lunes, 27 de julio de 2026

STATIONERS’ HALL (1721). LA EVIDENCIA QUE REPLANTEA EL NACIMIENTO DE LA MASONERÍA MODERNA

Por Iván Herrera Michel
              
Stationers´Hall de Londres
A raíz de que, en el marco de los 225 años del nacimiento del primer Supremo Consejo del REAA, publiqué hace unos días un artículo sobre la taberna en la que nació en Charleston, me han propuesto recrear otro escenario trascendental para la historia de la Masonería como es el banquete del 24 de junio de 1721 en la “Stationers’ Hall” de Londres. La sugerencia me pareció excelente, porque allí se celebró el primer acontecimiento de la Masonería que realmente puede reconstruirse con evidencias sólidas.
                  
Lo primero que conviene recordar es que la creación de una Gran Logia londinense en 1717 descansa en un relato incorporado por James Anderson a la edición de 1738 de sus Constituciones, que no ha sido posible sustentarlo con otras fuentes historiográficas, ni se ha podido demostrar una sola de sus reuniones de 1717 a 1721. Y para mayores males del relato, tampoco se ha podido confirmar la existencia de una taberna denominada “La Oca y la Parrilla” en 1717 en esa ciudad.
             
El panorama cambia radicalmente cuando llegamos al sábado 24 de junio de 1721, porque a partir de esa fecha confluyen diversas fuentes independientes que permiten reconstruir la jornada con un elevado grado de certeza. En contraste, esta otra reunión si encuentra respaldo en el Book E de la Lodge of Antiquity, en la referencia dejada por William Stukeley, en la prensa contemporánea, en la documentación de John Theophilus Desaguliers y en el contexto institucional perfectamente conocido de los primeros años de la Gran Logia. Además, las investigaciones desarrolladas por Andrew Prescott, Susan Sommers, Ric Berman, David Stevenson y otros historiadores vinculados a la Logia de Investigación Quatuor Coronati No. 2076 han permitido valorar críticamente ese conjunto documental y distinguir con mucha mayor precisión entre la tradición y la evidencia histórica.
                 
No obstante que ninguna fuente contemporánea registra la agenda de los acontecimientos de aquel día, a partir de los testimonios de Anderson y Desaguliers, de las costumbres ceremoniales inglesas de comienzos del siglo XVIII y del tiempo razonablemente necesario para cada actividad, es posible proponer una reconstrucción de su desarrollo.
                     
Todo indica que debieron comenzar entre las ocho y media y las nueve de la mañana, cuando George Payne, los Grandes Oficiales y los Maestros y Vigilantes de doce Logias se reunieron en la “King's Arms Tavern”, muy cerca de la catedral de San Pablo. Entre las nueve y las diez y cuarto debieron tener lugar los trabajos preliminares, durante los cuales se reconoció oficialmente al Duque de Montagu como Gran Maestro y se atendieron diversos asuntos administrativos, incluida la recepción de nuevos Hermanos.
                    
Hacia las diez y media pasadas la comitiva debió emprender la procesión hacia el
Stationers’ Hall”, adonde debió llegar poco antes de las once. Durante los cuarenta y cinco minutos siguientes habrían ido incorporándose los demás asistentes hasta completar unos trescientos Masones, una concurrencia verdaderamente excepcional para la Inglaterra de comienzos del siglo XVIII. Como el recorrido apenas superaba los trescientos metros, bien pudo realizarse con calma en unos quince minutos, tiempo suficiente para conferir solemnidad al traslado sin alterar el desarrollo del programa previsto.
                   
La elección de la “King's Arms Tavern” y del posterior traslado al “Stationers’ Hall” difícilmente puede ser tomado a la ligera. La “King's Arms” era una de las tabernas más prestigiosas de las inmediaciones de la catedral de San Pablo, estaba situada en el corazón político y comercial de la City de Londres y funcionaba como sede habitual de banquetes, reuniones corporativas, sociedades científicas y asociaciones que carecían de edificio propio. Allí pudieron desarrollarse discretamente los trabajos preliminares de la Gran Logia. Cuando llegó el momento de conferir solemnidad pública a la investidura del Duque de Montagu, la pequeña procesión se dirigió al cercano “Stationers’ Hall”, uno de los edificios corporativos más prestigiosos de la ciudad. Aquel breve recorrido representó el tránsito desde una esparcida sociabilidad de taberna hacia una corporación unificada y reconocida públicamente en Londres.
               
La historiografía crítica de las últimas décadas ha contribuido a precisar todavía más el significado de aquella fecha. Investigadores como Andrew Prescott y Susan Sommers, siguiendo la línea de investigación impulsada por la Logia de Investigación Quatuor Coronati No. 2076, sostienen que el verdadero alcance del 24 de junio de 1721 reside en haber representado la transferencia efectiva de autoridad desde las antiguas Logias autónomas hacia una nueva Gran Logia que comenzó a ejercer oficialmente una autoridad reconocida por las Logias que habían decidido federarse. Esa nueva institucionalidad también estuvo reflejada en la composición social de quienes participaron en la jornada.
                
Si la reunión que Anderson situó en la taberna de “La Oca y la Parrilla” el 24 de junio de 1717 congregaría únicamente a los Maestros y Vigilantes de cuatro Logias, probablemente poco más de una veintena de hombres pertenecientes sobre todo al mundo de los artesanos cualificados, pequeños comerciantes y algunos caballeros, la del “Stationers’ Hall” reunió alrededor de trescientos Masones procedentes de un espectro social mucho más amplio. Entre ellos figuraban comerciantes, profesionales liberales, científicos, clérigos, funcionarios, miembros de compañías gremiales e incluso algunos de los más grandes aristócratas del reino, como el Segundo Duque de Montagu, que fue instalado ese día como Gran Maestro, y el Primer Duque de Wharton, que sería elegido Gran Maestro el año siguiente. De tal manera que tanto el número de asistentes como su diversidad social y económica muestran una organización capaz de atraer a amplios sectores de las élites ilustradas de Inglaterra.
                   
Ese matiz social ayuda también a comprender por qué un aristócrata de la talla de John Montagu aceptó ponerse al frente de la organización. La Gran Logia de 1721 era muy distinta de la pequeña agrupación de Logias que Anderson ubicó en la taberna de “La Oca y la Parrilla”. Comprender esto resulta indispensable para interpretar el significado político y simbólico de la aceptación de la Gran Maestría por parte del segundo Duque de Montagu.
                     
Ninguna fuente contemporánea explica expresamente las razones de su decisión. Sin embargo, el contexto político y social de la Inglaterra del Rey Jorge I permite formular una interpretación plausible. La Masonería londinense estaba dejando de ser una modesta pluralidad de Logias para convertirse en un espacio unificado de sociabilidad frecuentado por nobles, parlamentarios, científicos, clérigos, comerciantes y profesionales. Para un aristócrata whig estrechamente vinculado a la Corte y a los círculos ilustrados, aceptar ser su director podía significar respaldar una organización que promovía la concordia civil, la lealtad al nuevo orden hanoveriano y una forma de sociabilidad plenamente compatible con los ideales de la Ilustración británica. Desde esa perspectiva, la presencia de Montagu aportó a la Gran Logia la validación pública que necesitaba para consolidarse como una institución reconocida dentro de la sociedad londinense.
                   
Anderson relata que los Grandes Vigilantes habían recibido inicialmente el encargo de preparar el banquete en la “Stationers’ Hall” y de conseguir un número suficiente de Stewards, es decir, de oficiales responsables de la organización material y del servicio. Como no lograron reunir todos los necesarios, Josiah Villeneau, comerciante establecido en Southwark, asumió la organización de toda la celebración, con la colaboración de Thomas Morrice y Francis Bailey. Es muy probable que aquel día naciera también la infaltable tradición Masónica del Hermano que jamás organiza nada, pero que, una vez terminado el banquete, sabe con absoluta certeza cómo debió hacerse.
                  
Conviene hacer aquí una precisión, porque la iconografía Masónica contemporánea suele inducir a error. Cuando Anderson afirma que los Hermanos marcharon en su recorrido “revestidos con sus insignias”, no debemos imaginar un desfile semejante a los públicos que hoy vemos en algunos países. Una reconstrucción históricamente rigurosa exige desprenderse de buena parte de la estética que la Masonería incorporó durante los siglos XIX y XX. Aquellos trescientos Hermanos no vestían elaborados mandiles bordados ni lucían lujosos collares, bandas cruzadas sobre el pecho, joyas exuberantes, sombreros o feces Masónicos o las vistosas espadas que hoy forman parte del ceremonial de numerosas Obediencias. Tampoco existe evidencia de que llevaran guantes blancos. Todo esto pertenece a una evolución posterior de la indumentaria Masónica.
                   
La imagen que debió ofrecer el “Stationers’ Hall” era de sobriedad y elegancia. Los asistentes vestían conforme a la moda londinense casacas oscuras, chalecos bordados, camisas de lino blanco, pelucas empolvadas, medias y zapatos con hebillas. Sobre esa indumentaria llevaban un sencillo mandil blanco de cuero o lino, sin adornos ni bordados. Las diferencias jerárquicas eran discretas y recaían principalmente en los Grandes Oficiales, identificados mediante pequeñas joyas o insignias propias de sus cargos y, en algunos casos, por bastones ceremoniales utilizados durante la procesión. John Montagu, como Gran Maestro electo y luego investido, debió distinguirse únicamente por una insignia algo más destacada, acorde con la dignidad del cargo y muy alejada del aparato ornamental que caracterizaría a la Masonería de épocas posteriores.
                 
Poco antes del mediodía, el gran salón del “Stationers’ Hall” debió lucir un aspecto verdaderamente impresionante. Largas mesas cubiertas con manteles blancos ocupaban toda la nave principal, mientras centenares de velas iluminaban los paneles de madera, los vitrales y los pendones heráldicos, a la espera del comienzo del banquete. Es muy probable que hacia las doce del día se pronunciara la tradicional bendición cristiana de acción de gracias, conforme al uso habitual en los grandes banquetes públicos de la Inglaterra de la época.
                  
Aunque no se conserva el menú del día, las comidas por aquellos años en el “Stationers’ Hall” permiten reconstruir razonablemente que debieron figurar en él grandes piezas de roast beef, carnero y jamón, capones, pollos, pasteles de carne, pescados, abundante pan de trigo, mantequilla, quesos y verduras de estación. Como postre, tartas de frutas y pudines ingleses elaborados con frutas secas, especias y sebo, muy apreciados en los grandes banquetes de la época. Y de bebida, cerveza ale y porter, vinos de Madeira, claretes franceses y quizá algún jerez español, muy apreciado entre las clases acomodadas londinenses. Después llegarían los brindis tradicionales acompañados de ponche preparado con ron o brandy, azúcar y limón. Anderson señala expresamente que toda la parte ceremonial comenzó únicamente después del banquete, lo que permite reconstruir con bastante probabilidad el resto de la jornada.
             
El almuerzo debió concluir entre las dos y las dos y media de la tarde. Poco después, George Payne presentó oficialmente a John Montagu, quien fue proclamado e investido como Gran Maestro y designó a sus Grandes Oficiales y, entre las tres y cuarto y las tres y cuarenta y cinco, John Theophilus Desaguliers pronunció un discurso en el que expuso los principios, la naturaleza y las aspiraciones de la nueva forma de Masonería unificada que después pasaría a la historia con el apelativo de “Moderna”. Todo indica que la reunión concluyó entre las cuatro y las cuatro y media de la tarde, todavía bajo la abundante luz del verano londinense. Y seguramente entre los trescientos Masones se quedaron algunos compartiendo y especulando quien sería el próximo Gran Maestro.
                   
                
                     

 

sábado, 25 de julio de 2026

UNA CADENA FRATERNAL EN EL CEMENTERIO LIBRE DE CIRCASIA

 
Por Iván Herrera Michel
Cementerio Libre de Circasia
El próximo 17 de agosto, de acuerdo con la programación de la IL:. H:. Laura Acuña de Nájera, Gran Maestre del Soberano Santuario de Memphis – Mizraim del Ecuador, y de nuestros Queridos Hermanos y Hermanas de Manizales, visitaremos el Cementerio Libre de Circasia, en el Quindío.
           
Nos reuniremos allí para realizar una Cadena Fraternal y rendir homenaje a nuestro IL:. H:. Fabio Echeverri Mejía, una de las figuras más destacadas de la Masonería manizaleña durante el siglo XX y los primeros años del XXI.
             
No podía haberse escogido un lugar más significativo, porque el Cementerio Libre de Circasia no es solamente un camposanto. Es una declaración construida en clave Masónica de que ningún ser humano debe perder su derecho a una sepultura digna por su manera de entender el mundo.
              
La historia más aceptada sitúa el origen del cementerio en un conflicto ocurrido en 1928. Al morir Valerio Zuluaga Londoño, vecino de la vereda La Concha y practicante del espiritismo, el párroco católico Manuel Antonio Pinzón se habría negado a permitir su entierro en el cementerio católico de Circasia.
                
Zuluaga tuvo que ser sepultado en terrenos de su propia finca, y aquel episodio causó indignación entre los liberales y librepensadores del municipio. Uno de ellos fue el Q:. H:. Braulio Botero Londoño, quien decidió promover un cementerio en el que ninguna autoridad religiosa pudiera determinar quién merecía o no descansar de manera digna.
            
El propio Botero recordaría muchos años después que el proyecto nació en una época en la cual las libertades estaban “amordazadas” y parecía que solo se podía pensar con la autorización del clero y de los caciques políticos conservadores.
                     
Botero y sus compañeros encontraron oposición política y religiosa y el proyecto avanzó mediante colectas, bazares, pequeñas contribuciones ciudadanas y el trabajo de personas identificadas con el liberalismo y el libre pensamiento. La llegada de Enrique Olaya Herrera a la Presidencia de Colombia en 1930 creó un ambiente más favorable para obtener la autorización oficial. Y aunque la fecha de inauguración más repetida es la del 28 de agosto de 1932, algunas fuentes hablan de 1933, posiblemente porque confunden la apertura con una etapa posterior de construcción o funcionamiento.
           
El principal impulsor del Cementerio Libre de Circasia fue Braulio Botero Londoño, liberal radical, librepensador y miembro activo de la Masonería colombiana, quien falleció el 11 de abril de 1994, en la ciudad de Cali. Botero se inició en la Respetable Logia Libres de Caldas Nº 17, en el Oriente de Pereira, en la cual alcanzó el Grado de Maestro Masón. Posteriormente, al establecerse en el Or:. de Armenia, se vinculó a la Logia del Quindío No. 7.
                 
Su carrera dentro del Rito Escocés Antiguo y Aceptado continuó durante las últimas décadas de su vida. En 1986 recibió la dignidad de Gran Elegido Caballero Kadosh, del Grado 30º, en 1987 alcanzó el Grado 32º de Sublime Príncipe del Real Secreto, y en 1988 le fue conferido el Grado 33º de Soberano Gran Inspector General, la máxima dignidad administrativa y honorífica del Rito por el Supremo Consejo del Grado 33º para Colombia, fundado en 1833.
              
En un testimonio ofrecido décadas después, el propio Braulio Botero recordó que miembros de la Logia de Pereira colaboraron en la construcción y enviaron aportes económicos. Este testimonio permite hablar de una red efectiva de solidaridad Masónica alrededor de la iniciativa. Y hasta donde permiten establecer las fuentes disponibles, el Cementerio fue una iniciativa civil y comunitaria encabezada por Braulio Botero, respaldada por trabajadores locales, mujeres del municipio, liberales, librepensadores y Masones unidos alrededor de la idea de que nadie debía ser excluido de una sepultura digna por su filiación política o su relación con la iglesia católica.
                 
Algunas narraciones locales identifican a Enrique Londoño como la primera persona sepultada en el Cementerio y relacionan su tumba con una figura de águila situada en el sector antiguo. La historia es interesante y forma parte de la tradición oral del lugar, pero no debe presentarse como un hecho plenamente demostrado. No se conoce públicamente una reproducción del primer libro de inhumaciones, un acta funeraria ni un plano contemporáneo que indique el nombre del primer fallecido, la fecha exacta y el lote en donde fue colocado. Tampoco existe evidencia sólida que permita afirmar si aquella primera sepultura fue directamente en tierra, en una tumba de mampostería o en una bóveda. Por las costumbres funerarias y los recursos iniciales del proyecto, una fosa en tierra sería históricamente lo más posible.
                   
El Cementerio Libre de Circasia fue construido en un terreno elevado, abierto hacia el hermoso paisaje cafetero, y su arquitectura suele describirse como republicana y simbólica, pero el conjunto que observamos actualmente no corresponde íntegramente a la obra original. Se atribuyen los primeros planos a Antonio Schiefer, quien no lo habría organizado alrededor de una capilla católica ni presidido por una cruz, para expresar claramente que el recinto no pertenecería a una confesión en particular, sino a la memoria del ser humano.
                   
Alrededor de las sepulturas ubicadas cerca de la entrada nació una de las leyendas más conocidas del cementerio. Se cuenta que varios Masones habrían ordenado ser enterrados de pie para no arrodillarse ni siquiera después de muertos. Es una narración poderosa y coherente con la fama rebelde del lugar, pero sobre la cual no existe documentación histórica suficiente que la confirme. No obstante, las leyendas no deben desecharse porque también forman parte de la historia cultural.
                    
Durante la violencia política de mediados del siglo XX, el Cementerio fue saqueado y parcialmente destruido por los conservadores. Monumentos, rejas y símbolos fueron derribados, entre ellos el busto dedicado al escritor y dirigente liberal Antonio José (“El Ñito) Restrepo. Quien en 1925 acuñó en el Congreso de la República la expresión ““El código penal es un perro bravo que no muerde sino a los de ruana”, para oponerse a la implantación de la Pena de Muerte en Colombia, sosteniendo que solo se la aplicarían a la gente pobre y no a los burgueses, terratenientes, comerciantes e industriales.
                 
En 1972, el IL:. H:. Braulio Botero impulsó su recuperación con la colaboración del ingeniero Héctor Jaramillo Botero y del arquitecto Eduardo Burgos Uribe. Lo que significa que el conjunto actual reúne al menos el proyecto fundacional de la década de 1930 y la reconstrucción iniciada cuatro décadas después.
                  
EL SENTIDO DE NUESTRA VISITA
                   
El 17 de agosto visitaremos un lugar nacido de una exclusión y convertido en símbolo de inclusión. Haremos una cadena fraternal en un terreno que recuerda que la fraternidad Masónica llevada a la sociedad no puede limitarse a los vivos ni reservarse para quienes piensan como nosotros.
                   
Al rendir homenaje a nuestro IL:. H:. Fabio Echeverri Mejía, estaremos recordando también a todos aquellos hombres y mujeres que defendieron el derecho a pensar libremente, incluso en épocas en que hacerlo podía costar el rechazo social, la persecución política o la negación de una sepultura.
            
El Cementerio Libre de Circasia nos deja la sencilla enseñanza de que en la muerte las fronteras pierden su poder.