miércoles, 21 de octubre de 2026

LOS MASONES QUE NO PERTENECÍAN A LA ÉLITE EN EL SIGLO XVIII

 Por Iván Herrera Michel
                
La noche, grabado de William Hogarth
(1738).
Nos imaginamos a la Masonería del siglo XVIII con las Logias llenas de aristócratas, filósofos, científicos, militares de alta graduación, comerciantes enriquecidos y caballeros con peluca que conversaban sobre Newton, las luces de la razón y las nuevas ideas que comenzaban a recorrer Europa, dejando por fuera a los Masones que trabajaban con las manos, atendían una taberna, comerciaban modestamente, tocaban un instrumento, servían en un regimiento o habían llegado a la ciudad buscando una vida mejor.
                 
A mí me resulta interesante mirar a esos Masones común y corrientes que aparecen en los documentos apenas como un nombre acompañado de un oficio, una dirección, una cuota pagada o alguna observación del Secretario, porque son precisamente esos pequeños rastros los que permiten descubrir que la Masonería del siglo XVIII fue socialmente más diversa de lo que durante mucho tiempo hemos imaginado.
                 
Si tuviéramos que trasladar aquellas categorías sociales a nuestro lenguaje actual, podríamos decir que el centro de gravedad social de buena parte de aquella Masonería estaba en lo que hoy llamaríamos una clase media formada por comerciantes, maestros artesanos, profesionales, funcionarios, militares, propietarios de pequeños negocios, taberneros y hombres con oficio e ingresos relativamente estables.
                  
La Masonería de Escocia conserva registros de Logias extraordinariamente antiguos que muestran como durante buena parte del siglo XVIII convivían en ella Masones vinculados al oficio de la construcción con miembros procedentes de otros ambientes sociales. Entre aquellos documentos aparecen hombres que continuaban ganándose la vida como trabajadores y artesanos junto a otros pertenecientes a sectores más acomodados, y aquí existe una pequeña trampa del lenguaje que durante años distorsionó la imagen, pues identificar automáticamente al Masón no operativo con el gentleman dejaba prácticamente invisibles a quienes no eran canteros, pero seguían perteneciendo al mundo del trabajo obrero.
                     
Un zapatero, un carpintero o cualquier otro artesano podía ser perfectamente un Masón no operativo en el trabajo de la piedra y continuar siendo un trabajador, aunque conviene también no confundir trabajo manual con pobreza, porque dentro del mundo artesanal existían diferencias considerables y un maestro con taller propio, herramientas, clientela y aprendices podía disfrutar de una posición económica bastante estable. La verdadera frontera social de la Masonería parece encontrarse más abajo, entre quienes podían sostener una vida asociativa y quienes dependían de un jornal que apenas alcanzaba para sobrevivir.
                    
Los costos de pertenecer a una Logia tampoco fueron iguales en todas partes y este detalle resulta más importante de lo que parece, porque cada Taller administraba buena parte de su economía y encontramos diferencias considerables entre unas Logias y otras. Existieron Talleres relativamente costosos y otros bastante económicos, de manera que las cuotas no constituyeron siempre una barrera infranqueable para un artesano establecido, un pequeño comerciante o un trabajador cualificado con ingresos regulares.
                     
Bartholomew Ruspini. Royal Cumberland School, 
para hijas de Masones necesitados. Londres, 1802.
En Inglaterra la cuestión adquiere una dimensión particularmente interesante durante la segunda mitad del siglo XVIII, cuando la Masonería londinense vivió la larga confrontación entre los “Modernos” y los “Antiguos”, sobre las que investigaciones modernas han mostrado que detrás de aquella división también existían diferencias sociales importantes.
                 
Los “Antiguos”, organizados desde 1751 y profundamente marcados por la inmigración irlandesa, ampliaron considerablemente la geografía social de la Masonería inglesa al incorporar artesanos, pequeños comerciantes, trabajadores manuales e inmigrantes que tenían menor presencia en determinados ambientes de los “Modernos”. Sus registros permiten seguir nombres, profesiones, lugares de residencia y redes personales, que muestran una Masonería que había descendido varios peldaños desde los círculos de los gentlemen, profesionales acomodados y miembros del establecimiento que caracterizaron buena parte de la primera Gran Logia inglesa.
                     
Aquí aparece una frontera social especialmente interesante, porque aquella apertura hacia abajo tenía límites bastante reconocibles. La Masonería podía alcanzar al maestro artesano, al pequeño comerciante, al tabernero, al trabajador cualificado o al inmigrante que vivía regularmente de su oficio, mientras su presencia disminuía considerablemente cuando descendemos hacia el jornalero ocasional, el trabajador sin cualificación y quienes vivían en condiciones de pobreza. El dinero era una frontera, pero también lo eran el tiempo disponible, la regularidad del empleo y las relaciones personales necesarias para ingresar y permanecer dentro de una asociación voluntaria.
                    
Y había algo más difícil de medir, pero probablemente muy importante, porque ser admitido en una Logia significaba también ser reconocido como un hombre respetable, capaz de responder por su palabra, cumplir ciertas obligaciones y relacionarse con otros que estaban dispuestos a recibirlo como uno de los suyos. Para un maestro artesano, un pequeño comerciante, un tabernero o un inmigrante que intentaba abrirse camino, aquella respetabilidad podía tener un valor considerable en una sociedad en donde la confianza personal era fundamental para conseguir crédito, establecer negocios, obtener una recomendación o simplemente mejorar la posición que se ocupaba dentro de la comunidad.
                     
La solidaridad adquiría igualmente un significado muy concreto cuando una enfermedad, la pérdida del empleo, un accidente o la muerte del cabeza de familia podían destruir la seguridad económica de un hogar, y por eso resulta tan sugerente que se relacione a los “Antiguos” con el universo de aquellas asociaciones británicas de ayuda mutua en las que sus miembros aportaban recursos para protegerse colectivamente frente a determinadas contingencias de la vida.
                 
Detrás de aquellos nombres había además una experiencia humana que fácilmente se pierde cuando hablamos solamente de Obediencias, porque muchos eran inmigrantes irlandeses llegados a Londres en una época en que ser irlandés implicaba cargar con prejuicios sociales, competir por trabajo y reconstruir una red de relaciones en una ciudad en donde conocer a alguien podía hacer una diferencia considerable.
                      
Laurence Dermott constituye un personaje extraordinario para comprender aquel ambiente, porque este irlandés nacido en 1720, iniciado en Dublín y posteriormente residenciado en Londres llegó a convertirse en la figura intelectual y organizativa más importante de los “Antiguos”, mostrando hasta qué punto las redes Masónicas podían abrir espacios de reconocimiento dentro de una sociedad profundamente estratificada.
               
En Irlanda encontramos una penetración social más profunda y hacia finales del siglo XVIII la Masonería había llegado desde la propietarios rurales acomodados hasta sectores trabajadores protestantes y católicos, aunque esa apertura tampoco fue uniforme entre todas las Logias ni en todas las regiones.
                  
Las Logias militares contribuyeron poderosamente a esa extensión y cuando pensamos en ellas conviene apartar por un momento la mirada de los grandes oficiales y dirigirla hacia soldados, suboficiales y pequeños cuadros de los regimientos, porque una parte importante de la expansión internacional de la Masonería británica ocurrió precisamente a través de Masones que recorrían el mundo obedeciendo órdenes militares y cuyos nombres difícilmente habrían encontrado espacio en las grandes historias políticas de su tiempo.
                     
Por su lado, Francia ofrece un paisaje diferente y por eso la comparación resulta especialmente atractiva, pues allí la aristocracia tuvo una presencia indiscutible en la dirección de la Orden, mientras por debajo de aquella cúpula funcionaba una extensa red de Logias cuya composición podía ser bastante más variada. Allí encontramos comerciantes, profesionales, militares, artistas, músicos y personas vinculadas a numerosos oficios que hicieron de la sociabilidad Masónica uno de sus espacios de relación, mientras los costos variaban entre los Talleres y las sedes, haciendo que algunas Logias fueran más accesibles que otras.
                      
Ahora bien, sentarse alrededor de una misma mesa, participar en un ritual y llamarse Hermanos estaba todavía muy lejos de significar una igualdad social completa, porque la sociedad del siglo XVIII entraba inevitablemente con los Masones al interior de la Logia y las diferencias de nacimiento, fortuna, educación y posición continuaban pesando incluso en la manera como unos se dirigían a otros. El aristócrata y el artesano podían darse el trato de Hermanos sin que desaparecieran las formas de deferencia, tratamiento y precedencia que acompañaban sus respectivas posiciones sociales.
                 
Esa contradicción hace todavía más interesante el fenómeno, pues la Logia podía reunir bajo una misma pertenencia fraternal a hombres socialmente desiguales sin borrar las jerarquías de la sociedad que la rodeaba, y buena parte de la experiencia Masónica del siglo XVIII parece haber transcurrido dentro de esa tensión entre una fraternidad proclamada y unas diferencias sociales que continuaban siendo perfectamente visibles.
                    
Y en medio de esas diferencias se extendía un mundo de artesanos establecidos, comerciantes, funcionarios, militares, profesionales y pequeños propietarios que hoy, utilizando la expresión con prudencia, situaríamos dentro de las clases medias, acompañado por una franja de sectores medios bajos y trabajadores cualificados.
                 
Esos Masones también construyeron la Masonería, y la sostuvieron con sus cuotas, ocuparon cargos, asistieron a las Tenidas, acompañaron funerales, socorrieron a Hermanos, recomendaron candidatos, rieron en los ágapes, viajaron llevando noticias de otras Logias y cruzaron mares con un certificado Masónico guardado entre sus pertenencias.
                              
De hecho, para comprender mejor la Masonería del siglo XVIII debemos mirar menos hacia el Oriente, en donde se sentaban sus Grandes Maestros y dignidades, y más hacia las columnas, en donde permanecían aquellos Hermanos cuyos nombres rara vez encontraron un lugar en los libros de historia. 
                   
                  
                          

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