el relato se convierte en un argumento para construir una apariencia de peso para obtener beneficios o membresías. Desde el punto de vista moral, el atribuirse una antigüedad inexistente o declarar más miembros, Logias o cuerpos escocistas de los que realmente se tienen comienza a resquebrajar la confianza en los organismos plurales, a veces de forma silenciosa y, a veces, de manera abrupta. 
                      
En este punto, el problema deja de ser individual y se vuelve sistémico, porque compromete la credibilidad de todos, debilita el marco ético que hace posible la convivencia entre estructuras diversas, e indiscutiblemente genera responsabilidad en quienes permiten que la mentira se mantenga cuando ya ha sido descubierta o es un secreto a voces. En toda estructura colectiva, lo que se tolera termina formando parte de su identidad, y una falsedad aceptada se convierte en una carga compartida. Asumir la responsabilidad implica entender que preservar la integridad de la asociación exige coherencia y coraje, incluso cuando hacerlo obliga a asumir el costo.
                     
Cuando una asociación Masónica internacional se edifica sobre la palabra dada, la honestidad de cada una de sus partes sostiene su razón de ser. Una sola distorsión, por pequeña que parezca, introduce un desajuste que compromete la credibilidad común. Por tal motivo, decir quién se es realmente constituye el cimiento que preserva la solidez en una comunidad llamada a perdurar con solvencia moral.
                        
La diplomacia Masónica, especialmente en los espacios multilaterales, funciona porque existe un acuerdo tácito sobre ciertas reglas básicas, entre ellas la de decir la verdad sobre la propia dimensión real, simbólica y filosófica. Cuando esas reglas se relativizan, todo el edificio se resiente, y los miembros se ven entonces obligados a elegir entre la complacencia silenciosa y la defensa de criterios que son fruto de una concepción doctrinal compartida.
                      
Por otra parte, la juventud institucional no es una falta, ni lo es el tamaño modesto, ni en el mundo de las Obediencias simbólicas ni en el de las Jurisdicciones escocistas. Muchas instituciones Masónicas hoy respetadas nacieron en contextos difíciles, con pocos miembros y pocos cuerpos, y mostraron con claridad esa realidad. Esa honestidad inicial fue, en no pocos casos, el germen de su legitimidad.
                      
El modo en que se deben tratar estos fraudes debe ser un ejercicio de responsabilidad y diplomacia firme. Escuchar, pedir claridad, solicitar documentación y coherencia, contrastar cifras y, cuando sea necesario, marcar límites. Al final, lo que está en juego no es solo un nombre, una fecha o un número, porque la legitimidad que verdaderamente importa es la que se honra con la honestidad y una relación honrada con los demás.
                   
En la Masonería, como en cualquier otro sector de la sociedad, decir quién se es, es el primer deber al presentarse. De ahí que las Obediencias, Jurisdicciones y organizaciones multilaterales deben ser especialmente cuidadosas con quienes aceptan y mantienen como miembros, porque cuando el fraude se tolera, lo que termina sobre el tapete es la solvencia moral de todos y la degradación de la transmisión de los principios hacia quienes vendrán. 
                       
                      
                      
                      

MENSAJE DE AÑO NUEVO 2026

CENTRO DE ENLACE Y DE INFORMACIÓN DE LAS POTENCIAS MASÓNICAS FIRMANTES DEL LLAMAMIENTO DE ESTRASBURGO
MENSAJE DE AÑO NUEVO 2026

Oriente de Barranquilla, República de Colombia, diciembre 30 de 2025.
 
Queridas Hermanas y Queridos Hermanos,
 
Al comenzar un nuevo año, deseo dirigirme a las Masonas y Masones de distintos países y sensibilidades, desde la convicción de que los momentos de transición ofrecen una oportunidad singular para detenerse y reafirmar lo que nos vincula más allá de las coyunturas, de las políticas pasajeras y de los debates circunstanciales que atraviesan la vida Masónica y la vida social.
 
La tradición Masónica se ha construido históricamente como un espacio de encuentro entre diferencias, como una práctica sostenida de la libertad de conciencia y como una pedagogía de la convivencia fundada en el respeto, el diálogo y la dignidad humana. En un mundo marcado por transformaciones profundas y por nuevas formas de fragmentación, estos valores se convierten en una responsabilidad concreta que interpela el modo de estar la Masonería en el presente.
 
CLIPSAS, en su razón de ser más profunda, encarna esa vocación de enlace y de apertura como un marco que ha hecho posible, a lo largo del tiempo, el reconocimiento mutuo entre Obediencias diversas, el intercambio fraterno de experiencias y la afirmación de que la pluralidad constituye una riqueza que fortalece el trabajo Masónico y le da sentido.
 
Es precisamente en este horizonte en donde adquiere un relieve particular la necesidad de trabajar, con serenidad y perseverancia, por la unión de la Masonería a pesar de las diferencias que a veces nos separan. Esa unidad nos invita a reconocer que el desarrollo del potencial humano, el compromiso con la paz y la defensa de los valores humanistas que proclamamos en nuestros Templos solo alcanzan su verdadero sentido cuando somos capaces de hacerlo juntos, como una comunidad que aprende, dialoga y se transforma sin renunciar a su identidad.
 
El año que llega nos invita a profundizar una Masonería que se ofrece a la sociedad como un espacio de reflexión serena y de compromiso humanista. Una Masonería capaz de formar conciencias libres, de cultivar la fraternidad desde claves contemporáneas y de asumir que la defensa de la libertad de conciencia y del respeto a la diferencia es una tarea que se renueva cada día a través del pensamiento crítico, la palabra responsable y el trabajo conjunto.
 
Al iniciar el año 2026, expreso mi más sincero deseo de que los Masones y Masonas del mundo que se reconocen en estos principios, continúen fortaleciendo una práctica abierta, responsable y fiel a los fundamentos de la Masonería, plenamente conscientes de su papel de seguir construyendo, con serenidad y convicción, una fraternidad viva, plural y orientada al bien común de nuestras sociedades.
 
Reciban mis mejores deseos para el año que comienza.


Iván HERRERA MICHEL
Ex Presidente de CLIPSAS

 

NEW YEAR’S MESSAGE 2026

         CENTRE FOR LIAISON AND INFORMATION OF THE MASONIC POWERS 
                           SIGNATORIES OF THE STRASBOURG APPEAL
NEW YEAR’S MESSAGE 2026
 
At the Orient of Barranquilla, Republic of Colombia, December 30, 2025.
 
Dear Sisters and Dear Brothers,
 
As a new year begins, I wish to address the Freemasons—women and men—from different countries and sensibilities, convinced that moments of transition offer a singular opportunity to pause and reaffirm what binds us beyond shifting circumstances, passing policies and the circumstantial debates that inevitably traverse both Masonic life and social life.
 
The Masonic tradition has been historically built as a space of encounter among differences, as a sustained practice of freedom of conscience, and as a pedagogy of coexistence founded on respect, dialogue, and human dignity. In a world marked by profound transformations and new forms of fragmentation, these values become a concrete responsibility that challenges the way Masonry inhabits the present.
 
At its deepest level, CLIPSAS embodies this vocation for connection and openness, providing a framework that has made possible, over time, mutual recognition among diverse Obediences, fraternal exchange of experiences, and the affirmation that plurality constitutes a richness that strengthens Masonic work and gives it meaning.
 
It is within this horizon that the need to work, with serenity and perseverance, toward the union of Masonry despite the differences that sometimes separate us acquires particular significance. Such unity invites us to recognize that the development of human potential, our commitment to peace, and the defense of the humanist values we proclaim in our Temples only reach their full meaning when we are able to advance together, as a community that learns, dialogues and transforms itself without renouncing its identity.
 
The year ahead invites us to deepen a Masonry that presents itself to society as a space of serene reflection and humanist commitment. A Masonry capable of forming free consciences, cultivating fraternity through contemporary perspectives, and assuming that the defense of freedom of conscience and respect for difference is a task renewed each day through critical thought, responsible speech and shared work.
 
As we enter the year 2026, I express my most sincere hope that the Freemasons, women and men, throughout the world who recognize themselves in these principles will continue strengthening a practice that is open, responsible and faithful to the foundations of Masonry, fully aware of their role in building, with serenity and conviction, a living and plural fraternity oriented toward the common good of our societies.
 
Please receive my warmest wishes for the year that begins.
 

                                              Iván HERRERA MICHEL

Past President of CLIPSAS

MESSAGE DE NOUVEL AN 2026

CENTRE DE LIAISON ET D’INFORMATION DES PUISSANCES MAÇONNIQUES SIGNATAIRES DE L’APPEL DE STRASBOURG

MESSAGE DE NOUVEL AN 2026

À l’Orient de Barranquilla, République de Colombie, le 30 décembre 2025.
 
Chères Sœurs, Chers Frères,
 
Au début de cette nouvelle année, je souhaite m’adresser aux Franc-maçonnes et aux Francs-maçons de différents pays et sensibilités, convaincu que les moments de transition offrent une occasion singulière de s’arrêter et de réaffirmer ce qui nous relie au-delà des conjonctures, des politiques passagères et des débats circonstanciels qui traversent la vie maçonnique et la vie sociale.
 
La tradition maçonnique s’est historiquement construite comme un espace de rencontre entre différences, comme une pratique soutenue de la liberté de conscience et comme une pédagogie de la convivialité fondée sur le respect, le dialogue et la dignité humaine. Dans un monde marqué par de profondes transformations et par de nouvelles formes de fragmentation, ces valeurs deviennent une responsabilité concrète qui interpelle la manière dont la Maçonnerie se tient dans le présent.
 
CLIPSAS, dans sa raison d’être la plus profonde, incarne cette vocation de lien et d’ouverture en tant que cadre ayant permis, au fil du temps, la reconnaissance mutuelle entre Obédiences diverses, l’échange fraternel d’expériences et l’affirmation que la pluralité constitue une richesse qui renforce le travail maçonnique et lui donne sens.
 
C’est précisément dans cet horizon que prend un relief particulier la nécessité de travailler, avec sérénité et persévérance, à l’union de la Maçonnerie malgré les différences qui parfois nous séparent. Cette unité nous invite à reconnaître que le développement du potentiel humain, l’engagement pour la paix et la défense des valeurs humanistes que nous proclamons dans nos Temples n’atteignent leur pleine signification que lorsque nous sommes capables de les réaliser ensemble, comme une communauté qui apprend, dialogue et se transforme sans renoncer à son identité.
 
L’année qui vient nous invite à approfondir une Maçonnerie qui se présente à la société comme un espace de réflexion sereine et d’engagement humaniste. Une Maçonnerie capable de former des consciences libres, de cultiver la fraternité à partir de clés contemporaines et d’assumer que la défense de la liberté de conscience et du respect de la différence est une tâche qui se renouvelle chaque jour à travers la pensée critique, la parole responsable et le travail partagé.
 
À l’aube de l’année 2026, j’exprime mon vœu le plus sincère que les Franc-maçonnes et les Francs-maçons du monde qui se reconnaissent dans ces principes continuent de renforcer une pratique ouverte, responsable et fidèle aux fondements de la Maçonnerie, pleinement conscients de leur rôle dans la construction, avec sérénité et conviction, d’une fraternité vivante, plurielle et orientée vers le bien commun de nos sociétés.
 
Recevez mes vœux les plus chaleureux pour l’année qui commence.


Iván HERRERA MICHEL

Ancien Président de CLIPSAS