sábado, 27 de junio de 2026

LA TABERNA EN LA QUE NACIÓ EL PRIMER SUPREMO CONSEJO DEL REAA

 Por Iván Herrera Michel
            
Recreación de la Taberna de Shepheard a
partir de la imagen
del monumento conmemorativo en Charleston
El mes pasado se cumplieron 225 años del día en que once Masones se reunieron en una taberna para crear una institución ritual que colonizó la mayoría de los espacios Masónicos.
                    
Por eso vale la pena detenerse en aquel domingo de finales de mayo de 1801 en el que nació el primer Supremo Consejo del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, en la Taberna de Shepheard, en la esquina de las calles Broad y Church, de Charleston, Estados Unidos, que servía de punto de encuentro para comerciantes, profesionales, dirigentes cívicos y Masones. Lo más probable es que la fundación haya sido en el Gran Salón del segundo nivel sobre el costado de la Church Street, ya que la distribución del inmueble seguía el modelo de las grandes tabernas de Charleston en las que en la planta baja funcionaban la taberna propiamente dicha, el comercio, la cocina y las bodegas, mientras el segundo piso albergaba un amplio salón destinado a banquetes, reuniones cívicas y actividades culturales, y los niveles tercero y cuarto se reservaban para el alojamiento de los huéspedes y las habitaciones del personal.
                      
Un aldabón de bronce que hoy se conserva en la sede del Supremo Consejo para la Jurisdicción Sur de los Estados Unidos, en Washington, que perteneció originalmente a la puerta de la “Supreme Council Chamber”, constituye un indicio importante de que existía un recinto destinado al Supremo Consejo dentro del edificio. Todo apunta a que ese espacio correspondía precisamente al Gran Salón del segundo nivel, en donde podían garantizarse la privacidad, el control del acceso y la amplitud necesaria para una reunión ritual, lejos del movimiento y el bullicio propios de la planta baja.
                   
La jornada debió desarrollarse bajo el calor húmedo característico de esos días del año en el litoral de Carolina del Sur, con temperaturas de entre 28 y 30 grados centígrados. Allí la humedad procedente de las marismas y del océano Atlántico contribuía a crear una atmósfera pesada, por lo que resulta fácil imaginar las ventanas abiertas y los abanicos de mano mientras en la ciudad transcurrían las actividades propias de un domingo.
                       
Recreación de la reunión fundacional
del 1er. Supremo Consejo del REAA
a partir de los datos de la investigaciones
A comienzos del siglo XIX Charleston era una de las ciudades más dinámicas de Norteamérica. Su puerto mantenía conexiones con Europa, el Caribe y numerosos puertos americanos. Por sus calles circulaban comerciantes británicos, escoceses, franceses e irlandeses, además de marineros de múltiples nacionalidades, refugiados de las revoluciones atlánticas y viajeros llegados desde lugares muy distantes. Contaba con unos veinte mil habitantes que la convertían en una de las ciudades más importantes de los Estados Unidos íntimamente ligada a una geografía privilegiada sobre una estrecha península situada entre los ríos Ashley y Cooper que convergen frente al océano Atlántico formando uno de los mejores puertos naturales de la costa este de Norteamérica.
                     
Los barcos penetraban lentamente por la amplia bahía formada por el estuario de los dos ríos, mientras iban apareciendo marismas, islas bajas y fortificaciones costeras que protegían la entrada al puerto, y desde las cubiertas podían verse docenas de mástiles, almacenes, muelles y embarcaciones de todos los tamaños. Aquella actividad marítima explicaba buena parte de la prosperidad de una ciudad que respiraba al ritmo de las mareas, de los vientos y del constante ir y venir de mercancías y personas.
                      
Una proporción considerable de la población estaba integrada por personas esclavizadas africanas y afrodescendiente y, mientras los fundadores del Supremo Consejo debatían proyectos institucionales y estructuras administrativas, miles de hombres y mujeres permanecían excluidos de los derechos más elementales. La Charleston de 1801 combinaba cosmopolitismo y desigualdad, apertura internacional y profundas limitaciones sociales.
                     
Por su parte, los fundadores del Supremo Consejo pertenecían a los sectores más acomodados de la ciudad. Entre ellos había médicos, comerciantes, militares, intelectuales y dirigentes cívicos. Algunos habían conocido los conflictos de la independencia norteamericana, otros mantenían vínculos con Europa y el Caribe, y varios se movían dentro de redes internacionales de comercio, correspondencia e intercambio intelectual. En cierto sentido, eran ciudadanos del Atlántico antes que simples habitantes de Charleston, pues las guerras y revoluciones de finales del siglo XVIII habían provocado desplazamientos humanos de gran magnitud.
             
Cada uno aportó lo suyo y lo más probable es que vistieran de acuerdo con el clima y su posición social. Casacas oscuras, chalecos de tejidos ligeros, camisas de lino blanco, medias largas, zapatos con hebillas metálicas y peinados empolvados. Algunos habrán llegado caminando y otros en caballos o carruajes privados, pues Charleston podía recorrerse con relativa facilidad. Durante décadas, en la Taberna se intercambiaban noticias, se negociaba, se formaban alianzas y se discutían asuntos públicos.
                  
La Charleston de 1801 olía a sal marina, tabaco, ron, alquitrán, cuero, pescado recién desembarcado, madera húmeda y estiércol de caballo. El sonido de las campanas, de los carruajes sobre las calles adoquinadas, las conversaciones en varios idiomas, los gritos procedentes del puerto y el constante movimiento comercial formaban parte del paisaje cotidiano.
                   
No sabemos quién llegó primero, qué conversaciones se produjeron antes de iniciar la sesión ni quién llevó la voz cantante. Lo más probable es que compartieran algunas de las bebidas preferidas por la élite de Charleston, como el vino de Madeira, el ron añejo de Jamaica o alguno de los ponches habituales en las reuniones de cierto nivel. También pudieron degustar un Oporto portugués o un brandy francés. Sobre la mesa probablemente había carnes asadas, jamones, cordero, aves, tortugas, pan, queso y ostras. Si alguno pidió postre, seguramente le ofrecieron un pudín de arroz aromatizado con nuez moscada, canela y azúcar de las Antillas, considerado entonces un refinado producto local. Y si se reunieron al atardecer o de noche las discusiones debieron transcurrir bajo la luz clara y dorada de lámparas de aceite de cachalote complementada con la de velas de cera de abejas, en un ambiente muy distinto del que hoy conocemos en las Logias.
                 
Aquellos hombres tampoco escapaban a las necesidades cotidianas. La higiene personal difería mucho de la actual y los baños completos eran poco frecuentes, aunque las clases acomodadas cuidaban con esmero su apariencia mediante ropa limpia, perfumes, aguas aromáticas, aseos parciales y una pomada capilar elaborada con grasa de cerdo perfumada con lavanda y bergamota. Durante la reunión debieron secarse el sudor con pañuelos de lino, beber con frecuencia y acudir ocasionalmente a las letrinas situadas en el patio o en dependencias anexas. No resulta imposible imaginar que algunos asuntos importantes del naciente Supremo Consejo y del Rito Escocés Antiguo y Aceptado continuaran discutiéndose informalmente durante esos breves intervalos.
                      
Monumento en el sitio en donde
nació el 1er. Supremo Consejo del REAA
Quien visite hoy la esquina en donde nació el primer Supremo Consejo no encontrará el edificio que acogió la reunión de 1801, pues desapareció hace mucho tiempo. En su lugar se levanta uno bancario de arquitectura neoclásica construido entre 1928 y 1929. En su esquina suroccidental, sobre la Broad Street, un bloque de granito inaugurado en mayo de 1967 reproduce una imagen de la taberna pintada por Allyn Cox hacia 1959, que sirvió de modelo y recuerda los nombres de los once fundadores. Como dato curioso tenemos que cuando la Taberna de Shepheard fue demolida para construir el banco, uno de sus balcones fue usado por el artista Alfred Hutty en la restauración de la casa de James Vanderhorst, en el número 46 de Tradd Street de la ciudad, en donde todavía puede admirarse.
                 
Aquellos once hombres trabajaron inmersos en su tiempo sobre una tradición heredada, pero no se limitaron a conservarla. La revisaron con espíritu reformador, la reorganizaron, la adaptaron y le dieron una nueva forma institucional. Esa capacidad de reinterpretar sin romper con el pasado explica buena parte de la extraordinaria vitalidad que alcanzaría posteriormente el REAA.
            
Quizá por eso la enseñanza más valiosa que dejaron esos Masones resida en su manera progresista de entender la Masonería.
                      
                         
                         
                  

miércoles, 17 de junio de 2026

CARLOS ALBERTO ROSAS ROZO. MEMORIA DE UNA ÉPOCA

 Por: Iván Herrera Michel
 
IPH:. Carlos Alberto Rosas Rozo
(1915 - 1984)
Hace unos días, visitando la Gran Logia Central de Colombia, me fije en la placa descubierta en 1986 por su primer Gran Maestro, el médico y humanista Raúl Samper Polanco, por la que bautizó el Club Social de la Obediencia con el nombre de Carlos Alberto Rosas Rozo, fallecido el 27 de enero de 1984, después de haber presidido la celebración de los 150° años del Supremo Consejo del Grado 33 para Colombia, el 19 de junio de 1983 en el Or:. de Cartagena de Indias.
                    
Para comprender la figura de Rosas Rozo hay que comenzar recordando que la Masonería colombiana de la segunda mitad del siglo XX vivió una etapa de relativa estabilidad institucional, construida con esfuerzo desde la unión, en 1939, del Supremo Consejo del Grado 33 para Colombia y el Supremo Consejo Central Colombiano. Existía entonces una estructura nacional común para el escocismo colombiano, aceptada en amplio consenso por las Obediencias masculinas del país.
                       
Periodista de profesión, nacido en Bogotá el 8 de marzo de 1915, se Inició en la Gran Logia de Colombia, en el Or:. de Bogotá, en la Logia Propagadores de la Luz No 1 el 27 de abril de 1949, recibió el Grado de Compañero el 17 de agosto de ese mismo año, y fue exaltado al Grado de Maestro el 26 de mayo de 1950. Eran días muy convulsionados para el país y la Orden por el reciente asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en los que al Gran Maestro Julio Ortiz Márquez, Alcalde Mayor de Bogotá en 1941 y ferviente militante del ala gaitanista del Partido Liberal, le correspondió hacer frente desde las trincheras Masónicas a la violencia desatada por el Partido Conservador contra los Masones y los liberales.
                     
La vida profana de Rosas Rozo transcurrió fundamentalmente en el mundo del periodismo, la cultura y el libro. Perteneció a una generación de intelectuales bogotanos que encontró en la prensa un espacio de realización profesional y de influencia pública. Fue reconocido como periodista de oficio, comentarista y hombre de letras, vinculado durante décadas a actividades editoriales y culturales que le otorgaron prestigio en los círculos intelectuales de su tiempo. A diferencia de otros dirigentes Masónicos de su generación provenientes de profesiones liberales, la política o el empresariado, Rosas Rozo construyó su liderazgo desde la palabra escrita, el pensamiento crítico y la difusión de la cultura. Esa circunstancia ayuda a comprender tanto su ascendiente dentro de la Masonería colombiana como el respeto que alcanzó en diversos escenarios de la vida intelectual y Masónica del continente.
                    
Fue Ven:. Maest:. de su Logia Madre entre 1951 y 1953, Gran Orador de la Gran Logia de Colombia en 1958 y 1959, Diputado Gran Maestro en 1960 y 1961, y Gran Maestro de la Gran Logia de Colombia entre 1961 y 1969. Durante ese largo mandato al frente de la Gran Logia fue Presidente (1967 – 1970) de la Confederación Masónica Interamericana (CMI) que agrupa a Grandes Logias masculinas del continente desde 1947.
                           
El 19 de febrero de 1959 recibió el Grado 33 siendo Soberano Gran Comendador el ingeniero José Gómez Pinzón, cuyo legado en la ingeniería colombiana fue reconocido por las juntas directivas de la Sociedad Colombiana de Ingenieros (SCI), la Sociedad Colombiana de Arquitectos (SCA) y la Cámara Colombiana de la Construcción (Camacol), con la creación del “Premio José Gómez Pinzón” que desde 1991 se otorga cada dos años a los profesionales que se han distinguido por sus servicios a la ingeniería, la arquitectura y la industria de la construcción colombiana.
        
Durante su paso por el escocismo Rosas Rozo presidió varias Cámaras, hasta que finalmente fue elegido el 10 de agosto de 1973 Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo del Grado 33 para Colombia, dignidad que ejerció hasta el final de sus días. Un avanzado cáncer renal limitó progresivamente su actividad y creó un escenario de incertidumbre alrededor de la sucesión. El 27 de enero de 1984 concluyó definitivamente su trayectoria vital en el Or:. de Bogotá. Había cumplido 68 años de edad y estaba próximo a alcanzar los 69. Con su desaparición no solamente se extinguió una vida dedicada al servicio de la Orden. También concluyó un ciclo histórico.
                                                      
Desde una perspectiva historiográfica, Rosas Rozo fue el último de los seis Soberanos Grandes Comendadores de un largo período de unidad institucional de la Masonería colombiana. Puede verse, guardadas todas las proporciones, como una figura semejante a la de Marco Aurelio en la historia de Roma, en cuanto ambos representan el cierre de una época. Tras su desaparición comenzaron a fracturarse los equilibrios que durante más de cuatro décadas habían permitido la convivencia de las Obediencias masculinas del país bajo una estructura común. Al referirse a la muerte de Marco Aurelio en el año 180, Casio Dión escribió que “nuestra historia desciende ahora de un reino de oro a uno de hierro y óxido”. La imagen me resulta particularmente evocadora para comprender lo ocurrido después de 1984, cuando la concordia institucional fue sustituida por una prolongada etapa de divisiones, litigios, exclusiones, fragmentación e insultos, dentro y fuera de los Templos, cuyas consecuencias aún gravitan sobre la Masonería colombiana.
                                                           
Los acontecimientos que siguieron a su penosa enfermedad y muerte desencadenaron una de las crisis más profundas que ha conocido la Masonería colombiana. De las controversias surgidas en torno a la sucesión, las decisiones cuestionables de las autoridades interinas, y el carácter decididamente cismático de quienes desde un principio buscaron erigir estructuras propias sobre las ruinas de lo común, surgieron dos grandes corrientes que, con distintas transformaciones, denominaciones y desarrollos posteriores, continúan formando parte del panorama Masónico colombiano, de tal manera que, aún hoy diezmada en alrededor del 70% de su membresía, es incapaz de afrontar una iniciativa dirigida a la unidad.
                                          
Constatar que hubo una época en la que todos estábamos unidos, pueda que le sirva a alguien alguna vez en alguna parte para intentarlo.

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NOTA CURIOSA: El Mandil Original y la Banda oficial del rango del primer Gran Maestro de la Gran Logia Central de Colombia (GLCC), Raul Samper Polanco, confeccionados ricamente en seda, cuero, hilos y accesorios metálicos actualmente se encuentran bajo custodia y bajo condiciones controladas de luz, temperatura y humedad por su alto valor estético, en la Bodega del Archivo Masónico, integrados de manera espécifica en la Colección del Museo Masónico de la Gran Logia de Chile, ubicado en el Club de la República en el centro de la ciudad de Santiago de Chile. La donación fue realizada por su hijo Raul Samper Olaya, miembro de la Logia Mosaico No. 125, perteneciente a la Gran Logia de Chile durante la Gran Maestría de Sebastian Jans Pérez, el 10 de agosto del año 2023, con ocasión del centenario del nacimiento de Samper Polanco, quien con estas decoraciónes recibió la Carta Patente de la GLCC en 1985 en el Hotel Bacatá de la ciudad de Bogotá. 
                     
                     

                   

miércoles, 3 de junio de 2026

EL CISMA COMO SÍNTOMA EN LA MASONERÍA. EL DERRUMBE DEMOGRÁFICO DE LA ORDEN

 Resumen de la ponencia presentada en el Coloquio anual de CLIPSAS, celebrado en el Or:. de Sofía, Bulgaría, el 14 de mayo de 2026


Por Iván Herrera Michel
Sofía, Bulgaria / 14 de mayo de 2026
                 
Mis Hermanas, mis Hermanos.
     
Cuando CLIPSAS nos invitó en la Asamblea General del año pasado en Bucarest a reflexionar sobre ideas para un mundo más fraterno y sobre el rol de los Masones en la construcción de la paz, entendí que quienes propusieron este tema creían que la Masonería conserva la capacidad real de producir convivencia.
                     
He visto a la Masonería durante varias décadas, en varios países, implantada en varias culturas, y siendo víctima de toda clase de cismas, y, en lo personal, no creo que podamos ser gestores de paz hacia afuera cuando la fraternidad no logra sostenerse adentro, en una Orden que predica armonía universal mientras vive en conflictos permanentes entre sus miembros y mientras la cultura de la negación impide la autocrítica.
                  
Las cifras no nos admiten interpretaciones místicas, esotéricas ni autocomplacencias. Nuestra Masonería se está evaporando frente a nuestros ojos y en nuestras manos. No hablo desde la comodidad de una teoría académica, sino desde la autoridad que me confiere el haber presidido organismos multilaterales y plataformas de gobernanza con presencia en varios continentes.
            
Todos conocemos que la Masonería se estructura hoy en bloques de poder que funcionan como placas tectónicas en tensión. Por un lado, está la Conferencia Mundial de Grandes Logias Regulares, que sostiene una hegemonía masculina y deísta basada en validaciones supremacistas. Por el otro, tenemos al Gran Oriente de Francia y a la Gran Logia Unida de Inglaterra, cada uno por su lado, dictando desde París y Londres las pautas de una supuesta manera correcta de ser Masón desde un centralismo que ignora sistemáticamente la realidad de las periferias.
              
Sin embargo, estos polos de influencia están unidos por una misma tragedia estadística. Mientras las poblaciones han crecido significativamente, la Gran Logia Unida de Inglaterra en los últimos sesenta años ha perdido el setenta y cinco por ciento de su membresía. En los Estados Unidos la membresía pasó de más de cuatro millones de Masones a mediados del siglo XX a menos de novecientos mil en la actualidad (un desplome del ochenta por ciento), y el Gran Oriente de Francia, con algo más de cincuenta mil miembros, ha experimentado en las últimas décadas un crecimiento muy moderado frente al crecimiento demográfico de la sociedad francesa.  Por su lado, en muchas obediencias latinoamericanas se observa un fenómeno recurrente de abandono temprano de los nuevos Iniciados. Y en numerosas Obediencias africanas la membresía muestra un marcado envejecimiento generacional. En Australia la membresía Masónica se ha reducido drásticamente desde la segunda mitad del siglo XX, pasando de cientos de miles de Masones a apenas algunas decenas de miles en la actualidad.
                   
No quiero desconocer que la pérdida de membresía de la Masonería puede estar influenciada por variables sociales, como la secularización de las sociedades, el envejecimiento de las generaciones que alimentaban nuestras Logias y la transformación de la manera de asociarse en el mundo contemporáneo. De hecho, esta crisis no es exclusiva de la Masonería, sino que forma parte del debilitamiento general en el Siglo XXI de las instituciones que articulan vida social y canalizan intereses colectivos, desbordadas por formas más líquidas, digitales e inmediatas de construcción de comunidad. Pero incluso teniendo en cuenta estos factores externos, resulta imposible ignorar que nuestros conflictos internos agravan un fenómeno que ya de por sí debería preocuparnos.
                     
Si convertimos las grandes caídas de membresía en una tasa anual, el resultado es inquietante. En varios de los principales espacios históricos de la Masonería occidental, la Orden ha venido perdiendo aproximadamente un 2,6 por ciento de su membresía por año durante alrededor de seis décadas. Puede parecer una disminución moderada cuando se mira un solo año, pero acumulada en el tiempo equivale a haber perdido cerca de cuatro quintas partes de la base humana de la institución.
                      
No estamos ante accidentes en el camino, sino deslizándonos hacia abajo. A nuestra Orden le está ocurriendo algo similar a lo que sucede con el cambio climático. Es una catástrofe que avanza de forma implacable mientras nos quedamos atrapados en el bizantinismo de las formas. Nos refugiamos en una cultura de la negación, negamos el vacío de los Templos calificándolo de selectividad, negamos la injusticia de nuestras exclusiones y negamos que el reloj del mundo corre a una velocidad que nos supera.
               
Andamos por el mundo como el emperador desnudo del cuento de Andersen. Nos paseamos con solemnidad, luciendo collares pesados, mandiles bordados y títulos llamativos, convencidos de que vestimos las telas más finas de la sabiduría y de la tradición.
                  
Mientras el mundo afuera avanza, nosotros nos desgastamos en cismas internos que han provocado una atomización irreversible. Nos hemos convertido en una sopa de siglas que es el resultado de una patología del poder en donde cada grupo se proclama dueño de la “verdadera tradición”, mientras la estructura general se desintegra por falta de Masones.
                   
La salida no vendrá de dinámicas de hegemonía ni de la pretensión de que una sola tradición, cultura u Obediencia pueda atribuirse el papel de centro exclusivo de la Masonería universal. La posibilidad de avanzar reside más bien en que las Obediencias que no se sienten representadas por esas hegemonías puedan encontrarse, hablar con franqueza y construir formas reales de cooperación. Esto implica, entre otras cosas, la existencia de espacios permanentes de diálogo abierto sobre indicadores que permitan medir si estamos deteniendo o no el deterioro de nuestra base humana.
                     
La buena noticia para nosotros es que CLIPSAS constituye hoy en día un marco de alcance mundial capaz de ofrecer un espacio de encuentro, sobre la base del respeto mutuo, la libertad de conciencia y la igualdad entre Obediencias. Un espacio en donde la Masonería puede hacer algo que siempre estuvo en su esencia, como es sentar en la misma mesa a tradiciones diferentes a escucharse.
                  
Lo que algunos llaman preservar la tradición para que nada se mueva, la sociología lo describe como obsolescencia funcional. Esa Masonería de vitrina, obsesionada con títulos, mitos, dogmas y símbolos de poder, corre el riesgo de asegurar que nada cambie mientras la sociedad evoluciona sin nosotros. Y quienes detienen cualquier avance humanitario en nombre de unos “Antiguos Deberes”, leídos como si fueran tablas de la ley recibidas en el Monte Sinaí, no se dan cuenta de que esta Orden de pensamiento camina con paso firme hacia la desaparición.
             
Mis Queridos Hermanos y Hermanas,
                 
Llegó la hora de desarmar nuestras divisiones antes de que ellas desarmen nuestra Masonería. Si hoy nosotros, los que estamos en esta sala de conferencias, aquí y ahora en Sofía, en la pausa para el café no le damos la mano a un Hermano o a una Hermana con quien tengamos diferencias, este Coloquio, y sus conferencias y sus buenas intenciones no habrán servido para nada.
               
Porque al final, la paz depende de lo que cada Masón y cada Masona está dispuesto a hacer personalmente.
           
Muchas gracias a todos y todas. Que la paz sea con todos ustedes.