miércoles, 30 de septiembre de 2026

"ENTRE DOS COLUMNAS". UN LIBRO PARA SEGUIR CONVERSANDO

 Por Iván Herrera Michel
           
He recibido con mucho agradecimiento el libro "Entre dos Columnas. Reflexiones de un itinerario Masónico", de nuestro Q:. H:. Teófilo Amores Mendoza, y me alegra tenerlo entre mis manos por el gesto fraternal que acompaña su llegada y por los asuntos que pone sobre la mesa para conversar con calma.
      
Teófilo Amores Mendoza es abogado y Licenciado en Derecho y pertenece a la Respetable Logia Simbólica Helmántica No. 182, en el Or:. de Salamanca, integrada en la Gran Logia Provincial de Castilla de la Gran Logia de España. Su libro reúne una experiencia personal que ha ido tomando forma en reflexiones sobre el simbolismo y sobre lo que hacemos con él en nuestra vida. Hay algo muy generoso en compartir ese recorrido, con sus preguntas y sus aprendizajes, y dejarlo al alcance de otros.
                
A lo largo de setenta capítulos aparecen las herramientas, las Columnas, los viajes, la Cadena de Unión, Hiram y la Palabra Perdida. Pero también encuentran su lugar el ego, el fanatismo, la libertad de conciencia, la capacidad de escuchar, la enfermedad y la vulnerabilidad. Esa compañía me parece especialmente afortunada. Al fin y al cabo, quienes entramos a una Logia llevamos con nosotros todo lo que somos, incluidas nuestras contradicciones.
                   
Me interesa mucho la presencia de la libertad de conciencia y del diálogo en este itinerario porque son temas con los que siento una cercanía inmediata. Podemos hablar largamente de la búsqueda de la verdad, pero esa búsqueda necesita espacio para preguntar, disentir y revisar lo que ayer parecía definitivo. También requiere admitir que alguien puede pensar de otra manera y tener algo valioso que enseñarnos.
                 
Los asuntos que propone Teófilo Amores dan pie a una reflexión muy necesaria sobre nuestras costumbres Masónicas. Saber esperar, saber escuchar, reconocer los propios límites y examinar el ego son ejercicios que tienen consecuencias concretas en la convivencia. Se sienten en una Tenida cuando una intervención distinta recibe atención, cuando un Hermano o una Hermana puede expresar una duda sin sentirse incómodo o cuando quien tiene más experiencia conserva la disposición de aprender.
                
Por eso me llama particularmente la atención el capítulo dedicado a transmitir sin imponer. Allí hay una conversación que nuestras Logias deben mantener abierta. Compartir lo aprendido exige paciencia, respeto por el ritmo ajeno y confianza en la capacidad del otro para formar su propio criterio. Es una manera de entender la instrucción cercana a la fraternidad.
                  
También encuentro sugerente que la Maestría aparezca acompañada de la vulnerabilidad, la conducta y la vida cotidiana. Es una asociación que invita a bajar las reflexiones del pedestal y acercarlas a nuestras relaciones, a nuestras decisiones y a la manera de asumir las dificultades. Los años, los Cargos y los Grados pueden aportar experiencia y con ella debería crecer también la sensibilidad para comprender a los demás.
                    
Entre las páginas que más agradezco está la reflexión sobre la generosidad y el conocimiento compartido. Me deja pensando en cuánto de lo aprendido adquiere verdadero sentido cuando ayuda a otra persona. Una explicación ofrecida con cariño, una experiencia puesta en común o una conversación oportuna pueden prolongar el trabajo de una Logia mucho más allá de sus reuniones.
                     
El cierre, Nunc coepi, "Ahora empiezo", tiene un encanto especial. Después de todo un recorrido, queda todavía la posibilidad de comenzar. Me parece una muy buena disposición para cualquier etapa Masónica, porque siempre habrá una pregunta pendiente, una conducta que mejorar y alguien a quien escuchar con atención.
                   
Recomiendo con mucho gusto "Entre dos Columnas" a quienes disfrutan una Masonería que se pregunta por sus efectos en la vida real. Sus temas ofrecen materia para la reflexión personal y para las conversaciones que continúan después de cerrar los trabajos.
                      
Y vuelvo al agradecimiento con el que comencé. 
                  
Gracias, Querido Hermano Teófilo, por este libro y por la generosidad de compartir tu camino. Ha llegado a mis manos como un regalo fraternal y quiero que estas palabras ayuden a ponerlo en otras manos para así seguir creciendo la conversación.
                
Para quienes deseen adquirirlo, el libro se encuentra disponible en Amazon.es
                            
                              
                                

                           

jueves, 24 de septiembre de 2026

UN DISCURSO DE 1736 PARA PENSAR EL SIGLO XXI

Reseña de mi Ponencia en el 9º Coloquio de la Federación Americana de Supremos Consejos del REAA (FASCREAA) celebrado en el Or:. de Curitiba, Brasil, el 20 de septiembre de 2026

Por Iván Herrera Michel

          
Hace apenas unas semanas vimos a decenas de miles de personas intentar entrar a Ceuta. Hubo muertos, familias separadas, personas devueltas y miles que quedaron en una situación incierta. La crisis volvió a preguntar qué hacer con el ser humano necesitado que llega a nuestras puertas. En Estados Unidos se han intensificado las detenciones y deportaciones de inmigrantes y se están enviando a terceros países con los que no tienen relación alguna. Y en Colombia el presidente acaba de ordenar la expulsión de cerca de un millón de venezolanos.
                  
Pensando en esto, volví a los discursos de Andrew Michael Ramsay y en lo que en ellos puede servirnos de inspiración en el siglo XXI. Estamos en el París de 1736, en donde acaba de aparecer una Masonería todavía pequeña, novedosa y lo suficientemente extraña como para comenzar a generar curiosidad y desconfianza. Allí encontramos a Andrew Michael Ramsay. No era un revolucionario ni tiene sentido convertirlo ahora en uno. Él era un hombre de su tiempo, subordinado a las jerarquías católicas. De hecho, el segundo de sus famosos discurso no lo leyó porque le pidió permiso a un cardenal y se lo negaron.
                 
En este año en que se cumplen 290 años del primer discurso de 1736, sí me parece una buena oportunidad para volver a releerlo. No tanto para conmemorar un documento antiguo como para preguntarnos cuánto de aquella República universal imaginada por Ramsay sigue siendo, casi tres siglos después, una inspiración para quienes practican el REAA. En un mundo en el que expulsamos de nuestro lado al necesitado, Ramsay habla de cruzar fronteras.
                    
Se ha escrito muchísimo sobre la conocida historia de los cruzados en sus discursos y, francamente, creo que los cruzados son hoy la parte menos interesante de sus discursos. Más que este mito, lo que me llama la atención es otra cosa.
                   
Y aquí creo que conviene apartarse de una lectura que se ha vuelto casi rutinaria. Se equivocan, a mi juicio, quienes buscan el núcleo de los discursos de Ramsay en la historia, la religión o el esoterismo. Para mí el núcleo duro de los discursos es, en buena medida, geopolítico. Ramsay está pensando cómo pueden relacionarse seres humanos pertenecientes a naciones distintas en una Europa dividida por fronteras, rivalidades dinásticas, guerras y diferencias religiosas. Su pregunta de fondo no es solamente de dónde vienen los Masones. Es mucho más interesante. Ofrece una fraternidad que cree vínculos entre personas que los Estados, las religiones y las circunstancias políticas mantienen separadas. Por eso habla de naciones. Por eso habla de fronteras. Por eso advierte contra un amor a la patria que termine disminuyendo el amor a la humanidad. Y por eso llega a esa imagen extraordinaria del mundo como una gran República, de las naciones como familias y de los seres humanos como sus hijos.
              
Y es difícil leer hoy esas palabras sin regresar a Ceuta, a los Estados Unidos y a Colombia. No porque Ramsay nos ofrezca una política migratoria para el siglo XXI. Sería absurdo buscarla en un texto de 1736. Lo que ofrece es una interpelación anterior a cualquier política migratoria sobre hasta dónde llega nuestra idea y nuestros límites humanitarios cuando quien está delante de nosotros tiene hambre.
                   
A veces hablamos de fraternidad universal, pero los prejuicios del mundo exterior entran con nosotros. La exaltación de la nacionalidad, la desconfianza hacia el extranjero, la validación de sociedades jerarquizadas y la pretensión de catequizar con nuestras creencias también existe.entre los Masones.
               
Quienes nos consideramos liberales, adogmáticos o progresistas tampoco tenemos certificado de inmunidad contra el dogmatismo. Defendemos la libertad absoluta de conciencia mientras miramos con superioridad a quien tiene una fe religiosa. Hemos pasado de interpretar el símbolo del Gran Arquitecto del Universo a la prohibición de mencionarlo. Hablamos de diversidad y terminamos rodeados únicamente de personas que piensan como nosotros. Reivindicamos el pensamiento crítico mientras convertimos nuestras propias convicciones en asuntos sobre los que no admitimos discusión.
                 
Todo eso es contrario al espíritu de tolerancia cosmopolita de Ramsay.
            
Porque si después de 290 años, los Masones seguimos inspirándonos en la construcción de una república universal sin fronteras, significa que Ramsay nos sigue inspirando a través de la práctica del REAA.
        
Muchas gracias.
                        
                             

viernes, 11 de septiembre de 2026

EL MITO MASÓNICO DEL HOSPITAL DE BARRANQUILLA

 Por Iván Herrera Michel
            
Durante muchos años se ha repetido que el Hospital de Caridad, antecedente del actual Hospital General de Barranquilla, fue creado y construido por la Sociedad Hermanos de la Caridad, integrada supuestamente por Masones vinculados con la Logia El Siglo XIX No. 24. Sin embargo, cuando se separa la tradición de los hechos documentados, la historia resulta diferente.
            
Es cierto que en su acta fundacional del 9 de mayo de 1867 la Sociedad Hermanos de la Caridad acordó propender al establecimiento de un hospital, pero expresar un propósito no equivale a crear jurídicamente una institución, financiarla ni construirla.
          
De hecho, la creación efectiva del Hospital de Caridad fue dispuesta mediante una ley de la Asamblea Legislativa del Estado Soberano de Bolívar del 5 de octubre de 1871, expedida después de que las difíciles condiciones sanitarias de Barranquilla, agravadas por la epidemia de tabardillo (tifus exantemático, una enfermedad infecciosa grave y potencialmente mortal), dejaran en evidencia la urgente necesidad de contar con un establecimiento hospitalario.
                  
La ley ordenó establecer el hospital y apropió seis mil pesos, que, al resultar insuficientes, el 15 de febrero de 1872 se crearon dos “Comisiones Hospitalarias”, una de hombres y otra de mujeres, encargadas de cooperar en su realización, completamente independientes de la Sociedad Hermanos de la Caridad y de cualquier Logia Masónica que funcionara en Barranquilla.
            
Más adelante aparece la Junta Directiva del Hospital de Caridad, encargada de impulsar y administrar el hospital, presidida por Julián Ponce, quien consiguió una casa en donde instaló algunas camas, adquirió el terreno en el cual se levantaría el edificio, promovió su construcción y gestionó la llegada de las Hermanas Dominicas de la Presentación, encargadas de administrarlo desde su apertura en 1876.
             
Después de Julián Ponce siguieron como presidentes de la Junta Directiva del Hospital Mauricio Buitrago, Manuel Insignares, Arturo Aycardi, José Víctor Dugand y Rogelio García, de quienes tampoco existe constancia documental verificable de que alguno de ellos hubiera sido miembro de la Sociedad Hermanos de la Caridad o de la Masonería barranquillera.
                    
Lo mismo sucede con Julián Ponce. Hasta ahora no se conoce un documento contemporáneo público o privado del que se pruebe o se deduzca que hubiera sido Masón o integrante de la Sociedad Hermanos de la Caridad.
                   
Por su parte, la Junta del Hospital tenía naturaleza pública, aunque estuviera integrada por ciudadanos particulares y recurriera a colectas y donaciones. Su actuación provenía de una decisión de la Asamblea Legislativa, contaba con una apropiación inicial del tesoro público y estaba destinada a establecer y administrar una institución de beneficencia pública. Lo cual correspondía al modelo habitual del siglo XIX, en el que el Estado confiaba determinadas funciones sociales a juntas de ciudadanos notables.
          
Y no estamos hablando de una institución menor. Desde que abrió sus puertas en 1876, el Hospital de Caridad se convirtió en el principal refugio de salud de los sectores populares de Barranquilla, atendió enfermos durante epidemias, recibió heridos en las guerras civiles, formó generaciones de médicos y acompañó el crecimiento de la ciudad durante siglo y medio. Cambió de nombre, fue ampliado, atravesó crisis y transformaciones, pero nunca perdió su condición de hospital público al servicio de quienes más lo necesitaban. Buena parte de la historia social y médica de Barranquilla pasó por sus salas, habitaciones y quirofanos, de manera que aclarar su verdadero origen es una forma de reconocer con justicia el valor de una de las instituciones más antiguas y queridas de la ciudad.
               
En honor a la verdad, la Sociedad Hermanos de la Caridad tuvo el mérito de incluirlo entre sus aspiraciones, pero los documentos conocidos muestran que fue el Estado Soberano de Bolívar el que le dio existencia jurídica, aportó los primeros recursos y promovió las “Comisiones Hospitalarias” que lo convirtieron en realidad. La historia no se aclara repitiendo durante muchos años una versión, sino preguntando qué documento la respalda.
         
El mito Masónico que ha hecho carrera consiste en afirmar que la Sociedad Hermanos de la Caridad y/o la Masonería crearon, construyeron, financiaron o fueron propietaria del Hospital de Caridad sin contar con documentos que lo prueben. Reconocerlo no disminuye la importancia histórica de ninguna institución.
      
Simplemente devuelve a la verdad histórica el lugar que realmente le corresponde, y no le hace daño a nadie.