lunes, 27 de julio de 2026

STATIONERS’ HALL (1721). LA EVIDENCIA QUE REPLANTEA EL NACIMIENTO DE LA MASONERÍA MODERNA

Por Iván Herrera Michel
              
Stationers´Hall de Londres
A raíz de que, en el marco de los 225 años del nacimiento del primer Supremo Consejo del REAA, publiqué hace unos días un artículo sobre la taberna en la que nació en Charleston, me han propuesto recrear otro escenario trascendental para la historia de la Masonería como es el banquete del 24 de junio de 1721 en la “Stationers’ Hall” de Londres. La sugerencia me pareció excelente, porque allí se celebró el primer acontecimiento de la Masonería que realmente puede reconstruirse con evidencias sólidas.
                  
Lo primero que conviene recordar es que la creación de una Gran Logia londinense en 1717 descansa en un relato incorporado por James Anderson a la edición de 1738 de sus Constituciones, que no ha sido posible sustentarlo con otras fuentes historiográficas, ni se ha podido demostrar una sola de sus reuniones de 1717 a 1721. Y para mayores males del relato, tampoco se ha podido confirmar la existencia de una taberna denominada “La Oca y la Parrilla” en 1717 en esa ciudad.
             
El panorama cambia radicalmente cuando llegamos al sábado 24 de junio de 1721, porque a partir de esa fecha confluyen diversas fuentes independientes que permiten reconstruir la jornada con un elevado grado de certeza. En contraste, esta otra reunión si encuentra respaldo en el Book E de la Lodge of Antiquity, en la referencia dejada por William Stukeley, en la prensa contemporánea, en la documentación de John Theophilus Desaguliers y en el contexto institucional perfectamente conocido de los primeros años de la Gran Logia. Además, las investigaciones desarrolladas por Andrew Prescott, Susan Sommers, Ric Berman, David Stevenson y otros historiadores vinculados a la Logia de Investigación Quatuor Coronati No. 2076 han permitido valorar críticamente ese conjunto documental y distinguir con mucha mayor precisión entre la tradición y la evidencia histórica.
                 
No obstante que ninguna fuente contemporánea registra la agenda de los acontecimientos de aquel día, a partir de los testimonios de Anderson y Desaguliers, de las costumbres ceremoniales inglesas de comienzos del siglo XVIII y del tiempo razonablemente necesario para cada actividad, es posible proponer una reconstrucción de su desarrollo.
                     
Todo indica que debieron comenzar entre las ocho y media y las nueve de la mañana, cuando George Payne, los Grandes Oficiales y los Maestros y Vigilantes de doce Logias se reunieron en la “King's Arms Tavern”, muy cerca de la catedral de San Pablo. Entre las nueve y las diez y cuarto debieron tener lugar los trabajos preliminares, durante los cuales se reconoció oficialmente al Duque de Montagu como Gran Maestro y se atendieron diversos asuntos administrativos, incluida la recepción de nuevos Hermanos.
                    
Hacia las diez y media pasadas la comitiva debió emprender la procesión hacia el
Stationers’ Hall”, adonde debió llegar poco antes de las once. Durante los cuarenta y cinco minutos siguientes habrían ido incorporándose los demás asistentes hasta completar unos trescientos Masones, una concurrencia verdaderamente excepcional para la Inglaterra de comienzos del siglo XVIII. Como el recorrido apenas superaba los trescientos metros, bien pudo realizarse con calma en unos quince minutos, tiempo suficiente para conferir solemnidad al traslado sin alterar el desarrollo del programa previsto.
                   
La elección de la “King's Arms Tavern” y del posterior traslado al “Stationers’ Hall” difícilmente puede ser tomado a la ligera. La “King's Arms” era una de las tabernas más prestigiosas de las inmediaciones de la catedral de San Pablo, estaba situada en el corazón político y comercial de la City de Londres y funcionaba como sede habitual de banquetes, reuniones corporativas, sociedades científicas y asociaciones que carecían de edificio propio. Allí pudieron desarrollarse discretamente los trabajos preliminares de la Gran Logia. Cuando llegó el momento de conferir solemnidad pública a la investidura del Duque de Montagu, la pequeña procesión se dirigió al cercano “Stationers’ Hall”, uno de los edificios corporativos más prestigiosos de la ciudad. Aquel breve recorrido representó el tránsito desde una esparcida sociabilidad de taberna hacia una corporación unificada y reconocida públicamente en Londres.
               
La historiografía crítica de las últimas décadas ha contribuido a precisar todavía más el significado de aquella fecha. Investigadores como Andrew Prescott y Susan Sommers, siguiendo la línea de investigación impulsada por la Logia de Investigación Quatuor Coronati No. 2076, sostienen que el verdadero alcance del 24 de junio de 1721 reside en haber representado la transferencia efectiva de autoridad desde las antiguas Logias autónomas hacia una nueva Gran Logia que comenzó a ejercer oficialmente una autoridad reconocida por las Logias que habían decidido federarse. Esa nueva institucionalidad también estuvo reflejada en la composición social de quienes participaron en la jornada.
                
Si la reunión que Anderson situó en la taberna de “La Oca y la Parrilla” el 24 de junio de 1717 congregaría únicamente a los Maestros y Vigilantes de cuatro Logias, probablemente poco más de una veintena de hombres pertenecientes sobre todo al mundo de los artesanos cualificados, pequeños comerciantes y algunos caballeros, la del “Stationers’ Hall” reunió alrededor de trescientos Masones procedentes de un espectro social mucho más amplio. Entre ellos figuraban comerciantes, profesionales liberales, científicos, clérigos, funcionarios, miembros de compañías gremiales e incluso algunos de los más grandes aristócratas del reino, como el Segundo Duque de Montagu, que fue instalado ese día como Gran Maestro, y el Primer Duque de Wharton, que sería elegido Gran Maestro el año siguiente. De tal manera que tanto el número de asistentes como su diversidad social y económica muestran una organización capaz de atraer a amplios sectores de las élites ilustradas de Inglaterra.
                   
Ese matiz social ayuda también a comprender por qué un aristócrata de la talla de John Montagu aceptó ponerse al frente de la organización. La Gran Logia de 1721 era muy distinta de la pequeña agrupación de Logias que Anderson ubicó en la taberna de “La Oca y la Parrilla”. Comprender esto resulta indispensable para interpretar el significado político y simbólico de la aceptación de la Gran Maestría por parte del segundo Duque de Montagu.
                     
Ninguna fuente contemporánea explica expresamente las razones de su decisión. Sin embargo, el contexto político y social de la Inglaterra del Rey Jorge I permite formular una interpretación plausible. La Masonería londinense estaba dejando de ser una modesta pluralidad de Logias para convertirse en un espacio unificado de sociabilidad frecuentado por nobles, parlamentarios, científicos, clérigos, comerciantes y profesionales. Para un aristócrata whig estrechamente vinculado a la Corte y a los círculos ilustrados, aceptar ser su director podía significar respaldar una organización que promovía la concordia civil, la lealtad al nuevo orden hanoveriano y una forma de sociabilidad plenamente compatible con los ideales de la Ilustración británica. Desde esa perspectiva, la presencia de Montagu aportó a la Gran Logia la validación pública que necesitaba para consolidarse como una institución reconocida dentro de la sociedad londinense.
                   
Anderson relata que los Grandes Vigilantes habían recibido inicialmente el encargo de preparar el banquete en la “Stationers’ Hall” y de conseguir un número suficiente de Stewards, es decir, de oficiales responsables de la organización material y del servicio. Como no lograron reunir todos los necesarios, Josiah Villeneau, comerciante establecido en Southwark, asumió la organización de toda la celebración, con la colaboración de Thomas Morrice y Francis Bailey. Es muy probable que aquel día naciera también la infaltable tradición Masónica del Hermano que jamás organiza nada, pero que, una vez terminado el banquete, sabe con absoluta certeza cómo debió hacerse.
                  
Conviene hacer aquí una precisión, porque la iconografía Masónica contemporánea suele inducir a error. Cuando Anderson afirma que los Hermanos marcharon en su recorrido “revestidos con sus insignias”, no debemos imaginar un desfile semejante a los públicos que hoy vemos en algunos países. Una reconstrucción históricamente rigurosa exige desprenderse de buena parte de la estética que la Masonería incorporó durante los siglos XIX y XX. Aquellos trescientos Hermanos no vestían elaborados mandiles bordados ni lucían lujosos collares, bandas cruzadas sobre el pecho, joyas exuberantes, sombreros o feces Masónicos o las vistosas espadas que hoy forman parte del ceremonial de numerosas Obediencias. Tampoco existe evidencia de que llevaran guantes blancos. Todo esto pertenece a una evolución posterior de la indumentaria Masónica.
                   
La imagen que debió ofrecer el “Stationers’ Hall” era de sobriedad y elegancia. Los asistentes vestían conforme a la moda londinense casacas oscuras, chalecos bordados, camisas de lino blanco, pelucas empolvadas, medias y zapatos con hebillas. Sobre esa indumentaria llevaban un sencillo mandil blanco de cuero o lino, sin adornos ni bordados. Las diferencias jerárquicas eran discretas y recaían principalmente en los Grandes Oficiales, identificados mediante pequeñas joyas o insignias propias de sus cargos y, en algunos casos, por bastones ceremoniales utilizados durante la procesión. John Montagu, como Gran Maestro electo y luego investido, debió distinguirse únicamente por una insignia algo más destacada, acorde con la dignidad del cargo y muy alejada del aparato ornamental que caracterizaría a la Masonería de épocas posteriores.
                 
Poco antes del mediodía, el gran salón del “Stationers’ Hall” debió lucir un aspecto verdaderamente impresionante. Largas mesas cubiertas con manteles blancos ocupaban toda la nave principal, mientras centenares de velas iluminaban los paneles de madera, los vitrales y los pendones heráldicos, a la espera del comienzo del banquete. Es muy probable que hacia las doce del día se pronunciara la tradicional bendición cristiana de acción de gracias, conforme al uso habitual en los grandes banquetes públicos de la Inglaterra de la época.
                  
Aunque no se conserva el menú del día, las comidas por aquellos años en el “Stationers’ Hall” permiten reconstruir razonablemente que debieron figurar en él grandes piezas de roast beef, carnero y jamón, capones, pollos, pasteles de carne, pescados, abundante pan de trigo, mantequilla, quesos y verduras de estación. Como postre, tartas de frutas y pudines ingleses elaborados con frutas secas, especias y sebo, muy apreciados en los grandes banquetes de la época. Y de bebida, cerveza ale y porter, vinos de Madeira, claretes franceses y quizá algún jerez español, muy apreciado entre las clases acomodadas londinenses. Después llegarían los brindis tradicionales acompañados de ponche preparado con ron o brandy, azúcar y limón. Anderson señala expresamente que toda la parte ceremonial comenzó únicamente después del banquete, lo que permite reconstruir con bastante probabilidad el resto de la jornada.
             
El almuerzo debió concluir entre las dos y las dos y media de la tarde. Poco después, George Payne presentó oficialmente a John Montagu, quien fue proclamado e investido como Gran Maestro y designó a sus Grandes Oficiales y, entre las tres y cuarto y las tres y cuarenta y cinco, John Theophilus Desaguliers pronunció un discurso en el que expuso los principios, la naturaleza y las aspiraciones de la nueva forma de Masonería unificada que después pasaría a la historia con el apelativo de “Moderna”. Todo indica que la reunión concluyó entre las cuatro y las cuatro y media de la tarde, todavía bajo la abundante luz del verano londinense. Y seguramente entre los trescientos Masones se quedaron algunos compartiendo y especulando quien sería el próximo Gran Maestro.
                   
                
                     

 

sábado, 25 de julio de 2026

UNA CADENA FRATERNAL EN EL CEMENTERIO LIBRE DE CIRCASIA

 
Por Iván Herrera Michel
Cementerio Libre de Circasia
El próximo 17 de agosto, de acuerdo con la programación de la IL:. H:. Laura Acuña de Nájera, Gran Maestre del Soberano Santuario de Memphis – Mizraim del Ecuador, y de nuestros Queridos Hermanos y Hermanas de Manizales, visitaremos el Cementerio Libre de Circasia, en el Quindío.
           
Nos reuniremos allí para realizar una Cadena Fraternal y rendir homenaje a nuestro IL:. H:. Fabio Echeverri Mejía, una de las figuras más destacadas de la Masonería manizaleña durante el siglo XX y los primeros años del XXI.
             
No podía haberse escogido un lugar más significativo, porque el Cementerio Libre de Circasia no es solamente un camposanto. Es una declaración construida en clave Masónica de que ningún ser humano debe perder su derecho a una sepultura digna por su manera de entender el mundo.
              
La historia más aceptada sitúa el origen del cementerio en un conflicto ocurrido en 1928. Al morir Valerio Zuluaga Londoño, vecino de la vereda La Concha y practicante del espiritismo, el párroco católico Manuel Antonio Pinzón se habría negado a permitir su entierro en el cementerio católico de Circasia.
                
Zuluaga tuvo que ser sepultado en terrenos de su propia finca, y aquel episodio causó indignación entre los liberales y librepensadores del municipio. Uno de ellos fue el Q:. H:. Braulio Botero Londoño, quien decidió promover un cementerio en el que ninguna autoridad religiosa pudiera determinar quién merecía o no descansar de manera digna.
            
El propio Botero recordaría muchos años después que el proyecto nació en una época en la cual las libertades estaban “amordazadas” y parecía que solo se podía pensar con la autorización del clero y de los caciques políticos conservadores.
                     
Botero y sus compañeros encontraron oposición política y religiosa y el proyecto avanzó mediante colectas, bazares, pequeñas contribuciones ciudadanas y el trabajo de personas identificadas con el liberalismo y el libre pensamiento. La llegada de Enrique Olaya Herrera a la Presidencia de Colombia en 1930 creó un ambiente más favorable para obtener la autorización oficial. Y aunque la fecha de inauguración más repetida es la del 28 de agosto de 1932, algunas fuentes hablan de 1933, posiblemente porque confunden la apertura con una etapa posterior de construcción o funcionamiento.
           
El principal impulsor del Cementerio Libre de Circasia fue Braulio Botero Londoño, liberal radical, librepensador y miembro activo de la Masonería colombiana, quien falleció el 11 de abril de 1994, en la ciudad de Cali. Botero se inició en la Respetable Logia Libres de Caldas Nº 17, en el Oriente de Pereira, en la cual alcanzó el Grado de Maestro Masón. Posteriormente, al establecerse en el Or:. de Armenia, se vinculó a la Logia del Quindío No. 7.
                 
Su carrera dentro del Rito Escocés Antiguo y Aceptado continuó durante las últimas décadas de su vida. En 1986 recibió la dignidad de Gran Elegido Caballero Kadosh, del Grado 30º, en 1987 alcanzó el Grado 32º de Sublime Príncipe del Real Secreto, y en 1988 le fue conferido el Grado 33º de Soberano Gran Inspector General, la máxima dignidad administrativa y honorífica del Rito por el Supremo Consejo del Grado 33º para Colombia, fundado en 1833.
              
En un testimonio ofrecido décadas después, el propio Braulio Botero recordó que miembros de la Logia de Pereira colaboraron en la construcción y enviaron aportes económicos. Este testimonio permite hablar de una red efectiva de solidaridad Masónica alrededor de la iniciativa. Y hasta donde permiten establecer las fuentes disponibles, el Cementerio fue una iniciativa civil y comunitaria encabezada por Braulio Botero, respaldada por trabajadores locales, mujeres del municipio, liberales, librepensadores y Masones unidos alrededor de la idea de que nadie debía ser excluido de una sepultura digna por su filiación política o su relación con la iglesia católica.
                 
Algunas narraciones locales identifican a Enrique Londoño como la primera persona sepultada en el Cementerio y relacionan su tumba con una figura de águila situada en el sector antiguo. La historia es interesante y forma parte de la tradición oral del lugar, pero no debe presentarse como un hecho plenamente demostrado. No se conoce públicamente una reproducción del primer libro de inhumaciones, un acta funeraria ni un plano contemporáneo que indique el nombre del primer fallecido, la fecha exacta y el lote en donde fue colocado. Tampoco existe evidencia sólida que permita afirmar si aquella primera sepultura fue directamente en tierra, en una tumba de mampostería o en una bóveda. Por las costumbres funerarias y los recursos iniciales del proyecto, una fosa en tierra sería históricamente lo más posible.
                   
El Cementerio Libre de Circasia fue construido en un terreno elevado, abierto hacia el hermoso paisaje cafetero, y su arquitectura suele describirse como republicana y simbólica, pero el conjunto que observamos actualmente no corresponde íntegramente a la obra original. Se atribuyen los primeros planos a Antonio Schiefer, quien no lo habría organizado alrededor de una capilla católica ni presidido por una cruz, para expresar claramente que el recinto no pertenecería a una confesión en particular, sino a la memoria del ser humano.
                   
Alrededor de las sepulturas ubicadas cerca de la entrada nació una de las leyendas más conocidas del cementerio. Se cuenta que varios Masones habrían ordenado ser enterrados de pie para no arrodillarse ni siquiera después de muertos. Es una narración poderosa y coherente con la fama rebelde del lugar, pero sobre la cual no existe documentación histórica suficiente que la confirme. No obstante, las leyendas no deben desecharse porque también forman parte de la historia cultural.
                    
Durante la violencia política de mediados del siglo XX, el Cementerio fue saqueado y parcialmente destruido por los conservadores. Monumentos, rejas y símbolos fueron derribados, entre ellos el busto dedicado al escritor y dirigente liberal Antonio José (“El Ñito) Restrepo. Quien en 1925 acuñó en el Congreso de la República la expresión ““El código penal es un perro bravo que no muerde sino a los de ruana”, para oponerse a la implantación de la Pena de Muerte en Colombia, sosteniendo que solo se la aplicarían a la gente pobre y no a los burgueses, terratenientes, comerciantes e industriales.
                 
En 1972, el IL:. H:. Braulio Botero impulsó su recuperación con la colaboración del ingeniero Héctor Jaramillo Botero y del arquitecto Eduardo Burgos Uribe. Lo que significa que el conjunto actual reúne al menos el proyecto fundacional de la década de 1930 y la reconstrucción iniciada cuatro décadas después.
                  
EL SENTIDO DE NUESTRA VISITA
                   
El 17 de agosto visitaremos un lugar nacido de una exclusión y convertido en símbolo de inclusión. Haremos una cadena fraternal en un terreno que recuerda que la fraternidad Masónica llevada a la sociedad no puede limitarse a los vivos ni reservarse para quienes piensan como nosotros.
                   
Al rendir homenaje a nuestro IL:. H:. Fabio Echeverri Mejía, estaremos recordando también a todos aquellos hombres y mujeres que defendieron el derecho a pensar libremente, incluso en épocas en que hacerlo podía costar el rechazo social, la persecución política o la negación de una sepultura.
            
El Cementerio Libre de Circasia nos deja la sencilla enseñanza de que en la muerte las fronteras pierden su poder.

                

                   

 

sábado, 27 de junio de 2026

LA TABERNA EN LA QUE NACIÓ EL PRIMER SUPREMO CONSEJO DEL REAA

 Por Iván Herrera Michel
            
Recreación de la Taberna de Shepheard a
partir de la imagen
del monumento conmemorativo en Charleston
El mes pasado se cumplieron 225 años del día en que once Masones se reunieron en una taberna para crear una institución ritual que colonizó la mayoría de los espacios Masónicos.
                    
Por eso vale la pena detenerse en aquel domingo de finales de mayo de 1801 en el que nació el primer Supremo Consejo del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, en la Taberna de Shepheard, en la esquina de las calles Broad y Church, de Charleston, Estados Unidos, que servía de punto de encuentro para comerciantes, profesionales, dirigentes cívicos y Masones. Lo más probable es que la fundación haya sido en el Gran Salón del segundo nivel sobre el costado de la Church Street, ya que la distribución del inmueble seguía el modelo de las grandes tabernas de Charleston en las que en la planta baja funcionaban la taberna propiamente dicha, el comercio, la cocina y las bodegas, mientras el segundo piso albergaba un amplio salón destinado a banquetes, reuniones cívicas y actividades culturales, y los niveles tercero y cuarto se reservaban para el alojamiento de los huéspedes y las habitaciones del personal.
                      
Un aldabón de bronce que hoy se conserva en la sede del Supremo Consejo para la Jurisdicción Sur de los Estados Unidos, en Washington, que perteneció originalmente a la puerta de la “Supreme Council Chamber”, constituye un indicio importante de que existía un recinto destinado al Supremo Consejo dentro del edificio. Todo apunta a que ese espacio correspondía precisamente al Gran Salón del segundo nivel, en donde podían garantizarse la privacidad, el control del acceso y la amplitud necesaria para una reunión ritual, lejos del movimiento y el bullicio propios de la planta baja.
                   
La jornada debió desarrollarse bajo el calor húmedo característico de esos días del año en el litoral de Carolina del Sur, con temperaturas de entre 28 y 30 grados centígrados. Allí la humedad procedente de las marismas y del océano Atlántico contribuía a crear una atmósfera pesada, por lo que resulta fácil imaginar las ventanas abiertas y los abanicos de mano mientras en la ciudad transcurrían las actividades propias de un domingo.
                       
Recreación de la reunión fundacional
del 1er. Supremo Consejo del REAA
a partir de los datos de la investigaciones
A comienzos del siglo XIX Charleston era una de las ciudades más dinámicas de Norteamérica. Su puerto mantenía conexiones con Europa, el Caribe y numerosos puertos americanos. Por sus calles circulaban comerciantes británicos, escoceses, franceses e irlandeses, además de marineros de múltiples nacionalidades, refugiados de las revoluciones atlánticas y viajeros llegados desde lugares muy distantes. Contaba con unos veinte mil habitantes que la convertían en una de las ciudades más importantes de los Estados Unidos íntimamente ligada a una geografía privilegiada sobre una estrecha península situada entre los ríos Ashley y Cooper que convergen frente al océano Atlántico formando uno de los mejores puertos naturales de la costa este de Norteamérica.
                     
Los barcos penetraban lentamente por la amplia bahía formada por el estuario de los dos ríos, mientras iban apareciendo marismas, islas bajas y fortificaciones costeras que protegían la entrada al puerto, y desde las cubiertas podían verse docenas de mástiles, almacenes, muelles y embarcaciones de todos los tamaños. Aquella actividad marítima explicaba buena parte de la prosperidad de una ciudad que respiraba al ritmo de las mareas, de los vientos y del constante ir y venir de mercancías y personas.
                      
Una proporción considerable de la población estaba integrada por personas esclavizadas africanas y afrodescendiente y, mientras los fundadores del Supremo Consejo debatían proyectos institucionales y estructuras administrativas, miles de hombres y mujeres permanecían excluidos de los derechos más elementales. La Charleston de 1801 combinaba cosmopolitismo y desigualdad, apertura internacional y profundas limitaciones sociales.
                     
Por su parte, los fundadores del Supremo Consejo pertenecían a los sectores más acomodados de la ciudad. Entre ellos había médicos, comerciantes, militares, intelectuales y dirigentes cívicos. Algunos habían conocido los conflictos de la independencia norteamericana, otros mantenían vínculos con Europa y el Caribe, y varios se movían dentro de redes internacionales de comercio, correspondencia e intercambio intelectual. En cierto sentido, eran ciudadanos del Atlántico antes que simples habitantes de Charleston, pues las guerras y revoluciones de finales del siglo XVIII habían provocado desplazamientos humanos de gran magnitud.
             
Cada uno aportó lo suyo y lo más probable es que vistieran de acuerdo con el clima y su posición social. Casacas oscuras, chalecos de tejidos ligeros, camisas de lino blanco, medias largas, zapatos con hebillas metálicas y peinados empolvados. Algunos habrán llegado caminando y otros en caballos o carruajes privados, pues Charleston podía recorrerse con relativa facilidad. Durante décadas, en la Taberna se intercambiaban noticias, se negociaba, se formaban alianzas y se discutían asuntos públicos.
                  
La Charleston de 1801 olía a sal marina, tabaco, ron, alquitrán, cuero, pescado recién desembarcado, madera húmeda y estiércol de caballo. El sonido de las campanas, de los carruajes sobre las calles adoquinadas, las conversaciones en varios idiomas, los gritos procedentes del puerto y el constante movimiento comercial formaban parte del paisaje cotidiano.
                   
No sabemos quién llegó primero, qué conversaciones se produjeron antes de iniciar la sesión ni quién llevó la voz cantante. Lo más probable es que compartieran algunas de las bebidas preferidas por la élite de Charleston, como el vino de Madeira, el ron añejo de Jamaica o alguno de los ponches habituales en las reuniones de cierto nivel. También pudieron degustar un Oporto portugués o un brandy francés. Sobre la mesa probablemente había carnes asadas, jamones, cordero, aves, tortugas, pan, queso y ostras. Si alguno pidió postre, seguramente le ofrecieron un pudín de arroz aromatizado con nuez moscada, canela y azúcar de las Antillas, considerado entonces un refinado producto local. Y si se reunieron al atardecer o de noche las discusiones debieron transcurrir bajo la luz clara y dorada de lámparas de aceite de cachalote complementada con la de velas de cera de abejas, en un ambiente muy distinto del que hoy conocemos en las Logias.
                 
Aquellos hombres tampoco escapaban a las necesidades cotidianas. La higiene personal difería mucho de la actual y los baños completos eran poco frecuentes, aunque las clases acomodadas cuidaban con esmero su apariencia mediante ropa limpia, perfumes, aguas aromáticas, aseos parciales y una pomada capilar elaborada con grasa de cerdo perfumada con lavanda y bergamota. Durante la reunión debieron secarse el sudor con pañuelos de lino, beber con frecuencia y acudir ocasionalmente a las letrinas situadas en el patio o en dependencias anexas. No resulta imposible imaginar que algunos asuntos importantes del naciente Supremo Consejo y del Rito Escocés Antiguo y Aceptado continuaran discutiéndose informalmente durante esos breves intervalos.
                      
Monumento en el sitio en donde
nació el 1er. Supremo Consejo del REAA
Quien visite hoy la esquina en donde nació el primer Supremo Consejo no encontrará el edificio que acogió la reunión de 1801, pues desapareció hace mucho tiempo. En su lugar se levanta uno bancario de arquitectura neoclásica construido entre 1928 y 1929. En su esquina suroccidental, sobre la Broad Street, un bloque de granito inaugurado en mayo de 1967 reproduce una imagen de la taberna pintada por Allyn Cox hacia 1959, que sirvió de modelo y recuerda los nombres de los once fundadores. Como dato curioso tenemos que cuando la Taberna de Shepheard fue demolida para construir el banco, uno de sus balcones fue usado por el artista Alfred Hutty en la restauración de la casa de James Vanderhorst, en el número 46 de Tradd Street de la ciudad, en donde todavía puede admirarse.
                 
Aquellos once hombres trabajaron inmersos en su tiempo sobre una tradición heredada, pero no se limitaron a conservarla. La revisaron con espíritu reformador, la reorganizaron, la adaptaron y le dieron una nueva forma institucional. Esa capacidad de reinterpretar sin romper con el pasado explica buena parte de la extraordinaria vitalidad que alcanzaría posteriormente el REAA.
            
Quizá por eso la enseñanza más valiosa que dejaron esos Masones resida en su manera progresista de entender la Masonería.
                      
                         
                         
                  

miércoles, 17 de junio de 2026

CARLOS ALBERTO ROSAS ROZO. MEMORIA DE UNA ÉPOCA

 Por: Iván Herrera Michel
 
IPH:. Carlos Alberto Rosas Rozo
(1915 - 1984)
Hace unos días, visitando la Gran Logia Central de Colombia, me fije en la placa descubierta en 1986 por su primer Gran Maestro, el médico y humanista Raúl Samper Polanco, por la que bautizó el Club Social de la Obediencia con el nombre de Carlos Alberto Rosas Rozo, fallecido el 27 de enero de 1984, después de haber presidido la celebración de los 150° años del Supremo Consejo del Grado 33 para Colombia, el 19 de junio de 1983 en el Or:. de Cartagena de Indias.
                    
Para comprender la figura de Rosas Rozo hay que comenzar recordando que la Masonería colombiana de la segunda mitad del siglo XX vivió una etapa de relativa estabilidad institucional, construida con esfuerzo desde la unión, en 1939, del Supremo Consejo del Grado 33 para Colombia y el Supremo Consejo Central Colombiano. Existía entonces una estructura nacional común para el escocismo colombiano, aceptada en amplio consenso por las Obediencias masculinas del país.
                       
Periodista de profesión, nacido en Bogotá el 8 de marzo de 1915, se Inició en la Gran Logia de Colombia, en el Or:. de Bogotá, en la Logia Propagadores de la Luz No 1 el 27 de abril de 1949, recibió el Grado de Compañero el 17 de agosto de ese mismo año, y fue exaltado al Grado de Maestro el 26 de mayo de 1950. Eran días muy convulsionados para el país y la Orden por el reciente asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en los que al Gran Maestro Julio Ortiz Márquez, Alcalde Mayor de Bogotá en 1941 y ferviente militante del ala gaitanista del Partido Liberal, le correspondió hacer frente desde las trincheras Masónicas a la violencia desatada por el Partido Conservador contra los Masones y los liberales.
                     
La vida profana de Rosas Rozo transcurrió fundamentalmente en el mundo del periodismo, la cultura y el libro. Perteneció a una generación de intelectuales bogotanos que encontró en la prensa un espacio de realización profesional y de influencia pública. Fue reconocido como periodista de oficio, comentarista y hombre de letras, vinculado durante décadas a actividades editoriales y culturales que le otorgaron prestigio en los círculos intelectuales de su tiempo. A diferencia de otros dirigentes Masónicos de su generación provenientes de profesiones liberales, la política o el empresariado, Rosas Rozo construyó su liderazgo desde la palabra escrita, el pensamiento crítico y la difusión de la cultura. Esa circunstancia ayuda a comprender tanto su ascendiente dentro de la Masonería colombiana como el respeto que alcanzó en diversos escenarios de la vida intelectual y Masónica del continente.
                    
Fue Ven:. Maest:. de su Logia Madre entre 1951 y 1953, Gran Orador de la Gran Logia de Colombia en 1958 y 1959, Diputado Gran Maestro en 1960 y 1961, y Gran Maestro de la Gran Logia de Colombia entre 1961 y 1969. Durante ese largo mandato al frente de la Gran Logia fue Presidente (1967 – 1970) de la Confederación Masónica Interamericana (CMI) que agrupa a Grandes Logias masculinas del continente desde 1947.
                           
El 19 de febrero de 1959 recibió el Grado 33 siendo Soberano Gran Comendador el ingeniero José Gómez Pinzón, cuyo legado en la ingeniería colombiana fue reconocido por las juntas directivas de la Sociedad Colombiana de Ingenieros (SCI), la Sociedad Colombiana de Arquitectos (SCA) y la Cámara Colombiana de la Construcción (Camacol), con la creación del “Premio José Gómez Pinzón” que desde 1991 se otorga cada dos años a los profesionales que se han distinguido por sus servicios a la ingeniería, la arquitectura y la industria de la construcción colombiana.
        
Durante su paso por el escocismo Rosas Rozo presidió varias Cámaras, hasta que finalmente fue elegido el 10 de agosto de 1973 Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo del Grado 33 para Colombia, dignidad que ejerció hasta el final de sus días. Un avanzado cáncer renal limitó progresivamente su actividad y creó un escenario de incertidumbre alrededor de la sucesión. El 27 de enero de 1984 concluyó definitivamente su trayectoria vital en el Or:. de Bogotá. Había cumplido 68 años de edad y estaba próximo a alcanzar los 69. Con su desaparición no solamente se extinguió una vida dedicada al servicio de la Orden. También concluyó un ciclo histórico.
                                                      
Desde una perspectiva historiográfica, Rosas Rozo fue el último de los seis Soberanos Grandes Comendadores de un largo período de unidad institucional de la Masonería colombiana. Puede verse, guardadas todas las proporciones, como una figura semejante a la de Marco Aurelio en la historia de Roma, en cuanto ambos representan el cierre de una época. Tras su desaparición comenzaron a fracturarse los equilibrios que durante más de cuatro décadas habían permitido la convivencia de las Obediencias masculinas del país bajo una estructura común. Al referirse a la muerte de Marco Aurelio en el año 180, Casio Dión escribió que “nuestra historia desciende ahora de un reino de oro a uno de hierro y óxido”. La imagen me resulta particularmente evocadora para comprender lo ocurrido después de 1984, cuando la concordia institucional fue sustituida por una prolongada etapa de divisiones, litigios, exclusiones, fragmentación e insultos, dentro y fuera de los Templos, cuyas consecuencias aún gravitan sobre la Masonería colombiana.
                                                           
Los acontecimientos que siguieron a su penosa enfermedad y muerte desencadenaron una de las crisis más profundas que ha conocido la Masonería colombiana. De las controversias surgidas en torno a la sucesión, las decisiones cuestionables de las autoridades interinas, y el carácter decididamente cismático de quienes desde un principio buscaron erigir estructuras propias sobre las ruinas de lo común, surgieron dos grandes corrientes que, con distintas transformaciones, denominaciones y desarrollos posteriores, continúan formando parte del panorama Masónico colombiano, de tal manera que, aún hoy diezmada en alrededor del 70% de su membresía, es incapaz de afrontar una iniciativa dirigida a la unidad.
                                          
Constatar que hubo una época en la que todos estábamos unidos, pueda que le sirva a alguien alguna vez en alguna parte para intentarlo.

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NOTA CURIOSA: El Mandil Original y la Banda oficial del rango del primer Gran Maestro de la Gran Logia Central de Colombia (GLCC), Raul Samper Polanco, confeccionados ricamente en seda, cuero, hilos y accesorios metálicos actualmente se encuentran bajo custodia y bajo condiciones controladas de luz, temperatura y humedad por su alto valor estético, en la Bodega del Archivo Masónico, integrados de manera espécifica en la Colección del Museo Masónico de la Gran Logia de Chile, ubicado en el Club de la República en el centro de la ciudad de Santiago de Chile. La donación fue realizada por su hijo Raul Samper Olaya, miembro de la Logia Mosaico No. 125, perteneciente a la Gran Logia de Chile durante la Gran Maestría de Sebastian Jans Pérez, el 10 de agosto del año 2023, con ocasión del centenario del nacimiento de Samper Polanco, quien con estas decoraciónes recibió la Carta Patente de la GLCC en 1985 en el Hotel Bacatá de la ciudad de Bogotá. 
                     
                     

                   

miércoles, 3 de junio de 2026

EL CISMA COMO SÍNTOMA EN LA MASONERÍA. EL DERRUMBE DEMOGRÁFICO DE LA ORDEN

 Resumen de la ponencia presentada en el Coloquio anual de CLIPSAS, celebrado en el Or:. de Sofía, Bulgaría, el 14 de mayo de 2026


Por Iván Herrera Michel
Sofía, Bulgaria / 14 de mayo de 2026
                 
Mis Hermanas, mis Hermanos.
     
Cuando CLIPSAS nos invitó en la Asamblea General del año pasado en Bucarest a reflexionar sobre ideas para un mundo más fraterno y sobre el rol de los Masones en la construcción de la paz, entendí que quienes propusieron este tema creían que la Masonería conserva la capacidad real de producir convivencia.
                     
He visto a la Masonería durante varias décadas, en varios países, implantada en varias culturas, y siendo víctima de toda clase de cismas, y, en lo personal, no creo que podamos ser gestores de paz hacia afuera cuando la fraternidad no logra sostenerse adentro, en una Orden que predica armonía universal mientras vive en conflictos permanentes entre sus miembros y mientras la cultura de la negación impide la autocrítica.
                  
Las cifras no nos admiten interpretaciones místicas, esotéricas ni autocomplacencias. Nuestra Masonería se está evaporando frente a nuestros ojos y en nuestras manos. No hablo desde la comodidad de una teoría académica, sino desde la autoridad que me confiere el haber presidido organismos multilaterales y plataformas de gobernanza con presencia en varios continentes.
            
Todos conocemos que la Masonería se estructura hoy en bloques de poder que funcionan como placas tectónicas en tensión. Por un lado, está la Conferencia Mundial de Grandes Logias Regulares, que sostiene una hegemonía masculina y deísta basada en validaciones supremacistas. Por el otro, tenemos al Gran Oriente de Francia y a la Gran Logia Unida de Inglaterra, cada uno por su lado, dictando desde París y Londres las pautas de una supuesta manera correcta de ser Masón desde un centralismo que ignora sistemáticamente la realidad de las periferias.
              
Sin embargo, estos polos de influencia están unidos por una misma tragedia estadística. Mientras las poblaciones han crecido significativamente, la Gran Logia Unida de Inglaterra en los últimos sesenta años ha perdido el setenta y cinco por ciento de su membresía. En los Estados Unidos la membresía pasó de más de cuatro millones de Masones a mediados del siglo XX a menos de novecientos mil en la actualidad (un desplome del ochenta por ciento), y el Gran Oriente de Francia, con algo más de cincuenta mil miembros, ha experimentado en las últimas décadas un crecimiento muy moderado frente al crecimiento demográfico de la sociedad francesa.  Por su lado, en muchas obediencias latinoamericanas se observa un fenómeno recurrente de abandono temprano de los nuevos Iniciados. Y en numerosas Obediencias africanas la membresía muestra un marcado envejecimiento generacional. En Australia la membresía Masónica se ha reducido drásticamente desde la segunda mitad del siglo XX, pasando de cientos de miles de Masones a apenas algunas decenas de miles en la actualidad.
                   
No quiero desconocer que la pérdida de membresía de la Masonería puede estar influenciada por variables sociales, como la secularización de las sociedades, el envejecimiento de las generaciones que alimentaban nuestras Logias y la transformación de la manera de asociarse en el mundo contemporáneo. De hecho, esta crisis no es exclusiva de la Masonería, sino que forma parte del debilitamiento general en el Siglo XXI de las instituciones que articulan vida social y canalizan intereses colectivos, desbordadas por formas más líquidas, digitales e inmediatas de construcción de comunidad. Pero incluso teniendo en cuenta estos factores externos, resulta imposible ignorar que nuestros conflictos internos agravan un fenómeno que ya de por sí debería preocuparnos.
                     
Si convertimos las grandes caídas de membresía en una tasa anual, el resultado es inquietante. En varios de los principales espacios históricos de la Masonería occidental, la Orden ha venido perdiendo aproximadamente un 2,6 por ciento de su membresía por año durante alrededor de seis décadas. Puede parecer una disminución moderada cuando se mira un solo año, pero acumulada en el tiempo equivale a haber perdido cerca de cuatro quintas partes de la base humana de la institución.
                      
No estamos ante accidentes en el camino, sino deslizándonos hacia abajo. A nuestra Orden le está ocurriendo algo similar a lo que sucede con el cambio climático. Es una catástrofe que avanza de forma implacable mientras nos quedamos atrapados en el bizantinismo de las formas. Nos refugiamos en una cultura de la negación, negamos el vacío de los Templos calificándolo de selectividad, negamos la injusticia de nuestras exclusiones y negamos que el reloj del mundo corre a una velocidad que nos supera.
               
Andamos por el mundo como el emperador desnudo del cuento de Andersen. Nos paseamos con solemnidad, luciendo collares pesados, mandiles bordados y títulos llamativos, convencidos de que vestimos las telas más finas de la sabiduría y de la tradición.
                  
Mientras el mundo afuera avanza, nosotros nos desgastamos en cismas internos que han provocado una atomización irreversible. Nos hemos convertido en una sopa de siglas que es el resultado de una patología del poder en donde cada grupo se proclama dueño de la “verdadera tradición”, mientras la estructura general se desintegra por falta de Masones.
                   
La salida no vendrá de dinámicas de hegemonía ni de la pretensión de que una sola tradición, cultura u Obediencia pueda atribuirse el papel de centro exclusivo de la Masonería universal. La posibilidad de avanzar reside más bien en que las Obediencias que no se sienten representadas por esas hegemonías puedan encontrarse, hablar con franqueza y construir formas reales de cooperación. Esto implica, entre otras cosas, la existencia de espacios permanentes de diálogo abierto sobre indicadores que permitan medir si estamos deteniendo o no el deterioro de nuestra base humana.
                     
La buena noticia para nosotros es que CLIPSAS constituye hoy en día un marco de alcance mundial capaz de ofrecer un espacio de encuentro, sobre la base del respeto mutuo, la libertad de conciencia y la igualdad entre Obediencias. Un espacio en donde la Masonería puede hacer algo que siempre estuvo en su esencia, como es sentar en la misma mesa a tradiciones diferentes a escucharse.
                  
Lo que algunos llaman preservar la tradición para que nada se mueva, la sociología lo describe como obsolescencia funcional. Esa Masonería de vitrina, obsesionada con títulos, mitos, dogmas y símbolos de poder, corre el riesgo de asegurar que nada cambie mientras la sociedad evoluciona sin nosotros. Y quienes detienen cualquier avance humanitario en nombre de unos “Antiguos Deberes”, leídos como si fueran tablas de la ley recibidas en el Monte Sinaí, no se dan cuenta de que esta Orden de pensamiento camina con paso firme hacia la desaparición.
             
Mis Queridos Hermanos y Hermanas,
                 
Llegó la hora de desarmar nuestras divisiones antes de que ellas desarmen nuestra Masonería. Si hoy nosotros, los que estamos en esta sala de conferencias, aquí y ahora en Sofía, en la pausa para el café no le damos la mano a un Hermano o a una Hermana con quien tengamos diferencias, este Coloquio, y sus conferencias y sus buenas intenciones no habrán servido para nada.
               
Porque al final, la paz depende de lo que cada Masón y cada Masona está dispuesto a hacer personalmente.
           
Muchas gracias a todos y todas. Que la paz sea con todos ustedes.
                      
                   

                   

domingo, 31 de mayo de 2026

CUANDO LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN MASÓNICA SE CONVIERTE EN CAMPAÑA ELECTORAL

Por Iván Herrera Michel
       
Desde hace algunos años y, especialmente, durante la primera vuelta de las elecciones presidenciales del 31 de mayo de 2026 en Colombia, he observado con especial preocupación cómo el legítimo intercambio de opiniones políticas entre Masones ha ido desplazándose hacia formas cada vez más evidentes y agresivas de proselitismo partidista. Se trata de un fenómeno que merece atención, no por las ideas que cada cual defiende, sino por el uso de canales Masónicos para promover candidaturas y trasladar a la fraternidad las dinámicas de confrontación propias de las campañas electorales.
          
No me refiero al intercambio respetuoso de opiniones políticas, que siempre será legítimo. Los Masones son ciudadanos antes que Masones y es natural que tengan posiciones distintas sobre gobiernos, partidos y candidatos. 
          
Lo preocupante es otra cosa. Es la proliferación de mensajes propagandísticos, burlas, caricaturas ofensivas, memes y publicaciones destinadas a ridiculizar las opciones diferentes. Una cosa es el debate de ideas. Otra muy distinta es el proselitismo político. El primero enriquece. El segundo divide.
           
La Masonería no fue concebida para producir unanimidades políticas ni para fabricar militantes de una causa partidista determinada. Su propósito ha sido siempre el más ambicioso y más difícil de formar seres humanos libres, capaces de pensar por sí mismos y de convivir civilizadamente con quienes sostienen opiniones diferentes. 
            
Por esa razón, los Grandes Maestros, los Venerables Maestros y quienes ejercen responsabilidades de liderazgo en los chats internos de las Grandes Logias, Logias y cuerpos filosóficos tienen el deber de preservar la convivencia fraternal. Cuando un chat institucional se convierte en vehículo de propaganda política, corresponde, en sana crítica, retirar esos mensajes, llamar al orden a quienes persisten en esas conductas y recordar las reglas de respeto que todos aceptaron.
     
La tolerancia y la libertad de conciencia no significan permitir cualquier conducta en cualquier lugar. También exigen proteger los espacios comunes frente a quienes los desnaturalizan. Nadie pierde su libertad de conciencia por abstenerse de utilizar un canal institucional para hacer campaña electoral. Y cuando, pese a las advertencias, algunos Hermanos insisten en convertir esos espacios en tribunas partidistas, las autoridades Masónicas deberían considerar su exclusión temporal o permanente de esos canales de comunicación. No como una sanción ideológica, sino como una medida elemental de convivencia del chat.
       
Quizá haya llegado el momento de adoptar correctivos más claros para impedir que el proselitismo y la intolerancia se normalicen bajo el pretexto de la libertad de expresión.
         
Y ante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales colombianas del próximo 21 de junio, conviene recordar que los candidatos pasarán, las campañas terminarán y los votos serán contados. Lo que permanecerá será la obligación de seguir llamándonos y tratándonos como Hermanos y Hermanas. 
        
De lo contrario, los chats Masónicos corren el riesgo de quedar convertidos, por obra de los  mismos Masones proselitistas, en escenarios permanentes de propaganda a favor o en contra del gobierno vencedor. De hecho, los chats Masónicos fueron creados para facilitar la comunicación fraternal, no para reproducir las divisiones de la política profana.
        
Precisamente por eso, la libertad de conciencia, de obligación en la Masonería, nunca debe amparar una campaña electoral.
        
      

viernes, 24 de abril de 2026

DESPLAZAMIENTOS DE SENTIDO DEL LENGUAJE MASÓNICO

Por Iván Herrera Michel
               
Recientemente me resultó del mayor interés un intercambio de impresiones con un Venerable Maestro de una Logia Medellín, Filólogo Hispanista y Docente de la Universidad de Antioquia, sobre la idea de aproximarnos al conocimiento de la Masonería a través de la variación del significado de su vocabulario en función del tiempo, los contextos y los usos.
                  
La realidad histórica muestra que, desde su primera Gran Logia en Londres, a comienzos del siglo XVIII, la Masonería quedó atravesada por un problema de lenguaje que se profundizó a su llegada a otras tierras y a otros siglos. De hecho, la redacción de las Constituciones de Anderson de 1723 implicó también una operación de selección de vocabulario tendiente a que las viejas fórmulas de los “Old Charges” ingleses adquirieran una dimensión ilustrada. Desde entonces, la Masonería ha ido heredando y desplazando significados en un trasegar en el que distintas lecturas terminan compitiendo por imponerse como versiones legítimas.
                  
De tal manera, que en la práctica para un Aprendiz el lenguaje ritual aparezce como un territorio extraño y llamativo, en donde algunas palabras comunes adquieren un matiz inesperado y términos desconocidos se pronuncian con naturalidad. Esa primera impresión es el primer contacto de un Masón con un sistema de significados que en principio no se explica por sí mismo y que lo obliga a intuir que detrás de cada palabra hay una historia que no conoce o un significado que no logra comprender, porque, de hecho, está frente a palabras que han sobrevivido más tiempo que su significado original.
                     
Este tipo de derivas puede leerse, en términos filológicos, como una variación semántica en la que el uso de las palabras se transforma por la forma en que circulan entre espacios, instituciones y generaciones que no comparten exactamente las mismas condiciones de producción de sentido. Se trata de verdaderos cambios en el significado de los términos y reajustes continuos entre lo que las palabras dicen y lo que efectivamente logran significar en cada lugar, o en cada lengua en la que intentan encontrar un equivalente que difícilmente es exacto.
                       
En el campo de la investigación Masónica sobre el lenguaje, en el mundo inglés la Logia de investigación “Quatuor Coronati” No. 2076 abrió una línea de trabajo que convirtió textos y vocabularios en objeto de examen riguroso. Ahí están, por ejemplo, Douglas Knoop, G. P. Jones y Douglas Hamer con “Catecismos Masónicos Tempranos” (1943), y Harry Carr con “Seiscientos Años de Ritual del Oficio” (1976), que obligan a mirar la evolución del lenguaje ritual como una historia concreta. Por su lado, en el ámbito francés, Roger Dachez aportó una reflexión de gran utilidad con “La Invención de la Francmasonería” (2008), y en español José Antonio Ferrer Benimeli ha insistido desde una perspectiva histórico-crítica en desmontar inercias y leyendas, como puede verse en “Francmasonería, Invención y Tradición” (2014).
                   
Al respecto, John Hamill, en su artículo “El Lenguaje del Misterio” (Freemasonry Today, UGLE, verano de 2013), al que ya me referí en mi blog (febrero de 2020), advirtió que en inglés la palabra “mystery” pasó con el tiempo de nombrar un oficio a sugerir un secreto, cambiando no solo el lenguaje, sino además la forma de legitimarse. La diferencia se incrementó cuando “mystery” se tradujo al español como “misterio”, con una densidad mítica y religiosa que no estaba presente en su uso original. Algo similar ocurrió con “capítulo”, que en su origen designaba simplemente la reunión de los miembros de una Logia y terminó institucionalizándose como la de un Alto Grado, y con el vocablo “regularidad”, que en el siglo XVIII remitía a criterios operativos de organización y hoy suele funcionar como un marcador identitario cargado de exclusiones.
                      
Y es ahí en donde el análisis y el recorrido de las palabras obligan a reconocer que muchas de ellas no significaban lo mismo en los siglos XVIII, XIX, XX y XXI, ni hoy en Bogotá, Montreal o Tokio, o cuando se leen traducidas en Logias en las que la aparente equivalencia oculta desplazamientos que han ido tomando significados que originalmente no existían. De tal manera, que en ciertos contextos contemporáneos su repetición termina produciendo una ilusión de continuidad que no existe.
                    
En la actualidad debemos reconocer que los nuevos Masones poseen estándares académicos más altos que los anteriores, tienen hábitos de lectura más exigentes y cuentan con acceso inmediato a las fuentes. Ellos están empezando a agradecer, incluso a exigir, miradas más rigurosas sobre la práctica y la conceptualización de lo Masónico. Y esa exigencia lejos de ser homogénea, se expresa de maneras distintas según los contextos y converge en una misma dificultad frente al lenguaje heredado cuando este ya no alcanza a explicar la experiencia o ha cambiado de función dentro de las estructuras de poder
                     
Una Masonería que no interroga su lenguaje en clave contemporánea, termina repitiendo categorías que pueden haber perdido contacto con la realidad humana y social que dice querer ayudar a construir con su método de símbolos y alegorías. Y en ese punto el problema deja de ser semántico y pasa a ser institucional, porque cuando las palabras se vacían, las prácticas tienden a simular lo que ya no sostienen, y lo que se presenta como tradición puede terminar siendo apenas una repetición sin memoria, o una traducción heredada que no trasmite el mismo sentido. 
                
En ese aspecto, el lenguaje Masónico es un objeto histórico en sí mismo, susceptible de ser analizado, comparado y reinterpretado. Pero también es un campo de responsabilidad, porque si las palabras que hoy pronunciamos ya no dicen lo mismo en todas partes, y si su significado depende cada vez más del contexto en que circulan, entonces la tarea no es defenderlas por inercia, sino someterlas a prueba, incluyendo la prueba de la traducción, que muchas veces revela más de lo que aparenta conservar.

Porque lo que está en juego es su propia relación con la realidad.

                        

                  


              











                      

martes, 14 de abril de 2026

TRAZADO DEL ORADOR EN EL LEVANTAMIENTO DE COLUMNAS DE LA LOGIA ORIENTE DE ANTIOQUIA No. 19

Por Iván Herrera Michel
Or:. de Marinilla – Antioquia - Colombia
Abril 11 de 2026 (E:. V:.)
              
​(Saludos protocolarios)
          
Mis Queridas Hermanas y Hermanos, en sus Grados y Calidades,
                
Es para mí un honor tomar la palabra en este momento, no solo por lo que representa esta ceremonia de Levantamiento de Columnas, sino por el lugar en donde estarán situadas.
            
Marinilla es, quizá, uno de los bastiones más importantes del conservadurismo político, social, cultural y religioso de Antioquia. Y precisamente por eso, por lo que ha sido y por lo que sigue siendo, la creación de la Respetable Logia Oriente de Antioquia No. 19, mixta, adogmática y progresista, presidida por un Venerable Maestro que no es creyente, es un hecho que tiene una densidad histórica y sociológica que no podemos ignorar ni trivializar.
                  
Hoy no estamos en el Or:. de Marinilla, aunque todo lo que aquí ocurre le pertenecerá en adelante. Nos encontramos en el Or:. De Medellín, en la sede de la Respetable Logia Iris de Aburrá, Levantando Columnas para un Oriente que ya existe en la intención y que comenzará a existir en el territorio. Como si la Masonería, una vez más, nos recordara que las transformaciones reales comienzan en donde se piensan. Que toda construcción primero se imagina en la mente antes de hacerse visible, y que toda construcción social suele empezar en espacios discretos antes de hacerse evidente en la vida pública en una sociedad acostumbrada a defender sus certezas.
                    
De hecho, Marinilla ha sido llamada con razón la Esparta colombiana, porque ha sido un territorio de disciplina, de orden y de convicciones firmes. La Masonería que hoy se instala en ese municipio entiende que la tradición solo es fértil cuando es semilla, porque toda comunidad que se define únicamente por lo que ha sido corre el riesgo de perder la capacidad de imaginar lo que puede llegar a ser.
                    
La creación de la Logia Oriente de Antioquia No. 19 viene, además, a ampliar la Luz Masónica que ofrece a Antioquia la Muy Respetable Gran Logia Central de Colombia. Y ampliar la Luz no es simplemente aumentar presencia institucional. Es expandir un espacio de pensamiento, es abrir nuevas posibilidades de diálogo, es permitir que más hombres y mujeres encuentren un lugar en donde la razón, la libertad y la igualdad no sean consignas, sino prácticas exigentes. En términos sociológicos, significa ensanchar el campo de circulación de ideas en un entorno en donde no siempre han encontrado un espacio legítimo.
                      
Quiero expresar mi más profunda felicitación a los Ilustres Hermanos, Henry Polanía Triviño, Muy Respetable Gran Maestro, y Gabriel González, Venerable Maestro, por haber tenido la valentía de sembrar esta semilla progresista en una tierra hostil a las ideas liberales, con un grupo de Hermanas y Hermanos que, aunque residentes en distintas geografías nacionales, no hemos dudado en aceptar el llamado, porque era aquí en donde estaba el deber de Levantar las Columnas de una Logia adogmática, inclusive, en contraste con esa Masonería, masculina y mixta, que ha permitido que el dogma se haya filtrado en su seno disfrazado de tradición, y que prefiere el pensamiento mágico y la comodidad de los rituales elegantes por encima del compromiso con la sociedad y la razón.
                         
Muy Ilustre Hermana Alejandra Echeverry, de mi muy alta consideración y aprecio personal y fraternal, quiero decirle que de nuevo me siento muy contento de ponerme el Mandil con usted por una causa Masónica. Nunca se me olvidará cómo me inspiró al comienzo de la pandemia del COVID-19, y cómo me mostró, con su talante Hospitalario, que la Masonería auténtica nace para hacerse presente en donde los hombres y las mujeres sufren de verdad y la sociedad clama por luz.
                    
En lo personal, no he recorrido la distancia que separa el Caribe de estas montañas para ver a hombres y mujeres jugar a la política interna, encerrarse en sus propios límites psicológicos o fundar un grupo de amigos, que, mirados desde la calle, no significan absolutamente nada para nadie. He venido, Venerable Maestro Gabriel González, porque esta semilla que hoy planta, con dificultades de todo tipo, en el corazón de la Antioquia conservadora es testimonio de que nuestra Orden solo tiene sentido cuando se atreve, por fin, a vivir a la intemperie, llevar luz a la oscuridad, pensar sin dogmas y actuar en medio de la gente concreta, en los pueblos, en los barrios, y en los lugares en donde la palabra igualdad todavía tiene que ganarse un lugar.
                     
Si esta Logia logra mantenerse fiel a su propósito, si no cede a la comodidad de la repetición de rituales, o a las cadenas sicológicas del dogma, las supersticiones y las seudociencias, entonces no solo habrá Levantado Columnas de verdad, sino que habrá abierto un camino acorde con los altos fines progresistas para los que fue fundada la Masonería.
                 
Porque mientras algunos se entretienen en fantasías de saberes ocultos o en la ilusión de poderes simbólicos, la realidad sigue esperando a que los Masones y las Masonas manchen sus Mandiles con las cosas reales del mundo. Por eso acepté su llamada, porque hay viajes que no se justifican por la distancia recorrida, sino por lo que defienden. Y este, precisamente este, es uno de ellos que debería servir de ejemplo para fundar nuevas Logias, por ejemplo, en los barrios de Bogotá y los pueblos de Cundinamarca.
                     
Y en ese camino, que hoy inicia esta Ceremonia Solemne, les deseo no solo muchos éxitos, sino, además, la lucidez necesaria para merecerlos, que en un lugar como Marinilla, puede ser el comienzo de algo que, si se toma en serio, ya no tendrá marcha atrás.
           
Muchas gracias a todos mis Queridos Hermanos y Hermanas.
                      

Es mi palabra, Venerable Maestro.