miércoles, 3 de junio de 2026

EL CISMA COMO SÍNTOMA EN LA MASONERÍA. LA AMENAZA DEMOGRÁFICA DE LA ORDEN

 Resumen de la ponencia presentada en el Coloquio anual de CLIPSAS, celebrado en el Or:. de Sofía, Bulgaría, el 14 de mayo de 2026


Por Iván Herrera Michel
Sofía, Bulgaria / 14 de mayo de 2026
                 
Mis Hermanas, mis Hermanos.
     
Cuando CLIPSAS nos invitó en la Asamblea General del año pasado en Bucarest a reflexionar sobre ideas para un mundo más fraterno y sobre el rol de los Masones en la construcción de la paz, entendí que quienes propusieron este tema creían que la Masonería conserva la capacidad real de producir convivencia.
                     
He visto a la Masonería durante varias décadas, en varios países, implantada en varias culturas, y siendo víctima de toda clase de cismas, y, en lo personal, no creo que podamos ser gestores de paz hacia afuera cuando la fraternidad no logra sostenerse adentro, en una Orden que predica armonía universal mientras vive en conflictos permanentes entre sus miembros y mientras la cultura de la negación impide la autocrítica.
                  
Las cifras no nos admiten interpretaciones místicas, esotéricas ni autocomplacencias. Nuestra Masonería se está evaporando frente a nuestros ojos y en nuestras manos. No hablo desde la comodidad de una teoría académica, sino desde la autoridad que me confiere el haber presidido organismos multilaterales y plataformas de gobernanza con presencia en varios continentes.
            
Todos conocemos que la Masonería se estructura hoy en bloques de poder que funcionan como placas tectónicas en tensión. Por un lado, está la Conferencia Mundial de Grandes Logias Regulares, que sostiene una hegemonía masculina y deísta basada en validaciones supremacistas. Por el otro, tenemos al Gran Oriente de Francia y a la Gran Logia Unida de Inglaterra, cada uno por su lado, dictando desde París y Londres las pautas de una supuesta manera correcta de ser Masón desde un centralismo que ignora sistemáticamente la realidad de las periferias.
              
Sin embargo, estos polos de influencia están unidos por una misma tragedia estadística. Mientras las poblaciones han crecido significativamente, la Gran Logia Unida de Inglaterra en los últimos sesenta años ha perdido el setenta y cinco por ciento de su membresía. En los Estados Unidos la membresía pasó de más de cuatro millones de Masones a mediados del siglo XX a menos de novecientos mil en la actualidad (un desplome del ochenta por ciento), y el Gran Oriente de Francia, con algo más de cincuenta mil miembros, ha experimentado en las últimas décadas un crecimiento muy moderado frente al crecimiento demográfico de la sociedad francesa.  Por su lado, en muchas obediencias latinoamericanas se observa un fenómeno recurrente de abandono temprano de los nuevos Iniciados. Y en numerosas Obediencias africanas la membresía muestra un marcado envejecimiento generacional. En Australia la membresía Masónica se ha reducido drásticamente desde la segunda mitad del siglo XX, pasando de cientos de miles de Masones a apenas algunas decenas de miles en la actualidad.
                   
No quiero desconocer que la pérdida de membresía de la Masonería puede estar influenciada por variables sociales, como la secularización de las sociedades, el envejecimiento de las generaciones que alimentaban nuestras Logias y la transformación de la manera de asociarse en el mundo contemporáneo. De hecho, esta crisis no es exclusiva de la Masonería, sino que forma parte del debilitamiento general en el Siglo XXI de las instituciones que articulan vida social y canalizan intereses colectivos, desbordadas por formas más líquidas, digitales e inmediatas de construcción de comunidad. Pero incluso teniendo en cuenta estos factores externos, resulta imposible ignorar que nuestros conflictos internos agravan un fenómeno que ya de por sí debería preocuparnos.
                     
Si convertimos las grandes caídas de membresía en una tasa anual, el resultado es inquietante. En varios de los principales espacios históricos de la Masonería occidental, la Orden ha venido perdiendo aproximadamente un 2,6 por ciento de su membresía por año durante alrededor de seis décadas. Puede parecer una disminución moderada cuando se mira un solo año, pero acumulada en el tiempo equivale a haber perdido cerca de cuatro quintas partes de la base humana de la institución.
                      
No estamos ante accidentes en el camino, sino deslizándonos hacia abajo. A nuestra Orden le está ocurriendo algo similar a lo que sucede con el cambio climático. Es una catástrofe que avanza de forma implacable mientras nos quedamos atrapados en el bizantinismo de las formas. Nos refugiamos en una cultura de la negación, negamos el vacío de los Templos calificándolo de selectividad, negamos la injusticia de nuestras exclusiones y negamos que el reloj del mundo corre a una velocidad que nos supera.
               
Andamos por el mundo como el emperador desnudo del cuento de Andersen. Nos paseamos con solemnidad, luciendo collares pesados, mandiles bordados y títulos llamativos, convencidos de que vestimos las telas más finas de la sabiduría y de la tradición.
                  
Mientras el mundo afuera avanza, nosotros nos desgastamos en cismas internos que han provocado una atomización irreversible. Nos hemos convertido en una sopa de siglas que es el resultado de una patología del poder en donde cada grupo se proclama dueño de la “verdadera tradición”, mientras la estructura general se desintegra por falta de Masones.
                   
La salida no vendrá de dinámicas de hegemonía ni de la pretensión de que una sola tradición, cultura u Obediencia pueda atribuirse el papel de centro exclusivo de la Masonería universal. La posibilidad de avanzar reside más bien en que las Obediencias que no se sienten representadas por esas hegemonías puedan encontrarse, hablar con franqueza y construir formas reales de cooperación. Esto implica, entre otras cosas, la existencia de espacios permanentes de diálogo abierto sobre indicadores que permitan medir si estamos deteniendo o no el deterioro de nuestra base humana.
                     
La buena noticia para nosotros es que CLIPSAS constituye hoy en día un marco de alcance mundial capaz de ofrecer un espacio de encuentro, sobre la base del respeto mutuo, la libertad de conciencia y la igualdad entre Obediencias. Un espacio en donde la Masonería puede hacer algo que siempre estuvo en su esencia, como es sentar en la misma mesa a tradiciones diferentes a escucharse.
                  
Lo que algunos llaman preservar la tradición para que nada se mueva, la sociología lo describe como obsolescencia funcional. Esa Masonería de vitrina, obsesionada con títulos, mitos, dogmas y símbolos de poder, corre el riesgo de asegurar que nada cambie mientras la sociedad evoluciona sin nosotros. Y quienes detienen cualquier avance humanitario en nombre de unos “Antiguos Deberes”, leídos como si fueran tablas de la ley recibidas en el Monte Sinaí, no se dan cuenta de que esta Orden de pensamiento camina con paso firme hacia la desaparición.
             
Mis Queridos Hermanos y Hermanas,
                 
Llegó la hora de desarmar nuestras divisiones antes de que ellas desarmen nuestra Masonería. Si hoy nosotros, los que estamos en esta sala de conferencias, aquí y ahora en Sofía, en la pausa para el café no le damos la mano a un Hermano o a una Hermana con quien tengamos diferencias, este Coloquio, y sus conferencias y sus buenas intenciones no habrán servido para nada.
               
Porque al final, la paz depende de lo que cada Masón y cada Masona está dispuesto a hacer personalmente.
           
Muchas gracias a todos y todas. Que la paz sea con todos ustedes.