martes, 31 de marzo de 2026

ISAAC MANNING Y EL CAMBIO DE PARADIGMA DE LA MASONERÍA COLOMBIANA

Por Iván Herrera Michel
               
Isaac A. Manning
Recuerdo perfectamente que, cuando me inicié a comienzos de la década de 1980, en una de las paredes del área de Pasos Perdidos colgaba un viejo retrato en blanco y negro de Isaac A. Manning, del que nadie parecía recordar por qué estaba allí. Solo mucho tiempo después entendí que aquel rostro serio y de gafas redondas había sido protagonista de uno de los giros más decisivos en la historia de la Masonería colombiana.
           
La clave para entender a Manning no puede pasar por alto que fue un actor del tránsito histórico vivido por la Masonería colombiana en las primeras cuatro décadas del siglo XX. Era al mismo tiempo cónsul estadounidense y operador en la recomposición de la Masonería de Barranquilla y Cartagena, por donde empezó el cambio nacional de paradigma. En él confluyen la expansión del poder de Washington, su penetración económica en el Caribe y la reestructuración de la Masonería para volverla más cercanas al nuevo eje hemisférico.
              
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, los Estados Unidos dejaron de ser una república en ascenso para convertirse en una potencia en plena consolidación, que, en el marco caribeño, respondía a una estrategia de control de rutas marítimas, enclaves portuarios y pasos interoceánicos. En ese tablero, la Masonería ofrecía acceso a las élites locales, a canales discretos de interlocución, a legitimidad social y a una red de hombres bien situados en la política y la economía.
               
Todo eso se vuelve visible en Colombia cuando llega, como Cónsul a Cartagena (1907) y a Barranquilla (1911), a un país herido por la Guerra de los Mil Días y humillado por la separación de Panamá, que era la demostración brutal de que los Estados Unidos estaban dispuestos a redibujar a su antojo el mapa regional cuando sus intereses lo exigieran. Después de lo de Panamá, toda la costa colombiana quedó bajo una nueva luz geopolítica, y Barranquilla, en particular, pasó a ser un puerto marítimo y fluvial clave, y una pieza valiosa dentro del reordenamiento comercial y político del Caribe.
                   
En ese tejido, la Masonería colombiana, fuertemente golpeada y casi desaparecida desde 1887 por la hegemonía conservadora del gobierno nacional, se aleja poco a poco de la vieja matriz liberal de Gran Oriente, que la distinguió en el siglo XIX, con sus resonancias republicanas, y comienza a ceder terreno a un paradigma más próximo al modelo de Gran Logia anglosajona. De hecho, este fue el comienzo de una reorientación ideológica y geopolítica mediante la cual la Masonería dejaba de mirar prioritariamente hacia el universo latino de los discursos civiles y pasaba a alinearse con un sistema de validaciones de Obediencias extranjeras (primero de los Estados Unidos y después de Inglaterra) que se perfeccionaría en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Gran Logia Unida de Inglaterra instrumentaliza a la Confederación Masónica Interamericana (CMI) para los fines de su política exterior, a principios de la década de los cincuentas. En un viraje que produjo que el modelo de Grandes Logias de corte anglosajón promovido desde Barranquilla y Cartagena desde la segunda y tercera década del siglo XX terminara expandiéndose por el resto del país hasta convertirse en la forma dominante de organización.
                      
Manning fue una pieza central y muy activa de ese viraje. En Cartagena se afilia a la Logia “Unión” No. 9 (1908), participa en la fundación de la Logia “Cartagena” No. 52 (1908-1909), escala hasta el Grado 30° del REAA (1909) y llega a ser Gran Maestro de la “Serenísima Gran Logia Nacional de Colombia” (1921-1922). En Barranquilla, se afilia a la Logia “Siglo XIX” No. 24 (1912), preside el Soberano Capítulo “En el Delta” No. 5 (1916-1917), es cofundador de la Logia “Estrella del Caribe” No. 3 (1917), de la que fue su primer Venerable Maestro por tres períodos consecutivos. Después ejerce como Venerable Maestro de la Logia “Triple Alianza” No. 2 (1920) y posteriormente como el primer Venerable Maestro de la Logia “Carib Lodge” No. 15 (1928), una Logia de habla inglesa cuya sola existencia ya revela el nuevo clima institucional que se estaba imponiendo.
                  
Manning además fue Miembro Honorario del Supremo Consejo Neogranadino y su Gran Ministro de Estado (1930), participante en la fusión del Supremo Consejo Neogranadino con el Supremo Consejo Central (1939) y luego Gran Portaestandarte del nuevo Supremo Consejo del Grado 33° para Colombia, al tiempo que representante del Supremo Consejo del Rito Escocés para la Jurisdicción Sur de los Estados Unidos ante el escocismo colombiano, desde 1930 hasta su muerte en 1942.
                    
Y si además recordamos que la creación de la “Gran Logia Provincial del Atlántico” (1917) contó con la coordinación de John Henry Cowles, Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo del Rito Escocés para la Jurisdicción Sur de los Estados Unidos, por intermedio de su delegado en Panamá y del propio Manning, la lectura que resulta difícil de eludir muestra que allí hubo una política de influencia, una orientación externa y una voluntad de reorganizar el espacio Masónico colombiano.
                        
Y de ese puente resultó que la autoridad de las nuevas Grandes Logias sobre los tres Grados simbólicos se afianzó, que el viejo predominio de la estructura escocista se relativizó, en medio de mutuas acusaciones de injerencia en asuntos internos que aún persisten un siglo después, y que las redes del Caribe colombiano se enlazaron con Panamá y con el Supremo Consejo del Rito Escocés para la Jurisdicción Sur de los Estados Unidos, cuyo Soberano Gran Comendador visitó varias veces el país. Y todo eso ocurría mientras Barranquilla se convertía en un puerto estratégico, mientras el capital norteamericano avanzaba sobre sectores decisivos y mientras Washington buscaba consolidar una zona de seguridad e influencia alrededor del Canal.
                  
En Colombia, ese tránsito tuvo además una dimensión regional muy marcada, en la medida en que Barranquilla y Cartagena, más abiertas al comercio exterior y menos sometidas mentalmente al centralismo andino, resultaban terrenos fértiles para esa reorientación. Manning entendió muy bien esa coyuntura y defendió intereses costeños, se mezcló en la vida económica local, promovió inversiones y al mismo tiempo ayudó a construir una Masonería más conectada con una nueva forma de funcionar. Residenciado en el país desde 1907, representando al gobierno y la Masonería del suyo, solo lo abandona definitivamente en 1942, cuando viaja enfermo a los Estados Unidos para morir ese mismo año. De allí que estudiar su paso por Colombia, es estudiar la época precisa en que una tradición Masónica comenzó a desplazarse hacia otra de manera estructural, movida por intereses geopolíticos.
                 
Lo más notable es que ese desplazamiento terminó modelando durante décadas la fisonomía dominante de la Masonería colombiana, y solo hacia finales del siglo XX, y a partir de los cismas de los años ochenta y de la posterior aparición de Obediencias liberales y mixtas, comenzó a insinuarse de nuevo en Colombia una pluralidad más cercana, paradójicamente, a sus propios orígenes.
                       
                           
                                       

 

martes, 10 de marzo de 2026

"CARTAGENA DE INDIAS. 255 AÑOS DE MASONERÍA". DE ÉDINSON POSSO BASANTA

Por Iván Herrera Michel


He recibido, con sincera gratitud, el libro “Cartagena de Indias. 255 años de Masonería”, del Q:. H:. Édison Rafael Posso Basanta, publicado en el marco del 105° aniversario de la Serenísima Gran Logia Nacional de Colombia, con sede en Cartagena de Indias, la segunda más antigua de las masculinas del país, sobre todo porque he tenido el honor de compartir tribuna con el autor, siempre me ha impresionado su disciplina investigativa, he aprendido de sus publicaciones y no exagero al decir que ahora me ha hecho pensar en el futuro de la Orden.
                
En la obra desde el índice se percibe una estructura pensada en tres momentos históricos que articulan la trayectoria Masónica de Cartagena. Las primeras Logias vinculadas a la Gran Logia Provincial de Jamaica dependiente de la entonces Gran Logia de Londres, la creación del Supremo Consejo Neogranadino con Carta Patente del Gran Oriente de Francia y la consolidación de la Serenísima Gran Logia Nacional de Colombia con Carta Patente del Supremo Consejo Neogranadino, comprueban, si se mira sin sesgos ni lealtades presentes, que su legitimidad de origen la determina la secuencia Gran Oriente de Francia / Supremo Consejo Neogranadino / Serenísima Gran Logia Nacional de Colombia.
                   
Este dato es importante porque explica como la tradición cartagenera nace en el siglo XIX de una matriz escocista con influencia francesa, algo que marcó su perfil liberal (a pesar de contar con miembros conservadores y sacerdotes católicos) hasta que desde la década de los 50s del Siglo XX se sometió al “reconocimiento” anglosajón que apartó a la Masonería latinoamericana del protagonismo político que la distinguía desde el siglo anterior, por la vía de la entrega de la región que hizo la Confederación Masónica Americana (CMI) a la política exterior de la Gran Logia Unida de Inglaterra. De hecho, leyendo el libro se observa claramente en clave local las consecuencias reales de esa búsqueda de validación que partió en dos la transcendencia política de la Orden.
                    
Esa condición liberal inicial explica en buena medida la membresía activa en su seno, antes de la influencia de la CMI, de patricios liberales del primer nivel nacional de la talla de Juan José Nieto Gil quien fue presidente de la república siendo Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo Neogranadino, Alfonso Romero Aguirre que fue el autor y ponente de la Ley 62 de 1935 que concedió personería jurídica a las Logias colombianas, y Simón Bossa Pereira que fue simultáneamente Director del Partido Liberal Colombiano, Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo Neogranadino y lideró en 1939 el relacionamiento pleno de todas las Grandes Logias que funcionaban en el país, alguna de las cuales tenían prohibidas las visitas de sus miembros entre sí, tal como volvió a ocurrir a partir de los años 80s y 90s en el marco de la vorágine de ambiciones y codicia de Grados, Cargos y bienes que redibujó el mapa Masónico nacional.
                     
El punto de quiebre que marcó el paso del modelo Masónico continental europeo de Gran Oriente, que caracterizo a la Orden en el siglo XIX, al anglosajón de Gran Logia que la distingue actualmente, y que la alejó de seguir siendo interlocutora del estado, sucedió en la segunda década del siglo XX en Barranquilla bajo el influjo de la presencia de los Estados Unidos en el Canal de Panamá desde hacía una década. De hecho, todo parece indicar que, en la fundación de la Gran Logia Provincial del Atlántico, en Barranquilla en 1917, el término “Provincial” fue un recurso de coyuntura de una Masonería fuertemente dividida, ideado con el fin de tener el simbolismo algún margen de autonomía mientras mantenía dependencia institucional del Supremo Consejo Central de Colombia en Bogotá, al tiempo que rompía relaciones con el Supremo Consejo Neogranadino. La situación, sin embargo, duró poco, como registra con acierto el libro. En 1918, bajo la influencia de la recién constituida Gran Logia de Panamá y de la Gran Logia de Massachusetts, que tenía Logias en la zona del Canal de Panamá por considerar que era territorio estadounidense, la institución se reorganizó como Gran Logia Nacional de Colombia, proclamando su plena soberanía sobre los grados simbólicos. Y en lo sucesivo se fueron creando varias Grandes Logias a lo largo y ancho del país, una cosa llevó a la otra y la CMI le dio la estocada final al modelo liberal en los 50s.
                        
En este orden de ideas, resulta llamativa la falta de investigaciones sobre la Masonería por parte del pregrado de Historia de la Universidad de Cartagena, que es una institución que posee Acreditación Institucional de Alta Calidad otorgada por el Ministerio de Educación Nacional. Ya que la historia de las Logias es también una ventana para comprender la formación de élites civiles, la circulación de ideas republicanas, la consolidación de espacios laicos de sociabilidad y la construcción de ciudadanía en el Caribe colombiano. Buena parte de nuestra cultura política, de nuestras redes intelectuales y de nuestros debates sobre modernidad y libertad pasaron, de una u otra manera, por los talleres Masónicos.
                        
Igualmente, el libro permite apreciar una dimensión glocal de la Masonería cartagenera anclada en la realidad concreta de la ciudad amurallada, pero conectada con redes atlánticas que incluyen Jamaica, las Antillas y Centroamérica. Comprender esa doble pertenencia, local y transnacional, es fundamental para entender el papel de la Masonería en el Caribe colombiano, y en tiempos de legítimos debates internos sobre libertad de conciencia, dobles discursos de igualdad y diversas formas de Masonería, contar bien la historia es un importante punto de partida para repensar el futuro.
             
Leer 255 años de historia no puede dejarnos intactos y también invita a mirarnos por dentro.
                      
Desde el siglo XVIII, en que nació la Masonería moderna, mientras el mundo fue abriendo espacio para que las mujeres y las clases medias y bajas conquistaran derechos, educación, presencia pública, autonomía económica y ciudadanía, buena parte de la Masonería siguió aferrada a una estructura patriarcal y de élites que no siempre estuvo a la altura de sus propias consignas. Proclamó la igualdad en los discursos, pero la administró con selectividad y la reservó para varones con un cierto capital social, cultural o económico. Así, mientras afuera avanzaba la historia, adentro sobrevivía una sociabilidad masculina, selectiva y respetable, muy cómoda para las clases dirigentes, pero poco permeable a la experiencia real de las mujeres y de los sectores medios y populares que también buscaban un lugar en la construcción del mundo moderno. Esa contradicción es una de las causas del desfase histórico de muchas obediencias frente a la sociedad y, al mismo tiempo, la explicación de por qué las corrientes liberales han terminado encarnando, con mayor coherencia, la parte más viva y más honesta del ideal Masónico.
                        
Si queremos que la Masonería conserve presencia social real y no solo simbólica, necesitamos revisar nuestras formas organizativas. La creación de "Logias de barrio", de bajo costo, accesibles a profesionales jóvenes, docentes, pequeños empresarios y trabajadores de clase media en los sectores urbanos y municipios pequeños en donde hoy se forma ciudadanía, es una indispensable evolución.
                     
Y en el camino de comprender el presente, si en los tres departamentos en donde tiene Logias la Masonería cartagenera la mitad de la ciudadanía está compuesta por mujeres profesionales, trabajadoras, libres y de buenas costumbres, la reflexión se cae por su propio peso. No basta con organizar para ellas instituciones periféricas y subordinadas de “Adopción”, “Estrellas”, beneficencia o costureros para acompañar a las Logias de sus parientes hombres. Eso pudo haber tenido un lugar y un sentido en otro tiempo, pero hoy la reflexión es más profunda y determina posibles futuros para la Orden.
                       
La ampliación de la oferta Masónica a la clase media trabajadora y a las mujeres es una necesidad cartagenera, lo que no significa desconocer la meritoria tradición masculina y de elite que el libro documenta con rigor. Implica comprenderla en su contexto y asumir que toda tradición que quiera perdurar debe dialogar con su tiempo.
                     
Ya en lo académico, el uso y combinación de fuentes como documentos archivísticos, referencias bibliográficas, tradición oral y testimonios de Masones del siglo XX sitúa al libro dentro de una escuela de corte positivista-crítico, con sensibilidad regional y enfoque institucional que busca reconstruir hechos, procesos y estructuras verificables. Todo ello dentro de las limitaciones impuestas por la destrucción, apropiación privada, perdida y deterioro de documentos con los que se enfrentó la investigación, como reconoce con honestidad Posso Basanta.
                
Y vuelvo al punto de partida.
                    
Hay libros que se compran y otros que llegan gracias a un gesto fraterno. Este me llegó así, y me obligó a mirar hacia atrás con rigor y hacia adelante con responsabilidad, en la medida de que la historia es una herramienta para pensar el futuro.
                    
Si dentro de algunos años alguien lee sobre las tres etapas de la Masonería cartagenera que describe el Q:. H:. Édison Posso Basanta, ojalá pueda decir sin prejuicios que supo leer los méritos liberales de su historia, que entendió que la tradición se defiende proyectándola, que asumió que la ciudadanía del siglo XXI exige instituciones socialmente presentes. Y que a la tercera etapa siguió una cuarta luminosa para la Orden.
                  
Por último, y por sobre todo, agradezco inmensamente al Q:. H:. Édison Rafael Posso Basanta por su dedicación constante al estudio serio de la historia Masónica que ha producido este libro que complementa y da nuevos alcances al de “Historia de la Masonería Cartagenera” (2014) del cual fue también coautor.