miércoles, 17 de junio de 2026

CARLOS ALBERTO ROSAS ROZO. MEMORIA DE UNA ÉPOCA

 Por: Iván Herrera Michel
 
IPH:. Carlos Alberto Rosas Rozo
(1915 - 1984)
Hace unos días, visitando la Gran Logia Central de Colombia, me fije en la placa descubierta en 1986 por su primer Gran Maestro, el médico y humanista Raúl Samper Polanco, por la que bautizó el Club Social de la Obediencia con el nombre de Carlos Alberto Rosas Rozo, fallecido el 27 de enero de 1984, después de haber presidido la celebración de los 150° años del Supremo Consejo del Grado 33 para Colombia, el 19 de junio de 1983 en el Or:. de Cartagena de Indias.
                    
Para comprender la figura de Rosas Rozo hay que comenzar recordando que la Masonería colombiana de la segunda mitad del siglo XX vivió una etapa de relativa estabilidad institucional, construida con esfuerzo desde la unión, en 1939, del Supremo Consejo del Grado 33 para Colombia y el Supremo Consejo Central Colombiano. Existía entonces una estructura nacional común para el escocismo colombiano, aceptada en amplio consenso por las Obediencias masculinas del país.
                       
Periodista de profesión, nacido en Bogotá el 8 de marzo de 1915, se Inició en la Gran Logia de Colombia, en el Or:. de Bogotá, en la Logia Propagadores de la Luz No 1 el 27 de abril de 1949, recibió el Grado de Compañero el 17 de agosto de ese mismo año, y fue exaltado al Grado de Maestro el 26 de mayo de 1950. Eran días muy convulsionados para el país y la Orden por el reciente asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en los que al Gran Maestro Julio Ortiz Márquez, Alcalde Mayor de Bogotá en 1941 y ferviente militante del ala gaitanista del Partido Liberal, le correspondió hacer frente desde las trincheras Masónicas a la violencia desatada por el Partido Conservador contra los Masones y los liberales.
                     
La vida profana de Rosas Rozo transcurrió fundamentalmente en el mundo del periodismo, la cultura y el libro. Perteneció a una generación de intelectuales bogotanos que encontró en la prensa un espacio de realización profesional y de influencia pública. Fue reconocido como periodista de oficio, comentarista y hombre de letras, vinculado durante décadas a actividades editoriales y culturales que le otorgaron prestigio en los círculos intelectuales de su tiempo. A diferencia de otros dirigentes Masónicos de su generación provenientes de profesiones liberales, la política o el empresariado, Rosas Rozo construyó su liderazgo desde la palabra escrita, el pensamiento crítico y la difusión de la cultura. Esa circunstancia ayuda a comprender tanto su ascendiente dentro de la Masonería colombiana como el respeto que alcanzó en diversos escenarios de la vida intelectual y Masónica del continente.
                    
Fue Ven:. Maest:. de su Logia Madre entre 1951 y 1953, Gran Orador de la Gran Logia de Colombia en 1958 y 1959, Diputado Gran Maestro en 1960 y 1961, y Gran Maestro de la Gran Logia de Colombia entre 1961 y 1969. Durante ese largo mandato al frente de la Gran Logia fue Presidente (1967 – 1970) de la Confederación Masónica Interamericana (CMI) que agrupa a Grandes Logias masculinas del continente desde 1947.
                           
El 19 de febrero de 1959 recibió el Grado 33 siendo Soberano Gran Comendador el ingeniero José Gómez Pinzón, cuyo legado en la ingeniería colombiana fue reconocido por las juntas directivas de la Sociedad Colombiana de Ingenieros (SCI), la Sociedad Colombiana de Arquitectos (SCA) y la Cámara Colombiana de la Construcción (Camacol), con la creación del “Premio José Gómez Pinzón” que desde 1991 se otorga cada dos años a los profesionales que se han distinguido por sus servicios a la ingeniería, la arquitectura y la industria de la construcción colombiana.
        
Durante su paso por el escocismo Rosas Rozo presidió varias Cámaras, hasta que finalmente fue elegido el 10 de agosto de 1973 Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo del Grado 33 para Colombia, dignidad que ejerció hasta el final de sus días. Un avanzado cáncer renal limitó progresivamente su actividad y creó un escenario de incertidumbre alrededor de la sucesión. El 27 de enero de 1984 concluyó definitivamente su trayectoria vital en el Or:. de Bogotá. Había cumplido 68 años de edad y estaba próximo a alcanzar los 69. Con su desaparición no solamente se extinguió una vida dedicada al servicio de la Orden. También concluyó un ciclo histórico.
                                                      
Desde una perspectiva historiográfica, Rosas Rozo fue el último de los seis Soberanos Grandes Comendadores de un largo período de unidad institucional de la Masonería colombiana. Puede verse, guardadas todas las proporciones, como una figura semejante a la de Marco Aurelio en la historia de Roma, en cuanto ambos representan el cierre de una época. Tras su desaparición comenzaron a fracturarse los equilibrios que durante más de cuatro décadas habían permitido la convivencia de las Obediencias masculinas del país bajo una estructura común. Al referirse a la muerte de Marco Aurelio en el año 180, Casio Dión escribió que “nuestra historia desciende ahora de un reino de oro a uno de hierro y óxido”. La imagen me resulta particularmente evocadora para comprender lo ocurrido después de 1984, cuando la concordia institucional fue sustituida por una prolongada etapa de divisiones, litigios, exclusiones, fragmentación e insultos, dentro y fuera de los Templos, cuyas consecuencias aún gravitan sobre la Masonería colombiana.
                                                           
Los acontecimientos que siguieron a su penosa enfermedad y muerte desencadenaron una de las crisis más profundas que ha conocido la Masonería colombiana. De las controversias surgidas en torno a la sucesión, las decisiones cuestionables de las autoridades interinas, y el carácter decididamente cismático de quienes desde un principio buscaron erigir estructuras propias sobre las ruinas de lo común, surgieron dos grandes corrientes que, con distintas transformaciones, denominaciones y desarrollos posteriores, continúan formando parte del panorama Masónico colombiano, de tal manera que, aún hoy diezmada en alrededor del 70% de su membresía, es incapaz de afrontar una iniciativa dirigida a la unidad.
                                          
Constatar que hubo una época en la que todos estábamos unidos, pueda que le sirva a alguien alguna vez en alguna parte para intentarlo.

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NOTA CURIOSA: El Mandil Original y la Banda oficial del rango del primer Gran Maestro de la Gran Logia Central de Colombia (GLCC), Raul Samper Polanco, confeccionados ricamente en seda, cuero, hilos y accesorios metálicos actualmente se encuentran bajo custodia y bajo condiciones controladas de luz, temperatura y humedad por su alto valor estético, en la Bodega del Archivo Masónico, integrados de manera espécifica en la Colección del Museo Masónico de la Gran Logia de Chile, ubicado en el Club de la República en el centro de la ciudad de Santiago de Chile. La donación fue realizada por su hijo Raul Samper Olaya, miembro de la Logia Mosaico No. 125, perteneciente a la Gran Logia de Chile durante la Gran Maestría de Sebastian Jans Pérez, el 10 de agosto del año 2023, con ocasión del centenario del nacimiento de Samper Polanco, quien con estas decoraciónes recibió la Carta Patente de la GLCC en 1985 en el Hotel Bacatá de la ciudad de Bogotá. 
                     
                     

                   

miércoles, 3 de junio de 2026

EL CISMA COMO SÍNTOMA EN LA MASONERÍA. EL DERRUMBE DEMOGRÁFICO DE LA ORDEN

 Resumen de la ponencia presentada en el Coloquio anual de CLIPSAS, celebrado en el Or:. de Sofía, Bulgaría, el 14 de mayo de 2026


Por Iván Herrera Michel
Sofía, Bulgaria / 14 de mayo de 2026
                 
Mis Hermanas, mis Hermanos.
     
Cuando CLIPSAS nos invitó en la Asamblea General del año pasado en Bucarest a reflexionar sobre ideas para un mundo más fraterno y sobre el rol de los Masones en la construcción de la paz, entendí que quienes propusieron este tema creían que la Masonería conserva la capacidad real de producir convivencia.
                     
He visto a la Masonería durante varias décadas, en varios países, implantada en varias culturas, y siendo víctima de toda clase de cismas, y, en lo personal, no creo que podamos ser gestores de paz hacia afuera cuando la fraternidad no logra sostenerse adentro, en una Orden que predica armonía universal mientras vive en conflictos permanentes entre sus miembros y mientras la cultura de la negación impide la autocrítica.
                  
Las cifras no nos admiten interpretaciones místicas, esotéricas ni autocomplacencias. Nuestra Masonería se está evaporando frente a nuestros ojos y en nuestras manos. No hablo desde la comodidad de una teoría académica, sino desde la autoridad que me confiere el haber presidido organismos multilaterales y plataformas de gobernanza con presencia en varios continentes.
            
Todos conocemos que la Masonería se estructura hoy en bloques de poder que funcionan como placas tectónicas en tensión. Por un lado, está la Conferencia Mundial de Grandes Logias Regulares, que sostiene una hegemonía masculina y deísta basada en validaciones supremacistas. Por el otro, tenemos al Gran Oriente de Francia y a la Gran Logia Unida de Inglaterra, cada uno por su lado, dictando desde París y Londres las pautas de una supuesta manera correcta de ser Masón desde un centralismo que ignora sistemáticamente la realidad de las periferias.
              
Sin embargo, estos polos de influencia están unidos por una misma tragedia estadística. Mientras las poblaciones han crecido significativamente, la Gran Logia Unida de Inglaterra en los últimos sesenta años ha perdido el setenta y cinco por ciento de su membresía. En los Estados Unidos la membresía pasó de más de cuatro millones de Masones a mediados del siglo XX a menos de novecientos mil en la actualidad (un desplome del ochenta por ciento), y el Gran Oriente de Francia, con algo más de cincuenta mil miembros, ha experimentado en las últimas décadas un crecimiento muy moderado frente al crecimiento demográfico de la sociedad francesa.  Por su lado, en muchas obediencias latinoamericanas se observa un fenómeno recurrente de abandono temprano de los nuevos Iniciados. Y en numerosas Obediencias africanas la membresía muestra un marcado envejecimiento generacional. En Australia la membresía Masónica se ha reducido drásticamente desde la segunda mitad del siglo XX, pasando de cientos de miles de Masones a apenas algunas decenas de miles en la actualidad.
                   
No quiero desconocer que la pérdida de membresía de la Masonería puede estar influenciada por variables sociales, como la secularización de las sociedades, el envejecimiento de las generaciones que alimentaban nuestras Logias y la transformación de la manera de asociarse en el mundo contemporáneo. De hecho, esta crisis no es exclusiva de la Masonería, sino que forma parte del debilitamiento general en el Siglo XXI de las instituciones que articulan vida social y canalizan intereses colectivos, desbordadas por formas más líquidas, digitales e inmediatas de construcción de comunidad. Pero incluso teniendo en cuenta estos factores externos, resulta imposible ignorar que nuestros conflictos internos agravan un fenómeno que ya de por sí debería preocuparnos.
                     
Si convertimos las grandes caídas de membresía en una tasa anual, el resultado es inquietante. En varios de los principales espacios históricos de la Masonería occidental, la Orden ha venido perdiendo aproximadamente un 2,6 por ciento de su membresía por año durante alrededor de seis décadas. Puede parecer una disminución moderada cuando se mira un solo año, pero acumulada en el tiempo equivale a haber perdido cerca de cuatro quintas partes de la base humana de la institución.
                      
No estamos ante accidentes en el camino, sino deslizándonos hacia abajo. A nuestra Orden le está ocurriendo algo similar a lo que sucede con el cambio climático. Es una catástrofe que avanza de forma implacable mientras nos quedamos atrapados en el bizantinismo de las formas. Nos refugiamos en una cultura de la negación, negamos el vacío de los Templos calificándolo de selectividad, negamos la injusticia de nuestras exclusiones y negamos que el reloj del mundo corre a una velocidad que nos supera.
               
Andamos por el mundo como el emperador desnudo del cuento de Andersen. Nos paseamos con solemnidad, luciendo collares pesados, mandiles bordados y títulos llamativos, convencidos de que vestimos las telas más finas de la sabiduría y de la tradición.
                  
Mientras el mundo afuera avanza, nosotros nos desgastamos en cismas internos que han provocado una atomización irreversible. Nos hemos convertido en una sopa de siglas que es el resultado de una patología del poder en donde cada grupo se proclama dueño de la “verdadera tradición”, mientras la estructura general se desintegra por falta de Masones.
                   
La salida no vendrá de dinámicas de hegemonía ni de la pretensión de que una sola tradición, cultura u Obediencia pueda atribuirse el papel de centro exclusivo de la Masonería universal. La posibilidad de avanzar reside más bien en que las Obediencias que no se sienten representadas por esas hegemonías puedan encontrarse, hablar con franqueza y construir formas reales de cooperación. Esto implica, entre otras cosas, la existencia de espacios permanentes de diálogo abierto sobre indicadores que permitan medir si estamos deteniendo o no el deterioro de nuestra base humana.
                     
La buena noticia para nosotros es que CLIPSAS constituye hoy en día un marco de alcance mundial capaz de ofrecer un espacio de encuentro, sobre la base del respeto mutuo, la libertad de conciencia y la igualdad entre Obediencias. Un espacio en donde la Masonería puede hacer algo que siempre estuvo en su esencia, como es sentar en la misma mesa a tradiciones diferentes a escucharse.
                  
Lo que algunos llaman preservar la tradición para que nada se mueva, la sociología lo describe como obsolescencia funcional. Esa Masonería de vitrina, obsesionada con títulos, mitos, dogmas y símbolos de poder, corre el riesgo de asegurar que nada cambie mientras la sociedad evoluciona sin nosotros. Y quienes detienen cualquier avance humanitario en nombre de unos “Antiguos Deberes”, leídos como si fueran tablas de la ley recibidas en el Monte Sinaí, no se dan cuenta de que esta Orden de pensamiento camina con paso firme hacia la desaparición.
             
Mis Queridos Hermanos y Hermanas,
                 
Llegó la hora de desarmar nuestras divisiones antes de que ellas desarmen nuestra Masonería. Si hoy nosotros, los que estamos en esta sala de conferencias, aquí y ahora en Sofía, en la pausa para el café no le damos la mano a un Hermano o a una Hermana con quien tengamos diferencias, este Coloquio, y sus conferencias y sus buenas intenciones no habrán servido para nada.
               
Porque al final, la paz depende de lo que cada Masón y cada Masona está dispuesto a hacer personalmente.
           
Muchas gracias a todos y todas. Que la paz sea con todos ustedes.
                      
                   

                   

domingo, 31 de mayo de 2026

CUANDO LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN MASÓNICA SE CONVIERTE EN CAMPAÑA ELECTORAL

Por Iván Herrera Michel
       
Desde hace algunos años y, especialmente, durante la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 31 de mayo de 2026 en Colombia, he observado con especial preocupación cómo el legítimo intercambio de opiniones políticas entre Masones ha ido desplazándose hacia formas cada vez más evidentes y agresivas de proselitismo partidista. Se trata de un fenómeno que merece atención, no por las ideas que cada cual defiende, sino por el uso de canales Masónicos para promover candidaturas y trasladar a la fraternidad las dinámicas de confrontación propias de las campañas electorales.
          
No me refiero al intercambio respetuoso de opiniones políticas, que siempre será legítimo. Los Masones son ciudadanos antes que Masones y es natural que tengan posiciones distintas sobre gobiernos, partidos y candidatos. 
          
Lo preocupante es otra cosa. Es la proliferación de mensajes propagandísticos, burlas, caricaturas ofensivas, memes y publicaciones destinadas a ridiculizar las opciones diferentes. Una cosa es el debate de ideas. Otra muy distinta es el proselitismo político. El primero enriquece. El segundo divide.
           
La Masonería no fue concebida para producir unanimidades políticas ni para fabricar militantes de una causa partidista determinada. Su propósito ha sido siempre el más ambicioso y más difícil de formar seres humanos libres, capaces de pensar por sí mismos y de convivir civilizadamente con quienes sostienen opiniones diferentes. 
            
Por esa razón, los Grandes Maestros, los Venerables Maestros y quienes ejercen responsabilidades de liderazgo en los chats internos de las Grandes Logias, Logias y cuerpos filosóficos tienen el deber de preservar la convivencia fraternal. Cuando un chat institucional se convierte en vehículo de propaganda política, corresponde, en sana crítica, retirar esos mensajes, llamar al orden a quienes persisten en esas conductas y recordar las reglas de respeto que todos aceptaron.
     
La tolerancia y la libertad de conciencia no significan permitir cualquier conducta en cualquier lugar. También exigen proteger los espacios comunes frente a quienes los desnaturalizan. Nadie pierde su libertad de conciencia por abstenerse de utilizar un canal institucional para hacer campaña electoral. Y cuando, pese a las advertencias, algunos Hermanos insisten en convertir esos espacios en tribunas partidistas, las autoridades Masónicas deberían considerar su exclusión temporal o permanente de esos canales de comunicación. No como una sanción ideológica, sino como una medida elemental de convivencia del chat.
       
Quizá haya llegado el momento de adoptar correctivos más claros para impedir que el proselitismo y la intolerancia se normalicen bajo el pretexto de la libertad de expresión.
         
Y ante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales colombianas del próximo 21 de junio, conviene recordar que los candidatos pasarán, las campañas terminarán y los votos serán contados. Lo que permanecerá será la obligación de seguir llamándonos y tratándonos como Hermanos y Hermanas. 
        
De lo contrario, los chats Masónicos corren el riesgo de quedar convertidos, por obra de los  mismos Masones proselitistas, en escenarios permanentes de propaganda a favor o en contra del gobierno vencedor. De hecho, los chats Masónicos fueron creados para facilitar la comunicación fraternal, no para reproducir las divisiones de la política profana.
        
Precisamente por eso, la libertad de conciencia, de obligación en la Masonería, nunca debe amparar una campaña electoral.
        
      

viernes, 24 de abril de 2026

DESPLAZAMIENTOS DE SENTIDO DEL LENGUAJE MASÓNICO

Por Iván Herrera Michel
               
Recientemente me resultó del mayor interés un intercambio de impresiones con un Venerable Maestro de una Logia Medellín, Filólogo Hispanista y Docente de la Universidad de Antioquia, sobre la idea de aproximarnos al conocimiento de la Masonería a través de la variación del significado de su vocabulario en función del tiempo, los contextos y los usos.
                  
La realidad histórica muestra que, desde su primera Gran Logia en Londres, a comienzos del siglo XVIII, la Masonería quedó atravesada por un problema de lenguaje que se profundizó a su llegada a otras tierras y a otros siglos. De hecho, la redacción de las Constituciones de Anderson de 1723 implicó también una operación de selección de vocabulario tendiente a que las viejas fórmulas de los “Old Charges” ingleses adquirieran una dimensión ilustrada. Desde entonces, la Masonería ha ido heredando y desplazando significados en un trasegar en el que distintas lecturas terminan compitiendo por imponerse como versiones legítimas.
                  
De tal manera, que en la práctica para un Aprendiz el lenguaje ritual aparezce como un territorio extraño y llamativo, en donde algunas palabras comunes adquieren un matiz inesperado y términos desconocidos se pronuncian con naturalidad. Esa primera impresión es el primer contacto de un Masón con un sistema de significados que en principio no se explica por sí mismo y que lo obliga a intuir que detrás de cada palabra hay una historia que no conoce o un significado que no logra comprender, porque, de hecho, está frente a palabras que han sobrevivido más tiempo que su significado original.
                     
Este tipo de derivas puede leerse, en términos filológicos, como una variación semántica en la que el uso de las palabras se transforma por la forma en que circulan entre espacios, instituciones y generaciones que no comparten exactamente las mismas condiciones de producción de sentido. Se trata de verdaderos cambios en el significado de los términos y reajustes continuos entre lo que las palabras dicen y lo que efectivamente logran significar en cada lugar, o en cada lengua en la que intentan encontrar un equivalente que difícilmente es exacto.
                       
En el campo de la investigación Masónica sobre el lenguaje, en el mundo inglés la Logia de investigación “Quatuor Coronati” No. 2076 abrió una línea de trabajo que convirtió textos y vocabularios en objeto de examen riguroso. Ahí están, por ejemplo, Douglas Knoop, G. P. Jones y Douglas Hamer con “Catecismos Masónicos Tempranos” (1943), y Harry Carr con “Seiscientos Años de Ritual del Oficio” (1976), que obligan a mirar la evolución del lenguaje ritual como una historia concreta. Por su lado, en el ámbito francés, Roger Dachez aportó una reflexión de gran utilidad con “La Invención de la Francmasonería” (2008), y en español José Antonio Ferrer Benimeli ha insistido desde una perspectiva histórico-crítica en desmontar inercias y leyendas, como puede verse en “Francmasonería, Invención y Tradición” (2014).
                   
Al respecto, John Hamill, en su artículo “El Lenguaje del Misterio” (Freemasonry Today, UGLE, verano de 2013), al que ya me referí en mi blog (febrero de 2020), advirtió que en inglés la palabra “mystery” pasó con el tiempo de nombrar un oficio a sugerir un secreto, cambiando no solo el lenguaje, sino además la forma de legitimarse. La diferencia se incrementó cuando “mystery” se tradujo al español como “misterio”, con una densidad mítica y religiosa que no estaba presente en su uso original. Algo similar ocurrió con “capítulo”, que en su origen designaba simplemente la reunión de los miembros de una Logia y terminó institucionalizándose como la de un Alto Grado, y con el vocablo “regularidad”, que en el siglo XVIII remitía a criterios operativos de organización y hoy suele funcionar como un marcador identitario cargado de exclusiones.
                      
Y es ahí en donde el análisis y el recorrido de las palabras obligan a reconocer que muchas de ellas no significaban lo mismo en los siglos XVIII, XIX, XX y XXI, ni hoy en Bogotá, Montreal o Tokio, o cuando se leen traducidas en Logias en las que la aparente equivalencia oculta desplazamientos que han ido tomando significados que originalmente no existían. De tal manera, que en ciertos contextos contemporáneos su repetición termina produciendo una ilusión de continuidad que no existe.
                    
En la actualidad debemos reconocer que los nuevos Masones poseen estándares académicos más altos que los anteriores, tienen hábitos de lectura más exigentes y cuentan con acceso inmediato a las fuentes. Ellos están empezando a agradecer, incluso a exigir, miradas más rigurosas sobre la práctica y la conceptualización de lo Masónico. Y esa exigencia lejos de ser homogénea, se expresa de maneras distintas según los contextos y converge en una misma dificultad frente al lenguaje heredado cuando este ya no alcanza a explicar la experiencia o ha cambiado de función dentro de las estructuras de poder
                     
Una Masonería que no interroga su lenguaje en clave contemporánea, termina repitiendo categorías que pueden haber perdido contacto con la realidad humana y social que dice querer ayudar a construir con su método de símbolos y alegorías. Y en ese punto el problema deja de ser semántico y pasa a ser institucional, porque cuando las palabras se vacían, las prácticas tienden a simular lo que ya no sostienen, y lo que se presenta como tradición puede terminar siendo apenas una repetición sin memoria, o una traducción heredada que no trasmite el mismo sentido. 
                
En ese aspecto, el lenguaje Masónico es un objeto histórico en sí mismo, susceptible de ser analizado, comparado y reinterpretado. Pero también es un campo de responsabilidad, porque si las palabras que hoy pronunciamos ya no dicen lo mismo en todas partes, y si su significado depende cada vez más del contexto en que circulan, entonces la tarea no es defenderlas por inercia, sino someterlas a prueba, incluyendo la prueba de la traducción, que muchas veces revela más de lo que aparenta conservar.

Porque lo que está en juego es su propia relación con la realidad.

                        

                  


              











                      

martes, 14 de abril de 2026

TRAZADO DEL ORADOR EN EL LEVANTAMIENTO DE COLUMNAS DE LA LOGIA ORIENTE DE ANTIOQUIA No. 19

Por Iván Herrera Michel
Or:. de Marinilla – Antioquia - Colombia
Abril 11 de 2026 (E:. V:.)
              
​(Saludos protocolarios)
          
Mis Queridas Hermanas y Hermanos, en sus Grados y Calidades,
                
Es para mí un honor tomar la palabra en este momento, no solo por lo que representa esta ceremonia de Levantamiento de Columnas, sino por el lugar en donde estarán situadas.
            
Marinilla es, quizá, uno de los bastiones más importantes del conservadurismo político, social, cultural y religioso de Antioquia. Y precisamente por eso, por lo que ha sido y por lo que sigue siendo, la creación de la Respetable Logia Oriente de Antioquia No. 19, mixta, adogmática y progresista, presidida por un Venerable Maestro que no es creyente, es un hecho que tiene una densidad histórica y sociológica que no podemos ignorar ni trivializar.
                  
Hoy no estamos en el Or:. de Marinilla, aunque todo lo que aquí ocurre le pertenecerá en adelante. Nos encontramos en el Or:. De Medellín, en la sede de la Respetable Logia Iris de Aburrá, Levantando Columnas para un Oriente que ya existe en la intención y que comenzará a existir en el territorio. Como si la Masonería, una vez más, nos recordara que las transformaciones reales comienzan en donde se piensan. Que toda construcción primero se imagina en la mente antes de hacerse visible, y que toda construcción social suele empezar en espacios discretos antes de hacerse evidente en la vida pública en una sociedad acostumbrada a defender sus certezas.
                    
De hecho, Marinilla ha sido llamada con razón la Esparta colombiana, porque ha sido un territorio de disciplina, de orden y de convicciones firmes. La Masonería que hoy se instala en ese municipio entiende que la tradición solo es fértil cuando es semilla, porque toda comunidad que se define únicamente por lo que ha sido corre el riesgo de perder la capacidad de imaginar lo que puede llegar a ser.
                    
La creación de la Logia Oriente de Antioquia No. 19 viene, además, a ampliar la Luz Masónica que ofrece a Antioquia la Muy Respetable Gran Logia Central de Colombia. Y ampliar la Luz no es simplemente aumentar presencia institucional. Es expandir un espacio de pensamiento, es abrir nuevas posibilidades de diálogo, es permitir que más hombres y mujeres encuentren un lugar en donde la razón, la libertad y la igualdad no sean consignas, sino prácticas exigentes. En términos sociológicos, significa ensanchar el campo de circulación de ideas en un entorno en donde no siempre han encontrado un espacio legítimo.
                      
Quiero expresar mi más profunda felicitación a los Ilustres Hermanos, Henry Polanía Triviño, Muy Respetable Gran Maestro, y Gabriel González, Venerable Maestro, por haber tenido la valentía de sembrar esta semilla progresista en una tierra hostil a las ideas liberales, con un grupo de Hermanas y Hermanos que, aunque residentes en distintas geografías nacionales, no hemos dudado en aceptar el llamado, porque era aquí en donde estaba el deber de Levantar las Columnas de una Logia adogmática, inclusive, en contraste con esa Masonería, masculina y mixta, que ha permitido que el dogma se haya filtrado en su seno disfrazado de tradición, y que prefiere el pensamiento mágico y la comodidad de los rituales elegantes por encima del compromiso con la sociedad y la razón.
                         
Muy Ilustre Hermana Alejandra Echeverry, de mi muy alta consideración y aprecio personal y fraternal, quiero decirle que de nuevo me siento muy contento de ponerme el Mandil con usted por una causa Masónica. Nunca se me olvidará cómo me inspiró al comienzo de la pandemia del COVID-19, y cómo me mostró, con su talante Hospitalario, que la Masonería auténtica nace para hacerse presente en donde los hombres y las mujeres sufren de verdad y la sociedad clama por luz.
                    
En lo personal, no he recorrido la distancia que separa el Caribe de estas montañas para ver a hombres y mujeres jugar a la política interna, encerrarse en sus propios límites psicológicos o fundar un grupo de amigos, que, mirados desde la calle, no significan absolutamente nada para nadie. He venido, Venerable Maestro Gabriel González, porque esta semilla que hoy planta, con dificultades de todo tipo, en el corazón de la Antioquia conservadora es testimonio de que nuestra Orden solo tiene sentido cuando se atreve, por fin, a vivir a la intemperie, llevar luz a la oscuridad, pensar sin dogmas y actuar en medio de la gente concreta, en los pueblos, en los barrios, y en los lugares en donde la palabra igualdad todavía tiene que ganarse un lugar.
                     
Si esta Logia logra mantenerse fiel a su propósito, si no cede a la comodidad de la repetición de rituales, o a las cadenas sicológicas del dogma, las supersticiones y las seudociencias, entonces no solo habrá Levantado Columnas de verdad, sino que habrá abierto un camino acorde con los altos fines progresistas para los que fue fundada la Masonería.
                 
Porque mientras algunos se entretienen en fantasías de saberes ocultos o en la ilusión de poderes simbólicos, la realidad sigue esperando a que los Masones y las Masonas manchen sus Mandiles con las cosas reales del mundo. Por eso acepté su llamada, porque hay viajes que no se justifican por la distancia recorrida, sino por lo que defienden. Y este, precisamente este, es uno de ellos que debería servir de ejemplo para fundar nuevas Logias, por ejemplo, en los barrios de Bogotá y los pueblos de Cundinamarca.
                     
Y en ese camino, que hoy inicia esta Ceremonia Solemne, les deseo no solo muchos éxitos, sino, además, la lucidez necesaria para merecerlos, que en un lugar como Marinilla, puede ser el comienzo de algo que, si se toma en serio, ya no tendrá marcha atrás.
           
Muchas gracias a todos mis Queridos Hermanos y Hermanas.
                      

Es mi palabra, Venerable Maestro.

                             

                   

          

PALABRAS DEL ORADOR EN LA PRIMERA INICIACIÓN DE LA LOGIA ORIENTE ANTIOQUEÑO No. 19

 
Por Iván Herrera Michel
 Abril 11 de 2026 (E:. V:.)
  
(Saludos protocolarios)
               
​Mis muy Queridas Hermanas y Hermanas, en sus Grados y Calidades,
            
Queridos Hermanos Aprendices,
               
En un día como este, que quedará inscrito en la historia de la Masonería en el Valle de Aburrá, nos convoca un acto que, visto desde fuera, podría parecer discreto, pero que para quienes comprendemos su alcance tiene la densidad de los momentos que abren camino.
                   
Marinilla nos convoca como horizonte y como propósito, y nosotros hemos llegado desde diferentes puntos de la geografía nacional, como obreros dispuestos a asumir una responsabilidad que trasciende este recinto, especialmente frente a quienes hoy dan sus primeros pasos en el método Masónico de sugerirnos valores humanistas para construirnos como seres humanos y sociedad.
              
Acabamos de asistir, hace unos momentos, al solemne y fraternal Levantamiento de Columnas de esta Respetable Logia, nacida para irradiar su trabajo en Marinilla, aunque las ceremonias que hoy nos reúnen tengan lugar en el Templo de la Logia Iris del Aburrá, la más antigua en funcionamiento de Antioquia, a cuyos Hermanos y Hermanas expresamos nuestra más sincera gratitud por su fraternidad y la generosa facilitación de esta Logia que visité, por primera vez, en 1984, cuando funcionaba en otra dirección, y hace cinco años en este mismo inmueble.
                
Al reunirnos aquí, Muy Respetable Gran Maestro, Venerable Maestro, Dignatarios, Hermanos y Hermanas, junto con quienes hoy inician su recorrido como Aprendices, se hace evidente que estamos en un punto de inflexión.
                   
Al evocar nuevamente que Marinilla ha sido llamada la Esparta Colombiana, aparece una imagen que ayuda a comprender su historia. En ella la disciplina, la fe y la tradición han construido comunidad, y también han construido silencios que con el tiempo se volvieron paisaje. Por eso, para quienes comienzan su vida Masónica, la primera tarea es aprender a preguntar. La segunda, es preguntarse para son Masones.
             
En el tránsito que hoy han vivido se deja atrás la comodidad de no interrogar las propias certezas. Esa renuncia, que parece menor, es una de las primeras decisiones reales del Aprendiz.
                
Cuando se nos despoja de los metales, por un instante desaparecen los títulos, las seguridades, las identidades y los privilegios invisibles, y queda el ser humano frente a sí mismo. Ese momento es fundacional porque allí comienza el trabajo, porque la Iniciación, y la posterior vida Masónica, además de constituir una experiencia personal, posee una implicación social que es lo que finalmente le da sentido y trascendencia a la Orden Masónica.
                  
Lo que aquí se pretende despertar no está destinado a permanecer en lo íntimo, sino a proyectarse en la forma en que se vive, en la manera en que se piensa, y sobre todo en la forma en que se actúa en la sociedad. Porque de poco sirve atravesar símbolos, palabras y silencios si al salir de este espacio todo permanece igual, y si mañana, frente a una injusticia concreta, guardamos silencio como si nada hubiera ocurrido.
                  
La Iniciación introduce una exigencia de revisar las propias convicciones, de cuestionar lo aprendido, y de reconocer las zonas en donde uno mismo ha reproducido sin advertirlo aquello que dice querer transformar. Y en ese sentido, es una interpelación a nosotros mismos.
                    
También implica que la indiferencia deja de ser una opción porque la conciencia, cuando despierta, ya no permite ciertas formas de comodidad moral. Por eso, si algo define el trabajo que hoy comienza, no es la acumulación de conocimientos ni la repetición de formas. Es la capacidad de traducir lo que aquí se vive en una manera distinta de estar en el mundo. Más atenta, más crítica y más responsable.
                  
Ser un Masón progresista en Marinilla supone sostener la convivencia en medio de la diferencia y entender que la pluralidad es necesaria, en un laicismo que exige convivir con valores y miradas distintas sin intentar imponer los propios.
                   
El compromiso que hoy se inicia tiene una dimensión práctica. En lo individual exige autocrítica, en lo colectivo implica respetar la diferencia, y en lo histórico obliga a discernir entre lo que merece continuidad y lo que ya no lo merece.
                
Quienes hoy  se han Iniciado son, sin saberlo aún del todo, el punto más sensible de esta nueva Logia. Porque fue precisamente en esta Iniciación, cargada de sentido, en donde realmente se levantaron Columnas y se encendió la Luz Masónica en Marinilla, y en donde comenzó una forma distinta de habitarla.
                  
Mis Queridos Hermanos Aprendices,
                
¡Bienvenidos a la Masonería!
            

Es mi palabra, Venerable Maestro. 

                       

                   

martes, 31 de marzo de 2026

ISAAC MANNING Y EL CAMBIO DE PARADIGMA DE LA MASONERÍA COLOMBIANA

Por Iván Herrera Michel
               
Isaac A. Manning
Recuerdo perfectamente que, cuando me inicié a comienzos de la década de 1980, en una de las paredes del área de Pasos Perdidos colgaba un viejo retrato en blanco y negro de Isaac A. Manning, del que nadie parecía recordar por qué estaba allí. Solo mucho tiempo después entendí que aquel rostro serio y de gafas redondas había sido protagonista de uno de los giros más decisivos en la historia de la Masonería colombiana.
           
La clave para entender a Manning no puede pasar por alto que fue un actor del tránsito histórico vivido por la Masonería colombiana en las primeras cuatro décadas del siglo XX. Era al mismo tiempo cónsul estadounidense y operador en la recomposición de la Masonería de Barranquilla y Cartagena, por donde empezó el cambio nacional de paradigma. En él confluyen la expansión del poder de Washington, su penetración económica en el Caribe y la reestructuración de la Masonería para volverla más cercanas al nuevo eje hemisférico.
              
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, los Estados Unidos dejaron de ser una república en ascenso para convertirse en una potencia en plena consolidación, que, en el marco caribeño, respondía a una estrategia de control de rutas marítimas, enclaves portuarios y pasos interoceánicos. En ese tablero, la Masonería ofrecía acceso a las élites locales, a canales discretos de interlocución, a legitimidad social y a una red de hombres bien situados en la política y la economía.
               
Todo eso se vuelve visible en Colombia cuando llega, como Cónsul a Cartagena (1907) y a Barranquilla (1911), a un país herido por la Guerra de los Mil Días y humillado por la separación de Panamá, que era la demostración brutal de que los Estados Unidos estaban dispuestos a redibujar a su antojo el mapa regional cuando sus intereses lo exigieran. Después de lo de Panamá, toda la costa colombiana quedó bajo una nueva luz geopolítica, y Barranquilla, en particular, pasó a ser un puerto marítimo y fluvial clave, y una pieza valiosa dentro del reordenamiento comercial y político del Caribe.
                   
En ese tejido, la Masonería colombiana, fuertemente golpeada y casi desaparecida desde 1887 por la hegemonía conservadora del gobierno nacional, se aleja poco a poco de la vieja matriz liberal de Gran Oriente, que la distinguió en el siglo XIX, con sus resonancias republicanas, y comienza a ceder terreno a un paradigma más próximo al modelo de Gran Logia anglosajona. De hecho, este fue el comienzo de una reorientación ideológica y geopolítica mediante la cual la Masonería dejaba de mirar prioritariamente hacia el universo latino de los discursos civiles y pasaba a alinearse con un sistema de validaciones de Obediencias extranjeras (primero de los Estados Unidos y después de Inglaterra) que se perfeccionaría en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Gran Logia Unida de Inglaterra instrumentaliza a la Confederación Masónica Interamericana (CMI) para los fines de su política exterior, a principios de la década de los cincuentas. En un viraje que produjo que el modelo de Grandes Logias de corte anglosajón promovido desde Barranquilla y Cartagena desde la segunda y tercera década del siglo XX terminara expandiéndose por el resto del país hasta convertirse en la forma dominante de organización.
                      
Manning fue una pieza central y muy activa de ese viraje. En Cartagena se afilia a la Logia “Unión” No. 9 (1908), participa en la fundación de la Logia “Cartagena” No. 52 (1908-1909), escala hasta el Grado 30° del REAA (1909) y llega a ser Gran Maestro de la “Serenísima Gran Logia Nacional de Colombia” (1921-1922). En Barranquilla, se afilia a la Logia “Siglo XIX” No. 24 (1912), preside el Soberano Capítulo “En el Delta” No. 5 (1916-1917), es cofundador de la Logia “Estrella del Caribe” No. 3 (1917), de la que fue su primer Venerable Maestro por tres períodos consecutivos. Después ejerce como Venerable Maestro de la Logia “Triple Alianza” No. 2 (1920) y posteriormente como el primer Venerable Maestro de la Logia “Carib Lodge” No. 15 (1928), una Logia de habla inglesa cuya sola existencia ya revela el nuevo clima institucional que se estaba imponiendo.
                  
Manning además fue Miembro Honorario del Supremo Consejo Neogranadino y su Gran Ministro de Estado (1930), participante en la fusión del Supremo Consejo Neogranadino con el Supremo Consejo Central (1939) y luego Gran Portaestandarte del nuevo Supremo Consejo del Grado 33° para Colombia, al tiempo que representante del Supremo Consejo del Rito Escocés para la Jurisdicción Sur de los Estados Unidos ante el escocismo colombiano, desde 1930 hasta su muerte en 1942.
                    
Y si además recordamos que la creación de la “Gran Logia Provincial del Atlántico” (1917) contó con la coordinación de John Henry Cowles, Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo del Rito Escocés para la Jurisdicción Sur de los Estados Unidos, por intermedio de su delegado en Panamá y del propio Manning, la lectura que resulta difícil de eludir muestra que allí hubo una política de influencia, una orientación externa y una voluntad de reorganizar el espacio Masónico colombiano.
                        
Y de ese puente resultó que la autoridad de las nuevas Grandes Logias sobre los tres Grados simbólicos se afianzó, que el viejo predominio de la estructura escocista se relativizó, en medio de mutuas acusaciones de injerencia en asuntos internos que aún persisten un siglo después, y que las redes del Caribe colombiano se enlazaron con Panamá y con el Supremo Consejo del Rito Escocés para la Jurisdicción Sur de los Estados Unidos, cuyo Soberano Gran Comendador visitó varias veces el país. Y todo eso ocurría mientras Barranquilla se convertía en un puerto estratégico, mientras el capital norteamericano avanzaba sobre sectores decisivos y mientras Washington buscaba consolidar una zona de seguridad e influencia alrededor del Canal.
                  
En Colombia, ese tránsito tuvo además una dimensión regional muy marcada, en la medida en que Barranquilla y Cartagena, más abiertas al comercio exterior y menos sometidas mentalmente al centralismo andino, resultaban terrenos fértiles para esa reorientación. Manning entendió muy bien esa coyuntura y defendió intereses costeños, se mezcló en la vida económica local, promovió inversiones y al mismo tiempo ayudó a construir una Masonería más conectada con una nueva forma de funcionar. Residenciado en el país desde 1907, representando al gobierno y la Masonería del suyo, solo lo abandona definitivamente en 1942, cuando viaja enfermo a los Estados Unidos para morir ese mismo año. De allí que estudiar su paso por Colombia, es estudiar la época precisa en que una tradición Masónica comenzó a desplazarse hacia otra de manera estructural, movida por intereses geopolíticos.
                 
Lo más notable es que ese desplazamiento terminó modelando durante décadas la fisonomía dominante de la Masonería colombiana, y solo hacia finales del siglo XX, y a partir de los cismas de los años ochenta y de la posterior aparición de Obediencias liberales y mixtas, comenzó a insinuarse de nuevo en Colombia una pluralidad más cercana, paradójicamente, a sus propios orígenes.
                       
                           
                                       

 

martes, 10 de marzo de 2026

"CARTAGENA DE INDIAS. 255 AÑOS DE MASONERÍA". DE ÉDINSON POSSO BASANTA

Por Iván Herrera Michel


He recibido, con sincera gratitud, el libro “Cartagena de Indias. 255 años de Masonería”, del Q:. H:. Édison Rafael Posso Basanta, publicado en el marco del 105° aniversario de la Serenísima Gran Logia Nacional de Colombia, con sede en Cartagena de Indias, la segunda más antigua de las masculinas del país, sobre todo porque he tenido el honor de compartir tribuna con el autor, siempre me ha impresionado su disciplina investigativa, he aprendido de sus publicaciones y no exagero al decir que ahora me ha hecho pensar en el futuro de la Orden.
                
En la obra desde el índice se percibe una estructura pensada en tres momentos históricos que articulan la trayectoria Masónica de Cartagena. Las primeras Logias vinculadas a la Gran Logia Provincial de Jamaica dependiente de la entonces Gran Logia de Londres, la creación del Supremo Consejo Neogranadino con Carta Patente del Gran Oriente de Francia y la consolidación de la Serenísima Gran Logia Nacional de Colombia con Carta Patente del Supremo Consejo Neogranadino, comprueban, si se mira sin sesgos ni lealtades presentes, que su legitimidad de origen la determina la secuencia Gran Oriente de Francia / Supremo Consejo Neogranadino / Serenísima Gran Logia Nacional de Colombia.
                   
Este dato es importante porque explica como la tradición cartagenera nace en el siglo XIX de una matriz escocista con influencia francesa, algo que marcó su perfil liberal (a pesar de contar con miembros conservadores y sacerdotes católicos) hasta que desde la década de los 50s del Siglo XX se sometió al “reconocimiento” anglosajón que apartó a la Masonería latinoamericana del protagonismo político que la distinguía desde el siglo anterior, por la vía de la entrega de la región que hizo la Confederación Masónica Americana (CMI) a la política exterior de la Gran Logia Unida de Inglaterra. De hecho, leyendo el libro se observa claramente en clave local las consecuencias reales de esa búsqueda de validación que partió en dos la transcendencia política de la Orden.
                    
Esa condición liberal inicial explica en buena medida la membresía activa en su seno, antes de la influencia de la CMI, de patricios liberales del primer nivel nacional de la talla de Juan José Nieto Gil quien fue presidente de la república siendo Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo Neogranadino, Alfonso Romero Aguirre que fue el autor y ponente de la Ley 62 de 1935 que concedió personería jurídica a las Logias colombianas, y Simón Bossa Pereira que fue simultáneamente Director del Partido Liberal Colombiano, Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo Neogranadino y lideró en 1939 el relacionamiento pleno de todas las Grandes Logias que funcionaban en el país, alguna de las cuales tenían prohibidas las visitas de sus miembros entre sí, tal como volvió a ocurrir a partir de los años 80s y 90s en el marco de la vorágine de ambiciones y codicia de Grados, Cargos y bienes que redibujó el mapa Masónico nacional.
                     
El punto de quiebre que marcó el paso del modelo Masónico continental europeo de Gran Oriente, que caracterizo a la Orden en el siglo XIX, al anglosajón de Gran Logia que la distingue actualmente, y que la alejó de seguir siendo interlocutora del estado, sucedió en la segunda década del siglo XX en Barranquilla bajo el influjo de la presencia de los Estados Unidos en el Canal de Panamá desde hacía una década. De hecho, todo parece indicar que, en la fundación de la Gran Logia Provincial del Atlántico, en Barranquilla en 1917, el término “Provincial” fue un recurso de coyuntura de una Masonería fuertemente dividida, ideado con el fin de tener el simbolismo algún margen de autonomía mientras mantenía dependencia institucional del Supremo Consejo Central de Colombia en Bogotá, al tiempo que rompía relaciones con el Supremo Consejo Neogranadino. La situación, sin embargo, duró poco, como registra con acierto el libro. En 1918, bajo la influencia de la recién constituida Gran Logia de Panamá y de la Gran Logia de Massachusetts, que tenía Logias en la zona del Canal de Panamá por considerar que era territorio estadounidense, la institución se reorganizó como Gran Logia Nacional de Colombia, proclamando su plena soberanía sobre los grados simbólicos. Y en lo sucesivo se fueron creando varias Grandes Logias a lo largo y ancho del país, una cosa llevó a la otra y la CMI le dio la estocada final al modelo liberal en los 50s.
                        
En este orden de ideas, resulta llamativa la falta de investigaciones sobre la Masonería por parte del pregrado de Historia de la Universidad de Cartagena, que es una institución que posee Acreditación Institucional de Alta Calidad otorgada por el Ministerio de Educación Nacional. Ya que la historia de las Logias es también una ventana para comprender la formación de élites civiles, la circulación de ideas republicanas, la consolidación de espacios laicos de sociabilidad y la construcción de ciudadanía en el Caribe colombiano. Buena parte de nuestra cultura política, de nuestras redes intelectuales y de nuestros debates sobre modernidad y libertad pasaron, de una u otra manera, por los talleres Masónicos.
                        
Igualmente, el libro permite apreciar una dimensión glocal de la Masonería cartagenera anclada en la realidad concreta de la ciudad amurallada, pero conectada con redes atlánticas que incluyen Jamaica, las Antillas y Centroamérica. Comprender esa doble pertenencia, local y transnacional, es fundamental para entender el papel de la Masonería en el Caribe colombiano, y en tiempos de legítimos debates internos sobre libertad de conciencia, dobles discursos de igualdad y diversas formas de Masonería, contar bien la historia es un importante punto de partida para repensar el futuro.
             
Leer 255 años de historia no puede dejarnos intactos y también invita a mirarnos por dentro.
                      
Desde el siglo XVIII, en que nació la Masonería moderna, mientras el mundo fue abriendo espacio para que las mujeres y las clases medias y bajas conquistaran derechos, educación, presencia pública, autonomía económica y ciudadanía, buena parte de la Masonería siguió aferrada a una estructura patriarcal y de élites que no siempre estuvo a la altura de sus propias consignas. Proclamó la igualdad en los discursos, pero la administró con selectividad y la reservó para varones con un cierto capital social, cultural o económico. Así, mientras afuera avanzaba la historia, adentro sobrevivía una sociabilidad masculina, selectiva y respetable, muy cómoda para las clases dirigentes, pero poco permeable a la experiencia real de las mujeres y de los sectores medios y populares que también buscaban un lugar en la construcción del mundo moderno. Esa contradicción es una de las causas del desfase histórico de muchas obediencias frente a la sociedad y, al mismo tiempo, la explicación de por qué las corrientes liberales han terminado encarnando, con mayor coherencia, la parte más viva y más honesta del ideal Masónico.
                        
Si queremos que la Masonería conserve presencia social real y no solo simbólica, necesitamos revisar nuestras formas organizativas. La creación de "Logias de barrio", de bajo costo, accesibles a profesionales jóvenes, docentes, pequeños empresarios y trabajadores de clase media en los sectores urbanos y municipios pequeños en donde hoy se forma ciudadanía, es una indispensable evolución.
                     
Y en el camino de comprender el presente, si en los tres departamentos en donde tiene Logias la Masonería cartagenera la mitad de la ciudadanía está compuesta por mujeres profesionales, trabajadoras, libres y de buenas costumbres, la reflexión se cae por su propio peso. No basta con organizar para ellas instituciones periféricas y subordinadas de “Adopción”, “Estrellas”, beneficencia o costureros para acompañar a las Logias de sus parientes hombres. Eso pudo haber tenido un lugar y un sentido en otro tiempo, pero hoy la reflexión es más profunda y determina posibles futuros para la Orden.
                       
La ampliación de la oferta Masónica a la clase media trabajadora y a las mujeres es una necesidad cartagenera, lo que no significa desconocer la meritoria tradición masculina y de elite que el libro documenta con rigor. Implica comprenderla en su contexto y asumir que toda tradición que quiera perdurar debe dialogar con su tiempo.
                     
Ya en lo académico, el uso y combinación de fuentes como documentos archivísticos, referencias bibliográficas, tradición oral y testimonios de Masones del siglo XX sitúa al libro dentro de una escuela de corte positivista-crítico, con sensibilidad regional y enfoque institucional que busca reconstruir hechos, procesos y estructuras verificables. Todo ello dentro de las limitaciones impuestas por la destrucción, apropiación privada, perdida y deterioro de documentos con los que se enfrentó la investigación, como reconoce con honestidad Posso Basanta.
                
Y vuelvo al punto de partida.
                    
Hay libros que se compran y otros que llegan gracias a un gesto fraterno. Este me llegó así, y me obligó a mirar hacia atrás con rigor y hacia adelante con responsabilidad, en la medida de que la historia es una herramienta para pensar el futuro.
                    
Si dentro de algunos años alguien lee sobre las tres etapas de la Masonería cartagenera que describe el Q:. H:. Édison Posso Basanta, ojalá pueda decir sin prejuicios que supo leer los méritos liberales de su historia, que entendió que la tradición se defiende proyectándola, que asumió que la ciudadanía del siglo XXI exige instituciones socialmente presentes. Y que a la tercera etapa siguió una cuarta luminosa para la Orden.
                  
Por último, y por sobre todo, agradezco inmensamente al Q:. H:. Édison Rafael Posso Basanta por su dedicación constante al estudio serio de la historia Masónica que ha producido este libro que complementa y da nuevos alcances al de “Historia de la Masonería Cartagenera” (2014) del cual fue también coautor.
                         
                               
                            

sábado, 28 de febrero de 2026

EL LADO PROBLEMÁTICO DE LO INICIÁTICO

Por Iván Herrera Michel
                
Digámoslo sin rodeos: no todo el mundo está emocionalmente preparado para someterse a procesos iniciáticos.
         
Hay personas que llegan con heridas invisibles, con una necesidad de reconocimiento o con fisuras psicológicas, y cuando encuentran una estructura que les ofrece peldaños, títulos, grados y validaciones sucesivas, algo se dispara en su salud mental. No todas las personalidades reaccionan del mismo modo, pero en temperamentos más dependientes, más necesitados de aprobación o con inseguridades no resueltas, los ritos de paso pueden convertirse en algo más delicado de lo que parece.
                    
A medida que el progreso se organiza en peldaños visibles, casi sin darnos cuenta la identidad comienza a girar alrededor de ellos y la persona aprende a mirarse según el lugar que ocupa. En individuos con autoestima estable esto no pasa de ser un estímulo circunstancial. Sin embargo, en quienes ya traen una autoestima frágil, lo que en principio debería ser un indicador administrativo o de avance termina convirtiéndose en un dato emocional determinante. Si el avance llega, hay entusiasmo. Si se retrasa o simplemente se le niega, si se le posterga sin explicación clara o se le deja flotando en promesas vagas, se instala una inquietud que en ciertas personalidades puede volverse insistente y una frustración sostenida que puede erosionar aún más, lentamente, la autoestima en quienes son más vulnerables a la aprobación externa.
                
En situaciones en donde adentro se recibe algo que la vida cotidiana no ofrece, el fenómeno se vuelve todavía más complejo, porque hay personas que afuera han vivido indiferencia, fracaso o simplemente una vida sin aplausos, y de pronto encuentran un espacio en donde se les escucha y se les respeta. Para alguien emocionalmente equilibrado eso es un estímulo sano. Pero para quien necesita desesperadamente pertenecer, puede convertirse en ancla afectiva. El rango simbólico empieza a compensar carencias profundas. La pertenencia deja de ser complemento y se convierte en refugio. Y cuando eso ocurre, cualquier crítica interna se vive como amenaza personal porque se defiende la única fuente estable de autoestima.
                    
Con el paso del tiempo, y casi sin que se advierta, el valor personal empieza a medirse según el lugar alcanzado dentro de la arquitectura institucional, pero este fenómeno no afecta a todos por igual. Quienes conservan autonomía interior suelen mantener distancia crítica. En cambio, en personas más dependientes del reconocimiento externo, la autoestima puede quedar atada a jerarquías y silencios. La ansiedad entonces no siempre se ve. Se acumula. Se disimula. Se normaliza.
                 
En la medida en que la reserva y el secreto se sostienen durante años, la persona aprende a dividir conversaciones y a vigilar palabras. Para perfiles seguros eso es simple prudencia. Para quienes ya viven en tensión constante, puede convertirse en carga emocional y generar sensación de doble vida. Mantener esa dualidad durante mucho tiempo puede desgastar sobre todo a quienes tienen menor integración interna entre su vida pública y su vida privada.
                 
Cuando alguien empieza a ser afectado para mal, aunque la institución prefiera pensar que todo construye, las señales aparecen sobre todo en personas con mayor vulnerabilidad emocional. La irritabilidad después de reuniones, la ansiedad excesiva por nombramientos, la necesidad permanente de aprobación o el distanciamiento de amistades externas, no son síntomas universales, pero sí frecuentes en quienes han depositado demasiado de su identidad en el proceso.
               
En estados de fragilidad en donde la autoestima está amarrada a la estructura, cualquier cambio interno puede vivirse como amenaza personal. Esa reacción no nace del rito en sí mismo, sino de la dependencia afectiva que algunos desarrollan frente a él.
                
Quien ha permanecido suficiente tiempo dentro de una estructura simbólica sabe que estas dinámicas no son construcciones teóricas ni exageraciones críticas. Se comentan en voz baja en los pasillos, se intuyen en ciertas miradas, se sienten en los silencios cuando un ascenso no llega o cuando un reconocimiento se administra con cálculo. A veces lo que se llama formación es simplemente gestión del ego, y mientras nadie lo nombre con claridad, el problema sigue respirando bajo la apariencia de disciplina.
                
En algunos casos la dependencia no se ve como una seguridad exagerada que necesita aplauso constante. He visto cómo el rango termina funcionando como un espejo en donde algunos se miran para confirmar que valen, e incluso aparece la necesidad casi obsesiva de que se les trate por el título, de que el tratamiento verbal confirme públicamente el lugar formal alcanzado institucionalmente como sostén de una autoestima frágil. No porque haya conspiraciones reales, sino porque cuando la identidad se apoya demasiado en el rango, la mente empieza a defender el lugar antes que la verdad. Y ahí la institución deja de ser espacio de crecimiento y se convierte en un territorio de susceptibilidades.
                 
Es allí cuando surge un activismo que desde afuera parece celo, pero por dentro es miedo. Y en esos contextos aparecen líderes que saben detectar esas inseguridades y utilizarlas para conservar influencia. No todos los liderazgos operan así, pero cuando alguien administra expectativas, promete avances o insinúa apoyos selectivos frente a personas emocionalmente vulnerables, el riesgo de manipulación aumenta porque la necesidad de pertenecer nubla el juicio.
              
Cuando además ocurre que una persona con desequilibrios emocionales no resueltos, con necesidad patológica de reconocimiento o con rasgos de inseguridad profunda alcanza posiciones de liderazgo dentro de una estructura simbólica exigente, el daño ya no se limita a su propia inestabilidad sino que se proyecta sobre toda la institución, porque desde el poder esas fragilidades tienden a traducirse en decisiones defensivas, en persecuciones a enemigos imaginarios, en favoritismos interesados y en manipulación de expectativas. Lo que en un miembro era vulnerabilidad privada, en un dirigente puede convertirse en clima de desconfianza, polarización y desgaste colectivo.
               
Dentro de estructuras en donde se aprende a esperar turnos y a respetar tiempos y autoridades, la obediencia puede construir carácter en personalidades firmes. Sin embargo, en individuos con tendencia a la sumisión o con miedo al rechazo, el pensamiento propio puede empezar a aplazarse más de la cuenta. La prudencia se transforma en autocensura. Y con el tiempo la dependencia del permiso ajeno sustituye la autonomía.
                 
Y es justamente en ese punto, cuando el criterio personal se ha debilitado en quienes ya tenían inseguridades previas, y en donde el riesgo puede volverse mayor, porque la introducción de creencias nuevas, supersticiones o seudociencias encuentra menos resistencia crítica. No todos aceptan esas ideas sin examen, pero quien necesita pertenecer puede asumirlas por miedo a quedar fuera. Y cuando la pertenencia exige creer sin cuestionar, el daño es tanto psicológico como intelectual.
                  
Aunque el discurso oficial sea fraterno, la competencia silenciosa afecta sobre todo a quienes miden su valor en función del reconocimiento externo. Las comparaciones no hieren por igual a todos, pero en personas más sensibles pueden convertirse en fuente constante de desvalorización.
         
Cuando la vida empieza a girar de manera excesiva alrededor de ese itinerario escalonado, el impacto tampoco es uniforme. Hay quienes logran integrar sin conflicto esa dimensión a su vida. Otros, especialmente quienes ya tenían carencias afectivas o necesidad intensa de aprobación, pueden experimentar desgaste, frustración y agotamiento más severo.
                  
En contextos en donde quienes atravesaron pruebas exigentes tienden a repetirlas con los que vienen detrás, la severidad se vuelve más dañina cuando se aplica sin discernimiento a personas emocionalmente frágiles. Lo que para unos es reto constructivo, para otros puede ser sobrecarga.
                   
Cuando finalmente la vida interior queda organizada casi por completo por la lógica de los Grados, la dependencia simbólica no es automática ni universal. Pero en ciertas psicologías puede volverse casi estructural. Y entonces cualquier crisis institucional impacta directamente en la estabilidad personal.
            
En instituciones que trabajan con símbolos potentes, el moldeado que ejercen sobre quienes las integran puede fortalecer a muchos y tensionar a otros. El problema no es el símbolo en sí, sino la combinación entre estructura y vulnerabilidad psicológica. Ignorar esa diferencia es confundir riesgo con fatalidad.
          
Si algo debiera ser prioridad constante en estos procesos es el discernimiento humano. Porque cuando la identidad se apoya demasiado en la estructura, lo que se tambalea no es el grado. Es la persona.
                
Y con eso nadie debe jugar.