miércoles, 29 de febrero de 2012

LA PIEDRA BRUTA


Por Iván Herrera Michel

En el lenguaje simbólico Masónico, la Piedra Bruta representa el objeto sobre el cual debe aplicarse el Aprendiz para convertirlo en útil en la labor de levantamiento metafórico (interior y exterior) del primer Templo de Salomón, ya no en la ciudad de Jerusalén, sino dentro de sí mismo.

Este primer Templo arquetípico de Salomón, según la Biblia, fue construido en el siglo décimo A. de N. E., para reemplazar el santuario portátil elaborado durante la salida de los israelitas de Egipto con el nombre hebreo de mishkán (en latín, tabernaculum, que significa caseta), tenía una forma rectangular de 27 metros de longitud, 13.5 de alto y 9 de ancho, y a su vez había reemplazado a una carpa móvil, que colocaban en el centro del campamento cuando se mudaban de sitio.

El templo, en una innegable referencia solar, estaba orientado de este (oriente) a oeste (occidente), lo que se tomó posteriormente por la cristiandad como lo ideal para la construcción de sus edificios religiosos. De allí, con la introducción en Londres de un tercer Grado a la Masonería a finales de la década del 20 del S. XVIII, el relato pasó al simbolismo de los Talleres de la Orden Masónica. Un punto importante a tener en cuenta en esta filiación religiosa y simbólica, es que los israelitas según el mito bíblico se congregaban en el exterior del templo y no en el interior, al cual solo ingresaban el Rey y los sacerdotes.

Dada esta circunstancia, para la temprana Masonería Moderna del siglo XVIII los Masones no son reyes ni sacerdotes. Muy lejos de lo anterior, son los obreros que prefiguran en su mente un edificio futuro, pulen las piedras en bruto que habrán de utilizar, y las colocan “a plomo” (verticalmente) y “a nivel” (horizontalmente), erigiendo los muros de la obra imaginada, esperando con ella realizar una labor útil y trascendente para sí mismos y para la humanidad. Es decir, que son los simbólicos constructores del primer Templo de Salomón.

Los Masones, de acuerdo con las responsabilidades inherentes a sus cargos y oficios, son obreros y obreras que reciben un salario, y su sitio de reunión original en la Masonería de los Modernos es la cabaña que está a un lado de la construcción del templo. Es decir, en donde guardan sus herramientas, se reúnen en torno a ellas, ocupan sitio de acuerdo a su rol en la empresa constructiva y reciben sus salarios.

No obstante lo anterior, algunos estilos Masónicos han desarrollado una variante monárquico – sacerdotal que se escenifica bajo la presunción de que los obreros se encuentran en el interior de un Templo de Salomón ya acabado, y no en uno en construcción, y que estos estarían bajo las ordenes de un Venerable Maestro que representa una especie de sacerdote o de Rey Salomón, y no un Maestro de Obra.

En este trabajo colectivo y alegórico, es al Aprendiz al que le corresponde la tarea más básica del equipo, pero no por eso la menos importante, que es la de despojar de los pedazos más hoscos el material con el que luego va a seguir levantando la edificación de su propia vida, en una tarea en la que el método Masónico ha querido que él mismo sea el desbatador y lo desbastado, el refinador y lo refinado, el perfeccionador y lo perfeccionado, el obrero y el material. Es decir, simultáneamente el hombre y su ideal.

Por ello, es oportuno que en medio del boato y decorum de la Iniciación Masónica, que siempre estimula a fijarnos en lo importante de nuestra vida, al Aprendiz se le señale que en su labor primordial de pulimento es él, y solo él, quien posee el conocimiento exacto de las carencias, imperfecciones, virtudes y potencialidades de su carácter personal, y que a nadie más le está dado “pulirlas” ni fijarle sus expectativas de vida.

Entre otras cosas, porque las personas, al igual que sucede con las piedras brutas recién extraídas de la cantera, no poseen similar personalidad, sociabilidad, creatividad, inteligencia, Etc., y esta diversidad hace que la tolerancia frente a las diferencias sea un requisito sine qua non para la armonía de la construcción.

En este orden de ideas, el objeto de trabajo de un Aprendiz, de conformidad con el sistema de valores de la Masonería, será siempre el mejoramiento de sí mismo, y el fortalecimiento de su tolerancia y del respeto al otro. Es decir, el pulido de su propia índole, de su naturaleza y de su carácter privado para construir un yo más noble y mejor integrado en la sociedad.

Visto lo anterior, mientras un Aprendiz asiste a una Tenida, es bueno que interiorice la ficción de que el Templo a construir es su propia vida con sus diferentes alcances, y se acostumbre a sentir y pensar que el lugar en el que está, le convoca permanentemente a mejorarse a sí mismo, puliendo su Piedra Bruta, en tanto que unidad básica de su biografía personal y del desarrollo de su comunidad, desbastando con determinación y coherencia sus errores y defectos, con miras a reubicarse y ser más útil a sus semejantes.




domingo, 12 de febrero de 2012

DEL LIBRO “LA MASONERÍA EN LA LITERATURA” DE OSCAR AGUIRRE GÓMEZ


Por Iván Herrera Michel

A los Masones colombianos, el fin y comienzo de año 2011/12 nos sorprendió en medio de una “fraternal” trifulca en el norte del país que involucró a tres Grandes Logias, una Confederación nacional de ellas, otra internacional, y a dos Supremos Consejos del REAA, peleándose por temas como regularidad, territorios, Masonas y reconocimientos, e inundó el Internet, los correos electrónicos y los teléfonos celulares, con expulsiones, prohibiciones, cierres de Logias, comunicados, pronunciamientos, “silencios cómplices” y acusaciones mutuas subidas de tono, en una contienda absolutamente estéril para la Masonería y la sociedad.

Oscar Aguirre recibiendo la Copa Miguel Álvarez de los Ríos,
otorgada por el  Parnaso Literario
En medio de la febril barahúnda, llegó a mis manos el libro “La Masonería en la Literatura”, que constituye la más reciente publicación del Masón Oscar Aguirre Gómez y una seductora oportunidad para refrescarnos con una visión más constructiva de los diferentes alcances que ha tenido (y sigue teniendo) la Masonería y los Masones. El libro se puede adquirir escribiendo al autor al correo electrónico: oscar.aguirre.2007@hotmail.com

Recuerdo que conocí a Oscar Aguirre en el año 1997, en el marco de un encuentro nacional Masónico que se celebró en el Hotel Soratama, de la ciudad de Pereira, Colombia, ubicado frente a la estatua del Bolívar Desnudo, de Rodrigo Arenas Betancourt, en la céntrica plaza que lleva el apellido del libertador.

En esa ocasión, captó mi atención un libro de relatos cortos de su autoría de apenas 119 páginas, recién publicado, titulado “El Viejo Baúl” que ya había terminado de leer cuando regrese a casa. Igualmente, comenzaba Oscar Aguirre a publicar, fruto de un solitario esfuerzo personal, la revista “Iris – Una Visión de la Cultura” dedicada al arte, la literatura y el cambio climático.

Desde entonces, mucha agua ha corrido bajo el puente y hoy estamos frente a un galardonado y prolífico escritor “pereirano que nació en Finlandia (Colombia) y vive en Dosquebradas” que ha publicado cuatro libros sobre la Masonería, nueve libros de arte, poesía e historia, la revista “Iris” va por la edición 53 de su quinceavo año, la revista esotérica “Magister” que ya lleva ocho números, la “Gaceta Bolivariana” que va por el doceavo, y posee ocho obras inéditas. La verdad, es que son pocos los Masones en la historia de Colombia que pueden mostrar en su haber semejante producción intelectual.

Leída “La Masonería en la Literatura”, comenzaré diciendo que no se limita su contenido a ser una buena fuente de consulta sobre la presencia de la Orden y sus miembros en la literatura en prosa y en verso en Colombia y el mundo, sino que extiende su trasegar a la música clásica, la arquitectura, y la historia de la Masonería desde 1717, culminando con tres narraciones y siete poemas propios de impecable factura.

IPH:. José Stevenson Collantes
Dedica la obra casi noventa de sus 258 páginas, a una serie compendiada de biografías de personajes Masónicos nacionales e internacionales, que me ha recordado gratamente el libro “Perfiles Masónicos” que en el año 1999 publicó en Barranquilla el intelectual y Masón José Stevenson Collantes, y que yo tuve el honor de prologar.

Ahora, frente a una reseña de la “La Masonería en la Literatura”, puedo escribir nuevamente, como en aquel prólogo, que el libro “… es una oportunidad valiosa para seguir el hilo conductor Masónico que guía las vidas destacadas de los Masones ilustres que en él se incluyen. Buscando el sentido oculto del fenómeno ideológico llevado a la práctica cotidiana. Y como en los buenos cuentos, encontrar la moraleja de unas vidas dedicadas al honor, al saber y a la virtud.”

En mi opinión personal, el mensaje central del libro invita a retomar la senda trascendente que se ha perdido en amplios sectores de la Orden, por las inútiles confrontaciones internas de sus miembros.

O sea, que es un es un libro muy oportuno.



martes, 31 de enero de 2012

EL CINCEL


Por Iván Herrera Michel


Existen varias clases de cincel: para trabajar la madera, para cortar metales a altas y bajas temperaturas, para ser usado en demolición, y para un largo etc., de modalidades manuales, hidráulicas y mecánicas.

Sin embargo, la Masonería tomó el utilizado por los canteros de los gremios de constructores del renacimiento para cortar, ranurar y desbastar las piedras recién extraídas de las canteras, caracterizado por una hoja ancha y plana en un extremo que se golpea con un mazo desde el otro, para desprender las tosquedades y hacerla apta en la construcción de edificios.

En la Masonería no se emplea el cincel en la búsqueda de trasformar una piedra bruta en una obra artística plástica o apta para el goce estético, sino con el fin de hacerla útil en la construcción de un edificio acorde con un conjunto de principios morales, lo cual exige más una técnica y una geometría que un arte, pero siempre un interés trascendente.

Quiere el lenguaje Masónico, que el cincel de piedra simbolice el empleo inteligente de la voluntad, representada en un mazo que lo golpea e impulsa, pero que no lo dirige ni guía. Es decir, que el cincel y el mazo en acción simbolizan la voluntad conciente y soberana utilizada de manera sutil.

Esta sutileza metafórica debe estar clara en el método Masónico: es la inteligencia, la que conduce y aplica en el lugar adecuado la fuerza voluntaria y medida, en una labor conjugada que persigue refinar la aspereza adecuada de la mejor manera. Es la inteligencia, la encargada de poner en contacto nuestra energía en acción con la realidad a modificar.

Según los entendidos, la inteligencia humana implica un pensamiento abstracto. A su vez, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la define como la capacidad para entender, comprender y resolver problemas, y los sicólogos la encuentran muy cercana a nuestra propia capacidad de percepción y de ser receptor de información, así como con el poder memorizarla.

Esta capacidad de pensamiento abstracto está determinada, por lo menos, por factores hereditarios y ambientales. Así como por los hábitos de vida. Por su lado, el profesor de Harvard, Howard Gardner, que ganó prestigio mundial por sus trabajos sobre lo cognitivo, planteó en 1983 su teoría de las inteligencias múltiples, que pretende que hay personas con una gran capacidad intelectual para una cosa y no para otra.  Por ejemplo: Einstein fue un genio inigualable en física teórica, y al mismo tiempo un completo torpe al momento de establecer lazos familiares, y Mozart, podía componer una sinfonía a los 6 años, pero lo más probable es que se sacaría un ojo obteniendo las raíces cúbicas de un número.

En este orden de ideas, el equipo de investigaciones de Harvard, liderado por Howard Gardner, ha identificado ocho clases de inteligencia: lingüística, lógica – matemática, espacial, musical, corporal cinética, intrapersonal, interpersonal y naturalista. Cada una de ellas, relacionada con unas determinadas características biológicas, unas habilidades propias y unas capacidades específicas, aunque presentes en todos los seres humanos en diferentes medidas. Sin contar con la famosa Inteligencia Emocional, popularizada por Daniel Coleman en 1995, según la cual podemos reconocer y manejar sentimientos con mayor o menor capacidad personal, crear motivaciones y encargarnos de las relaciones.

Visto lo anterior, es claro que existen diferencias individuales al momento de aproximarnos colectivamente al tallado de la Piedra Bruta en el método Masónico, por lo que es apenas natural, que la labor no se presente de la misma forma para todos.

Ese conjunto de rasgos personales que diferencian a un Masón de otro, es lo que no permite que pretendamos hacer de la Orden una sociedad de genios, a la manera de MENSA, una organización internacional fundada en Inglaterra en 1946, que hoy agrupa unas 110.000 personas con una inteligencia superior al 98% del resto de la humanidad, en la que, entre muchos otros nombres conocidos, han militado Stephen Hawking e Isaac Asimov.

Por el contrario, la Masonería es una asociación de hombres y mujeres “normales”, libres y de buenas costumbres, a quienes se les ha aceptado como Aprendices sin exigírseles previamente una prueba sicológica sobre sus facultades intelectuales, ya que se entiende que la posibilidad de construcción Masónica es inherente a la sola presencia de la dignidad humana, administrada libremente, con deseos de mejorarse a sí mismo y a sus semejantes, a partir de su propia realidad cualquiera que ella sea.

Esta singularidad Masónica de inteligencia activa y autónoma, simbolizada en el cincel que desbasta inteligentemente la irregularidad que nosotros mismos hemos escogido de nuestra propia Piedra Bruta, posibilita que cada Masón según sus alcances, disminuya la incertidumbre y aumente las probabilidades de éxito de su proyecto constructivo, en una orquestación colectiva que finalmente debe edificar el gran templo de la humanidad.

Como bien lo dijo el filósofo Nicolai Hartmann, “la inteligencia es la función que adapta los medios a los fines”. Y en el mundo real, cada quien cuenta con sus propios medios diferentes a los de los demás.

Y además, sueña sus propios sueños.




sábado, 14 de enero de 2012

EL MAZO


Por Iván Herrera Michel

El Mazo es una herramienta manual que se usa en la construcción para golpear directamente, o por intermedio de otro instrumento, un material con el fin de producir un determinado efecto en él.

En la Masonería, se usa la figura del mazo que golpea un cincel para simbolizar la voluntad y la fuerza material aplicadas a la desbastación de las asperezas de la propia Piedra Bruta en el afán de convertirla en Pulida y apta para la construcción de nuestra mejor forma de ser.

Es una acción que se sugiere que no se ejerza por reflejo o hábito, sino que, por el contrario, comprometa la capacidad libre del Masón de autodeterminarse y pasar a la gestión elegida. Una acción, que en términos aristotélicos, conlleva opción, decisión, transformación de la realidad y creación.

Es decir, que el mazo le simboliza al Masón su potencial para estimular su conducta, impulsándola hacia un destino previamente autodecretado, de acuerdo con su moral personal y su ética social.

Esta voluntad, independiente de cualquier imposición externa, presupone la existencia de dos o más opciones viables, y el tomar un camino con base en una decisión pensada o deliberada que no sea mecánica ni automática. En este contexto, Nietzsche afirmó que la voluntad supone una competencia y una lucha entre una parte de nosotros mismos contra otra.

La voluntad conciente precede a la acción, y por eso podemos detenerla desde las ideas antes de ponerla en movimiento. Es la fuerza deliberada de nuestros pensamientos, con pleno y responsable conocimiento de las causas y sus efectos, y con control absoluto sobre sí mismo.


La volunta conciente del Masón, requiere renuncias y expiaciones, así como el obligarse desde un principio a hacer cosas que le cuestan, a organizar un plan de vida, a aplazar el placer, a administrar sus pasiones y a jerarquizar sus valores. Y por último, a entrar en acción en la dirección resuelta.

La destreza de un Masón para el uso del mazo requiere concentración, disposición, consistencia y tenacidad en el seguimiento de un ideal hasta alcanzar el resultado propuesto. También demanda medida y certeza en el golpe, en una tarea que exige cuidado, ya que el real fin de la voluntad Masónica es obtener una victoria sobre nosotros mismos, para, a partir de allí, construir una vida que nos agrade.

Mucha fuerza en el golpe con el mazo puede estropear la obra, y muy poca, hacer ineficaz el trabajo. De igual manera, un golpe errado puede malograr el resultado deseado.

De allí, la necesidad del Masón de dominar los impulsos de su voluntad, en el afán de ser responsable de su desarrollo personal y dueño de su devenir, en una tarea que exige mucho cuidado y no poca destreza.


domingo, 1 de enero de 2012

DE LA VIEJA Y TERCA COSTUMBRE DE LA MASONERÍA DE IR AL COMPÁS DE LOS TIEMPOS


Por Iván Herrera Michel

Tomado de la revista CULTURA MASÓNICA N° 10, enero - marzo 2012, ( http://www.masonica.es/revista-cultura-masonica/164-revista-cultura-masonica-10.html )


Se espera que para el año 2018 el cincuenta por ciento del mercado laboral de los países desarrollados esté constituido por miembros de la llamada Generación Digital (Digital Natives o Generación Me), y no creo que sean muchos los Masones que consideren que las Logias se escaparán de semejante irrupción, u opinen que la Orden debe retirarse a un castillo sobre la cumbre de una montaña de cristal ubicada al final del mundo, como hicieron “Los Siete Cuervos” de los hermanos Grimm.

Sin embargo, y a pesar de que a los nacidos antes de 1980 nos asalta el temor de que cueste más concentrarse mientras más abunde la información, la generación más conectada e informada de todos los tiempos no va a cambiar sus hábitos por el solo hecho de haberse Iniciado en una Logia Masónica. Es de esperar, que en la era de Google, Amazon y Facebook ella traerá a la Orden las herramientas que importan, y nosotros habremos de lidiar con novedosos comportamientos y expectativas.

Al estar estos nuevos Masones acostumbrados a roles más libres y horizontales, el intentar controlarlos con una lupa y un cordel es un craso error al momento de acercar las diferentes mentalidades. Por ende, la jerarquía Masónica, si no desea quedarse sola con su oropel, deberá revestirse de información idónea, argumentos válidos y disposición para escucharlos realmente, ya que ellos valoran más el conocimiento que la experiencia y son dados a comparar las fuentes. Consideran que tiene más conocimiento útil un joven de 28 años con un Doctorado, que un “viejo” de 50 con 25 años de experiencia.

Las cosas han cambiado mucho desde que alrededor de 1450, Gutenberg, para ganar una apuesta, inventó la imprenta de tipos móviles. 530 años después, en agosto del año 1981, la empresa IBM presentó en público, en el Hotel Waldorf Astoria de Nueva York, el primer computador personal con un precio de US$1.565 que exigía un monitor que había que comprar separado. Ese día se inició una nueva etapa para la humanidad con un potencial difícil de pronosticar por ahora, y yo estoy convencido de que estos últimos treinta años representan solo la primera ola del tsunami que se nos vino encima.

Ya han transcurrido muchos siglos desde que la humanidad solucionó al problema de resguardar y divulgar en el tiempo y en el espacio sus creencias y conocimientos. Igualmente, ya han paso más de tres milenios desde la aparición, en lo que hoy es Irak, del Poema de Gilgamesh, la narración escrita de mayor antigüedad que conocemos. Desde entonces el libro, como solución efectiva para esa necesidad comunicativa, ha tenido cinco importantes innovaciones: de la tablilla de barro pasó al rollo de papiro, luego al códice de madera, de allí a la impresión de Gutenberg, y ahora al e - book.

Cada uno de estos inventos produjeron en su tiempo una revolución cultural que, más allá de impactar a la sociedad con la difusión de una mayor cantidad de información (que de por sí, fue importante), arrojó una transculturización invasiva de nuevas perspectivas que afectó las identidades anteriores, creando novedosos valores generacionales. En consecuencia, se variaron las características de los grupos sociales. Hoy en día, no existe un modelo asociativo, cualquiera que sea su finalidad, Iniciático o no, que pueda abstenerse por mucho tiempo de estar en los medios digitales.

Ahora es posible observar con facilidad los efectos de la revolución cultural que generó la imprenta en cinco siglos, así en lo personal gustemos también de admirar los textos manuscritos anteriores con sus hermosas representaciones. Pero ¿Son suficientes 30 años de la vertiginosa vida moderna para calcular el impacto de la tecnología informática? o ¿Habrá que esperar un tiempo prudencial mayor para tener la perspectiva adecuada sobre lo que representa la tecnología y las redes sociales para la Masonería?

Por lo pronto, es fascinante constatar los cambios irremediables que ya ha generado la tecnología informática en nuestras vidas, en nuestros trabajos y en nuestros grupos sociales, a partir de lo que les podemos contar los de la “vieja guardia” a nuestros hijos acerca del mundo en el que vivimos nuestra niñez y adolescencia. Es un lugar común escuchar que entonces éramos muy felices correteando sin celulares, sin jugar fútbol en 3D, sin Iphone, sin Facebook, y de cómo el “cara a cara” ofrecía un sabor humano que hoy no sentimos en los chats, pero el hecho real es que ellos son muy felices con estas novedades y pertenecen a un contexto que posee sabores y colores propios.

A la Generación Digital, que ya está ingresando a la Masonería, le gusta poseer un espacio propio para ser creativa. Está acostumbrada a compartir información, la tecnología informática le regala significados distintos según sus necesidades y momentos de vida, y le ha desarrollado su crecimiento y su personalidad. Ni siquiera imaginan como se podía contar antes con tan poca información. Las enciclopedias y las bibliotecas de hace 40 años eran infinitamente más limitadas que lo que ofrece la Red en estos días, quedaban más lejos y había que hacer un curso para llevarse un libro para leerlo en casa. Y ni hablar de prestar a alguien un libro Masónico.

Hoy, desde los más jóvenes hasta los más viejos están contando con mayores posibilidades de conocer otras opiniones para construir la propia, y eso brinda la oportunidad de que podamos ser más plurales e incluyentes, y, en el caso de la Masonería, la nueva generación entiende de manera natural que las relaciones entre las estructuras Obedienciales y los Masones de a pie deben ser estrechas, trasparentes y horizontales.

Y, entre otras cosas, ¿No es eso lo que siempre se ha pedido?

Hoy valoramos mucho las cualidades de la rancia Masonería presencial tal como la conocimos cuando nos Iniciamos, pero ¿Qué pasará cuando la realidad virtual entre de lleno en la Logia? ¿Nos saldremos nosotros?

He sabido de experiencias Masónicas, que, apoyadas en el Internet, en video beam, y en otros aparatos electrónicos, se vienen presentando desde hace algunos años, tales como Tenidas virtuales, incorporación de hologramas, proyección de símbolos en las paredes, y quien sabe que cosas más.

Al parecer, ya está entrando la realidad virtual en la Orden sin que la mayoría perciba el fenómeno, y, naturalmente, no me refiero a la tecnología que se ha empleado para cambiar el órgano tubular de la Columna de la Armonía por un reproductor de CD (o un parlante de Ipod), o para usar micrófonos en vez de proyectar la voz por todo el recinto, o para usar bombillos eléctricos en vez de velas, o para usar aparatos de aire acondicionado para regular la temperatura de la Logia, o para leer Planchas en un Tablet en vez de hacerlo en una hoja de papel, o para que las citaciones a las Tenidas en vez de hacerse por tarjetas impresas se hagan mediante grupos web.

Ahora se trata de ir más allá: de extender los límites materiales de la Logia, de concebir rectángulos tan amplios como lo virtual lo permita, de trascender con mayor amplitud el tiempo, el espacio y los horarios, y de concebir una Logia universal de este a oeste, de norte a sur, y del cielo al centro de la tierra, en la que se pueda viajar de occidente a oriente, uniendo de paso lo que está muy disperso por el mundo

¿No es acaso esto lo que se enseña desde los mismos inicios de la Masonería moderna?

Indudablemente, los atrevimientos tecnológicos vendrán solos y el método Masónico, sin cambiar su condición ordenada y sistemática, se adaptará a los nuevos accidentes sin afectar su núcleo duro, de tal forma (de eso estoy seguro) que lo veremos practicarse válidamente… hasta sin la presencia física de los Masones que intervienen en las Tenidas!!.

En lo personal, y aunque como le dijo Steve Jobs a la Revista Newsweek, 2011, “cambiaría toda mi tecnología por una tarde con Sócrates”, espero no perderme de una de esas Tenidas virtuales, en las que antes, durante o después, seguramente contaré como eran las cosas “en mi época”. Por que también en el futuro será importante que la tradición oral transmita eso que el historiador y antropólogo Jan Vansina define como "mensajes verbales que reportan conocimientos del pasado al momento presente".

He conocido la resistencia que tienen algunos Masones a la vinculación de la tecnología informática a la Masonería, pero yo, para ser sincero, solo observo que en este campo, estamos, una vez más, en presencia de la vieja y terca costumbre de la Orden de ir al compás de los tiempos, sin transformar su esencia en lo fundamental.

Y también he notado, que todo está sucediendo, como diría Erich María Remarque, "en un día tan tranquilo y calmado, que el informe del ejército se limitó a la frase: sin novedad en el frente".




jueves, 1 de diciembre de 2011

LA LLANA


Por Iván Herrera Michel

La Masonería utiliza el simbolismo de la llana o trulla para acentuar la capacidad y la necesidad del Masón de mantener (o restablecer cuando se hayan perdido) la concordia y la armonía en los trabajos, posibilitando la reconciliación fraternal.

En la albañilería del renacimiento, de donde se toma la herramienta en su forma simbólica, la llana constaba de dos piezas de madera: una superficie plana que se sujeta por el anverso con un asa, y se utilizaba para alisar y despojar de irregularidades una superficie, o extender con suavidad la cal y el yeso.

En algunas partes, las Logias en vez de usar la llana, toman la figura del palustre como símbolo, que es una plancha triangular metálica unida a un mango que igualmente sirve para extender la argamasa. De cualquier manera, el mensaje Masónico es el mismo para ambas herramientas.

Tanto la llana como el palustre, en tanto que símbolos Masónicos, evocan de manera general la fraternidad universal y la aceptación de la diferencia. Es una herramienta de unión y de coordinación recordatoria de los lazos intangibles que deben unir a los Masones como eslabones de una misma cadena. Implica perdonar y olvidar las ofensas, así como también el goce por estar juntos en las deliberaciones y en la camaradería de la construcción.

La fraternidad Masónica lleva implícita la familiaridad y la solidaridad, así como el preocuparse por el salario mutuo, la asistencia a las viudas y los huérfanos, la presencia en los funerales y en las celebraciones, y un largísimo etcétera de buenos pensamientos y acciones en dirección a la concordia.

La llana es la herramienta que se usa para perfeccionar los muros. Con ella se sostiene y extiende el cemento para unir las piedras y alisar su superficie. Es el símbolo que representa el afecto fraterno y la bondad entre los Masones. También lo es para buscar el detalle final que perfecciona y brinda armonía. Con ella se llega a las soluciones que son aceptables por todos, conforme al interés común.

Con la llana nos esforzamos por acercar los puntos opuestos. Por buscar que toda discusión o debate se mantenga dentro del marco del más absoluto respeto a las opiniones y las convicciones ajenas, así como por encontrar las diferencias y las semejanzas en las ideas expuestas en la construcción colectiva de un pensamiento y un sentimiento enriquecido.

La existencia del símbolo de la llana, muestra que lo de la Masonería no es el pensamiento único, sino la pluralidad y la búsqueda de unir lo disperso, para estructurar una nueva especulación plena de afecto fraternal y desarrollo social y humanitario. Su uso implica una voluntad armónica para la acción en la continua tensión entre la conciencia y el carácter que hemos estado construyendo, y la presión moral externa.

Es la permanente labor para constituir un orden en el que los Masones puedan reunirse a plenitud en una forma solidaria y fraternal, para lograr las metas que concientemente se han trazado.

Es decir, que la Llana en la Orden representa la reconciliación moral con nosotros mismos, con los demás y con la humanidad. Algo que debería ser sencillo para los Masones y que de todos modos es imprecindimble para todos.


lunes, 31 de octubre de 2011

LA REGLA DE 24 PULGADAS


Por: Iván Herrera Michel

Entre las herramientas de los constructores del siglo XVII en las que se inspiró la Masonería para sus convocatorias morales constructivas, el simbolismo de la regla plegable inglesa de 24 pulgadas reviste un singular significado. En algunos escritos la encontramos con el nombre de “vara”, lo cual es incorrecto puesto que una vara era una medida de longitud originaria de España que medía alrededor de tres pies, o sea 36 pulgadas.

La regla de 24 pulgadas la encontramos relacionada con la necesidad de medir el resultado de nuestros actos, de nuestro horario, de nuestro trabajo, de nuestras palabras, de nuestros impulsos, de nuestros deseos y de nuestras pasiones, en el ideal pulimento de la Piedra Bruta personal, la construcción de unas respetuosas y gentiles relaciones humanas y la materialización de sus circunstancias.

En las ciencias experimentales, un instrumento de medición es una herramienta que cuenta con unidades básicas de medida estandarizadas de las que toma su valor, gracias a su precisión y sensibilidad. En este sentido, existen instrumentos para medir la temperatura de un volcán, la masa de un cuerpo, la longitud entre dos puntos de la tierra, las propiedades eléctricas de los materiales, el tiempo geológico, la amplitud de un ángulo, la velocidad de la luz, la presión atmosférica, y un largísimo etc.

Naturalmente, que, en el lenguaje de los símbolos Masónicos, una herramienta no posee la mismas características que en las ciencias experimentales, y aunque la Orden comparte con ellas, metafóricamente, las funciones básicas, la principal diferencia relacionada con el simbolismo de la regla plegable inglesa de 24 pulgadas, consiste en que el Masón está convidado a fortalecer la capacidad de determinar autónomamente el valor de las unidades de cálculo moral con las que va a medir la intensidad de su voluntad soberana aplicada a su construcción ideal.

Es decir, a medir la prudencia y los alcances de sus actos, y eso se logra con sabiduría y madurez. Además, nos acerca a la práctica de la sensatez, y a evaluar las situaciones y los alcances de las opciones.

En este sentido, los antiguos egipcios representaban la prudencia con una culebra que tenía tres cabezas: una de león, para representar la fuerza, una de perro, para significar la paciencia, y una de lobo, para figurar la agilidad.

En Masonería no hay que confundirse, puesto que esta libertad valorativa no implica una licencia para medir “a ojo de buen cubero” nuestros actos. En realidad, estamos frente a una ética a la manera de la propuesta por Max Scheler, que sostiene que el deber solo encuentra su fundamento en valores que no se basan en imperativos categóricos universales, como lo planteó Kant. En la Orden, la regla de 24 pulgadas nos recuerda que existe una "capacidad estimativa" intuitiva en el ser humano, que facilita el apartar las acciones malas y menos malas, de las buenas y menos buenas, y nos invita a hacerlo de modo conciente.

De esta manera, el hábito de la medición moral soberana constituye uno de los núcleos duros de nuestra libertad conquistada y ejercida concientemente. Y un punto importante en ello, es que la costumbre de medir Masónicamente los actos, pensamientos y deseos se aplica única y exclusivamente a los nuestros, y no a los de los demás.

En consecuencia, esa propensión a juzgar con metros personales las conductas e ideas de los demás, con la que solemos encontramos, es una experiencia a la que debemos aplicar una tolerancia cero, reduciendo al mínimo el tiempo entre el abuso y la respuesta correctiva, para evitar que de exclusiones simples se pase a complejas.

En mi parecer, esta sería una buena forma para explicar a los Aprendices que el simbolismo de la regla de 24 pulgadas, en el método constructivo Masónico, le ofrece la oportunidad de convertirse en un ser humano más autocontrolado. Que no es poca cosa.




lunes, 24 de octubre de 2011

LOS RITUALES MASÓNICOS A LA LUZ DE LA ANTROPOLOGÍA


Por Iván Herrera Michel

La editorial española MASÓNICA.ES (http://www.masonica.es/) acaba de publicar una joya para los estudiosos, que contiene una aproximación poco frecuente al conocimiento de la Masonería. La que brinda la Escuela de Antropología de Investigación Masónica.

Se trata del libro “Análisis del Ritual Masónico”, cuya primera edición es inglesa y data de 1923, escrito por el destacado antropólogo y Masón George Meredith Sanderson, traducido ahora al castellano por Manuel Corral Baciero.

Al hacer unos cortos comentarios sobre este libro, que he leído en tan solo un par de noches, creo que debo comenzar con la biografía y obra de Sanderson con el fin de acercarnos a los alcances del estudio (ahogado durante muchas décadas por el peso de la ya superada Escuela Autentica), y a sus conclusiones sobre las estructuras sociales y particularidades culturales que han rodeado los ritos humanos desde la edad de piedra, y que hoy nos llegan en múltiples expresiones colectivas, entre ellas la Masonería como una más con características adicionales propias.

De acuerdo con la información que trae el libro, “George Meredith Sanderson, además de reconocido francmasón, poseedor de los más altos grados y miembro del Consejo de la Sociedad de Estudios Masónicos, fue militar y médico de profesión. Se desplazó en 1907 a África, donde llegó a ser jefe de sanidad del protectorado británico de Nyasalandia, actual Malawi. Miembro del Real Colegio de Médicos y de la Real Sociedad Geográfica, sus intereses vitales trascendieron el ejercicio de su profesión, pudiendo ser considerado pionero en el campo de la Etnología con trabajos como Some Marriage Customs of the Wahenga, Native Games of Central Africa y The Relationship Systems of the Wangonde and Wahenga Tribes. Sus estudios sobre lenguas aborígenes (A Yao gramar, A dictionary of the Yao language, An introduction to Chinyanja) siguen siendo obras de referencia, al igual que sus observaciones sobre insectos dañinos (Notes on the habits of Blood-sucking Flies, Notes on Glossina fusca). Integrado muy activamente en la sociedad africana de su tiempo, fue protector de Levi Zililo Mumba, primer presidente del congreso Africano de Nyasalandia, y traductor de Chikala cha Wayao, sobre el pueblo Yao, del clérigo africano Yohanna Barnaba Abdallah.”

La verdad, es que esta respetable biografía presenta a Sanderson como un investigador de las más idóneas credenciales para asumir el estudio comparativo de los rituales Masónicos, como objeto de investigación científica, ya que conoce simultáneamente la ciencia antropológica y el arte de la construcción que nos ocupa. Y a fe que lo logra con un muy buen trabajo e hipótesis, sobre los que reconoce que no pretende sentar dogmatismos, arrojando un manto de innegable honradez científica sobre sus conclusiones.

El estudio, lo adelanta Sanderson de manera detallada dedicando un capítulo por separado a cada uno de los grados de Aprendiz Aceptado, Compañero del Oficio y Maestro Masón.

A lo largo del libro, se va relievando como las expresiones que hoy conocemos por llegarnos en las puntas de las ramas del árbol de la evolución de los rituales ancestrales del antiguo Egipto, Asia Menor, tribus africanas, poblaciones autóctonas americanas y australianas, etc., obedecen a sistemas y estructuras paréntales que muestran cercanía con unos mismos patrones y reflejan conjuntos de distinciones parecidos a los de la Masonería Moderna.

Otra ganancia a destacar en el libro “Análisis del Ritual Masónico” de G. M. Sanderson, lo constituye la Introducción que le escribe, recomendándolo, John Sebastian Marlow Ward, autor de “La Francmasonería y los Antiguos Dioses” (1921), “Una Interpretación de Nuestros Símbolos Masónicos” (1924) y “¿Quien fue Hiram Abif?” (1925), de quien C. W. Leadbeater, en “Escuelas Secretas de la Masonería”, cita en el primer Capítulo como uno de los mayores exponentes de la Escuela Antropológica del pensamiento Masónico.

La verdad es que los investigadores se han dedicado más al lado histórico que al antropológico de la Masonería, en el análisis de lo que hacemos con nuestras propias interpretaciones personales y sociales de los rituales y sus argumentaciones.

De allí, la importancia de esta obra que retoma una línea de investigación cercana a la antropología y la sociología, comparando costumbres, tradiciones y ritos, para ofrecer respuestas a quienes buscan comprender por que son Masones y cual puede ser su sentido en la sociedad.


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