miércoles, 21 de octubre de 2026

LA GRAN LOGIA FEMENINA DE FRANCIA Y SU HUELLA

Por Iván Herrera Michel

Hoy cumple 81 años de fundada la Gran Logia Femenina de Francia, y quiero aprovechar la ocasión para expresar mi reconocimiento fraternal a sus Hermanas y recordar cuánto ha contribuido a ampliar la presencia de las mujeres en la Masonería y a enriquecer nuestro paisaje Masónico internacional.

Su historia comenzó el 21 de octubre de 1945, cuando mujeres de cinco Logias, reunidas bajo la presidencia de Anne-Marie Gentily, constituyeron la Unión Masónica Femenina de Francia, que en 1952 adoptó su nombre actual. Europa apenas salía de la guerra y aquellas Masonas retomaban sus trabajos con la voluntad de dirigir su propia institución, elegir sus autoridades y decidir juntas hacia dónde querían caminar.

Aunque personalmente prefiero la Masonería mixta, antes que la exclusivamente masculina o femenina, no puedo dejar de reconocer el enorme mérito de la Masonería femenina en general y, en particular, de la Gran Logia Femenina de Francia. Su existencia respondió a una necesidad profundamente contestataria de crear una expresión femenina frente al supremacismo masculinista que aún predomina en buena parte de la Masonería y que, bajo distintas formas, continua condicionando el acceso y la participación de las mujeres. Aquellas Masonas no se limitaron a reclamar un lugar dentro de estructuras ajenas sino que construyeron espacios propios de formación, deliberación y autoridad, demostrando que las mujeres podían organizar, dirigir y transmitir la tradición Masónica con plena autonomía.  

Las Hermanas de la Gran Logia Femenina de Francia practican el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, que ocupa un lugar central en su trayectoria, aunque con el tiempo incorporaron otros ritos, entre ellos el Francés y el Escocés Rectificado, ampliando sus posibilidades de trabajo.

Hoy reúne alrededor de 14.000 Hermanas y tiene presencia en cuatro continentes y más de veinte países. Son cifras que permiten apreciar su dimensión, aunque personalmente encuentro una parte especialmente valiosa de su historia en las Logias que ayudó a crear fuera de Francia y que después se agruparon en nuevas Grandes Logias autónomas, como ocurrió, por ejemplo, en Bélgica, Portugal, España, Etc.

Acompañar a otras Masonas hasta que puedan asumir el gobierno de su propia Obediencia me parece una magnífica manera de entender la fraternidad. Esa labor exige transmitir conocimientos, formar oficiales, sostener encuentros y respetar los ritmos y las particularidades de cada país, con la confianza necesaria para que las nuevas comunidades encuentren su propio camino.

La Gran Logia Femenina de Francia también creó estructuras destinadas a facilitar ese encuentro entre mujeres de distintos lugares. La Logia La Rose des Vents, fundada en 1978, contribuyó a la formación de nuevas Logias fuera de Francia, y desde 2002 Le Creuset Bleu desarrolla una labor internacional en el Rito Francés. Son iniciativas que ayudan a comprender cómo se construye una presencia mundial mediante el contacto personal, la enseñanza y el acompañamiento sostenido.

Además a través del Instituto Masónico Europeo, lleva al ámbito europeo su defensa de la laicidad, la libertad de conciencia y los derechos de las mujeres, enlazando la reflexión iniciática con las preocupaciones de la sociedad.

Desde mi manera de entender la Masonería y los postulados que defiende, esta trayectoria merece una mirada agradecida y también una reflexión sobre nuestra coherencia. 

La existencia de Obediencias como la Gran Logia Femenina de Francia recuerda que, en determinados momentos, crear espacios propios ha sido una respuesta legítima y necesaria ante la exclusión persistente de buena parte de la Masonería. 

Indiscutiblemente, me quito el sombrero. 🎩

LOS MASONES QUE NO PERTENECÍAN A LA ÉLITE EN EL SIGLO XVIII

 Por Iván Herrera Michel
                
La noche, grabado de William Hogarth
(1738).
Nos imaginamos a la Masonería del siglo XVIII con las Logias llenas de aristócratas, filósofos, científicos, militares de alta graduación, comerciantes enriquecidos y caballeros con peluca que conversaban sobre Newton, las luces de la razón y las nuevas ideas que comenzaban a recorrer Europa, dejando por fuera a los Masones que trabajaban con las manos, atendían una taberna, comerciaban modestamente, tocaban un instrumento, servían en un regimiento o habían llegado a la ciudad buscando una vida mejor.
                 
A mí me resulta interesante mirar a esos Masones común y corrientes que aparecen en los documentos apenas como un nombre acompañado de un oficio, una dirección, una cuota pagada o alguna observación del Secretario, porque son precisamente esos pequeños rastros los que permiten descubrir que la Masonería del siglo XVIII fue socialmente más diversa de lo que durante mucho tiempo hemos imaginado.
                 
Si tuviéramos que trasladar aquellas categorías sociales a nuestro lenguaje actual, podríamos decir que el centro de gravedad social de buena parte de aquella Masonería estaba en lo que hoy llamaríamos una clase media formada por comerciantes, maestros artesanos, profesionales, funcionarios, militares, propietarios de pequeños negocios, taberneros y hombres con oficio e ingresos relativamente estables.
                  
La Masonería de Escocia conserva registros de Logias extraordinariamente antiguos que muestran como durante buena parte del siglo XVIII convivían en ella Masones vinculados al oficio de la construcción con miembros procedentes de otros ambientes sociales. Entre aquellos documentos aparecen hombres que continuaban ganándose la vida como trabajadores y artesanos junto a otros pertenecientes a sectores más acomodados, y aquí existe una pequeña trampa del lenguaje que durante años distorsionó la imagen, pues identificar automáticamente al Masón no operativo con el gentleman dejaba prácticamente invisibles a quienes no eran canteros, pero seguían perteneciendo al mundo del trabajo obrero.
                     
Un zapatero, un carpintero o cualquier otro artesano podía ser perfectamente un Masón no operativo en el trabajo de la piedra y continuar siendo un trabajador, aunque conviene también no confundir trabajo manual con pobreza, porque dentro del mundo artesanal existían diferencias considerables y un maestro con taller propio, herramientas, clientela y aprendices podía disfrutar de una posición económica bastante estable. La verdadera frontera social de la Masonería parece encontrarse más abajo, entre quienes podían sostener una vida asociativa y quienes dependían de un jornal que apenas alcanzaba para sobrevivir.
                    
Los costos de pertenecer a una Logia tampoco fueron iguales en todas partes y este detalle resulta más importante de lo que parece, porque cada Taller administraba buena parte de su economía y encontramos diferencias considerables entre unas Logias y otras. Existieron Talleres relativamente costosos y otros bastante económicos, de manera que las cuotas no constituyeron siempre una barrera infranqueable para un artesano establecido, un pequeño comerciante o un trabajador cualificado con ingresos regulares.
                     
Bartholomew Ruspini. Royal Cumberland School, 
para hijas de Masones necesitados. Londres, 1802.
En Inglaterra la cuestión adquiere una dimensión particularmente interesante durante la segunda mitad del siglo XVIII, cuando la Masonería londinense vivió la larga confrontación entre los “Modernos” y los “Antiguos”, sobre las que investigaciones modernas han mostrado que detrás de aquella división también existían diferencias sociales importantes.
                 
Los “Antiguos”, organizados desde 1751 y profundamente marcados por la inmigración irlandesa, ampliaron considerablemente la geografía social de la Masonería inglesa al incorporar artesanos, pequeños comerciantes, trabajadores manuales e inmigrantes que tenían menor presencia en determinados ambientes de los “Modernos”. Sus registros permiten seguir nombres, profesiones, lugares de residencia y redes personales, que muestran una Masonería que había descendido varios peldaños desde los círculos de los gentlemen, profesionales acomodados y miembros del establecimiento que caracterizaron buena parte de la primera Gran Logia inglesa.
                     
Aquí aparece una frontera social especialmente interesante, porque aquella apertura hacia abajo tenía límites bastante reconocibles. La Masonería podía alcanzar al maestro artesano, al pequeño comerciante, al tabernero, al trabajador cualificado o al inmigrante que vivía regularmente de su oficio, mientras su presencia disminuía considerablemente cuando descendemos hacia el jornalero ocasional, el trabajador sin cualificación y quienes vivían en condiciones de pobreza. El dinero era una frontera, pero también lo eran el tiempo disponible, la regularidad del empleo y las relaciones personales necesarias para ingresar y permanecer dentro de una asociación voluntaria.
                    
Y había algo más difícil de medir, pero probablemente muy importante, porque ser admitido en una Logia significaba también ser reconocido como un hombre respetable, capaz de responder por su palabra, cumplir ciertas obligaciones y relacionarse con otros que estaban dispuestos a recibirlo como uno de los suyos. Para un maestro artesano, un pequeño comerciante, un tabernero o un inmigrante que intentaba abrirse camino, aquella respetabilidad podía tener un valor considerable en una sociedad en donde la confianza personal era fundamental para conseguir crédito, establecer negocios, obtener una recomendación o simplemente mejorar la posición que se ocupaba dentro de la comunidad.
                     
La solidaridad adquiría igualmente un significado muy concreto cuando una enfermedad, la pérdida del empleo, un accidente o la muerte del cabeza de familia podían destruir la seguridad económica de un hogar, y por eso resulta tan sugerente que se relacione a los “Antiguos” con el universo de aquellas asociaciones británicas de ayuda mutua en las que sus miembros aportaban recursos para protegerse colectivamente frente a determinadas contingencias de la vida.
                 
Detrás de aquellos nombres había además una experiencia humana que fácilmente se pierde cuando hablamos solamente de Obediencias, porque muchos eran inmigrantes irlandeses llegados a Londres en una época en que ser irlandés implicaba cargar con prejuicios sociales, competir por trabajo y reconstruir una red de relaciones en una ciudad en donde conocer a alguien podía hacer una diferencia considerable.
                      
Laurence Dermott constituye un personaje extraordinario para comprender aquel ambiente, porque este irlandés nacido en 1720, iniciado en Dublín y posteriormente residenciado en Londres llegó a convertirse en la figura intelectual y organizativa más importante de los “Antiguos”, mostrando hasta qué punto las redes Masónicas podían abrir espacios de reconocimiento dentro de una sociedad profundamente estratificada.
               
En Irlanda encontramos una penetración social más profunda y hacia finales del siglo XVIII la Masonería había llegado desde la propietarios rurales acomodados hasta sectores trabajadores protestantes y católicos, aunque esa apertura tampoco fue uniforme entre todas las Logias ni en todas las regiones.
                  
Las Logias militares contribuyeron poderosamente a esa extensión y cuando pensamos en ellas conviene apartar por un momento la mirada de los grandes oficiales y dirigirla hacia soldados, suboficiales y pequeños cuadros de los regimientos, porque una parte importante de la expansión internacional de la Masonería británica ocurrió precisamente a través de Masones que recorrían el mundo obedeciendo órdenes militares y cuyos nombres difícilmente habrían encontrado espacio en las grandes historias políticas de su tiempo.
                     
Por su lado, Francia ofrece un paisaje diferente y por eso la comparación resulta especialmente atractiva, pues allí la aristocracia tuvo una presencia indiscutible en la dirección de la Orden, mientras por debajo de aquella cúpula funcionaba una extensa red de Logias cuya composición podía ser bastante más variada. Allí encontramos comerciantes, profesionales, militares, artistas, músicos y personas vinculadas a numerosos oficios que hicieron de la sociabilidad Masónica uno de sus espacios de relación, mientras los costos variaban entre los Talleres y las sedes, haciendo que algunas Logias fueran más accesibles que otras.
                      
Ahora bien, sentarse alrededor de una misma mesa, participar en un ritual y llamarse Hermanos estaba todavía muy lejos de significar una igualdad social completa, porque la sociedad del siglo XVIII entraba inevitablemente con los Masones al interior de la Logia y las diferencias de nacimiento, fortuna, educación y posición continuaban pesando incluso en la manera como unos se dirigían a otros. El aristócrata y el artesano podían darse el trato de Hermanos sin que desaparecieran las formas de deferencia, tratamiento y precedencia que acompañaban sus respectivas posiciones sociales.
                 
Esa contradicción hace todavía más interesante el fenómeno, pues la Logia podía reunir bajo una misma pertenencia fraternal a hombres socialmente desiguales sin borrar las jerarquías de la sociedad que la rodeaba, y buena parte de la experiencia Masónica del siglo XVIII parece haber transcurrido dentro de esa tensión entre una fraternidad proclamada y unas diferencias sociales que continuaban siendo perfectamente visibles.
                    
Y en medio de esas diferencias se extendía un mundo de artesanos establecidos, comerciantes, funcionarios, militares, profesionales y pequeños propietarios que hoy, utilizando la expresión con prudencia, situaríamos dentro de las clases medias, acompañado por una franja de sectores medios bajos y trabajadores cualificados.
                 
Esos Masones también construyeron la Masonería, y la sostuvieron con sus cuotas, ocuparon cargos, asistieron a las Tenidas, acompañaron funerales, socorrieron a Hermanos, recomendaron candidatos, rieron en los ágapes, viajaron llevando noticias de otras Logias y cruzaron mares con un certificado Masónico guardado entre sus pertenencias.
                              
De hecho, para comprender mejor la Masonería del siglo XVIII debemos mirar menos hacia el Oriente, en donde se sentaban sus Grandes Maestros y dignidades, y más hacia las columnas, en donde permanecían aquellos Hermanos cuyos nombres rara vez encontraron un lugar en los libros de historia. 
                   
                  
                          

ORACIÓN FUNDACIONAL DE LA RESPETABLE LOGIA IRRUA No. 20

 Oriente de Manizales – Colombia
Octubre 11 de 2026 (E:. V:.)
 
Iván Herrera Michel, 95º
Rito Antiguo y Primitivo de Memphis-Mizraim

        
Parque de los Fundadores de Manizales
Ilustre Gran Maestre del Soberano Santuario del Ecuador del Rito Antiguo y Primitivo de Memphis-Mizraim, IL. H. Laura Acuña de Nájera, y Presidenta de la Federación Americana de Supremos Consejos del Rito Escocés Antiguo y Aceptado (FASCREAA).
               
Distinguidas autoridades de la Orden de los Ritos Unidos de Memphis & Mizraim, presentes.
            
Muy Respetable Gran Maestro de la Muy Respetable Gran Logia Central de Colombia, y Secretario General de la Conferencia Masónica Americana (COMAM), IL:. H:. Henry Polanía Triviño.
           
Muy Respetable Gran Maestra del Gran Oriente Ecuatoriano Nueva Era, IL:. H:. Marina Muñoz.
               
IL:. H:. Margarita Rojas Blanco, Representante de CLIPSAS ante las Organizaciones Masónicas Americanas, y Vocal Tesorera - Responsable de las finanzas de la Confederación Interamericana de Masonería Simbólica (CIMAS).
           
Venerable Maestro de la Respetable Logia IRRUA No. 20, IL:. H:. Manuel Ignacio Moreno Ospina.
            
Queridas Hermanas y Queridos Hermanos, en sus Grados, Oficios y Dignidades.
          
A lo largo de mi vida Masónica he participado en centenares de Tenidas y he asistido a cientos de iniciaciones de hombres y mujeres. He visto instalar Grandes Maestros y Grandes Maestras, Venerables Maestros y Venerables Maestras, consagrar Templos, celebrar aniversarios, entregar Cartas Patentes, constituir Supremos Consejos, fundar Grandes Logias y trabajar bajo muy diversos Ritos. Y, sin embargo, pocas veces he sentido con tanta intensidad el peso Iniciático de un momento como el que hoy compartimos.
                   
He aprendido durante más de cuarenta años de vida Masónica que las Logias no nacen el día en que reciben una Carta Patente, ni el día en que, como hoy, instalan su primera Enéada, ni siquiera cuando golpea por primera vez el Mallete su Venerable Maestro. Empiezan a nacer mucho antes, cuando algunas personas deciden trabajar para que un sueño pueda convertirse en realidad, incluso cuando parece lejano.
             
Quienes trabajan en el Rito de Memphis-Mizraim suelen recordar el antiguo mito egipcio. Que cuenta que cuando Seth desmembró a Osiris parecía haber triunfado el caos, pero Isis no aceptó aquella derrota. Reunió pacientemente cada fragmento disperso y gracias a esa perseverancia hizo posible el nacimiento de Horus, símbolo del renacer y de la continuidad. Dicho en palabras Masónicas, restauró el orden desde el caos porque supo reunir lo que estaba disperso.
         
Me emociona especialmente que este nuevo Taller nazca en Manizales, la Ciudad de las Puertas Abiertas. Manizales tiene una manera muy suya de recibirlo a uno, porque al abrir las puertas deja que el Volcán, con sus paisajes y sus nieblas, haga el resto. Aquí uno sube calles, baja calles, mientras respira la ciudad, y las nieblas, que están siempre presentes, nos van revelando el paisaje poco a poco. Para un costeño como yo, esta tierra tiene además una vieja resonancia intelectual. De joven leía con avidez a grandes oradores de la región como Gilberto Alzate Avendaño, el Ñito Restrepo y Otto Morales Benítez. Y, una vez que conocí el Eje Cafetero, me di cuenta de que aquí una taza de café sabe distinta.
                
Me asombra que para que nosotros estemos hoy aquí, hubo Hermanas y Hermanos tendiendo puentes desde Medellín, Quito, Sofía, Curitiba, Bogotá y Manizales, y porque conozco parte de esa historia silenciosa sé que IRRUA tiene tres nombres que, aparte de los de Roberto Luongo y Laura Acuña, merecen especial relieve. Ellos son Alejandra Echeverri Villegas, Margarita Rojas Blanco y Henry Polanía Triviño.
                
Conocí a nuestra Querida Hermana Alejandra Echeverri Villegas antes de conocer este proyecto. La conocí trabajando y compartiendo proyectos, que ya son varios, y con los años, y por su ejemplo, fui entendiendo que hay una diferencia enorme entre ocupar un cargo y asumir una responsabilidad.
                  
Durante la pandemia del COVID-19 fui testigo de una de las expresiones más auténticas de la Hospitalía Masónica que he conocido. La Q:. H:. Alejandra, sin ser médica, contribuyó decisivamente a crear y mantener una red internacional de médicos y médicas, Masones y Masonas, que compartían conocimientos, buscaban soluciones, conseguían contactos hospitalarios y acompañaban en la tragedia a Hermanos, Hermanas y allegados en distintos lugares de América y Europa. No había cámaras ni reconocimientos. Con el tiempo comprendí que aquel episodio explicaba mejor que cualquier currículo quién era nuestra Q:. H:. Alejandra, y como hacía su más fecundo trabajo lejos de los reflectores.
                     
Por su lado, Margarita Rojas Blanco representa otra dimensión igualmente necesaria. Si Alejandra encarna el trabajo silencioso, Margarita ha demostrado una especial capacidad para construir confianza y tender puentes. La diplomacia Masónica no consiste solamente en protocolos. Consiste, sobre todo, en conseguir que personas e instituciones distintas y lejanas descubran que pueden confiar unas en otras. Vi de cerca cómo nuestra Q:. H:. Margarita ayudó a convertir una aspiración distante en una realidad que hoy se materializa, y cómo puso su credibilidad, su preparación intelectual y un prestigio Masónico ganado a pulso al servicio desinteresado de la Gran Logia Central de Colombia y de la Masonería manizalita.
                
Y aquí tengo que hacer una pequeña confesión. Por momentos siento que estamos en una especie de Curitiba 2.0. Hace menos de un mes estuvimos en el Or:. de Curitiba y allí fueron elegidas las dos Hermanas que hoy tengo ante mí como autoridades continentales. Laura Acuña de Nájera asumió la Presidencia de FASCREAA y Margarita Rojas Blanco fue elegida Vocal Tesorera de CIMAS, con la responsabilidad de las finanzas. Tengo ante mí, pues, a dos autoridades continentales, además del Secretario General de COMAM, que hacen que esta fundación de IRRUA se haya convertido, sin proponérnoslo, en un encuentro de dimensión internacional, que soy el primero en admirar.
               
También en Curitiba ocurrió algo que tiene una relación directa con lo que hacemos hoy. Allí el IL:. H:. Roberto Luongo y la IL:. H:. Laura Acuña de Nájera entregaron a la Gran Logia Central de Colombia la Carta Patente que autoriza y legitima la práctica regular del Rito Antiguo y Primitivo de Memphis-Mizraim en su seno. Por eso, lo que hoy hacemos aquí nace amparado por una cadena de transmisión y una autorización formalmente recibida. No estamos improvisando un Rito ni tomando prestada una tradición. Estamos fundando en Manizales un Taller que nace bajo esa cadena de transmisión y esa autorización formal.
                   
En esta historia debo también resaltar, de manera especial, la labor y el trabajo del Muy Respetable Gran Maestro, IL:. H:. Henry Polanía Triviño, quien respaldó este proyecto desde la Gran Maestría y estuvo dispuesto siempre a abrirle una nueva puerta de inspiración egipcia a la Masonería colombiana. Su apoyo dio al proyecto el necesario marco Obediencial, la solidez institucional y el reconocimiento indispensable para que todo lo demás pudiera consolidarse.
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Queridas Hermanas y Hermanos, déjenme, por favor, decirles que para mí el Eje Cafetero posee una importancia capital.
                    
Hoy recuerdo de manera particular a Fabio Echeverri Mejía, hoy en el Or:. Eter:., aquel antiguo Maestro y guía de mi juventud Masónica. Hoy sus hijos Marcelo y Alejandra y su nieta Juliana, desde contextos distintos, continúan su camino y trabajan para que otros encuentren un camino ya abierto. Con él, hace tres décadas trabajé en los Or:. de Pereira, Cartagena, Cali y Bogotá. Él, un viejo Masón ejemplo de decoro y dignidad en épocas difíciles para la Masonería colombiana, y yo un joven Masón costeño, privilegiado por ser testigo de su ejemplo y luces
              
También me viene a la mente que en el Or:. de Pereira, en esos mismos años, que compartí trabajos con mi Q:. H:. Fernando Duque, hoy en el Or:. Eter:., mientras nuestra Q:. H:. Diana María Palacio, su esposa, la primera mujer Masona que vi en mi vida, y aguerrida compañera de lucha por una Masonería incluyente, también aquí presente, nos esperaba en la Sala de Pasos Perdidos porque la discriminación nacional contra las mujeres en esos días no la dejaba participar en los trabajos logiales.
                     
………………………
 
Ahora que IRRUA abre sus trabajos, las columnas que de verdad habrán de sostenerla no serán solamente las que vemos en este Templo Pro Tempore. Serán la honestidad intelectual con la que estudien, la tolerancia con la que escuchen, la serenidad con la que administren sus diferencias, la rectitud con la que ejerzan la autoridad, la humildad con la que acepten sus errores, la generosidad con la que formen nuevos Masones y Masonas y la coherencia con la que vivan fuera del Templo Masónico aquello que allí proclaman. Esas serán las verdaderas columnas de esta Logia.
                 
A su Venerable Maestro, nuestro Q:. H:. Manuel Ignacio Moreno Ospina, y a la primera Enéada que él preside, les corresponde ahora la responsabilidad de hacer que esta Logia, no solo perdure, sino que además merezca perdurar.
                 
A partir de hoy la historia de IRRUA deja de pertenecer a quienes hicieron posible su nacimiento y comienza a pertenecer a quienes trabajarán a partir de ahora en sus columnas. Lo que nosotros podamos decir en el día de hoy será apenas un prólogo, en el mejor de los casos, porque las páginas verdaderamente importantes comenzarán a escribirse mañana.
               
Cuando uno mira hacia atrás comprende que la historia de hoy comenzó en muchos lugares y en distintos momentos. Comenzó también cuando Fabio Echeverri Mejía sembró en su hogar una manera de entender la Masonería. Continuó cuando su hija y su nieta se negaron a dejar morir un sueño y encontraron a otros Masones y Masonas dispuestos a creer en él. Margarita Rojas ayudó a abrir puertas y construir relaciones. Henry Polanía les dio respaldo desde la Gran Maestría. Laura Acuña y Roberto Luongo aportaron la legitimidad ritual e institucional que llegó hasta nosotros en Curitiba. Y hoy Manizales se unen todos esos derroteros en un mismo Templo.
         
Por eso el viejo relato de Osiris resulta tan cercano a este momento. Nos recuerda que aquello que parece disperso puede volver a reunirse y que del caos puede surgir nuevamente un orden cuando hay inteligencia, perseverancia, fraternidad y compromiso. De ahí que un mito tan antiguo sigua teniendo algo que decirle a la Masonería del siglo XXI y, por supuesto, a quienes hoy estamos aquí.
              
Antes de terminar quiero agradecer de manera muy especial a la IL:. H:. Laura Acuña de Nájera. Gracias por este nuevo compromiso, por las luces que hoy regala a la Masonería colombiana y porque este gesto ratifica una amistad Masónica Colombo – Ecuatoriana que ya tiene décadas. Y a través suyo, extiendo también nuestro reconocimiento al IL:. H:. Roberto Luongo, Gran Hierofante del Santuario de Memphis-Mizraim de la Gran Logia Madre CAMEA, con sede en el Oriente de Milán, Italia, por la confianza depositada en la Gran Logia Central de Colombia y por haber hecho posible, junto con nuestra IL.: H:. Laura, que esta cadena llegara legítimamente hasta nosotros.
             
Y no puedo dejar de agradecer a la ilustre y elegante comitiva que nos acompaña desde la República del Ecuador. Sabemos que este viaje ha sido realizado con recursos propios y solo movido por el compromiso con Memphis-Mizraim y por el deseo de acompañar el nacimiento de IRRUA.
           
Ese gesto de desprendimiento y afecto honra esta ceremonia y quedará en la memoria de esta Logia y en nuestros corazones.
            
Muchas gracias.
            

Es mi palabra.

DOS DISCURSOS DEL SIGLO XVIII PARA PENSAR EL SIGLO XXI

Por Iván Herrera Michel
Coloquio de FASCREAA - 21/09/2026 (E:. V:.)
            
Hace apenas unas semanas vimos a decenas de miles de personas intentar entrar a Ceuta. Hubo muertos, familias separadas, personas devueltas y miles que quedaron en una situación incierta. La crisis volvió a preguntar qué hacer con el ser humano necesitado que llega a nuestras puertas. En Estados Unidos se han intensificado las detenciones y deportaciones de inmigrantes y se están enviando a terceros países con los que no tienen relación alguna. Y en Colombia el presidente acaba de ordenar la expulsión de cerca de un millón de venezolanos.
         
Pensando en esto, volví a los discursos de Andrew Michael Ramsay. Estamos en el París de 1736, en donde acababa de aparecer una Masonería todavía pequeña, novedosa y lo suficientemente extraña como para comenzar a generar curiosidad y desconfianza. Allí encontramos a Andrew Michael Ramsay. No era un revolucionario ni tiene sentido convertirlo ahora en uno. Él era un hombre de su tiempo, subordinado a las jerarquías católicas. De hecho, el segundo de sus famosos discurso no lo leyó porque le pidió permiso a un cardenal y se lo negaron.
              
Este año se cumplen 290 años del primer discurso de 1736 y sí me parece una buena ocasión para volver a leerlo. No tanto para conmemorar un documento antiguo como para preguntarnos cuánto de aquella República universal imaginada por Ramsay sigue siendo, casi tres siglos después, una tarea pendiente. En un mundo en el que expulsamos de nuestro lado al necesitado, Ramsay habla de cruzar fronteras, y hoy veo a Masones del Rito Escocés Antiguo y Aceptado cerrándolas.
                     
Se ha escrito muchísimo sobre la conocida historia de los cruzados en los discursos de Ramsay y, francamente, creo que los cruzados son hoy la parte menos interesante de sus discursos. Lo que me llama la atención es otra cosa.
                     
Y aquí creo que conviene apartarse de una lectura que se ha vuelto casi rutinaria.
                         
Se equivocan, a mi juicio, quienes buscan el núcleo de los discursos de Ramsay en la historia, la religión o el esoterismo. El núcleo duro de los discursos es, en buena medida, geopolítico. Ramsay está pensando cómo pueden relacionarse seres humanos pertenecientes a naciones distintas en una Europa dividida por fronteras, rivalidades dinásticas, guerras y diferencias religiosas. 
          
Su pregunta de fondo no es solamente de dónde vienen los masones. Es mucho más interesante. Se pregunta cómo una fraternidad puede crear vínculos entre personas que los Estados, las religiones y las circunstancias políticas mantienen separadas. Por eso habla de naciones. Por eso habla de fronteras. Por eso advierte contra un amor a la patria que termine disminuyendo el amor a la humanidad. Y por eso llega a esa imagen extraordinaria del mundo como una gran República, de las naciones como familias y de los seres humanos como sus hijos.
                      
Y es difícil leer hoy esas palabras sin regresar mentalmente a Ceuta, a los Estados Unidos y a Colombia. No porque Ramsay nos ofrezca una política migratoria para el siglo XXI. Sería absurdo buscarla en un texto de 1736. Lo que ofrece es una pregunta anterior a cualquier política migratoria sobre hasta dónde llega nuestra idea de humanidad cuando quien está delante de nosotros tiene hambre. Hablamos de fraternidad universal, pero los prejuicios del mundo exterior entran con nosotros. 

La exaltación de la nacionalidad, la desconfianza hacia el extranjero, la resistencia a la igualdad entre mujeres y hombres, la validación de sociedades jerarquizadas o la pretensión de convertir determinadas creencias de la Nueva Era en una especie de adoctrinamiento interno también existen entre los Masones.

Y la crítica tiene que ser completa. Quienes nos consideramos liberales, adogmáticos o progresistas tampoco tenemos certificado de inmunidad contra el dogmatismo. Defendemos la libertad absoluta de conciencia mientras miramos con superioridad a quien tiene una fe religiosa. Hablamos de diversidad y terminamos rodeados únicamente de personas que piensan como nosotros. Reivindicamos el pensamiento crítico mientras convertimos nuestras propias convicciones en asuntos sobre los que no admitimos discusión. 
                
La pregunta que nos corresponde hoy reflexionar es sobre qué Masonería necesita el 2026. Algunas respuestas parecen bastante claras. Una Masonería que entonces fue pensada para hombres debe concebirse como un espacio compartido por mujeres y hombres. La tolerancia religiosa debe avanzar hacia una libertad de conciencia que incluya a quien cree, a quien duda y a quien no cree. El cosmopolitismo europeo de Ramsay debe abrirse a culturas que aquel mundo no conocía.
                   
Porque si después de 290 años, todavía los Masones queremos construir una república universal lo suficientemente amplia como para eliminar las fronteras, significa que Ramsay nos siguen hablando.
                    
Muchas gracias.