viernes, 2 de enero de 2026

SOBRE LAS OBEDIENCIAS QUE FALSEAN SU HISTORIA Y SU DIMENSIÓN REAL.

Por Iván Herrera Michel
             
La diplomacia Masónica en ocasiones se enfrenta al fraude de Obediencias que se presentan con credenciales falsas que encubren deliberadamente mediante artimañas de pretendidas refundación, restablecimiento, reactivación, reconstrucción, reinstalación, reconstitución, continuidad, Etc., cuya validez histórica no resiste el examen más elemental.
                
De hecho, no es extraño encontrarse, tanto en la Masonería masculina, como en la mixta y la femenina, con quienes adoptan el nombre de una Obediencia simbólica o una Jurisdicción escocista extinta para reclamar una antigüedad y unos méritos que no les pertenecen. El tema es más serio de lo que parece, porque el nombre en la Masonería es un depósito de memoria, de legitimidades construidas y, sobre todo, de responsabilidades doctrinales. Por eso, la preocupación diplomática por la trazabilidad es una tarea que nace de la experiencia de haber visto cómo los atajos erosionan la confianza y debilitan los vínculos, sobre todo, cuando se miente con genealogías ficticias o cifras infladas.
                 
Lo Masónicamente correcto es que las Obediencias y Supremos Consejos que han tomado para si mismas nombres históricos aclaren, sin rodeos ni ambigüedades, que no son la misma organización, que no reclaman continuidad, y que lo utilizan como referencia, homenaje o inspiración. Esa práctica, cuando se presenta, merece ser reconocida porque honra a la Masonería.
                  
El fraude adquiere mayor gravedad cuando la referencia se transforma en afirmación de continuidad, el matiz se borra deliberadamente y el relato se convierte en un argumento para construir una apariencia de peso para obtener beneficios o membresías. Desde el punto de vista moral, el atribuirse una antigüedad inexistente o declarar más miembros, Logias o cuerpos escocistas de los que realmente se tienen comienza a resquebrajar la confianza en los organismos plurales, a veces de forma silenciosa y, a veces, de manera abrupta. 
                      
En este punto, el problema deja de ser individual y se vuelve sistémico, porque compromete la credibilidad de todos, debilita el marco ético que hace posible la convivencia entre estructuras diversas, e indiscutiblemente genera responsabilidad en quienes permiten que la mentira se mantenga cuando ya ha sido descubierta o es un secreto a voces. En toda estructura colectiva, lo que se tolera termina formando parte de su identidad, y una falsedad aceptada se convierte en una carga compartida. Asumir la responsabilidad implica entender que preservar la integridad de la asociación exige coherencia y coraje, incluso cuando hacerlo obliga a asumir el costo.
                     
Cuando una asociación Masónica internacional se edifica sobre la palabra dada, la honestidad de cada una de sus partes sostiene su razón de ser. Una sola distorsión, por pequeña que parezca, introduce un desajuste que compromete la credibilidad común. Por tal motivo, decir quién se es realmente constituye el cimiento que preserva la solidez en una comunidad que llamada a perdurar con solvencia moral.
                        
La diplomacia Masónica, especialmente en los espacios multilaterales, funciona porque existe un acuerdo tácito sobre ciertas reglas básicas, entre ellas la de decir la verdad sobre la propia dimensión real, simbólica y filosófica. Cuando esas reglas se relativizan, todo el edificio se resiente, y los miembros se ven entonces obligados a elegir entre la complacencia silenciosa y la defensa de criterios que son fruto de una concepción doctrinal compartida.
                      
Por otra parte, la juventud institucional no es una falta, ni lo es el tamaño modesto, ni en el mundo de las Obediencias simbólicas ni en el de las Jurisdicciones escocistas. Muchas instituciones Masónicas hoy respetadas nacieron en contextos difíciles, con pocos miembros y pocos cuerpos, y mostraron con claridad esa realidad. Esa honestidad inicial fue, en no pocos casos, el germen de su legitimidad.
                      
El modo en que se deben tratar estos fraudes debe ser un ejercicio de responsabilidad y diplomacia firme. Escuchar, pedir claridad, solicitar documentación y coherencia, contrastar cifras y, cuando sea necesario, marcar límites. Al final, lo que está en juego no es solo un nombre, una fecha o un número, porque la legitimidad que verdaderamente importa es la que se honra con la honestidad y una relación honrada con los demás.
                   
En la Masonería, como en cualquier otro sector de la sociedad, decir quién se es, es el primer deber al presentarse. De ahí que las Obediencias, Jurisdicciones y organizaciones multilaterales deben ser especialmente cuidadosas con quienes aceptan y mantienen como miembros, porque cuando el fraude se tolera, lo que termina sobre el tapete es la solvencia moral de todos y la degradación de la transmisión de los principios hacia quienes vendrán. 
                       
                      
                      
                      

1 comentario:

Andy Darío Villar Peñalver dijo...

Q∴ H∴ Iván Herrera:
Abordas con lucidez un punto neurálgico de la vida masónica contemporánea: la relación entre verdad, memoria y legitimidad. Al señalar que el nombre es un depósito de historia y de responsabilidad doctrinal, colocas el debate en un plano ético y no meramente administrativo, recordándonos que la diplomacia masónica no puede reducirse a la cortesía formal cuando está en juego la coherencia moral de la Orden. La denuncia del uso fraudulento de genealogías, cifras y continuidades ficticias no se formula aquí como un ajuste de cuentas, sino como una llamada a la trazabilidad honesta, condición indispensable para la confianza interobediencial.
En suma, el texto no solo diagnostica un problema real, sino que propone un criterio rector para la diplomacia masónica: firmeza ética sin estridencias, claridad sin ambigüedades y valentía para preservar la verdad como cimiento de toda convivencia fraterna. Es una contribución que dignifica el debate y recuerda que, en Masonería, la palabra dada sigue siendo un acto iniciático.
Recibe de parte mía un T.·. A.·. F.·.