Por Iván Herrera Michel
Coloquio de FASCREAA - 21/09/2026 (E:. V:.)
Hace apenas unas semanas vimos a decenas de miles de personas intentar entrar a Ceuta. Hubo muertos, familias separadas, personas devueltas y miles que quedaron en una situación incierta. La crisis volvió a preguntar qué hacer con el ser humano necesitado que llega a nuestras puertas. En Estados Unidos se han intensificado las detenciones y deportaciones de inmigrantes y se están enviando a terceros países con los que no tienen relación alguna. Y en Colombia el presidente acaba de ordenar la expulsión de cerca de un millón de venezolanos.
Pensando en esto, volví a los discursos de Andrew Michael Ramsay. Estamos en el París de 1736, en donde acababa de aparecer una Masonería todavía pequeña, novedosa y lo suficientemente extraña como para comenzar a generar curiosidad y desconfianza. Allí encontramos a Andrew Michael Ramsay. No era un revolucionario ni tiene sentido convertirlo ahora en uno. Él era un hombre de su tiempo, subordinado a las jerarquías católicas. De hecho, el segundo de sus famosos discurso no lo leyó porque le pidió permiso a un cardenal y se lo negaron.
Este año se cumplen 290 años del primer discurso de 1736 y sí me parece una buena ocasión para volver a leerlo. No tanto para conmemorar un documento antiguo como para preguntarnos cuánto de aquella República universal imaginada por Ramsay sigue siendo, casi tres siglos después, una tarea pendiente. En un mundo en el que expulsamos de nuestro lado al necesitado, Ramsay habla de cruzar fronteras, y hoy veo a Masones del Rito Escocés Antiguo y Aceptado cerrándolas.
Se ha escrito muchísimo sobre la conocida historia de los cruzados en los discursos de Ramsay y, francamente, creo que los cruzados son hoy la parte menos interesante de sus discursos. Lo que me llama la atención es otra cosa.
Y aquí creo que conviene apartarse de una lectura que se ha vuelto casi rutinaria.
Se equivocan, a mi juicio, quienes buscan el núcleo de los discursos de Ramsay en la historia, la religión o el esoterismo. El núcleo duro de los discursos es, en buena medida, geopolítico. Ramsay está pensando cómo pueden relacionarse seres humanos pertenecientes a naciones distintas en una Europa dividida por fronteras, rivalidades dinásticas, guerras y diferencias religiosas.
Su pregunta de fondo no es solamente de dónde vienen los masones. Es mucho más interesante. Se pregunta cómo una fraternidad puede crear vínculos entre personas que los Estados, las religiones y las circunstancias políticas mantienen separadas. Por eso habla de naciones. Por eso habla de fronteras. Por eso advierte contra un amor a la patria que termine disminuyendo el amor a la humanidad. Y por eso llega a esa imagen extraordinaria del mundo como una gran República, de las naciones como familias y de los seres humanos como sus hijos.
Y es difícil leer hoy esas palabras sin regresar mentalmente a Ceuta, a los Estados Unidos y a Colombia. No porque Ramsay nos ofrezca una política migratoria para el siglo XXI. Sería absurdo buscarla en un texto de 1736. Lo que ofrece es una pregunta anterior a cualquier política migratoria sobre hasta dónde llega nuestra idea de humanidad cuando quien está delante de nosotros tiene hambre. Hablamos de fraternidad universal, pero los prejuicios del mundo exterior entran con nosotros.
La exaltación de la nacionalidad, la desconfianza hacia el extranjero, la resistencia a la igualdad entre mujeres y hombres, la validación de sociedades jerarquizadas o la pretensión de convertir determinadas creencias de la Nueva Era en una especie de adoctrinamiento interno también existen entre los Masones.
Y la crítica tiene que ser completa. Quienes nos consideramos liberales, adogmáticos o progresistas tampoco tenemos certificado de inmunidad contra el dogmatismo. Defendemos la libertad absoluta de conciencia mientras miramos con superioridad a quien tiene una fe religiosa. Hablamos de diversidad y terminamos rodeados únicamente de personas que piensan como nosotros. Reivindicamos el pensamiento crítico mientras convertimos nuestras propias convicciones en asuntos sobre los que no admitimos discusión.
La pregunta que nos corresponde hoy reflexionar es sobre qué Masonería necesita el 2026. Algunas respuestas parecen bastante claras. Una Masonería que entonces fue pensada para hombres debe concebirse como un espacio compartido por mujeres y hombres. La tolerancia religiosa debe avanzar hacia una libertad de conciencia que incluya a quien cree, a quien duda y a quien no cree. El cosmopolitismo europeo de Ramsay debe abrirse a culturas que aquel mundo no conocía.
Porque si después de 290 años, todavía los Masones queremos construir una república universal lo suficientemente amplia como para eliminar las fronteras, significa que Ramsay nos siguen hablando.
Muchas gracias.
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