Por
Iván Herrera Michel
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| La noche, grabado de William Hogarth (1738). |
A mí
me resulta interesante mirar a esos Masones común y corrientes que aparecen en
los documentos apenas como un nombre acompañado de un oficio, una dirección,
una cuota pagada o alguna observación del Secretario, porque son precisamente
esos pequeños rastros los que permiten descubrir que la Masonería del siglo
XVIII fue socialmente más diversa de lo que durante mucho tiempo hemos
imaginado.
Si
tuviéramos que trasladar aquellas categorías sociales a nuestro lenguaje
actual, podríamos decir que el centro de gravedad social de buena parte de
aquella Masonería estaba en lo que hoy llamaríamos una clase media formada por
comerciantes, maestros artesanos, profesionales, funcionarios, militares,
propietarios de pequeños negocios, taberneros y hombres con oficio e ingresos
relativamente estables.
La
Masonería de Escocia conserva registros de Logias extraordinariamente antiguos que muestran como durante buena parte del siglo XVIII convivían en ella Masones
vinculados al oficio de la construcción con miembros procedentes de otros
ambientes sociales. Entre aquellos documentos aparecen hombres que continuaban
ganándose la vida como trabajadores y artesanos junto a otros pertenecientes a
sectores más acomodados, y aquí existe una pequeña trampa del lenguaje que
durante años distorsionó la imagen, pues identificar automáticamente al Masón
no operativo con el gentleman dejaba prácticamente invisibles a quienes no eran
canteros, pero seguían perteneciendo al mundo del trabajo obrero.
Un
zapatero, un carpintero o cualquier otro artesano podía ser perfectamente un Masón
no operativo en el trabajo de la piedra y continuar siendo un trabajador,
aunque conviene también no confundir trabajo manual con pobreza, porque dentro
del mundo artesanal existían diferencias considerables y un maestro con taller
propio, herramientas, clientela y aprendices podía disfrutar de una posición
económica bastante estable. La verdadera frontera social de la Masonería parece
encontrarse más abajo, entre quienes podían sostener una vida asociativa y
quienes dependían de un jornal que apenas alcanzaba para sobrevivir.
Los
costos de pertenecer a una Logia tampoco fueron iguales en todas partes y este
detalle resulta más importante de lo que parece, porque cada Taller
administraba buena parte de su economía y encontramos diferencias considerables
entre unas Logias y otras. Existieron Talleres relativamente costosos y otros
bastante económicos, de manera que las cuotas no constituyeron siempre una
barrera infranqueable para un artesano establecido, un pequeño comerciante o un
trabajador cualificado con ingresos regulares.
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| Bartholomew
Ruspini. Royal Cumberland School, para hijas de Masones necesitados. Londres, 1802. |
Los “Antiguos”,
organizados desde 1751 y profundamente marcados por la inmigración irlandesa,
ampliaron considerablemente la geografía social de la Masonería inglesa al
incorporar artesanos, pequeños comerciantes, trabajadores manuales e
inmigrantes que tenían menor presencia en determinados ambientes de los “Modernos”.
Sus registros permiten seguir nombres, profesiones, lugares de residencia y
redes personales, que muestran una Masonería que había descendido varios
peldaños desde los círculos de los gentlemen, profesionales acomodados y
miembros del establecimiento que caracterizaron buena parte de la primera Gran
Logia inglesa.
Aquí
aparece una frontera social especialmente interesante, porque aquella apertura
hacia abajo tenía límites bastante reconocibles. La Masonería podía alcanzar al
maestro artesano, al pequeño comerciante, al tabernero, al trabajador
cualificado o al inmigrante que vivía regularmente de su oficio, mientras su
presencia disminuía considerablemente cuando descendemos hacia el jornalero
ocasional, el trabajador sin cualificación y quienes vivían en condiciones de
pobreza. El dinero era una frontera, pero también lo eran el tiempo disponible,
la regularidad del empleo y las relaciones personales necesarias para ingresar
y permanecer dentro de una asociación voluntaria.
Y
había algo más difícil de medir, pero probablemente muy importante, porque ser
admitido en una Logia significaba también ser reconocido como un hombre
respetable, capaz de responder por su palabra, cumplir ciertas obligaciones y
relacionarse con otros que estaban dispuestos a recibirlo como uno de los
suyos. Para un maestro artesano, un pequeño comerciante, un tabernero o un
inmigrante que intentaba abrirse camino, aquella respetabilidad podía tener un
valor considerable en una sociedad en donde la confianza personal era
fundamental para conseguir crédito, establecer negocios, obtener una
recomendación o simplemente mejorar la posición que se ocupaba dentro de la
comunidad.
La
solidaridad adquiría igualmente un significado muy concreto cuando una
enfermedad, la pérdida del empleo, un accidente o la muerte del cabeza de
familia podían destruir la seguridad económica de un hogar, y por eso resulta
tan sugerente que se relacione a los “Antiguos” con el universo de aquellas
asociaciones británicas de ayuda mutua en las que sus miembros aportaban
recursos para protegerse colectivamente frente a determinadas contingencias de
la vida.
Detrás
de aquellos nombres había además una experiencia humana que fácilmente se
pierde cuando hablamos solamente de Obediencias, porque muchos eran inmigrantes
irlandeses llegados a Londres en una época en que ser irlandés implicaba cargar
con prejuicios sociales, competir por trabajo y reconstruir una red de
relaciones en una ciudad en donde conocer a alguien podía hacer una diferencia
considerable.
Laurence
Dermott constituye un personaje extraordinario para comprender aquel ambiente,
porque este irlandés nacido en 1720, iniciado en Dublín y posteriormente residenciado
en Londres llegó a convertirse en la figura intelectual y organizativa más
importante de los “Antiguos”, mostrando hasta qué punto las redes Masónicas
podían abrir espacios de reconocimiento dentro de una sociedad profundamente
estratificada.
En Irlanda
encontramos una penetración social más profunda y hacia finales del siglo XVIII
la Masonería había llegado desde la propietarios rurales acomodados hasta
sectores trabajadores protestantes y católicos, aunque esa apertura tampoco fue
uniforme entre todas las Logias ni en todas las regiones.
Las
Logias militares contribuyeron poderosamente a esa extensión y cuando pensamos
en ellas conviene apartar por un momento la mirada de los grandes oficiales y
dirigirla hacia soldados, suboficiales y pequeños cuadros de los regimientos,
porque una parte importante de la expansión internacional de la Masonería
británica ocurrió precisamente a través de Masones que recorrían el mundo
obedeciendo órdenes militares y cuyos nombres difícilmente habrían encontrado
espacio en las grandes historias políticas de su tiempo.
Por su
lado, Francia ofrece un paisaje diferente y por eso la comparación resulta
especialmente atractiva, pues allí la aristocracia tuvo una presencia
indiscutible en la dirección de la Orden, mientras por debajo de aquella cúpula
funcionaba una extensa red de Logias cuya composición podía ser bastante más
variada. Allí encontramos comerciantes, profesionales, militares, artistas,
músicos y personas vinculadas a numerosos oficios que hicieron de la
sociabilidad Masónica uno de sus espacios de relación, mientras los costos
variaban entre los Talleres y las sedes, haciendo que algunas Logias fueran más
accesibles que otras.
Ahora
bien, sentarse alrededor de una misma mesa, participar en un ritual y llamarse
Hermanos estaba todavía muy lejos de significar una igualdad social completa,
porque la sociedad del siglo XVIII entraba inevitablemente con los Masones al
interior de la Logia y las diferencias de nacimiento, fortuna, educación y
posición continuaban pesando incluso en la manera como unos se dirigían a
otros. El aristócrata y el artesano podían darse el trato de Hermanos sin que
desaparecieran las formas de deferencia, tratamiento y precedencia que
acompañaban sus respectivas posiciones sociales.
Esa
contradicción hace todavía más interesante el fenómeno, pues la Logia podía
reunir bajo una misma pertenencia fraternal a hombres socialmente desiguales
sin borrar las jerarquías de la sociedad que la rodeaba, y buena parte de la
experiencia Masónica del siglo XVIII parece haber transcurrido dentro de esa
tensión entre una fraternidad proclamada y unas diferencias sociales que
continuaban siendo perfectamente visibles.
Y en
medio de esas diferencias se extendía un mundo de artesanos establecidos,
comerciantes, funcionarios, militares, profesionales y pequeños propietarios
que hoy, utilizando la expresión con prudencia, situaríamos dentro de las
clases medias, acompañado por una franja de sectores medios bajos y trabajadores
cualificados.
Esos Masones
también construyeron la Masonería, y la sostuvieron con sus cuotas, ocuparon
cargos, asistieron a las Tenidas, acompañaron funerales, socorrieron a
Hermanos, recomendaron candidatos, rieron en los ágapes, viajaron llevando
noticias de otras Logias y cruzaron mares con un certificado Masónico
guardado entre sus pertenencias.
De
hecho, para comprender mejor la Masonería del siglo XVIII debemos mirar menos
hacia el Oriente, en donde se sentaban sus Grandes Maestros y dignidades, y
más hacia las columnas, en donde permanecían aquellos Hermanos cuyos nombres
rara vez encontraron un lugar en los libros de historia.


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