Por Iván Herrera Michel
He
recibido, con sincera gratitud, el libro “Cartagena de Indias. 255 años de Masonería”,
del Q:. H:. Édison Rafael Posso Basanta, publicado en el marco del 105°
aniversario de la Serenísima Gran Logia Nacional de Colombia, con sede en
Cartagena de Indias, la segunda más antigua de las masculinas del país, sobre
todo porque he tenido el honor de compartir tribuna con el autor, siempre me ha
impresionado su disciplina investigativa, he aprendido de sus publicaciones y no
exagero al decir que ahora me ha hecho pensar en el futuro de las Orden.
En la
obra desde el índice se percibe una estructura pensada en tres momentos
históricos que articulan la trayectoria Masónica de Cartagena. Las primeras
Logias vinculadas a la Gran Logia Provincial de Jamaica dependiente de la
entonces Gran Logia de Londres, la creación del Supremo
Consejo Neogranadino con Carta Patente del Gran Oriente de Francia y la
consolidación de la Serenísima Gran Logia Nacional de Colombia con Carta
Patente del Supremo Consejo Neogranadino, comprueban, si se miran sin sesgos ni
lealtades presentes, que su legitimidad de origen la determina la secuencia Gran
Oriente de Francia / Supremo Consejo Neogranadino / Serenísima Gran Logia
Nacional de Colombia.
Este
dato es importante porque explica como la tradición cartagenera nace en el
siglo XIX de una de una matriz escocista con influencia francesa, algo que marcó
su perfil liberal (a pesar de contar con miembros conservadores y sacerdotes
católicos) hasta que desde la década de los 50s del Siglo XX se sometió al
“reconocimiento” anglosajón que apartó a la Masonería latinoamericana del
protagonismo político que la distinguía desde el siglo anterior, por la vía de la
entrega de la región que hizo la Confederación Masónica Americana (CMI) a la política
exterior de la Gran Logia Unida de Inglaterra. De hecho, leyendo el libro se
observa claramente en clave local las consecuencias reales de esa búsqueda de
validación que partió en dos la transcendencia política de la Orden.
Esa
condición liberal inicial explica en buena medida la membresía activa en su
seno, antes de la influencia de la CMI, de patricios liberales del primer nivel
nacional de la talla de Juan José Nieto Gil quien fue presidente de la
república siendo Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo Neogranadino, Alfonso
Romero Aguirre que fue el autor y ponente de la Ley 62 de 1935 que concedió personería
jurídica a las Logias colombianas, y Simón Bossa Pereira que fue simultáneamente
Director del Partido Liberal Colombiano, Soberano Gran Comendador del Supremo
Consejo Neogranadino y lideró en 1939 el relacionamiento pleno de todas las
Grandes Logias que funcionaban en el país, alguna de las cuales tenían
prohibidas las visitas de sus miembros entre sí, tal como volvió a ocurrir a
partir de los años 80s y 90s en el marco de la vorágine de ambiciones y codicia
de Grados, Cargos y bienes que redibujó el mapa Masónico nacional.
El
punto de quiebre que marcó el paso del modelo Masónico continental europeo de
Gran Oriente, que caracterizo a la Orden en el siglo XIX, al anglosajón de Gran
Logia que la distingue actualmente, y que la alejó de seguir siendo
interlocutora del estado, sucedió en la segunda década del siglo XX en
Barranquilla bajo el influjo de la presencia de los Estados Unidos en el Canal
de Panamá desde hacía una década. De hecho, todo parece indicar que, en la
fundación de la Gran Logia Provincial del Atlántico, en Barranquilla en 1917, el
término “Provincial” fue un recurso de coyuntura de una Masonería fuertemente
dividida para tener el simbolismo algún margen de autonomía mientras mantenía vínculo
institucional con el Supremo Consejo Central de Colombia en Bogotá, al tiempo
que rompía relaciones con el Supremo Consejo Neogranadino. La situación, sin
embargo, duró poco, como registra con acierto el libro. En 1918, bajo la
influencia de la recién constituida Gran Logia de Panamá y de la Gran Logia de
Massachusetts, que tenía Logias en la zona del Canal de Panamá por considerar
que era territorio estadounidense, la institución se reorganizó como Gran Logia
Nacional de Colombia, proclamando su plena soberanía sobre los grados
simbólicos. Y en lo sucesivo se fueron creando varias Grandes Logias a lo largo
y ancho del país, una cosa llevó a la otra y la CMI le dio la estocada final al modelo liberal en los 50s.
En
este orden de ideas, resulta llamativa la falta de investigaciones sobre la
Masonería por parte del pregrado de Historia de la Universidad de Cartagena,
que es una institución que posee Acreditación Institucional de Alta Calidad
otorgada por el Ministerio de Educación Nacional. Ya que la
historia de las Logias es también una ventana para comprender la formación de
élites civiles, la circulación de ideas republicanas, la consolidación de
espacios laicos de sociabilidad y la construcción de ciudadanía en el Caribe
colombiano. Buena parte de nuestra cultura política, de nuestras redes
intelectuales y de nuestros debates sobre modernidad y libertad pasaron, de una
u otra manera, por los talleres Masónicos.
Igualmente,
el libro permite apreciar una dimensión glocal de la Masonería cartagenera anclada
en la realidad concreta de la ciudad amurallada, pero conectada con redes
atlánticas que incluyen Jamaica, las Antillas y Centroamérica. Comprender esa
doble pertenencia, local y transnacional, es fundamental para entender el papel
de la Masonería en el Caribe colombiano, y en tiempos de legítimos debates
internos sobre libertad de conciencia, dobles discursos de igualdad y diversas
formas de Masonería, contar bien la historia es un importante punto de partida para
repensar el futuro.
Leer
255 años de historia no puede dejarnos intactos y también invita a mirarnos por
dentro.
Desde
el siglo XVIII, en que nació la Masonería moderna, mientras el mundo fue
abriendo espacio para que las mujeres y las clases medias y bajas conquistaran
derechos, educación, presencia pública, autonomía económica y ciudadanía, buena
parte de la Masonería siguió aferrada a una estructura patriarcal y de élites
que no siempre estuvo a la altura de sus propias consignas. Proclamó la
igualdad en los discursos, pero la administró con selectividad y la reservó
para varones con un cierto capital social, cultural o económico. Así, mientras
afuera avanzaba la historia, adentro sobrevivía una sociabilidad masculina,
selectiva y respetable, muy cómoda para las clases dirigentes, pero poco
permeable a la experiencia real de las mujeres y de los sectores medios y
populares que también buscaban un lugar en la construcción del mundo moderno.
Esa contradicción es una de las causas del desfase histórico de muchas
obediencias frente a la sociedad y, al mismo tiempo, la explicación de por qué
las corrientes liberales han terminado encarnando, con mayor coherencia, la
parte más viva y más honesta del ideal Masónico.
Si
queremos que la Masonería conserve presencia social real y no solo simbólica,
necesitamos revisar nuestras formas organizativas. La creación de "Logias de barrio", de bajo costo, accesibles a profesionales jóvenes, docentes, pequeños empresarios
y trabajadores de clase media en los sectores urbanos y municipios pequeños en donde hoy se forma ciudadanía,
es una indispensable evolución.
Y en
el camino de comprender el presente, si en los tres departamentos en donde
tiene Logias la Masonería cartagenera la mitad de la ciudadanía está compuesta
por mujeres profesionales, trabajadoras, libres y de buenas costumbres, la
reflexión se cae por su propio peso. No basta con organizar para ellas
instituciones periféricas y subordinadas de “Adopción”, “Estrellas”, beneficencia
o costureros para acompañar a las Logias de sus parientes hombres. Eso pudo haber
tenido un lugar y un sentido en otro tiempo, pero hoy la reflexión es más
profunda y determina posibles futuros para la Orden.
La
ampliación de la oferta Masónica a la clase media trabajadora y a las mujeres es
una necesidad cartagenera, lo que no significa desconocer la meritoria tradición
masculina y de elite que el libro documenta con rigor. Implica comprenderla en
su contexto y asumir que toda tradición que quiera perdurar debe dialogar con
su tiempo.
Ya en
lo académico, el uso y combinación de fuentes como documentos archivísticos,
referencias bibliográficas, tradición oral y testimonios de Masones del siglo
XX sitúa al libro dentro de una escuela de corte positivista-crítico, con
sensibilidad regional y enfoque institucional que busca reconstruir hechos,
procesos y estructuras verificables. Todo ello dentro de las limitaciones
impuestas por la destrucción, apropiación privada, perdida y deterioro de
documentos con los que se enfrentó la investigación, como reconoce con honestidad
Posso Basanta.
Y
vuelvo al punto de partida.
Hay
libros que se compran y otros que llegan gracias a un gesto fraterno. Este me
llegó así, y me obligó a mirar hacia atrás con rigor y hacia adelante con
responsabilidad, en la medida de que la historia es una herramienta para pensar
el futuro.
Si
dentro de algunos años alguien lee sobre las tres etapas de la Masonería
cartagenera que describe el Q:. H:. Édison Posso Basanta, ojalá pueda decir sin
prejuicios que supo leer los méritos liberales de su historia, que entendió que
la tradición se defiende proyectándola, que asumió que la ciudadanía del siglo
XXI exige instituciones socialmente presentes. Y que a la tercera etapa siguió una
cuarta luminosa para la Orden.
Por
último, y por sobre todo, agradezco inmensamente al Q:. H:. Édison Rafael Posso
Basanta por su dedicación constante al estudio serio de la historia Masónica que ha producido este libro que complementa y da nuevos alcances al
de “Historia de la Masonería Cartagenera” (2014) del cual fue también coautor.
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