Por Iván Herrera Michel
La diplomacia Masónica en ocasiones se enfrenta al fraude de Obediencias que se presentan con credenciales falsas que
encubren deliberadamente mediante artimañas de pretendidas refundación, restablecimiento,
reactivación, reconstrucción, reinstalación, reconstitución, continuidad, Etc., cuya validez histórica no resiste el examen más elemental.
De hecho, no es extraño encontrarse, tanto en la Masonería masculina, como en la mixta y la femenina, con quienes adoptan el nombre de una Obediencia simbólica o una Jurisdicción
escocista extinta para reclamar una antigüedad y unos méritos que no les
pertenecen. El tema es más serio de lo que parece, porque el nombre en la Masonería
es un depósito de memoria, de legitimidades construidas y, sobre todo, de
responsabilidades doctrinales. Por eso, la preocupación diplomática por la trazabilidad es
una tarea que nace de la experiencia de haber visto cómo los atajos erosionan
la confianza y debilitan los vínculos, sobre todo, cuando se miente con genealogías ficticias o cifras infladas.
Lo Masónicamente correcto es que las Obediencias
y Supremos Consejos que han tomado para si mismas nombres históricos aclaren, sin rodeos ni ambigüedades, que no son la misma
organización, que no reclaman continuidad, y que lo utilizan como
referencia, homenaje o inspiración. Esa práctica, cuando se presenta, merece ser reconocida porque honra a la
Masonería.
El fraude adquiere mayor gravedad cuando la referencia se transforma en afirmación de continuidad, el
matiz se borra deliberadamente y el relato se convierte en un argumento para
construir una apariencia de peso para obtener beneficios o membresías. Desde el punto de vista moral, el atribuirse una
antigüedad inexistente o declarar más miembros, Logias o cuerpos escocistas de
los que realmente se tienen comienza a
resquebrajar la confianza en los organismos plurales, a veces de forma silenciosa y, a veces, de manera
abrupta.
En este punto, el problema deja de ser
individual y se vuelve sistémico, porque compromete la credibilidad de todos,
debilita el marco ético que hace posible la convivencia entre estructuras
diversas, e indiscutiblemente genera responsabilidad en quienes permiten que la
mentira se mantenga cuando ya ha sido descubierta o es un secreto a voces. En
toda estructura colectiva, lo que se tolera termina formando parte de su
identidad, y una falsedad aceptada se convierte en una carga compartida. Asumir
la responsabilidad implica entender que preservar la integridad de la
asociación exige coherencia y coraje, incluso cuando hacerlo obliga a asumir el
costo.
Cuando una asociación Masónica internacional
se edifica sobre la palabra dada, la honestidad de cada una de sus partes
sostiene su razón de ser. Una sola distorsión, por pequeña que parezca,
introduce un desajuste que compromete la credibilidad común. Por tal motivo,
decir quién se es realmente constituye el cimiento que preserva la solidez en
una comunidad que llamada a perdurar con solvencia moral.
La diplomacia Masónica, especialmente en
los espacios multilaterales, funciona porque existe un acuerdo tácito sobre
ciertas reglas básicas, entre ellas la de decir la verdad sobre la propia
dimensión real, simbólica y filosófica. Cuando esas reglas se relativizan, todo
el edificio se resiente, y los miembros se ven entonces obligados a
elegir entre la complacencia silenciosa y la defensa de criterios que son fruto
de una concepción doctrinal compartida.
Por otra parte, la juventud
institucional no es una falta, ni lo es el tamaño modesto, ni en el mundo de
las Obediencias simbólicas ni en el de las Jurisdicciones escocistas. Muchas instituciones
Masónicas hoy respetadas nacieron en contextos difíciles, con pocos miembros y
pocos cuerpos, y mostraron con claridad esa realidad. Esa honestidad inicial
fue, en no pocos casos, el germen de su legitimidad.
El modo en que se deben tratar estos fraudes debe ser un ejercicio de responsabilidad y diplomacia firme.
Escuchar, pedir claridad, solicitar documentación y coherencia, contrastar
cifras y, cuando sea necesario, marcar límites. Al final, lo que está en juego
no es solo un nombre, una fecha o un número, porque la legitimidad que
verdaderamente importa es la que se honra con la
honestidad y una relación honrada con los demás.
En la Masonería, como en cualquier otro
sector de la sociedad, decir quién se es, es el primer deber al presentarse. De
ahí que las Obediencias, Jurisdicciones y organizaciones multilaterales deben
ser especialmente cuidadosas con quienes aceptan y mantienen como miembros,
porque cuando el fraude se tolera, lo que termina sobre el tapete es la solvencia
moral de todos y la degradación de la transmisión de los principios hacia
quienes vendrán.

1 comentario:
Q∴ H∴ Iván Herrera:
Abordas con lucidez un punto neurálgico de la vida masónica contemporánea: la relación entre verdad, memoria y legitimidad. Al señalar que el nombre es un depósito de historia y de responsabilidad doctrinal, colocas el debate en un plano ético y no meramente administrativo, recordándonos que la diplomacia masónica no puede reducirse a la cortesía formal cuando está en juego la coherencia moral de la Orden. La denuncia del uso fraudulento de genealogías, cifras y continuidades ficticias no se formula aquí como un ajuste de cuentas, sino como una llamada a la trazabilidad honesta, condición indispensable para la confianza interobediencial.
En suma, el texto no solo diagnostica un problema real, sino que propone un criterio rector para la diplomacia masónica: firmeza ética sin estridencias, claridad sin ambigüedades y valentía para preservar la verdad como cimiento de toda convivencia fraterna. Es una contribución que dignifica el debate y recuerda que, en Masonería, la palabra dada sigue siendo un acto iniciático.
Recibe de parte mía un T.·. A.·. F.·.
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