sábado, 31 de enero de 2026

Masonería, modernidad y sociabilidad en la Bogotá del siglo XIX

 Por Iván Herrera Michel
                        
Panorámica de Bogotá
Debajo de la Bogotá que hoy se muestra como una capital moderna late otra ciudad, más honda y menos visible, que intentó pensarse como república en imprentas, tertulias y Logias Masónicas, antes de que el conservadurismo cerrara ese ciclo y cambiara de raíz el rumbo de la ciudad, el país y la Masonería.
               
Hablar de la Masonería bogotana del siglo XIX es intentar comprender cómo un grupo reducido de hombres, reunidos en Logias, buscó dotar de razón liberal a una república que aún avanzaba de la mano de la cruz y la espada. En una ciudad que olía a incienso y pólvora, los Masones se propusieron formar ciudadanía, aunque no siempre fueran conscientes de los límites sociales de ese propósito.
                     
A comienzos del siglo XIX, la capital de Colombia era un enclave andino recogido entre cerros, con los ríos San Francisco y San Agustín marcando sus bordes, calles empedradas y faroles de aceite que movían el viento frío del altiplano. Esa vida urbana, aparentemente local y cerrada, estaba sin embargo atravesada por flujos globales de ideas, libros, mercancías y noticias que llegaban fragmentadas y tardías, pero que eran reinterpretadas desde abajo por artesanos, impresores, aprendices y lectores anónimos, dando a la modernidad bogotana un carácter propio, simultáneamente periférico y conectado. Tenía poco más de treinta mil habitantes, según el censo de 1801, y su ritmo cotidiano era el de una villa clerical que aspiraba a convertirse en república. En los portales del Rosario y en las plazas de mercado se mezclaban pregones con rumores políticos, y en los salones privados, atrios, pulperías y fondas se comentaban las ideas liberales llegadas de París, Londres o Cádiz. La élite bogotana, formada en los claustros de San Bartolomé, vivía dividida entre la nostalgia virreinal y el impulso republicano, mientras el comercio de mulas, textiles, chicha y tabaco marcaba la economía y la moral urbana. Detrás de cada prócer había muchos artesanos, criados, jornaleros y mujeres casi siempre invisibles que sostenían la vida cotidiana de una ciudad en donde la razón comenzaba a abrirse paso con dificultad entre rosarios y decretos.
                        
A partir del 19 de junio de 1833, cuando cuatro Logias de Santa Marta, Cartagena y Riohacha fundaron en Cartagena el Gran Oriente y Supremo Consejo Neogranadino bajo la dirección del coronel José María Vesga, desde la costa se extendieron patentes hacia distintas ciudades, incluida Bogotá. Américo Carnicelli, en su Historia de la Masonería Colombiana (1833–1940), menciona talleres bogotanos ya en 1834 y 1835 como parte de una tradición temprana que, sin embargo, no cuenta con actas ni cuadros de columnas que prueben su existencia real. Es posible que algunas de esas experiencias hayan existido de forma efímera, pero su rastro documental resulta hoy insuficiente para afirmarlo con certeza.
                          
La primera evidencia sólida aparece en 1849 con la Logia Estrella del Tequendama Nº 11. A partir de allí, la historia se sostiene con archivos, actas, correspondencias y discursos. En sus Tenidas, convertidas en espacios de sociabilidad de notables liberales, participaron Murillo Toro, Mosquera, Camacho Roldán, Uricoechea y José Hilario López, entre otras figuras centrales del liberalismo nacional. Políticos, militares y hombres de Estado que compartían la convicción de que el país no debía construirse desde el púlpito, y es probable que en aquellas reuniones se debatieran asuntos como la abolición de la esclavitud, la libertad de prensa, el matrimonio civil o la escuela pública, aunque no siempre sea posible reconstruir con precisión el contenido de cada discusión. Lo cierto es que allí no predominaban invocaciones mágicas, “esoterismos”, seudociencias ni ritualismos místicos, sino una ética cívica y una pedagogía política que buscaba formar republicanos.
                       
Escena urbana de Bogotá a finales deel S. XIX
Mientras tanto, Bogotá vivía un proceso desigual de modernización con la fundación de periódicos, la apertura de bibliotecas y el establecimiento de cátedras de ciencias naturales y derecho civil. Esa modernización fue obra de ministros y letrados, y se apoyó también en tipógrafos, encuadernadores, voceadores de prensa, maestros de escuela y lectores populares que apropiaron, tradujeron y resignificaron los lenguajes ilustrados en clave local, ampliando lentamente el espacio público más allá de la élite. El tranvía de mulas tardaría aún décadas en llegar, pero ya circulaban diarios ilustrados y en las tertulias literarias de La Candelaria se comentaba a Byron, Hugo y Larra. Cada imprenta funcionaba como un pequeño laboratorio de ciudadanía, aunque esa revolución intelectual permaneciera, en buena medida, restringida a círculos alfabetizados y urbanos.
                          
El país, entretanto, se vio atravesado por las guerras civiles de 1840, 1851, 1860 y 1876, que enfrentaron al liberalismo federal y anticlerical con el conservadurismo centralista y católico. En 1851 se abolió la esclavitud, en 1853 se promulgó una Constitución liberal y en 1863 la de Rionegro llevó la libertad hasta límites difíciles de sostener. Las Logias acompañaron esas luchas de manera desigual, y algunas dejaron de reunirse por temor mientras otras ofrecieron refugio a perseguidos. En las actas de la Logia Estrella del Tequendama aparece el caso de un tipógrafo de apellido Peñalosa, expulsado de su oficio por publicar panfletos anticlericales, que fue acogido por sus hermanos. Ese episodio, aunque aislado, permite intuir una práctica concreta de solidaridad en un contexto en donde pensar podía tener costos reales.
                    
En 1864, con la creación del Supremo Consejo del Grado 33 de la Jurisdicción del Centro de Colombia, Bogotá se consolidó como un segundo nodo Masónico en el país. El general Tomás Cipriano de Mosquera fue su principal artífice y Soberano Gran Comendador. Surgieron entonces Logias como Libertad y Concordia, Paz y Trabajo, Luz de Cundinamarca y Fraternidad, en las que el Rito Escocés Antiguo y Aceptado funcionó como una pedagogía cívica, en donde cada grado proponía una lección moral y cada Tenida se entendía como un ejercicio republicano.
                     
Con el paso de los años, las Logias bogotanas reflejaron las fisuras internas del propio Partido Liberal. Algunas, cercanas al liberalismo moderado de José Hilario López y Florentino González, se inclinaron por la conciliación institucional, mientras otras, más próximas al radicalismo de Murillo Toro, Manuel Ancízar o Santiago Pérez, defendieron un anticlericalismo militante y la educación laica. Esa tensión se manifestó en los Templos y las Tenidas se convirtieron a menudo en prolongaciones de controversias parlamentarias, sin que siempre fuera claro en dónde terminaba la fraternidad y en donde comenzaba la disputa política.
                       
En contraste, la relación con el Partido Conservador fue limitada y ambigua. Algunos conservadores ilustrados asistieron a Logias en momentos de tolerancia relativa, pero sin continuidad ni proyecto compartido. Para el conservadurismo dominante, la Masonería representaba el rostro moderno de la razón emancipada y, por ello, una amenaza moral. De hecho, no hubo Logias conservadoras propiamente dichas, ni una convergencia doctrinaria estable entre ambos mundos.
                         
Al mismo tiempo, y más allá de los partidos, las Logias bogotanas dialogaron de manera desigual con otros movimientos sociales y culturales interesados en la modernización del país. Desde una perspectiva de historia social, es importante observar no solo a los dirigentes visibles, sino también a los actores subalternos que orbitaban estos espacios (artesanos, tipógrafos, empleados de base, estudiantes, Etc.) que encontraron en la sociabilidad Masónica y para-Masónica lenguajes de dignidad, mérito y ciudadanía que excedían los muros del Templo. Los Talleres mantuvieron vínculos con sociedades democráticas de artesanos, con la prensa liberal y con el pensamiento científico que se difundió tras la fundación de la Universidad Nacional en 1867. Desde esos espacios, la Masonería actuó como puente entre la élite ilustrada y sectores urbanos que aspiraban a educación y ciudadanía, aunque ese puente no siempre fuera transitable en ambos sentidos.
                           
Julio Hoenigsberg las definió como una “escuela política”, y décadas después Gilberto Loaiza Cano mostró la conexión entre Logias, prensa liberal y sociabilidad artesana. Ambas lecturas resultan complementarias si se acepta que la Masonería bogotana fue motor de modernidad y, al mismo tiempo, reflejo de sus propias limitaciones. Su proyecto ilustrado, aunque reformista, no logró romper del todo las estructuras sociales heredadas de la colonia, ni pretendió siempre hacerlo.
                        
Escudo de Bogotá
En la segunda mitad del siglo XIX, Bogotá dejó de ser una villa conventual para convertirse en la capital administrativa del país. La imprenta, el telégrafo y el aula comenzaron a disputar espacio al púlpito, y su cultura asimiló influencias externas que también circularon por las Logias masónicas. Lo francés aportó lenguajes de ilustración, sociabilidad y republicanismo, lo inglés influyó en las prácticas económicas, en la ética del trabajo y en una noción de progreso sobrio, y lo estadounidense, más tardío, introdujo una modernidad pragmática ligada a la educación y al saber útil. Estas corrientes, filtradas por la Masonería y otros espacios de sociabilidad ilustrada, fueron reinterpretadas localmente y contribuyeron a forjar una cultura urbana que buscaba conciliar razón, libertad y vida pública.
                  
Sin embargo, la Masonería bogotana, aun siendo un espacio de pensamiento libre, se movió dentro de los límites de su tiempo. Predicó la igualdad, pero excluyó a las mujeres, y defendió la fraternidad desde estructuras jerárquicas. Fue moderna en sus ideas y conservadora en su organización. Ese desequilibrio ayuda a explicar por qué su impulso no sobrevivió intacto a la tormenta política posterior.
                           
En 1886, la Regeneración conservadora reinstaló el catolicismo como religión oficial y devolvió a la Iglesia el control de la enseñanza. En este contexto, todas las Logias bogotanas, sin ninguna excepción, se apagaron progresivamente. Cabe resaltar, en honor a la verdad histórica, que las Logias creadas en Bogotá en la segunda década del siglo XX que tomaron nombres de las desaparecidas en el siglo anterior, como, por ejemplo, de las extintas “Estrella del Tequendama”, “Propagadores de la Luz” y “Filantropía Bogotana”, lo hicieron como homenajes a ellas, en el mejor de los casos, más que como continuidades orgánicas de las anteriores, ya que aparte del nombre que copiaron no tienen nada más en común con aquellas.
                  
Lo que queda de la experiencia del Siglo XIX no es solo un inventario de Logias, sino una pregunta abierta sobre los límites de la modernización ilustrada. Vista desde abajo, la Masonería bogotana aparece como un nodo dentro de una constelación más amplia de prácticas sociales, lecturas compartidas y aspiraciones de movilidad simbólica, en las que lo global se filtró por lo local y fue reelaborado por individuos concretos en condiciones históricas específicas.
                                                      
La Masonería bogotana del siglo XIX fue un intento de transformar la república desde arriba, y aunque su alcance social fue restringido, su eco intelectual resultó duradero. Tal vez su mayor enseñanza sea que la libertad y la educación no se decretan, sino que se construyen lentamente en el conflicto entre ideas, intereses y realidades sociales.
                              
                                       
                           
                            

viernes, 2 de enero de 2026

SOBRE LAS OBEDIENCIAS QUE FALSEAN SU HISTORIA Y SU DIMENSIÓN REAL.

Por Iván Herrera Michel
             
La diplomacia Masónica en ocasiones se enfrenta al fraude de Obediencias que se presentan con credenciales falsas que encubren deliberadamente mediante artimañas de pretendidas refundación, restablecimiento, reactivación, reconstrucción, reinstalación, reconstitución, continuidad, Etc., cuya validez histórica no resiste el examen más elemental.
                
De hecho, no es extraño encontrarse, tanto en la Masonería masculina, como en la mixta y la femenina, con quienes adoptan el nombre de una Obediencia simbólica o una Jurisdicción escocista extinta para reclamar una antigüedad y unos méritos que no les pertenecen. El tema es más serio de lo que parece, porque el nombre en la Masonería es un depósito de memoria, de legitimidades construidas y, sobre todo, de responsabilidades doctrinales. Por eso, la preocupación diplomática por la trazabilidad es una tarea que nace de la experiencia de haber visto cómo los atajos erosionan la confianza y debilitan los vínculos, sobre todo, cuando se miente con genealogías ficticias o cifras infladas.
                 
Lo Masónicamente correcto es que las Obediencias y Supremos Consejos que han tomado para si mismas nombres históricos aclaren, sin rodeos ni ambigüedades, que no son la misma organización, que no reclaman continuidad, y que lo utilizan como referencia, homenaje o inspiración. Esa práctica, cuando se presenta, merece ser reconocida porque honra a la Masonería.
                  
El fraude adquiere mayor gravedad cuando la referencia se transforma en afirmación de continuidad, el matiz se borra deliberadamente y el relato se convierte en un argumento para construir una apariencia de peso para obtener beneficios o membresías. Desde el punto de vista moral, el atribuirse una antigüedad inexistente o declarar más miembros, Logias o cuerpos escocistas de los que realmente se tienen comienza a resquebrajar la confianza en los organismos plurales, a veces de forma silenciosa y, a veces, de manera abrupta. 
                      
En este punto, el problema deja de ser individual y se vuelve sistémico, porque compromete la credibilidad de todos, debilita el marco ético que hace posible la convivencia entre estructuras diversas, e indiscutiblemente genera responsabilidad en quienes permiten que la mentira se mantenga cuando ya ha sido descubierta o es un secreto a voces. En toda estructura colectiva, lo que se tolera termina formando parte de su identidad, y una falsedad aceptada se convierte en una carga compartida. Asumir la responsabilidad implica entender que preservar la integridad de la asociación exige coherencia y coraje, incluso cuando hacerlo obliga a asumir el costo.
                     
Cuando una asociación Masónica internacional se edifica sobre la palabra dada, la honestidad de cada una de sus partes sostiene su razón de ser. Una sola distorsión, por pequeña que parezca, introduce un desajuste que compromete la credibilidad común. Por tal motivo, decir quién se es realmente constituye el cimiento que preserva la solidez en una comunidad llamada a perdurar con solvencia moral.
                        
La diplomacia Masónica, especialmente en los espacios multilaterales, funciona porque existe un acuerdo tácito sobre ciertas reglas básicas, entre ellas la de decir la verdad sobre la propia dimensión real, simbólica y filosófica. Cuando esas reglas se relativizan, todo el edificio se resiente, y los miembros se ven entonces obligados a elegir entre la complacencia silenciosa y la defensa de criterios que son fruto de una concepción doctrinal compartida.
                      
Por otra parte, la juventud institucional no es una falta, ni lo es el tamaño modesto, ni en el mundo de las Obediencias simbólicas ni en el de las Jurisdicciones escocistas. Muchas instituciones Masónicas hoy respetadas nacieron en contextos difíciles, con pocos miembros y pocos cuerpos, y mostraron con claridad esa realidad. Esa honestidad inicial fue, en no pocos casos, el germen de su legitimidad.
                      
El modo en que se deben tratar estos fraudes debe ser un ejercicio de responsabilidad y diplomacia firme. Escuchar, pedir claridad, solicitar documentación y coherencia, contrastar cifras y, cuando sea necesario, marcar límites. Al final, lo que está en juego no es solo un nombre, una fecha o un número, porque la legitimidad que verdaderamente importa es la que se honra con la honestidad y una relación honrada con los demás.
                   
En la Masonería, como en cualquier otro sector de la sociedad, decir quién se es, es el primer deber al presentarse. De ahí que las Obediencias, Jurisdicciones y organizaciones multilaterales deben ser especialmente cuidadosas con quienes aceptan y mantienen como miembros, porque cuando el fraude se tolera, lo que termina sobre el tapete es la solvencia moral de todos y la degradación de la transmisión de los principios hacia quienes vendrán. 
                       
                      
                      
                      

MENSAJE DE AÑO NUEVO 2026

CENTRO DE ENLACE Y DE INFORMACIÓN DE LAS POTENCIAS MASÓNICAS FIRMANTES DEL LLAMAMIENTO DE ESTRASBURGO
MENSAJE DE AÑO NUEVO 2026

Oriente de Barranquilla, República de Colombia, diciembre 30 de 2025.
 
Queridas Hermanas y Queridos Hermanos,
 
Al comenzar un nuevo año, deseo dirigirme a las Masonas y Masones de distintos países y sensibilidades, desde la convicción de que los momentos de transición ofrecen una oportunidad singular para detenerse y reafirmar lo que nos vincula más allá de las coyunturas, de las políticas pasajeras y de los debates circunstanciales que atraviesan la vida Masónica y la vida social.
 
La tradición Masónica se ha construido históricamente como un espacio de encuentro entre diferencias, como una práctica sostenida de la libertad de conciencia y como una pedagogía de la convivencia fundada en el respeto, el diálogo y la dignidad humana. En un mundo marcado por transformaciones profundas y por nuevas formas de fragmentación, estos valores se convierten en una responsabilidad concreta que interpela el modo de estar la Masonería en el presente.
 
CLIPSAS, en su razón de ser más profunda, encarna esa vocación de enlace y de apertura como un marco que ha hecho posible, a lo largo del tiempo, el reconocimiento mutuo entre Obediencias diversas, el intercambio fraterno de experiencias y la afirmación de que la pluralidad constituye una riqueza que fortalece el trabajo Masónico y le da sentido.
 
Es precisamente en este horizonte en donde adquiere un relieve particular la necesidad de trabajar, con serenidad y perseverancia, por la unión de la Masonería a pesar de las diferencias que a veces nos separan. Esa unidad nos invita a reconocer que el desarrollo del potencial humano, el compromiso con la paz y la defensa de los valores humanistas que proclamamos en nuestros Templos solo alcanzan su verdadero sentido cuando somos capaces de hacerlo juntos, como una comunidad que aprende, dialoga y se transforma sin renunciar a su identidad.
 
El año que llega nos invita a profundizar una Masonería que se ofrece a la sociedad como un espacio de reflexión serena y de compromiso humanista. Una Masonería capaz de formar conciencias libres, de cultivar la fraternidad desde claves contemporáneas y de asumir que la defensa de la libertad de conciencia y del respeto a la diferencia es una tarea que se renueva cada día a través del pensamiento crítico, la palabra responsable y el trabajo conjunto.
 
Al iniciar el año 2026, expreso mi más sincero deseo de que los Masones y Masonas del mundo que se reconocen en estos principios, continúen fortaleciendo una práctica abierta, responsable y fiel a los fundamentos de la Masonería, plenamente conscientes de su papel de seguir construyendo, con serenidad y convicción, una fraternidad viva, plural y orientada al bien común de nuestras sociedades.
 
Reciban mis mejores deseos para el año que comienza.


Iván HERRERA MICHEL
Ex Presidente de CLIPSAS

 

NEW YEAR’S MESSAGE 2026

         CENTRE FOR LIAISON AND INFORMATION OF THE MASONIC POWERS 
                           SIGNATORIES OF THE STRASBOURG APPEAL
NEW YEAR’S MESSAGE 2026
 
At the Orient of Barranquilla, Republic of Colombia, December 30, 2025.
 
Dear Sisters and Dear Brothers,
 
As a new year begins, I wish to address the Freemasons—women and men—from different countries and sensibilities, convinced that moments of transition offer a singular opportunity to pause and reaffirm what binds us beyond shifting circumstances, passing policies and the circumstantial debates that inevitably traverse both Masonic life and social life.
 
The Masonic tradition has been historically built as a space of encounter among differences, as a sustained practice of freedom of conscience, and as a pedagogy of coexistence founded on respect, dialogue, and human dignity. In a world marked by profound transformations and new forms of fragmentation, these values become a concrete responsibility that challenges the way Masonry inhabits the present.
 
At its deepest level, CLIPSAS embodies this vocation for connection and openness, providing a framework that has made possible, over time, mutual recognition among diverse Obediences, fraternal exchange of experiences, and the affirmation that plurality constitutes a richness that strengthens Masonic work and gives it meaning.
 
It is within this horizon that the need to work, with serenity and perseverance, toward the union of Masonry despite the differences that sometimes separate us acquires particular significance. Such unity invites us to recognize that the development of human potential, our commitment to peace, and the defense of the humanist values we proclaim in our Temples only reach their full meaning when we are able to advance together, as a community that learns, dialogues and transforms itself without renouncing its identity.
 
The year ahead invites us to deepen a Masonry that presents itself to society as a space of serene reflection and humanist commitment. A Masonry capable of forming free consciences, cultivating fraternity through contemporary perspectives, and assuming that the defense of freedom of conscience and respect for difference is a task renewed each day through critical thought, responsible speech and shared work.
 
As we enter the year 2026, I express my most sincere hope that the Freemasons, women and men, throughout the world who recognize themselves in these principles will continue strengthening a practice that is open, responsible and faithful to the foundations of Masonry, fully aware of their role in building, with serenity and conviction, a living and plural fraternity oriented toward the common good of our societies.
 
Please receive my warmest wishes for the year that begins.
 

                                              Iván HERRERA MICHEL

Past President of CLIPSAS

MESSAGE DE NOUVEL AN 2026

CENTRE DE LIAISON ET D’INFORMATION DES PUISSANCES MAÇONNIQUES SIGNATAIRES DE L’APPEL DE STRASBOURG

MESSAGE DE NOUVEL AN 2026

À l’Orient de Barranquilla, République de Colombie, le 30 décembre 2025.
 
Chères Sœurs, Chers Frères,
 
Au début de cette nouvelle année, je souhaite m’adresser aux Franc-maçonnes et aux Francs-maçons de différents pays et sensibilités, convaincu que les moments de transition offrent une occasion singulière de s’arrêter et de réaffirmer ce qui nous relie au-delà des conjonctures, des politiques passagères et des débats circonstanciels qui traversent la vie maçonnique et la vie sociale.
 
La tradition maçonnique s’est historiquement construite comme un espace de rencontre entre différences, comme une pratique soutenue de la liberté de conscience et comme une pédagogie de la convivialité fondée sur le respect, le dialogue et la dignité humaine. Dans un monde marqué par de profondes transformations et par de nouvelles formes de fragmentation, ces valeurs deviennent une responsabilité concrète qui interpelle la manière dont la Maçonnerie se tient dans le présent.
 
CLIPSAS, dans sa raison d’être la plus profonde, incarne cette vocation de lien et d’ouverture en tant que cadre ayant permis, au fil du temps, la reconnaissance mutuelle entre Obédiences diverses, l’échange fraternel d’expériences et l’affirmation que la pluralité constitue une richesse qui renforce le travail maçonnique et lui donne sens.
 
C’est précisément dans cet horizon que prend un relief particulier la nécessité de travailler, avec sérénité et persévérance, à l’union de la Maçonnerie malgré les différences qui parfois nous séparent. Cette unité nous invite à reconnaître que le développement du potentiel humain, l’engagement pour la paix et la défense des valeurs humanistes que nous proclamons dans nos Temples n’atteignent leur pleine signification que lorsque nous sommes capables de les réaliser ensemble, comme une communauté qui apprend, dialogue et se transforme sans renoncer à son identité.
 
L’année qui vient nous invite à approfondir une Maçonnerie qui se présente à la société comme un espace de réflexion sereine et d’engagement humaniste. Une Maçonnerie capable de former des consciences libres, de cultiver la fraternité à partir de clés contemporaines et d’assumer que la défense de la liberté de conscience et du respect de la différence est une tâche qui se renouvelle chaque jour à travers la pensée critique, la parole responsable et le travail partagé.
 
À l’aube de l’année 2026, j’exprime mon vœu le plus sincère que les Franc-maçonnes et les Francs-maçons du monde qui se reconnaissent dans ces principes continuent de renforcer une pratique ouverte, responsable et fidèle aux fondements de la Maçonnerie, pleinement conscients de leur rôle dans la construction, avec sérénité et conviction, d’une fraternité vivante, plurielle et orientée vers le bien commun de nos sociétés.
 
Recevez mes vœux les plus chaleureux pour l’année qui commence.


Iván HERRERA MICHEL

Ancien Président de CLIPSAS