Por Iván Herrera Michel
Hoy cumple 81 años de fundada la Gran Logia Femenina de Francia, y quiero aprovechar la ocasión para expresar mi reconocimiento fraternal a sus Hermanas y recordar cuánto ha contribuido a ampliar la presencia de las mujeres en la Masonería y a enriquecer nuestro paisaje Masónico internacional.
Su historia comenzó el 21 de octubre de 1945, cuando mujeres de cinco Logias, reunidas bajo la presidencia de Anne-Marie Gentily, constituyeron la Unión Masónica Femenina de Francia, que en 1952 adoptó su nombre actual. Europa apenas salía de la guerra y aquellas Masonas retomaban sus trabajos con la voluntad de dirigir su propia institución, elegir sus autoridades y decidir juntas hacia dónde querían caminar.
Aunque personalmente prefiero la Masonería mixta, antes que la exclusivamente masculina o femenina, no puedo dejar de reconocer el enorme mérito de la Masonería femenina en general y, en particular, de la Gran Logia Femenina de Francia. Su existencia respondió a una necesidad profundamente contestataria de crear una expresión femenina frente al supremacismo masculinista que aún predomina en buena parte de la Masonería y que, bajo distintas formas, continua condicionando el acceso y la participación de las mujeres. Aquellas Masonas no se limitaron a reclamar un lugar dentro de estructuras ajenas sino que construyeron espacios propios de formación, deliberación y autoridad, demostrando que las mujeres podían organizar, dirigir y transmitir la tradición Masónica con plena autonomía.
Las Hermanas de la Gran Logia Femenina de Francia practican el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, que ocupa un lugar central en su trayectoria, aunque con el tiempo incorporaron otros ritos, entre ellos el Francés y el Escocés Rectificado, ampliando sus posibilidades de trabajo.
Hoy reúne alrededor de 14.000 Hermanas y tiene presencia en cuatro continentes y más de veinte países. Son cifras que permiten apreciar su dimensión, aunque personalmente encuentro una parte especialmente valiosa de su historia en las Logias que ayudó a crear fuera de Francia y que después se agruparon en nuevas Grandes Logias autónomas, como ocurrió, por ejemplo, en Bélgica, Portugal, España, Etc.
Acompañar a otras Masonas hasta que puedan asumir el gobierno de su propia Obediencia me parece una magnífica manera de entender la fraternidad. Esa labor exige transmitir conocimientos, formar oficiales, sostener encuentros y respetar los ritmos y las particularidades de cada país, con la confianza necesaria para que las nuevas comunidades encuentren su propio camino.
La Gran Logia Femenina de Francia también creó estructuras destinadas a facilitar ese encuentro entre mujeres de distintos lugares. La Logia La Rose des Vents, fundada en 1978, contribuyó a la formación de nuevas Logias fuera de Francia, y desde 2002 Le Creuset Bleu desarrolla una labor internacional en el Rito Francés. Son iniciativas que ayudan a comprender cómo se construye una presencia mundial mediante el contacto personal, la enseñanza y el acompañamiento sostenido.
Además a través del Instituto Masónico Europeo, lleva al ámbito europeo su defensa de la laicidad, la libertad de conciencia y los derechos de las mujeres, enlazando la reflexión iniciática con las preocupaciones de la sociedad.
Desde mi manera de entender la Masonería y los postulados que defiende, esta trayectoria merece una mirada agradecida y también una reflexión sobre nuestra coherencia.
La existencia de Obediencias como la Gran Logia Femenina de Francia recuerda que, en determinados momentos, crear espacios propios ha sido una respuesta legítima y necesaria ante la exclusión persistente de buena parte de la Masonería.
Indiscutiblemente, me quito el sombrero. 🎩
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